Al tiempo que me iba hallando mejor con el Doctor Sagredo, y mi señora
Doña Mergelina de Aybar, por el amor que me tenian, como mi suerte ha
sido siempre variable, hecha y acostumbrada á mudanzas de fortuna,
y ejercitada en ellas toda mi vida, vinieron á llamar de un pueblo
de Castilla la Vieja al doctor Sagredo con un gran salario, el cual
no pudo rehusar por haberlo menester, y para ejercitar lo que habia
estudiado, que ni la grandeza del ingenio, ni el contínuo estudio
hacen á un hombre docto, si le falta experiencia, que es la que sazona
los documentos de las escuelas, sosiega las bachillerías que hacen al
ingenio confiado por las filoterias de la dialéctica, que realmente
no podemos decir que tenemos entero conocimiento de la ciencia hasta
que conocemos los efectos de las causas que enseña la experiencia,
que con ella se comienza á saber la verdad. Más sabe un experimentado
sin letras, que un letrado sin experiencia, la cual faltaba al Doctor
Sagredo, y así le estuvo bien aceptar aquel partido por esto, y por
repararse de las cosas necesarias para la conservacion de la vida
humana. Aceptado el partido, pidiéronme con toda la fuerza posible
que me fuese con ellos, lo cual yo hiciera, si no fuera que no me
atreví á los frios de Castilla la Vieja, que estando un hombre en
los postreros tercios de la vida, no se ha de atrever á hacer lo que
hace en la mocedad. El frio es enemigo de la naturaleza, y aunque uno
muera de ardentísimas fiebres, al fin queda frio. Las acciones del
viejo son tardas por la falta de calor; como la mocedad es cálida y
húmeda, la vejez es fria y seca; por falta de calor viene la vejez, y
por esto han de huir los viejos de regiones frias, como yo lo hice,
que me quedé desacomodado por no ir á donde me acabase el frio en
breve tiempo. Fuéronse, y quedéme solo y sin arrimo que me pudiese
valer; que los que dejan pasar los verdes años sin acordarse de la
vejez, han de sufrir estos y otros mayores daños y trabajos. Nadie
se prometa esperanzas de vida, ni piense que sin diligencia puede
asegurarla, que hay tan poco de la mocedad á la vejez, como de la
vejez á la muerte; no puede creerlo sino quien ha entregado sus años
á la dilacion de las esperanzas. Cada dia que se pasa en ociosidad,
es uno menos en la vida, y muchos en la costumbre que se va haciendo.
Siendo estudiante en Salamanca el Licenciado Alonso Rodriguez Navarro,
varon de singular prudencia é ingenio, le hallé una noche durmiendo
sobre un libro, y diciéndole que mirase lo que hacia, que se quemaba
las pestañas, respondió, que apelaria para el tiempo que le diese
otras; pero que si perdia el tiempo, no tenia para quien apelar sino
para el arrepentimiento. Al mismo, preguntándole por qué camino habia
venido á ser tan bien quisto en su ciudad, que es Murcia, respondió,
que haciendo placer, y disimulando desagradecimientos, pero que nunca
llegaron á engendrar en su pecho arrepentimientos de haber hecho el
bien: que los hombres de bien no han de hacer cosas de que se deban
arrepentir; y si el arrepentimiento viene tarde, y es bien recibido,
aprovecha para el reparo de la vida, que como el arrepentimiento sigue
á los daños sucedidos por propia culpa, viene acompañado con asomos de
virtud, nacida del escarmiento y ayudado de la prudencia. Mas no hay
arrepentimiento que venga tarde como sea bien recibido.
Cuatro efectos suelen resultar del tiempo mal gastado y peor pasado;
dejamiento de sí propio, desesperacion de cobrar lo perdido, confusion
vergonzosa, y arrepentimiento voluntario; estos dos postreros arguyen
buen ánimo, y estar cercanos á la enmienda; pero entiéndese, que
como el yerro fué con tiempo, el arrepentimiento no ha de ser sin
tiempo: que si el mucho tiempo se pasó presto, el poco se pasará
volando, y llegará tarde el arrepentimiento, como el tiempo que se
pasa al descuido con gusto no se cuenta por horas, como el que se pasa
trabajando, no se echa de ver hasta que es pasado. Yo quedé solo y
pobre, y para reparo de mis necesidades, me topó mi suerte con cierto
hidalgo que se habia retirado á vivir á una aldea, y habia venido
á buscar un maestro ó ayo para dos niños que tenia de poca edad, y
preguntándome si queria criárselos, le respondí, que criar niños era
oficio de amas, y no de escuderos; rióse, y dijo: Buen gusto teneis,
á fé de caballero que habeis de ir conmigo: ¿no os hallareis bien en
mi casa? Yo respondí: Ahora sí, pero despues no sé. ¿Por qué? preguntó
el hidalgo. Porque hasta tomar el tiento á las cosas, dije yo, no se
puede responder afirmativamente; y no se ha de preguntar á los criados
si quieren servir, sino, si saben servir, que el querer servir arguye
necesidad, y saber servir, habilidad y experiencia en el ministerio
que los quieren; y de aquí nace, que muchos criados, á pocos dias de
servicio, ó se despiden, ó los despiden, porque entraron á servir por
necesidad, y no por habilidad, como tambien en algunos estudiantes
perdidos, que en viéndose rematados, entran en religion tan llenos de
necedad como de necesidad, y á pocos lances, ó desamparan el hábito, ó
el hábito los desampara. Primero se ha de inquirir y escudriñar si es
bueno y suficiente el criado para el cargo que le quieren dar, que no
si tienen voluntad de servir: porque de tener criados ociosos, y que
no saben acudir al oficio para que fueron recibidos, fuera del gasto
impertinente, se siguen otros mayores inconvenientes. Aunque cierto
Príncipe de estos reinos, diciéndole un mayordomo suyo que reformase
su casa, porque tenia muchos criados impertinentes, respondió: El
impertinente sois vos, que los valdíos me agradecen y honran; y
esotros, pagándoles, les parece que me hacen mucha merced en servirme,
y el que no obliga con buenas obras, ni es amado, ni ama, y en las
buenas se parece un hombre á Dios. Paréceme, dijo el hidalgo, que quien
sabe eso, sabrá tambien servir en lo que le mandaren, especialmente
que mi hijo el mayor os podrá hacer bien en algun tiempo, que tiene
accion, y espectativa á un mayorazgo de parte de su madre, que ahora
posee su abuela; y del hijo mayor, á quien le viene, no tiene sino dos
nietecillos enfermizos; y muriendo ellos y su padre, queda mi hijo por
heredero. Eso es, dije yo, como el que deseando hartarse de dátiles,
fué á Berbería por una planta de palma y compró un pedazo de tierra en
que la plantó, y está esperando todavía que dé el fruto; así yo tengo
de esperar á tres vidas, estando la mia en los últimos tercios, para
la poca merced que se aguarda de quien aún no tiene esperanza, que
como ella vive entre la seguridad y el temor, es necesario que tenga
larga vida quien se sustenta de ella; que no hay cosa que más la vaya
consumiendo que una esperanza muy dilatada; y es de creer, que el que
se va á pasar la suya entre robles y jarales, ni la tiene muy cerca, ni
muy cierta, que por no martirizarme con ellos ni verme en los tragos en
que ponen á quien los sigue, he tenido por mejor y más seguro abrazarme
con la pobreza que abrazarme con la esperanza. Esa, dijo el hidalgo,
es la cuenta de los perdidos, que por no esperar ni sufrir, quieren
ser pobres toda la vida. ¿Y qué mayor pobreza, dije yo, que andar
bebiendo los vientos, echando trazas, acortando la vida y apresurando
la muerte, viviendo sin gusto, con aquella insaciable hambre y perpétua
sed de buscar hacienda y honra? Que la riqueza, ó viene por diligencia
buscada, ó por herencia poseida, ó por antojo de la fortuna prestada:
si por diligencia, no da lugar á otra cosa de virtud; y si por
herencia, ordinariamente se posee acompañada de vicios y envidiada de
parientes; si por antojo ó arrojamiento de la fortuna, hace al hombre
olvidarse de lo que antes era, y de cualquier manera que sea, todos en
la muerte se despiden de mala gana de la hacienda y de las honras que
por ella les hacian. Una diferencia hallo en la muerte del rico y la
del pobre, que el rico á todos los deja quejosos, y el pobre piadosos.
[Ilustración]
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