DESCANSO V.

Mas como la privacion puede tanto con las mujeres, por el mismo caso

que yo rehusaba, mi ama procuraba más que lo dijese, que como tenia

pecho noble, y le parecia que la tenia obligada en alguna manera,

sacaba fuerzas de flaqueza, y buscaba modos cómo darme á entender

que estaba de mí agradecidísima. Que esta diferencia hace un pecho

liso y sencillo, á uno de mala raza y cosecha, que el bueno aun el

bien imaginado agradece, mas el bronco y desabrido, no solamente no

agradece, pero busca modos cómo desagradecer el bien recibido: pero

cuanto más mi ama se esforzaba por dar á entender su agradecimiento,

tanto más me ofendia yo en que pensase en que habia hecho algo en

servirla, que el saber flaquezas ajenas, que ó todos las cometemos,

ó estamos naturalmente dispuestos á ello, no ha de ser parte para

estimar en menos á aquellos de quien las sabemos: saber el secreto

ajeno ó es acaso, ó por confianza que hacen de nosotros: si es acaso,

la misma naturaleza nos enseña que puede suceder lo mismo por nosotros;

y si es por confianza, ya entra en guardarle la reputacion del que

lo sabe. Encubrir faltas ajenas es de ángeles, y descubrirlas es de

perros que ladran cuando más dañan. Querer saber secretos ajenos, nace

de pechos sin merecimientos, que lo que no pueden merecer por sí,

quieren merecerlo á costa ajena: quien quiere saber faltas ajenas,

quiere estar mal con todo el mundo, y que se publiquen las suyas.

¡Dichosos aquellos á cuya noticia no han llegado las faltas ajenas,

que ni ofenderán, ni serán ofendidos! Hay algunos ánimos tan fuera del

órden natural, que les parece que han alcanzado una gran joya, cuando

saben alguna falta de su prógimo: pues no se persuada á entender quien

tiene tan abominable costumbre, que no hay contratretas para semejantes

desafueros, que todos traen el castigo por sombra; y no hay mala

intencion que no tenga su semejante, ó peor. Un fraile, aunque no muy

docto, bien intencionado, preguntando en un escrutinio si sabia faltas,

ó descuido de sus compañeros, respondió que nó, porque si las habia

oido, ó no habia reparado en ellas, ó las habia dejado olvidar, y si

venian por relacion, no las habia oido, ó no las habia creido. Y otro,

habiendo desacreditado á todos los compañeros, por acreditarse á sí en

el escrutinio, salió más culpado que todos. Este almacen de palabras

he traido, para decir el recelo que mi ama debia tener, pareciéndole

que podia revelar su secreto, ó que á lo menos lo queria tener, como

dicen, el pié sobre el pescuezo, y así, prosiguiendo en su intento,

dijo, que por buen término y trato, quisiera perpetuarme en su casa,

para tenerme en lugar de padre, queriéndome casar con una parienta

suya, doncella, y de muy buena gracia, y de poca edad; y declarándose

con su marido y conmigo, encareciendo la bondad y virtud de la moza,

y cuán bien me estaria para el regalo de mi vejez casarme con ella,

yo le dije: Señora, no haré eso por todas las cosas del mundo, porque

quien se casa viejo, presto da el pellejo: y riéndose ella, proseguí

diciendo, que en Italia traen un refrancete á este modo, que el que

casa viejo tiene el mal del cabrito, ó que se muere presto, ó viene á

ser cabron. ¡Jesus! dijo mi ama, ¿pues eso ha de imaginar un hombre tan

honrado como vos? Señora, dije yo, lo que veo, y he visto siempre es,

que al viejo que se casa con moza, todos los miembros del cuerpo se le

van consumiendo, sino es la frente, que le crece más. Las mozas son

alegres de corazon, y regocijadas en compañía, andan siempre jugando y

saltando como ciervas, y los maridos como ciervos, siendo viejos. No

es tan perseguida la liebre de los galgos, como la mujer del viejo de

los paseantes: no hay mozo en todo el lugar que no sea su pariente,

ni vieja rezadera que no sea su conocida: en todas las iglesias tiene

devociones, ó por huir del marido, ó por visitar las comadres: si es

pobre el marido, se anda quejando de él: si es rico, á pocas vueltas le

deja como el invierno á la cornicabra, con solo el fruto en la frente.

He rehusado en mi mocedad tomar esa carga sobre mis hombros, ¿y la

habia de tomar ahora sobre mi cabeza? Dios me guarde mi juicio, bien

me estoy solo; ya me sé gobernar con la soledad, no quiero entrar en

nuevos cuidados, afuera consejos vanos. Á todo esto el doctor estaba

pereciendo de risa, y su mujer pensando en la réplica que habia de

hacer; y así con muy gran donaire y desenvoltura, dijo á su marido,

y á mí: Cada dia vemos cosas nuevas, bien es vivir para experimentar

condiciones: el primer viejo sois que he visto y oido decir, que haya

rehusado casamiento de niña; todos apetecen la compañía de sangre

nueva, para conservacion de la suya: los árboles viejos, con un enjerto

nuevo los remozan: á las plantas, porque no se hielen, les ponen

abrigo: la palma, si no tiene junto á sí su compañera, no lleva fruta:

la soledad ¿qué bien puede traer sino melancolía, y aun desesperacion?

Todos los animales racionales y brutos apetecen la compañía. No seais

como aquel bestial filósofo, que habiéndole preguntado cuál era buena

edad para casarse, respondió, que cuando era mozo, era temprano, y

cuando viejo, tarde. Mirad, que fuera de ser para mí grande gusto,

para vuestra comodidad es bien vivir con abrigo. Yo confieso, le

dije, que tan elegantes razones, dichas con tanta gracia y estilo,

persuadirán á cualquiera que no estuviera con tanta experiencia de las

cosas del mundo, y tan hecho á la soledad como yo; pero verdades tan

apuradas, no admiten persuasiones retóricas, porque casarse un viejo

con una muchacha, si ella es como debe ser, es dejar hijos huérfanos y

pobres, y en pocos años venir á ser entrambos de una misma edad, porque

naturaleza va siempre tras su conservacion, y el viejo conserva la

suya, consumiendo la juventud de la pobre muchacha; y si no es de esta

suerte, tiene puestos los ojos en lo que ha de heredar, y la voluntad

é intencion en el marido que ha de escoger. Mas, ¿qué tal pareciera yo

con mis blancas canas junto á una niña rubia y blanca, bien puesta y

hermosa, que cuando alzara los ojos á mirarme el copete lo viera más

liso que el carcañal, las entradas como el colodrillo de la ocasion, la

barba más crespa y cana que la del Cid? Eso no os dé pena, dijo ella,

que Juan de Vergara tiene una tinta tan negra y fina, que á cuantos

hombres y mujeres entran en su casa con canas los pone de manera que

á la salida no los conocen. Ni aun ellos propios se conocen á sí

mismos, dije yo, con un engaño como ese, y creo cierto, que nace esta

flaqueza de no conocer nuestra hechura, porque disfrazar y entretener

las canas, no sé de qué sirve, sino de una ocupacion de zurradores,

que no rehusan traer las manos como ébano de Portugal. Y realmente los

que lo hacen tienen tanta ventura que á nadie engañan sino á sí solos,

porque todos lo saben; de modo, que les añaden muchos más años de los

que tienen; y ellos no se desengañan, hasta que por alguna enfermedad

dejan de teñirse, y se hallan cuando se miran la barba, como Urraca

ahorcada. Pues si la tinta no acierta á ser del color de la barba,

que es muy ordinario, en dándoles el sol, hace visos como el arco del

cielo. Si con el teñir se reparara la flaqueza de la vista, se supliera

la falta de los dientes, se cobrara la fuerza de piernas y brazos, ó

se entretuvieran los años para engañar la muerte, todos lo hiciéramos;

pero hace la muerte con los teñidos, como la zorra con el asno de

Cumas, que se vistió una piel de leon para espantar á los animales y

pacer con seguridad: mas la zorra, viéndole andar tan despacio, miróle

las patas, y dijo: asno sois vos. Así la muerte mira los teñidos, y les

dice: viejo sois vos. Tíñase quien quisiere, que yo tengo por mejor

lo claro que lo obscuro, el dia que la noche, lo blanco que lo negro.

Más quiero parecer paloma que no cuervo, más hermoso es el marfil que

el ébano. Si como las barbas que pasan de negras á blancas, pasaran de

blancas á negras, ¿cuánto mas odiosas fueran por el color tapetado?

En fin, la plata es más alegre que el ébano: ¿no bastaba casado, sino

tiznado? Andad, dijo mi ama, que con eso se disimulan algunos años,

y sin eso no se pueden negar. Aunque los hombres de bien, dije yo,

jamás han de mentir, en todas las cosas del mundo puede aprovechar una

mentira, si no es en los años y en el juego; porque ni los años pueden

ser menos por negarlos, ni la ganancia se ha de quitar por confesarla.

Pero volviendo á nuestro propósito, que el matrimonio es cosa santísima

no se puede negar, ni yo lo niego, que el no apetecerlo yo nace de la

incapacidad mia, y no de la excelencia suya; apetézcalo quien está en

edad y disposicion para ello con la igualdad que la misma naturaleza

pide, que ni sean ambos niños ni ambos viejos, ni él viejo y ella niña,

ni ella vieja ni él niño. Sobre lo cual hay diversas opiniones entre

filósofos, y la más cierta es que el varon sea mayor que la mujer diez

ó doce años; pero que tenga yo cincuenta años, y mi señora mujer quince

ó diez y seis, es como querer que un contrabajo y un tiple canten una

misma voz, que por fuerza han de ir apartados ocho puntos el uno del

otro. ¿Pues nunca habeis sido enamorado? dijo mi ama. Y tanto, dije

yo, que he compuesto coplas y tenido pendencias, que la mocedad está

llena de mil inconsideraciones y disparates. No lo serán, dijo ella,

que los hombres de buen discurso sazonan las cosas diferentemente,

que los demás. Reniego, dije yo, de ejercicio que ha de traer á un

hombre hecho lechuza, guardando cimenterios, sufriendo frios y serenos,

incomodidades y peligros tan ordinarios como suceden de noche, y aun

cosas dignas de callar. El que anda de noche ve los daños ajenos, y no

conoce los suyos, consume presto la mocedad, y se desacredita para la

vejez: vénse de noche cosas que se juzgan por malas, no siéndolo; ¡qué

de temores y espantos cuentan los que pasean de noche, que vistos de

dia nos provocarian á risa! Acuérdome, que teniendo cierto requiebro

al barrio de San Ginés, con otro juicio tal como el mio era entonces,

mártes de carnestolendas por la tarde me envió á decir la señora que le

llevase algo bueno para despedirse de la carne, que en estos dias hay

libertad para pedirlo, y aun para negarlo; pero por usar de fineza, por

ser la primera cosa que hacia en su servicio, vendí ciertas cosillas,

que me hicieron harta falta, y en acabándose la grita de jeringas y

naranjazos, y el martirio perruno, causado de las mazas (de quien

sin saber por qué, huyen hasta reventar) dí conmigo en un tabernáculo

de la gula, donde henchí un paño de manos de una empanada, un par de

perdices, un conejo y frutillas de sarten, y atándolo muy bien, caminé

á darlo por una ventana á más de las once de la noche; y como el dia

siguiente, por ser miércoles de ceniza, era dia de mucha recoleccion,

aunque todo el pasado habia sido alegría para los muchachos y trabajos

para los perros, habia silencio general; de suerte, que aunque yo iba

bien cargado, no me podia ver nadie: llegando á la plazuela de San

Ginés sentí que venia la ronda, y retiréme debajo de aquel cobertizo,

donde suele haber una tumba para los aniversarios y exequias, y antes

que pudiesen llegar á mí los de la ronda, metí el paño de manos, atado

como estaba, por un agujero grande que tenia la tumba por la parte de

abajo, y sacando un rosario, que siempre traigo conmigo, comencé á

fingir que rezaba. Llegó la ronda y pensando que fuese algun retraido

asieron de mí, preguntando qué hacia allí. Llegó el alcalde, y visto

el rosario y poca turbacion, que importa mucho en cualquier ocasion no

perturbarse el ánimo, dijo que me dejasen, y me recogiese: hice que

me iba, y trasponiendo la ronda torné por mi paño de manos y cena á

la negra tumba, donde lo habia dejado, y aunque con un poco de temor

por la hora y la soledad, alargué la mano y brazo todo lo que pude

alcanzar, y no topé con el paño ni con lo que estaba en él: de lo

cual quedé temblando y helado; y es de creer que me causaria horrible

miedo una cosa tan espantosa en un cimenterio, debajo de una tumba,

á más de las once de la noche, y con tan gran silencio, que parecia

se habia acabado el mundo; pues junto con esto, sentí dentro en la

tumba tan gran ruido de hierro, que se me representaron mil cadenas,

y otras tantas ánimas, padeciendo su purgatorio en aquel mismo lugar.

Fué tanta mi turbacion y desatiento, que se me olvidó el amor y la

cena, y quisiera hallarme mil leguas de allí; pero lo mejor que pude,

ó lo menos mal que acerté, volví las espaldas, y fuíme poco á poco,

arrimándome á la pared, pareciéndome que iba tras mí un ejército de

difuntos; pues yendo con esta turbacion me sentí por detrás tirar de la

capa, desanimándome de manera que dí un golpazo con mi persona en el

suelo, y con los hocicos en la guarnicion de la espada; volví á mirar

si era algun cadáver descarnado, y no ví otra cosa sino mi capa asida

al calvario que está en aquella pared; con esto respiré un poco, y fuí

cobrando aliento, y descansando el temor del clavo y de la capa; pero

no el de la tumba.

Sentéme, y miré alrededor á ver si habia cosa que pudiese acompañar,

y descansé, porque estaba tan cansado que lo hube menester, que no lo

estuviera más si hubiera andado cien leguas por los altos y bajos de

Sierra-Morena. Hice reflexion sobre lo pasado, considerando qué cuenta

daria yo de mí el dia siguiente, contando lo que habia sucedido, sin

haber visto cosa que fuese de momento; porque decir un terror tan

horrible sin haber averiguado el fundamento, era desacreditarme y

quedar en fama de cobarde ó mentiroso: dejar de contarlo era quedar

en opinion de miserable con la señora Daifa, habiendo gastado lo que

no tenia sin decir el fin que tuvo. Por otra parte veia que si fuera

algun difunto no tenia necesidad de mi pobre cena, pues hombre no podia

estar tan abreviado que no topara con él cuando extendí el brazo. Al

fin hice mi cuenta de esta manera: Si es demonio, mostrándole la señal

de la cruz huirá; si es ánima, sabré si pide algunos sufragios; y si es

hombre, tan buenas manos y espada tengo como él, y con esta resolucion

fuíme animosamente á la tumba, desenvainé la espada y rodeando la capa

al brazo, dije con muy gentil determinacion: yo te conjuro, y mando

de parte del cura de esta iglesia, que si eres cosa mala te salgas de

este lugar sagrado, y si eres ánima que andas en pena, que me reveles

qué quieres, ó qué has menester (y el ruido del hierro con mi conjuro

andaba más agudo): una y dos, y tres veces te lo digo y torno á decir;

pero cuanto más le decia, tantos más golpes de hierro sonaban en la

tumba que me hacian temblar. Visto que mi conjuro no era válido, y

que si dejaba enfriar la determinacion que tenia, tornaria el temor á

desanimarme, púseme la espada entre los dientes, y con ambas manos así

de la tumba por el agujero de abajo, y en alzándola salió corriendo por

entre mis piernas un perrazo negro, con un cencerro atado á la cola,

que huyendo de los muchachos se habia recogido á descansar á sagrado;

y como despues de haber reposado olió la comida, retiróla para sí, y

sacó el vientre de mal año; pero con el grande y no pensado ruido que

hizo saliendo, fué tanto mi espanto, que como él fué huyendo por una

parte, yo fuera por otra, sino por un espinillazo que al salir me dió

con el cencerro, de que no me pude menear tan presto; pero fué tanta

la pasion de risa que despues de quitado el dolor me dió, que siempre

que me acuerdo de ello, aunque sea á solas y por la calle, no puedo

dejar de dar alguna demostracion de ello. Fué menester que el Doctor y

su mujer acabasen de reir, para proseguir el intento para que truje el

cuento; y habiéndolo solemnizado, les dije: No se podrá creer lo que

yo me holgué de averiguar aquella duda que en tanta confusion me habia

de poner, para contar lo que habia visto, por donde pusiera mal nombre

á aquel lugar, como lo han hecho otros muchos, que por no averiguar

los temores ó las causas de ellos, desacreditan mil lugares, y quedan

desacreditados por temerosos y espantables sin haber causa para ello,

más de haber visto alguna extraordinaria cosa, y sin averiguarla van á

contar mil deslumbramientos y disparates. Uno dijo, que habia visto un

caballo lleno de cadenas y descabezado, y era una bestia que venia del

prado á su casa, con las trabas de hierro.

Son infinitos los disparates que en esto se dicen; de manera, que no

hay poblacion, donde no haya un lugar desacreditado por temeroso, y

ninguno, si no es burlando ó haciendo donaire, dice la verdad. En Ronda

hay un paso temeroso despues que se subió de noche una mona en un

tejado, que con la maza y cadena atoró, ó encalló en una canal, y desde

allí echaba tejas á cuantos pasaban, y todo es de esta manera. Solas

dos cosas hallo yo que pueden hacer mal de noche, que son los hombres y

los serenos, que los unos pueden quitar la vida y los otros la vista.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 29 / 101 题