Toda esta plática ó conversacion pasó estando este hidalgo y yo echados
de pechos sobre el guardalado de la puente Segoviana, mirando hácia
la Casa de Campo, por donde vimos asomar un buen atajo de vacas que
nos interrumpió la conversacion, y viéndolas, le dije: Aquellas vacas
han de pasar por esta puente más apiñadas y más apriesa que vienen
por aquella parte, por eso no aguardemos aquí el ímpetu con que han
de pasar. No temais, dijo el hidalgo, que os guardaré á vos, y á mí.
Guárdese á sí, le dije yo, que á mí aquella pared que baja de la puente
al rio me guardará, porque yo no me entiendo con gente que no habla,
ni sé reñir con quien trae armas dobles en la frente. Fuera de lo que
dicen: Dios me libre de bellacos en cuadrilla. Háse de reñir con uno
que si le digo teneos allá me entienda; reñir con un animal bruto es
dar ocasion que se ria quien lo mira, y cuando salga bien de ello, no
he hecho nada. No se ha de poner un hombre en peligro que no le importa
mucho; defenderse del peligro, es de hombres, y ponerse en él es de
brutos. El temor es guarda de la vida, y la temeridad es correo de la
muerte. ¿Qué honra ó provecho se puede sacar de matar un buey, cuando
se haga por ventura, sino tener que pagar á su dueño? Si yo puedo estar
seguro, ¿por qué tengo de poner mi seguridad en peligro? Con todo esto
que yo dije, él se quedó haciendo piernas, y yo con las mias me puse lo
más presto que pude detrás de la esquina. Venia por la puente delante
una mula con dos cueros de vino de San Martin, y un negro atasajado en
medio de ellos, y aunque venia un poco apriesa delante de los bueyes,
con el ímpetu que venian, por la priesa que los vaqueros le dieron,
cogieron á la mula en medio al tiempo que llegaron á emparejar con mi
negro hidalgo; la mula era maliciosa, y como se vió cercada de cuernos,
comenzó á tirar puñadas y coces, de manera que arrojó al negro y á los
dos cueros encima de la herramienta de un novillejo harto alegre, y
que comenzando á usar de sus armas, arrojó el un cuero por la puente
al rio en medio de muchas lavanderas. El hidalgo, por librar al negro,
y defenderse á sí, puso mano á su espada, y afirmándose contra el
novillo le tiró una estocada uñas abajo, con que hizo al otro cuero dos
claraboyas que alegraron harto á la gente lacayuna; pero no fué tan
de valde, que no le trujese por delante, asido por las cuchilladas de
las calzas, que de puro manidas, no pudiendo resistir á la violencia
de los cuernos, se rindieron, y él quedó arrimado al guardalado de la
puente, con algunos chichoncillos en la cabeza, diciendo: Si trujera
las nuevas, buen lance habia hecho. En pasando la manada, que fué en
un instante, acudieron los gentiles hombres guiones de la gente de á
caballo, y acometiendo por los orificios de los ijares al cuerpo sin
aliento, en un instante le dejaron sin gota de sangre.
[Ilustración: ... _y afirmándose contra el novillo le tiró una estocada
uñas abajo con que hizo al otro cuero dos claraboyas_.]
Las lavanderas acudieron al que habia caido en el rio, cada una con su
jarrillo, que llevando uno en las tripas y otro en la mano, le dejaron
la boca al aire, y el señor cuero callar; al negro medio deslomado le
pusieron sobre la mula, no sé lo que fué de él. Yo acudí á mi hidalgo,
no á darle en cara el no haber seguido mi consejo, sino á limpiarle y
consolarle, diciendo, que lo habia hecho muy como valiente hidalgo: que
es yerro al afligido y corrido reprehenderle lo que no tiene remedio:
con la reciente pesadumbre á nadie se ha de decir: bien os decia yo;
que en el daño hecho es mala la correccion temprana: al que está
compungido de su daño, no se ha de dar en cara lo que dejó de hacer,
que él se tiene consigo la penitencia de su yerro; y en semejantes
sucesos el empacho y vergüenza son castigos de la confianza. Él se
puso muy hueco del consuelo que yo le dí en alabarle de su disparate,
aunque se le echó de ver la confusion que tenia en el rostro. Con
todo eso me agradeció lo que le dije, y para alegrarlo le mostré
el estrago que los lacayos hacian en el cuero, y la alegría de las
lavanderas, que le echaban mil bendiciones al novillo, rogando á Dios
que cada dia sucediese lo mismo. Y en habiendo ellos y ellas concluido
con dejar los pellejos sin alma, se tornaron á su costumbre antigua.
Los lacayos á decir mal de sus amos y del gobierno de la República,
y las lavanderas á murmurar de doncellas y religiosos. ¡Lastimosa
cosa, que pasando toda la vida en pobreza, trabajo y miseria, con que
pueden ganar á Dios la voluntad, vengan á hallar alivio y descanso
en los brazos de la murmuracion! Que es tan poco humilde nuestra
naturaleza, que ordinariamente la pobreza se rinde á la envidia, como
si el arrepentimiento de las partes suspendiese de sola la diligencia
humana, sin órden de la voluntad divina, y que se aborrezca por cosa
infame, lo que tanto amó el Autor de la vida. Los pobres son
piadosos para otros pobres; pero no para los ricos, y si considerasen
con los ojos del alma, cuánto más cargados de obligaciones y cuidados
están los ricos que los pobres, sin duda no trocarian su suerte por la
del rico; que al rico todos procuran derribarle, y al pobre nadie le
tiene envidia: y con todo eso su mayor consuelo es murmurar del que ven
acrecentado ó en mejor estado que el suyo; pero dejemos ahora á los
lacayos gobernar el mundo, y á las lavanderas aniquilar y deshacer lo
mejor que hay en él. El hidalgo, aunque algo desabrido del suceso, con
grandes veras me comenzó á persuadir que fuese con él, yo á considerar
si me estaba bien; porque cuanto á lo primero yo echaba de ver que
el andar vagamundo y ocioso era cosa perniciosa para conservar la
reputacion y sustentar la vida, que aunque es así que la ocupacion
cansa el cuerpo, y la ociosidad fatiga el espíritu, y el que trabaja
piensa en lo que hace de bien, y el ocioso en lo que puede hacer de
mal; gracia del cielo es menester para que el ocioso se ocupe en cosas
de virtud, y mucha fuerza de mala inclinacion, para que el ocupado se
ejercite en el vicio. Muchas veces oí decir al Doctor Cetina, gran
juez, que aborrecia las ocupaciones de su oficio, por no saber faltas
agenas, y por otra parte las deseaba por no estar ocioso. Cuanto á
lo segundo, consideraba que no era cordura salir de Madrid, á donde
todo sobra, por ir á una aldea, donde todo falta; que en las grandes
Repúblicas el que es conocido, aunque anochezca sin dineros, sabe que
el dia siguiente no ha de morir de hambre. En los pueblos pequeños en
faltando lo propio, no hay esperanza de lo ageno: el perro que no es
de muchas bodas siempre anda flaco. Si el conejo tiene dos puertas
en su vivar, puede salvarse; pero si no tiene más de una, luego es
cazado. El hombre que no sabe nadar, en un charco se ahoga; pero el
que sabe entrar y salir en la mar, no se anega. Lo tercero, veia tan
inclinado al buen hidalgo á llevarme consigo; y á mí tan agradecido á
quien me quiere bien, que no sabia negárselo, que el agradecer el amor
y las buenas obras es de pechos nobles, y la ingratitud de tiranos: el
que no agradece no merece tener amigos: nada tienen los hombres que
no sea recibido, y así desde nuestro nacimiento habemos de comenzar
á agradecer. Tras de todo esto consideré mi estado, y la obligacion
natural que tengo á mí propio. El buen hidalgo era no muy rico, y de
sus acciones descubria estrecheza de corazon; no parecia liberal;
pobreza y miseria en un sugeto, aunque son para en uno, no quiero que
sean para mí; yo naturalmente soy enemigo de la escasez, y aun creo
que la misma naturaleza le aborrece, siendo como es pródiga en dar; y
á este hidalgo se le echaba de ver, que no era escaso por pobre, sino
por inclinacion: pero con todo eso me aventuré á no negarle lo que
me pedia. Fuíme con él á casa de cierto título, con quien profesaba
parentesco ó amistad; porque él tenia necesidad de algun regalo, por
las burlas que le habian pasado con el novillo, y en entrando dijo á un
despensero de la casa que me regalase: él entendió sin duda que no me
regalase, y así lo hizo; de manera, que de pura dieta casi se me vino
á juntar el pecho con el espinazo. Era ya tarde, y mostróme el dicho
despensero un tinelo donde comian los criados más importantes de la
casa, como son gentiles-hombres y pajes. Llegóse la hora de cenar, y el
tinelo estaba más escuro que la última cubierta del navío. Entró cierto
galancete, aunque no alto de cuerpo, de razonable talle, trigueño de
rostro, ceja arqueada, casi de hechura de mariposa de seda, buena
espedicion de lengua, pocos conceptos y muchas palabras, más lleno
de hambre que de hidalguía: y como vió tan lóbrego el aposento, dijo:
Ola, trae aquí velas. Vino un pícaro, con más andrajos que un molino de
papel, con un cabo de vela portuguesa, é hincóla en un agujero de la
misma mesa tinelar, que si no tuviera nudo la madera, la hincara en la
pared. Pusieron en ella unos manteles desvirados, que parecian delantal
de zurrador. Sacó aquel galan una servilleta de la faltriquera, no
más limpia, pero más agujereada que cubierta de salvadera, y por gran
cosa dijo: Más há de veinte años que la tengo conmigo, lo uno por no
ensuciarme con estos manteles; lo otro, porque me la dió cierta señora,
que no quiero decir más. Pusiéronles á cada uno un rábano, cuyas hojas
fueron la ensalada, y el rábano el sello estomatical. Yo les dije que
estaban seguros de la fatigosa pasion de orina, así por el uso de las
hojas, como por la templanza en la comida, que no les dieron á cenar,
sino unos bofes salpimentados con hollin y salpimiento. Respondió aquel
entonadillo: Siempre en casa de mis padres oí alabar esta virtud de la
templanza, y por haberme criado con ella, soy templado en todas mis
acciones. Si no es en hablar, dijo otro gentil-hombre. Prosiguió, que
los hidalgos tan honrados y bien nacidos como yo, no se han de enseñar
á ser glotones, que no saben en lo que se han de ver, en paz ó en
guerra.
No se halla que mi padre comiese más de una vez al dia, y con mucha
templanza, (si no era cuando le convidaba el Duque de Alva, grande
amigo suyo, que entonces comia más que cuantos habia en la mesa), era
muy gran cortesano, tan discreto y decidor, que entretenia solo á una
sala de gente, pero con todo eso nos dejó muy pobres. No me espanto de
esto, dije yo, que el caudal eran palabras y la resulta sería viento:
que cuando el hablar no se acompaña con el hacer, como se queda en la
primera parte, nunca se ve el fruto de la segunda. La dulzura y gracia
de la lengua satisface tanto á su dueño, que todo se va en vanagloria
para sí, y detraccion para los demás. Y en resolucion, la lengua es
la más cierta señal de lo interior del alma, que la mucha locuacidad
no deja cosa en ella que no eche fuera. Á todo esto, yo esperaba mi
cena, que segun se tardaba, me parecia que servia ya en palacio. Asomó
mi despensero con un platillo de mondongo, más frio que las gracias
de Mari Ángela. Tomélo y despedacélo, que no habia con qué cortarlo;
y al olor que subió de tripa mal lavada, dijo aquel hablador: En
viendo este género de comida, siento un olor ambarino que me consuela
el alma, porque lo comíamos siempre en mi aldea hecho con las manos
de una hermana mia, que si no fuera por unos cabellos más rubios que
el oro, que se le caian encima, lo podia comer un ermitaño. Á mí me
olió de manera, que deseaba que el pícaro me lo quitára de delante,
y convidéle á aquel hidalgo con él, diciendo que habia cenado; él lo
probó y aprobó, y alabando el picante de la pimienta y cebolla, y la
limpieza de las manos que lo habian hecho, se acabó junto con el cabo
de vela. Comenzó este á decir: Pícaro, trae aquí velas. ¿Cuáles velas?
preguntó el pícaro, váyase á pasear, y deje las velas. Á fé de hidalgo,
dijo aquel gentil-hombre, que os tengo de hacer quitar la racion. Eso
fuera, dijo el pícaro, si me la hubieran dado, pero la que no se ha
dado, mal se puede quitar; que como sabe, há más de cuatro meses que no
se da racion en esta casa. Oh villano, dijo el otro, deshonra buenos;
¿y tal has de decir? Los mal nacidos como éste infaman las casas de
los señores, que no saben tener paciencia ni sufrir un mal dia; luego
echan las faltas en la cara; no se contentan con el respeto que les
tienen por servir á quien sirven; mal calláredes vos lo que yo he
callado, y sufriérades lo que yo he sufrido, y hubiérades hecho lo que
yo he hecho, supliendo sus faltas, gastando mi hacienda, prestando mi
dinero, y diciendo muchas mentiras por disculpar sus descuidos. Los
bien nacidos tienen consideracion á las muchas obligaciones de los
señores: si hoy no tienen, mañana les sobra y pagan junto lo que no
dan por menudo. Señor, dijo el pícaro, yo no tengo las inteligencias
que vuesa merced que se va á las casas de juego. Atajóle de presto
el gentil-hombre, diciendo: Es verdad que yo juego de ordinario, que
aún no há más de esta tarde, que gané dinero y ciertas joyuelas y una
cadenilla de oro. ¿Pues cómo no tiene para velas? dijo el pícaro.
Porque dí, respondió, todo el dinero de barato. No es mucho, dijo el
pícaro, si es verdad esto, que de cuantas veces lo recibe le dé una.
¿Yo, pícaro? dijo el mozalvillo. Como su padre, respondió el pícaro.
Mi padre, dijo el galan, tomábalo, porque se lo daban y lo merecia.
Y vuesa merced, dijo el pícaro, porque lo pide y no lo merece. Á
toda esta pendencia, y otra que se habia trabado entre dos pajes,
sobre la antigüedad del asiento, estaba á oscuras el lóbrego tinelo,
y yo espantado dije al mozuelo que callase y tuviese respeto, que
á los que tienen oficio superior en casa de los señores, no se les
habian de atrever de aquella manera. Déjelo vuesa merced, dijo otro
gentil-hombre, que si el pícaro habla, por todos habla: que si jugando
sentencia una causa que no sea en su favor, luego dice que lo hace
porque le den barato. Fuera de ser el que nos ponga á todos en mal
con el señor, congraciador general, y celebrador y reidor de lo que
el señor dice, arcaduz de la oreja, manantial de chismes, estafeta de
lo que no pasa en todo el mundo. Si dice algo, él lo celebra y quiere
que se lo celebren todos: si otro dice ó hace algo bueno, lo procura
derribar y deshacer; si malo, á pura risa lo persigue, y si alguno le
parece que se le va entrando al señor en la voluntad, por mil caminos
le descompone. Estas y otras muchas cosas le dije yo de mi persona
á la suya con cinco palmos de espada. Cuando yo esperaba una grande
pendencia, el habladorcillo dió una carcajada de risa, con que el otro
se indignó mucho más, y dijo: ¿Luego no es verdad lo que digo? Y el
otro con una risa falsa le dijo: Eso y mucho más es verdad: y vuesa
merced sabe poco de palacio, que aquí el doblez y la ficcion están en
su lugar: no hay verdad, sino lisonja y mentira, y el que no la trata
no puede valer en palacio. Desde que nací me crié en él, y aunque mi
padre me avisaba de esto mismo, nunca le ví medrar, sino cuando decia
mal de algun ausente, que como sea dicho con donaire, como él lo decia,
alegra el ánimo, endulza el oido, atrae la voluntad, y saca risa de los
pechos melancólicos. Y llevárase el diablo, dije yo, á quien lo dice,
y á quien escucha, y á quien incita á que se diga, y á quien tiene
tan ruin opinion, y á quien lo consiente, pudiéndolo estorbar que no
se diga. Y querer nadie hacer ley de su mala condicion y costumbre en
las cosas de palacio, es yerro notable y digno de castigo, que todos
estos son actos que tienen su principal descendencia y orígen de la
antiquísima casa de la envidia. Pasion infame, engendrada en pechos
que piensan que el bien ajeno ha de redundar en daño suyo, desnudos
de partes y merecimientos, la cual envidia es la más perniciosa de
todas; porque como tiene su fundamento en un pesar del bien ajeno,
todo el tiempo que dura en aquel la prosperidad, dura en este la
malicia, y sin tasa ni eleccion, porque el mismo en quien se halla
tan abominable inclinacion, en todo se opone: al menor, porque no se
iguale, y al igual, porque no le deje atrás, y al mayor, porque no
le sujete. ¡Qué templado está á lo viejo! dijo el hablador. ¡Y qué
destemplado está él á lo moderno! dije yo. Y prosiguió diciendo: ¿Entre
los religiosos y religiosas, puede negarme que no son muy ordinarias
las envidias sobre las elecciones de superiores, y oficios? Cuando
las haya, que pocas veces las hay, dije yo, al fin son sobre cosas
honradas, de mucha calidad é importancia para su Religion, y cada
uno sigue el bando que más le parece conveniente para cosas de tanta
substancia: pero en palacio, ¿sobre qué es la envidia, sino sobre
unas calzas viejas que desechó el señor por más que viejas? ¿ó sobre
hacerse secretario de lo que es público en la boca de todos? Pues
quiero que entiendan los habladores y zizañeros de palacio, que ya
con su argentería falsa pueden traer enlabiado al señor, en tanto que
por la tierna edad se deja llevar de congraciadores, que al fin son
descendientes de sangres alimentadas con virtud y valor de ánimo, y
han de caer en la cuenta mejor que en el yerro, y conocer lo que es
bien y mal, y premiarlo conforme á la intencion con que ha corrido.
Preguntó aquel gentil-hombre: ¿Pues no ha de tener el Príncipe criados,
que por la reputacion del señor sepan cumplir de palabra con los
mercaderes, y entretener los acreedores á quien deben? Eso, dije yo,
es lo que menos importa á los señores, porque los tales criados no
mienten por entretener las trampas de los señores, sino por dilatar
las que ellos hicieron á vueltas de ellos. Mas pregunto, ¿es forzoso
que por estar un hombre ocioso y vicioso, ha de servir toda la vida,
sujeto á las costumbres envejecidas de los que no pretenden más de
vivir y morir, y por levantarse tarde y ejercitar la poltronería, han
de estar todo el dia arrimados á la pared, como ánima de jiganton en
puerta de taberna? Bien sé que no han de ser todos soldados, ni todos
estudiantes, oficiales y sacerdotes, que servirse tienen las gentes
de las gentes y los Príncipes de los hombres que sean hombres, que no
profesan la adulacion por comer y holgar. Estudien, lean, aprendan algo
de virtud, que no ha de ser todo congraciarse con el señor, derribando
al uno, desacreditando al otro, y amenazando á aquél, y enfadando á
todos. Sobre cosas que no tienen más calidad, ni cantidad, que comer
y pasearse, y á la vejez contar historias, que ni las vieron, ni las
leyeron, ni aun quizá las oyeron, que la necesidad los hace inventores.
Ya se me iba desatando el frenillo contra la vida de palacio, como
el estómago estaba desocupado y las partes orgánicas obraban más
desenvueltamente, cuando entraron achas encendidas, alumbrando toda
la casa, que sirvió la visita de que por una saetía entrase la luz á
la mesa de los doce pages, y acudiendo cada uno á sus obligaciones,
quedé tan solo, que pude desamparar las mias en el tinelo, y deslicéme
lo más calladamente que pude sin despedirme de nadie, ni hablar
palabra, volviendo de cuando en cuando el rostro atrás, por ver si me
seguian por la cosa que habia hecho en el regalo mondonguil, que no
comí, ni comiera, y en verme libre de aquel carnero de huesos mondos,
entendí que me habia escapado de alguna mazmorra de Argel. Fuíme á mi
posadilla, que aunque pequeña, me hallé con una docena de amigos que
me restituyeron mi libertad, que los libros hacen libre á quien los
quiere bien. Con ellos me consolé de la prision que se me aparejaba, y
satisfice el hambre con un pedazo de pan conservado en una servilleta,
y á la dieta con un capítulo que encontré en alabanza del ayuno. ¡Oh
libros, fieles consejeros, amigos sin adulacion, despertadores del
entendimiento, maestros del alma, gobernadores del cuerpo, guiones para
bien vivir, y centinelas para bien morir! ¿Cuántos hombres de obscuro
suelo habeis levantado á las cumbres más altas del mundo? ¿Y cuántos
habeis subido hasta las sillas del cielo? ¡Oh libros, consuelo de mi
alma, alivio de mis trabajos, en vuestra santa doctrina me encomiendo!
Reposé aquella noche muy poco, porque como el sueño, que se dió para
descanso del cuerpo, se hace de vapores cálidos y húmedos que suben del
estómago, y manjar al cerebro, y yo estaba casi en ayunas, fué tan poco
mi sueño, que á las seis de la mañana estaba ya vestido. Santigüéme, y
encomendándome al Autor de la vida, fuíme á un humilladero del bendito
Ángel de la Guarda, que está de la otra parte de la puente Segoviana.
El dia amaneció claro, y el sol grande, y de color amarillazo. Fuera
de esto en un rebaño de ovejas que encontré cerca de la puente ví que
los carneros se topaban unos con otros, y de cuando en cuando alzaban
los ojos al cielo; eché de ver la tempestad que amenazaba al dia y díme
prisa para volver pronto. Fuí á rezar, y en acabando llegó el ermitaño
á mí, que me pareció ser hombre de buen discurso, y me dijo: No hará
tan buen dia como hizo el del bienaventurado San Isidro, si se halló
vuesa merced aquí. Sí me hallé, dije yo, y he conocido las mismas
señales del mal tiempo, por donde este dia no se parecerá al otro.
Cierto, dijo el ermitaño, que miré desde este alto, y se me representó
con la mucha cantidad que habia de coches y carros, una hermosa flota
de navíos de alto bordo, que me trujo á la memoria algunas que he
visto en España y fuera de ella. En el mismo concepto, dije yo, estuve
aquel dia que venia con un poco de gota, con el espacio y remanso que
requiere tal enfermedad, y me acordé de la armada de Santander, que tan
hermosa apariencia tuvo, y tan mal se logró. Llegando al medio de la
puente me llamaron para subir en un coche dos caballeros del hábito
eclesiástico, de muy gallardos entendimientos, acompañados de prudencia
y bondad. Subí, y apenas estuve en el coche, cuando se alborotaron los
caballos por una superchería que usó un hombre de á caballo con un
hidalgo de á pié, de muy buena suerte, sobre haber sido estorbo para no
hablar á su comodidad con una cuadrilla de cien mujeres que ocupaban
un coche ageno, que en cogiéndole prestado cabe dentro todo un linage
y toda una vecindad. Alborotada la flota carrozal, llegóse cerca de
nosotros el autor de la pesadumbre, muy ufano de lo que habia hecho.
Díjole uno de aquellos dos caballeros, Bernardo de Oviedo: Si fuera
lícito á los hombres hacer todo lo que pueden, no se fuera vuesa merced
riendo de la sinrazon que ha hecho. Respondió el otro: Vuesa merced no
debe de saber qué cosa es ser enamorado. Á lo menos, dijo Bernardo,
sé que el amor no enseña á hacer cosas ruines. Pasó acaso por allí el
Maestro Franco con su mula, y dijo el agresor: No se desconsuele vuesa
merced, que por lo menos ha granjeado la voluntad de doce mujeres, que
con esa hazaña y doce pasteles de costa, irán á decir que vuesa merced
es un Alejandro y un Scipion. ¿Huélganse conmigo, dijo el valiente?
Pues vive Dios que si no fueran clérigos habia de pasar el negocio
adelante. Pues por eso, dijo el Maestro Franco, lo hizo Dios mejor, que
sin quedar vuesa merced descomulgado nos ha dado harta materia para
reir.
Á todo esto estaba muy colérico cierto gentil hombre que iba allí, de
buena conversacion y poca substancia, y dijo: ¿Es posible que ha tenido
aquel hidalgo paciencia para no vengarse de su agravio, aunque le
hicieran pedazos? ¿De cuál agravio? dijo Bernardo. Él anduvo muy bien
en no hacer diligencia donde no habia de aprovechar, y los agravios
que no caen sobre materia, no tocan á la honra, ni aun á la ropa, si
bien perturban el ánimo. Jugando suelen decir mil disparates los que
pierden, como decir: cualquiera que se huelga que pierda, miente, y
es un cornudo. Háse de reir de esto, porque nadie dió materia para la
desmentida, y llámase materia la ocasion de agravio hecho con palabras,
ó con obras, sobre que caiga la venganza. Si dándole á un jumento de
varazos, le alcanzan á dar á un hombre, ó si jugando al mallo ó á los
trucos le aciertan á dar un palo, no tiene de qué sentirse, porque
aquel agravio no cayó sobre materia, y la paciencia en semejantes
casos arguye mucho valor de ánimo. Ea, señor, dijo el otro, que la
paciencia en tan notorias injurias descubre pocos hígados en quien
ordinariamente la tiene. Por tres cosas, dijo Luis de Oviedo, tiene
un hombre paciencia notable, ó por no entender bien las cosas del
mundo, ó por templanza natural de condicion, ó por virtud adquirida
de muchos actos; y el que sin estas tres cosas sufre injurias que no
puede remediar, manifiesta invencible ánimo para ellas, y menosprecio
para quien las hace. Al tiempo que acababa esta conversacion con el
ermitaño, ví todo el cielo revuelto y turbado, fuíme á despedir para
irme, y él me detuvo diciendo, que antes que acabase de pasar la
puente me cogeria la borrasca: dentro de poco espacio fué tan grande
la tempestad de truenos, relámpagos y rayos, que la creciente en menos
de media hora casi vino á cubrir los ojos de la puente, y fué forzoso
cerrar las puertas del humilladero, que combatidas del aire, hicieron
mucho en no rendirse á su violencia. Mejor está vuesa merced aquí, dijo
el ermitaño, que no en el camino. Qué mejor, dije yo, que estando en la
casa del mismo defensor de nuestras almas y cuerpos, criado para eso
de la inefable bondad del Eterno Padre; más bien guardados estamos
que fuera de ella. Guarda á quien no solamente la heredad de Dios
reverencia y conoce: pero aun la antigüedad, ciega de la lumbre de Fé,
tuvo grande veneracion, dedicándole templos, y levantándole altares en
nombre del génio, que así llamaban los antiguos al benditísimo Ángel
Custodio. ¡Jesus, y qué contínuos é inciviles truenos! ¡qué gruesa
piedra! ¡qué perseverancia tan grande! Desde que yo vine á Castilla,
nunca entendí que fuera tan sujeta á tempestades tan desatadas como las
que muchas veces he visto, que en mi tierra, por ser llena de grandes
montañas muy altas y sujetas á la fuerza de los vientos, no es tan de
admirar que se vean estos tan arrebatados turbiones, mezclados con
vientos y granizo. ¿De dónde es vuesa merced? dijo el ermitaño. Yo,
señor, respondí, soy de Ronda, ciudad puesta sobre muy altos riscos
y peñas tajadas, muy combatida de ordinario de ponientes y levantes
furiosos; de manera que si fueran los edificios como estos, se los
lleváran tormentas. Nunca he sabido hasta ahora, dijo el ermitaño, de
dónde fuese vuesa merced, aunque le conocí en Sevilla, y le comuniqué
en Flandes y en Italia. Miréle con cuidado, y haciendo refleccion,
conocíle, que habia sido soldado donde dijo; holguéme, y abracélo, y
supe de él que se habia retirado á la soledad de los montes algunos
años á servir á Dios, y por haber enfermado se vino á poblado, ó cerca
de él, á pasar la vida eremítica, dándole á Dios lo que le quedaba.
Aunque la furia del argavieso no duró más de una hora, el agua que
tras él se siguió duró sin cesar hasta el dia siguiente, con furia
de vientos deshechos. El buen ermitaño se halló con carbon, encendió
un brasero, é hízome quedar á comer con él, de lo que Dios le habia
enviado por mano de gente muy devota, de que hay mucha abundancia en
Madrid.
[Ilustración]
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