DESCANSO IX.

Cerradas las puertas del humilladero, para defensa del viento, y

encendido el carbon para la del frio, estaba el lugar abrigado y

apacible, que el armonía que el aire hace con el ruido de las canales

produce una consonancia agradable para las orejas y no para el cuerpo,

que en esto se diferencia el oido del tacto, que hay cosas que tocadas

son buenas, y oidas son malas, y al contrario. Comimos, y encerrados

todo el dia con la oscuridad, la noche y dia fueron todo noche. Tornó

el ermitaño á repetir su primera pregunta, y como estábamos ociosos,

y encerrados, sin tener otra ocupacion, tratamos de lo que se nos

ofreció. Preguntóme dónde habia estudiado, y cómo me habia divertido

tanto por el mundo, siendo de una ciudad tan apartada del concurso

ordinario, y que para la cortedad de la vida humana tiene bastantes y

sobrados regalos para pasar con alguna quietud. Yo le respondí á todo

lo que me preguntó: Aunque aquellos altos riscos y peñas levantadas,

por la falta de la comunicacion, despertadora de la ociosidad, y

engendradora de amistades, no son muy conocidos; con todo eso cria tan

gallardos espíritus, que ellos mismos apetecen la comunicacion de las

grandes ciudades y Universidades, que purifican los ingenios, y los

hinchen de doctrina, por donde hay vivos en este tiempo varones, con

cuya salud se alegra, con tanta aprobacion de hombres doctos, que no

tienen necesidad de la mia. Tuvimos allí un gran maestro de gramática,

llamado Juan Cansino, no de los que dicen ahora Preceptores, sino de

aquellos á quien la antigüedad dió nombre de gramáticos, que sabian

generalmente de todas las ciencias, doctísimo en las humanas letras,

virtuoso en las costumbres, dechado que obligaba á que se las imitasen,

las cuales enseñó juntamente con la lengua latina, en que hacia muy

elegantes versos. Era naturalmente manco de ambas manos; pero de los

más respetados y temidos á fuerza de virtud propia; lo cual grangeó con

enseñar silencio más que hablar, porque decia él muchas veces que el

hablar era para las ocasiones forzosas, y el callar para siempre. De

esto, y la lengua latina, si no fuí de los mejores discípulos, tampoco

fuí de los peores.

Estando yo razonablemente instruido en la lengua latina, de manera

que sabia entender un epígrama y componer otro, y adornado con un

poco de música, (que siempre han tenido entre sí algun parentesco

estas dos facultades), por la inquietud natural que siempre tengo

y he tenido, quise ir á donde pudiese aprender alguna cosa que me

adornase y perfeccionase el natural talento que Dios y naturaleza me

habian concedido. Mi padre, viendo mi deseo é inclinacion, no me hizo

resistencia, antes me habló á su modo con la sencillez que por allá se

usa, diciendo: Hijo, mi costilla no alcanza á más de lo que he hecho,

id á buscar vuestra ventura, Dios os guie y haga hombre de bien; y

con esto me echó su bendicion, y me dió lo que pudo, y una espada de

Bilbao, que pesaba más que yo, que en todo el camino no me sirvió sino

de estorbo. Partíme para Córdoba, aunque llegué entero, que es donde

acude el arriero de Salamanca, y allí vienen de toda aquella comarca

los estudiantes que quieren encaminarse para la dicha Universidad.

Fuíme al meson del Potro, donde el dicho arriero tenia posada, holguéme

de ver á Córdoba la llana, como muchacho inclinado á trafagar el mundo.

Fuíme luego á ver la Iglesia mayor, por oir la música, donde me dí

á conocer á algunas personas, así por acompañar á mi soledad, como

por tratar gente de quien poder aprender; que realmente con la poca

esperiencia y haberme apartado poco habia de mis padres y hermanos,

acto que engendra encogimiento en los más gallardos espíritus, viendo

que en aquella ausencia era forzoso, y que la fortuna nos acomete en

cobardía, animéme lo mejor que pude, diciendo: la pobreza me sacó, ó

por mejor decir, me echó de casa de mis padres, ¿qué cuenta daria yo

de mí si me tornase á ella? Si los pobres no se alientan y animan á sí

propios, ¿quién los ha de animar y alentar? Y si los ricos acometen las

dificultades, los pobres ¿por qué no acometerán las dificultades, y

aun los imposibles, si es posible? Enternézcome con la memoria de mis

hermanos; pero esta se ha de olvidar con el deseo de poderles hacer

bien; y si no pudiere, á lo menos habré hecho de mi parte lo posible

y obligatorio. No se vienen las cosas sin trabajo; quien no se anima

de cobarde, se queda en los principios de la dificultad; si no hago

más que mis vecinos, tan ignorante me quedaré como ellos; ánimo, que

Dios me ha de ayudar. Fuíme á mi posada, ó á la del meson del Potro, y

púseme á comer lo que yo pude, que era dia de pescado: en sentándome á

la mesa, llegóse cerca de mí un gran marchante, que los hay en Córdoba

muy finos, que debia ser vagamundo, y me oyó hablar en la Iglesia

mayor, ó el diablo hablaba en él, y díjome: Señor soldado, bien pensará

vuesa merced que no le han conocido, pues sepa que está su fama por acá

esparcida muchos dias há. Yo soy un poco vano, y no poco: creímelo, y

le dije: Vuesa merced ¿conóceme? Y él me respondió: De nombre y fama

muchos dias há, y diciendo esto sentóse junto á mí, y me dijo: Vuesa

merced se llama N. y es gran latino, poeta y músico: desvanecíme mucho

y convidélo si queria comer: él no se hizo de rogar y echó mano de un

par de huevos y unos peces, y comiólos; yo pedí más, y él dijo: Señora

huéspeda (porque no posaba en aquella posada) no sabe vuesa merced lo

que tiene en su casa; sepa que es el mas hábil mozo que hay en toda la

Andalucía: á mí dióme más vanidad, y yo á él más comida, y dijo: Como

en esta ciudad se crian siempre tan buenos ingenios, tienen noticia

de todos los que hay buenos en toda esta comarca. ¿Vuesa merced no

bebe vino? No señor, respondí yo. Hace mal, dijo él, porque es ya un

hombrecito, y para caminos y ventas, donde suele haber malas aguas,

importa beber vino, fuera de ir vuesa merced á Salamanca, tierra

frigidísima, donde un jarro de agua suele corromper á un hombre: el

vino templado con agua da esfuerzo al corazon, color al rostro, quita

la melancolía, alivia en el camino, da corage al más cobarde, templa al

hígado, y hace olvidar todos los pesares: tanto me dijo del vino, que

me hizo traer de lo fino media azumbre, que él bebiese, que yo no me

atreví. Bebió el buen hombre, y tornó á mis alabanzas, y yo á oirlas

de muy buena voluntad, y al sabor de ellas á traer más comida, tornó

á beber y á convidar á otros tan desengañados como él diciendo que

yo era un Alejandro, y mirando hácia mí, dijo: No me harto de ver á

vuesa merced, que vuesa merced es N. Aquí está un hidalgo, tan amigo

de hombres de ingenio, que dará por ver en su casa á vuesa merced

doscientos ducados.

Ya yo no cabia en mí de hinchado con tantas alabanzas, y acabando de

comer, le pregunté quién era aquel caballero. Él dijo: Vamos á su casa,

que quiero poner á vuesa merced con él. Fuimos, y siguiéndole aquellos

amigos suyos, y del vino, y yendo por el barrio de San Pedro, topamos

en una casa grande un hombre ciego, que parecia hombre principal, y

riéndose el bellacon, me dijo: Este es el hidalgo que dará doscientos

ducados por ver á vuesa merced. Yo corrido de la burla le dije: Y aun

por veros á vos en la horca los diera yo de muy buena gana. Ellos se

fueron y yo quedé muy colérico y medio afrentado con la burla, aunque

dijo verdad, que el ciego bien diera por verme cuanto tenia. Esta fué

la primera baza de mis desengaños, y el principio de conocer que no se

ha de fiar nadie de palabras lisonjeras, que traen el castigo al pié de

la obra. ¡De qué podia yo envanecerme, pues no tenia virtud adquirida

en que fundar mi vanidad! La poca edad está llena de mil desconciertos

y desalumbramientos; los que poco saben fácilmente se dejan llevar de

la adulacion. Yo me dejé engañar con aquello que deseaba hubiera en

mí, pero no es de espantar que un hombre sencillo y sin experiencia

sea engañado de un cauteloso; mas será digno de castigo si se deja

engañar segunda vez. No tenia de qué correrme por lo hecho, sino de

qué aprender para adelante á desapasionarme de las cosas del mundo;

pero al fin me lastimó la burla de manera, que no siendo amigo de

venganzas, quise probar la mano, á ver si sabria dar una traza para

que me la pagase aquel burlador. Habia otros estudiantes esperando al

mismo arriero, híceme camarada con ellos, y comenzamos á pasear juntos.

Yo me quité el vestido de camino y me vestí una sotanilla y ferreruelo

negro de muy gentil ventidoseno de Segovia, y trújelo de manera, que

los estudiantes lo conociesen bien, y luego me torné á poner de camino.

El bellaco del burlador vino á la tarde, riéndose mucho, y yo más,

porque no entendiese que me habia corrido; díjele: que queria por mi

amigo á hombre de tan buen gusto, y entre los dos y sus amigos reimos

el disimulo con que habia comido y hablado. Él tenia conocimiento,

no muy sencillo, en una casa donde se daba de comer razonablemente,

y á precio convenible, y así me dijo, que queria que comiese yo allí

siempre, porque nos harian cortesía; yo le dije: Sí haré, con tal

que vuesa merced coma conmigo, pero estoy esperando un mercader que

acude á las ferias de Ronda, para quien traigo una libranza de cien

ducados, y hasta que él venga, no lo puedo pasar muy bien. No le dé

á vuesa merced pena, dijo él, pensando que tenia lance, que yo haré

que le fien cuanto quisiere. Eso no, dije yo, que tiemblo de tratar

de fiar, ni ser fiado, que por ahí se perdió mi padre. Yo le daré

á vuesa merced una muy gentil prenda sobre que nos fien, hasta que

venga este mercader. Sea en hora buena, dijo el buen hombre. Fuíme á

mi casa, y doblando muy bien aquel ferreruelo de ventidoseno, llaméle

á solas, de que él se holgó mucho, y díselo para que le llevase por

prenda; yendo yo con él, vísele dar, y comenzamos á comer sobre él,

el bellacon y los dos estudiantes, y yo estuve siempre alerta, que no

pudiese entrar sin mí á la casa donde comíamos, porque no me hiciese

alguna treta, como lo tenia pensado, que de la mia no tenia sospecha.

Vino el arriero de Salamanca, y tratamos de irnos. El redomazo, como

no pudo hacer treta con el cuidado que yo tenia, á lo menos pidióle

á la buena mujer una docena de reales sobre el ferreruelo, porque

dijo que queria ir fuera: no pudo decírselo sin que yo lo entendiese;

díjele: Pues se va fuera vuesa merced, dígale á esa señora que si yo

viniere por el ferreruelo con el dinero, me lo dé. Y así lo hizo, que

su intencion era desaparecerse hasta que se hubiese ido el arriero, y

quedarse con la prenda. Desaparecióse, y yo fuí á un juez, y le dije

con gran sentimiento y palabras que pudieran moverle, que como habia

sido estudiante, era fácil el persuadirle, quejándome: Señor, yo soy

estudiante, y estoy de camino para Salamanca; habiendo quince dias

que estoy aquí esperando al arriero, hanme hurtado un ferreruelo que

me llegó á veinte ducados, tengo noticia que está en cierta casa,

suplico á vuesa merced porque no me desavie de ir con el arriero,

pues sabe vuesa merced, como tan gran estudiante y letrado, en qué

caen estas cosas, me mande con justicia restituir el ferreruelo, que

el que lo hurtó guardó al punto crudo, porque me faltase tiempo para

cobrarlo, y gozar más de su bellaquería. No le valdrá, dijo el juez,

que á semejantes trazas sé yo acudir con justicia y diligencia. ¡Qué

grande maldad que á un pobre estudiante, que quizá no llevaba otra cosa

con que honrarse en Salamanca, le querian desaviar quedándose con su

hacienda hurtada! Dió luego á un alguacil y escribano comision para que

hiciese la diligencia. Yo repartí entre los dos ocho reales, con que se

les encendió el deseo de cumplir con lo mandado por el juez. Fuí con

los dos estudiantes á la buena mujer, Dios me lo perdone, y dejando á

la puerta el escribano y alguacil, díjele que me sacase el ferreruelo.

Sacólo, viéronlo los estudiantes, y conocieron ser el mio. Entraron el

alguacil y escribano, y tomados los testigos, la mujer dijo: que no

queria dar el ferreruelo, sino á quien se lo habia empeñado, que era

un conocido suyo, hombre muy honrado. El escribano se hizo depositario

de él, y en llegando al juez con la informacion, mandó entregarme mi

ferreruelo, dando mandamiento de prision contra el bellaconazo, que si

antes no parecia por lo que queria hacer, despues no pareció por lo

que queria hacer con él. Fuímonos con el arriero, y habiendo comido á

costa suya, lo dejamos en este trance, con que reimos todo el camino.

No alabo yo el haber hecho esta pesada burla, que al fin fué venganza,

cosa indigna de un valeroso pecho, y que realmente en esta edad no la

hiciera; pero quien hace mal á quien no se lo merece, ¿qué espera sino

venganza y castigo? Estos hombres vagamundos y ociosos, que se quieren

sustentar y alimentar de sangre agena, merecen que toda la república

sea su fiscal y verdugo.

El ocioso siempre piensa en hacer mal, ó en defenderse del que ha

hecho, y en no pensando en esto, está triste y melancólico. La

melancolía facilísimamente acomete á los holgazanes. ¡Qué contento

queda uno de estos cuando ha puesto en ejecucion una maldad, y qué

presto vuelve á estar en su mala intencion! La misma vida que trae el

ocioso, lo trae arrastrando: por más infelice tengo á un hombre ocioso,

que á un enfermo; porque éste tiene esperanza de salud, y la procura

con todos los medios posibles; mas los ociosos y vagamundos nunca

desean salir de su mal estado: como el que está en galeras muchos años

no se halla fuera de aquella miseria, así el ocioso, en ocupándolo,

no se halla fuera de su ruin vida. ¡Qué disgustos pasa cuando juega

y pierde! ¡Qué desesperacion siente cuando ve á los virtuosos bien

puestos! ¡Qué carcoma infernal le acomete cuando se ve incapaz de

merecer lo que el otro alcanza! Dios nos libre de tan abominable

vicio, orígen y principio de pobreza, poca estimacion, olvido de la

honra y ofensa de la Magestad de Dios.

[Ilustración]

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Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 33 / 101 题