Fuimos caminando con el arriero la mitad del camino al pié de la
letra, y la otra como tercios de pescado cuando al arriero se le
antojaba; que era mozo resuelto, de condicion desapacible, enseñado á
perder el respeto á los estudiantes novatos, y así nos quiso hacer una
burla en un pueblo pequeño, y en parte la hizo; lo uno por llevar sus
mulos descansados, y lo otro porque pensó quedándose solo derribar la
fortaleza de una mujercita de buena gracia que iba en nuestra compañía,
destituyéndola del arrimo y apoyo que llevaba con cierto oficial que
se habia de casar con ella. Fingió que le habian hurtado un zurron
de dineros, y que la justicia venia á prendernos á todos para darnos
tormento hasta averiguar quién lo tenia: y junto con esto juró que nos
habia de dejar en la cárcel, y caminar con los mulos lo que pudiese,
que para muchachos sin esperiencia, cualquiera temor de estos bastaba:
creímoslo como si fuera verdad averiguada, y encareciólo de manera
que nos hizo andar toda aquella noche, tras lo que habíamos caminado
el dia antes, cinco ó seis leguas, y no caminando, sino huyendo por
dehesas y montañas fuera de camino, sin guia que nos pudiese alumbrar
por donde íbamos; y él se quedó riendo, importunando con requiebros y
mal lenguaje á la pobre mujer sola y sin defensa; pero no le sucedió
como pensaba, porque el ruido que él habia hecho habia sido por medio
de un alguacilejo amigo suyo: y la mujer como valerosa, despues de
haberse defendido de la violencia, que con ella quiso usar, tuvo modo
como escabullirse de él, y yéndose al Alcalde, le dijo con grandísima
accion de palabra y sentimiento, que aquel arriero habia hecho una
estratagema y maraña muy perniciosa, por aprovecharse de ella y
quitarle el remedio que consigo traia: Creyólo el buen hombre, así por
conocer la desvergüenza y mal trato del arriero, como por atajar el
daño, que á la pobre mujer le podia suceder; y afeándole este caso y
la inhumanidad que habia usado con los estudiantes, le mandó que diese
fianzas, que llevaria muy regalada á la mujer, sin hacerle agravio ni
ofensa, y que no le castigaba muy gravemente por no desaviar la jornada
á los estudiantes: y amonestóle, que mirase cómo procedia, porque le
castigaria con todo rigor, sin tener respeto á cosa alguna, si por
el camino iba haciendo insolencias, y mandóle con esto que se aviase
muy de mañana para recoger á los cansados y hambrientos estudiantes:
¡oh arrieros, impía gente y sin caridad! ¡crueles contra su misma
naturaleza! No conocen á nadie más de en cuanto le están quitando el
dinero. Y así los castiga Dios, porque tienen muchas posadas y pocos
amigos. Todos los géneros de gente aman la piedad, si no son estos.
El dia que no hacen alguna burla á los caminantes, no están en sí.
Tratan con bestias, y así se van convirtiendo en su naturaleza. No
se ha visto que llevando bestias vacías aliviasen del trabajo y
cansancio del camino á algun miserable; parece que les falta el uso de
la razon natural como á este, que no pudiera uno de ley contraria usar
con nosotros más exorbitante bellaquería que hacernos huir de noche,
cansados de haber caminado el dia antes, sin más ocasion que cometer
dos enormes maldades. Íbamos huyendo, y por no ser sentidos, y en
tropa, dividímonos cada cual por donde mejor le pareció. Yo seguí una
media vereda, que estaba bien cubierta de árboles; hice cuanto pude de
mi parte por no quedarme más atrás de los otros, pero mi cansancio era
de modo que en poco espacio á ninguno de todos sentia. Puse el oido en
la tierra, que de este modo se oyen mejor los pasos aunque estén algo
lejos: no sentí cosa que me hiciese compañía. Traspúseme un poco, y
luego díme priesa á andar, volviéndome hácia atrás, pensando que iba
adelante, y así cuanto más andaba y me apresuraba, menos esperanza
tenia de alcanzar los compañeros: hácia las espaldas me parecia que
oía perros ladrar algo lejos, que como los compañeros iban apriesa
alteraban estos animalejos. Como no estaba ejercitado en caminos, y el
dia antes se habia trabajado en eso, el sueño, como descanso general de
todos los miembros, solicitaba sus horas diputadas, y no pudiendo ya
más conmigo, rendíme al cansancio y al sueño. Topéme con un alcornoque,
bien ancho de tronco, y por una parte descorchado, de suerte que
formaba un arrimo á modo de alacena, donde pude arrimar y reclinar las
molidas espaldas. Dejéme dormir; pero como no se duerme bien sentado,
caíme de lado como una cosa muerta. Desperté á cabo de un rato, porque
parecia que me andaban hormigas por el rostro, limpiélas con la mano y
volvíme del otro lado: torné á recordar, porque sentí lo mismo; pero
como el cansancio era tanto, y el sueño tan profundo, aunque algo
temeroso de la soledad en que me veia, dejéme caer tercera vez en el
mismo lugar. No mucho despues, aunque el sueño no mide el tiempo,
desperté á una tristísima y cansada voz de un ¡ay! que al parecer salia
de las entrañas de la tierra, que hizo en las mias tal armonía, que por
poco me faltara el aliento y la vida; mas teniendo la respiracion, así
por el temor como por tornar á escuchar con atencion la dolorosa voz,
sentí otra más cerca de mí, que como habia unas matas un poco altas, no
veia el instrumento de donde salia.
Ya yo estaba casi para espirar, ó para hacer alguna flaqueza indigna
de hombre de pecho, cuando muy cerca de mí, tanto que veia el bulto,
sonó tercera vez la voz diciendo: ¡Ay de mí, más infelice y sola que
cuantas padecen cautiverio, servidumbre en las mazmorras de crueles
é inclementes moros! ¡ay de mí, la más desventurada que las que han
visto despedazar sus hijos en su presencia! ¡ay, más sin remedio y
consuelo que las ya condenadas por sentencia de rigoroso juez! ¡Oh
sitio maldito, árbol descomulgado, testigo de dos muertes, por quien
yo diera mil vidas, si las tuviera! ¿Qué exequias hará quien desea
morir sin ellas, siendo homicida de sí propia? ¿Con qué llanto podré
entregarme á la rabiosa muerte que tanto huye de mí? ¿Cuántos dias y
noches vengo á ver si puedo acompañar estos despedazados miembros?
Yo me levanté, y estando ella junto á mí, sin hacer movimiento, y yo
temblando, me dijo: ¿Eres acaso sombra que vienes enviada de la region
de los muertos á llevarme á la compañía de mi esposo y de mi amigo?
Si eres de allá, ya sabes que en este mismo lugar adonde estás, mi
amante dió la muerte á mi esposo sin consentimiento mio, por gozarme á
solas y con libertad, y que en ese mismo árbol el amante, que me habia
quedado para consuelo, pagó la culpa de su delito. Veslo ahí sobre tí
colgado, siendo mantenimiento de aves y animales. Yo, escandalizado,
alcé el rostro, y ví, porque ya comenzaba á amanecer, á aquel cuyos
gusanos andaban por mi rostro, cuando yo pensaba que eran hormigas:
y confieso que con el horrendo espectáculo de la desesperada mujer,
y con el hediente espantajo del árbol, si no hubiera luz, me cayera
muerto, cortado y sin fuerzas; mas para no hacerlo, me ayudó el oir
los cencerros y campanillas de la recua del arriero, que ya salia del
pueblo, porque como arriba dije, pensando que iba delante, me iba
hácia atrás, y á él le hicieron salir más de mañana que solia, porque
fuese á recoger los engañados estudiantes. Y prosiguiendo la miserable
mujer, dijo: Y si eres cosa de este mundo, huye de este execrable
lugar, y déjame proseguir mis acostumbradas exequias, desesperado
mantenimiento con que me desayuno todas las mañanas: y bien pudo dudar
la irremediable mujer si yo era fantasma ó vision horrible de los
olvidados sepulcros; porque el temor me habia chupado los carrillos,
alargando el rostro y teñido el color de rojo en pajizo: la falta
del sueño me tenia hundidos los ojos á lo último del colodrillo: el
hambre prolongado el pescuezo vara y media, y el cansancio desjarretado
piernas y brazos; el ferreruelo tenia hecho turbante sobre la cabeza:
miren qué figura para no juzgarme por del otro mundo, y no digo lo
demás por mi honra. No pude responder palabra, ni ofrecerle ningun
favor, porque para mí le habia menester. No acertaba á apartarme de
aquella más que horrible mujer, de ojos encarnizados y hundidos, nariz
prolongada, rostro arrugado y hambriento, dientes amarillos, labios
negros, barba aguzada, el cuello que parecia lengua de vaca: torcíase
las manos que parecian dos manojos de culebras, y todo lo demás á esta
traza. El temor me tenia trabado el entendimiento, y el entendimiento
las demás acciones que podian aprovecharme para partirme de ella;
pero alentándome lo mejor que pude, y pude muy mal, fuí moviendo los
piés como toro desjarretado, maldiciendo la soledad, y á quien quiere
andar sin compañía; considerando qué bien puede traer, si no es estas
cosas y otras peores; ¿qué temores no trae? ¿qué imaginaciones no
engendra? ¿qué males no causa? ¿qué desesperaciones no ofrece? Los que
tienen aborrecida la vida, buscan la soledad para acabarla de presto.
Quien huye la compañía, no quiere ser aconsejado en su mal. ¿Hay más
apacible cosa que la compañía? ¿ni más odiosa que la soledad? ¿cuántas
desdichas, cuántos robos, cuántas muertes suceden cada dia por ir sin
compañía? ¿cuántas venganzas se ponen en ejecucion, que no se pondrian
sino por la soledad? Al solo nadie le va la mano en el mal, ni le ayuda
en el bien. ¡Ay del solo que si cae, no hay quien le ayude á levantar!
Ándese quien quiera solo, que la soledad sólo es buena para Santos ó
para poetas, que los unos tratan con Dios, que los acompaña, y los
otros con su imaginacion, que los desvanece.
[Ilustración]
[Ilustración]