DESCANSO IV.

Como toda la noche hasta allí habia sido tan inquieta y llena de

disgustos, pesadumbres y alteraciones, efectos propios de semejantes

devaneos, fundados en deshonor, ofensa y pecado, lo que hasta la mañana

quedaba, se durmió tan profundamente, que siendo yo de poquísimo sueño,

no desperté hasta que por la mañana dieron golpes á la puerta, llamando

al doctor para cierta visita muy necesaria. Alcé el rostro y ví que el

sol visitaba ya mi aposento, que en mi vida le miré de más mala gana,

y llamé al lastimado mozuelo, que más parecia embelesado que dormido,

y hallándolo con determinacion de no tornar á las burlas pasadas, le

dije: Pues el mayor peligro queda por pasar, si no vivís con cuidado y

recato, que aunque es verdad que vos actualmente no habeis hecho ofensa

en esta casa, y los deseos, ya que manchan la conciencia, no estragan

la honra, con todo eso, para la reputacion de ella y seguridad vuestra,

importa guardar el secreto, que como muchacho de poca experiencia,

podíades revelar pareciéndoos que son lances muy dignos de saberse, y

que diciéndolos por cifras no se entenderian, que es un engaño en que

caen todos los habladores, pues adviértoos que no os va menos que la

vida en saber callar, ó la muerte en querer hablar. Ningun delito se ha

cometido por callar, y por hablar se cometen cada dia muchos: el hablar

es de todos los hombres, y el callar de solos los discretos: yo creo

que cuantas muertes se hacen sin saber los autores, nacen de ofensas

de la lengua: guardar el secreto es virtud, y al que no le guarda por

virtuoso, le hacen que le guarde por peligroso: el callar á tiempo es

muy alabado, porque lo contrario es muy aborrecido: hablar lo que se ha

de callar, nos precipita en el peligro y en la muerte, y lo contrario

asegura el daño, y preserva la vida y quietud. Nadie se ha visto

reventar por guardar el secreto, ni ahogado por tragar lo que va á

decir: las abejas pican á su gusto; pero dejan el aguijon y la vida, ¿y

á los que dicen el secreto que les importa callar, les sucede lo mismo?

y en resolucion el callar es excelentísima virtud, y tan estimada entre

los hombres, que de la suerte que se admiran de ver hablar bien á un

papagayo que no lo sabia, se admiran de ver callar bien á un hombre

que sabe hablar. Y para no cansaros más, si no calláredes porque es

razon, callareis por el peligro en que os poneis, tratando de la honra

de un hombre tan valiente como el Doctor. Con estas, y otras muchas

cosas que le dije, lo envié á su casa con más temor que amor, ó más

temeroso que enamorado. El Doctor se vistió tan de priesa que no tuvo

lugar de mirar el señalado rostro de su mujer, que lo primero que hizo

antes de vestirse, y sin aguardar á poner los piés en las mulillas, fué

á mirarse al espejo; y viéndose el sobrescrito con algunos borrones,

lo sintió de manera, que en muchos dias no se quitó del rostro un

rebozo (que como era tan apacible y suave) parecia más que le traia

por gala, que por necesidad. En estando para poderla hablar me llegué

á donde estaba aderezándose el temeroso rostro, y lastimándome de los

muchos cardenales que le alcancé á ver (que en personas muy blancas, de

cualquier accidente se hacen) le dije, con la mayor blandura que pude,

y supe: ¿Qué le parece de su buena ventura? Que tal lo ha sido, pues

en cuantas veces la ha probado, la ha guardado de que los pensamientos

no viniesen á la ejecucion de las obras, para que su honra (ya que

ha estado para despeñarse) quedase salva en un aprieto tan grande,

que arrojándose con tan determinada voluntad, le ha puesto tantos

impedimentos para la caida, y tantas ayudas para el arrepentimiento.

¿Si cayera en un rio muy hondo, y saliera sin mojarse la ropa, no

lo tuviera á milagro, y cosa nunca vista? ¿Si se arrojara entre mil

espadas desnudas sin salir herida, no le pareceria obra de la mano de

Dios? Pues crea, y tenga por cierto, que ha sido tanta evidencia de

la misericordia divina, usada con vuesa merced con su marido, pues de

su misma voluntad ha librado: que la más poderosa fuerza que hay con

nosotros es la voluntad propia, ella nos rinde, y hace al entendimiento

tan esclavo que no le deja libertad para conocer la razon, ó á lo

menos para volver por ella; pues la voluntad depravada rindió un pecho

tan libre: ella misma con el arrepentimiento y la razon le han de

volver á su libertad. El arrepentirse, y volver sobre sí, es de ánimos

valerosos: el escarmiento nos hace recatados, como la determinacion

arrojadizos. Cuando la voluntad nos arroja con atrevimiento, el mal

suceso lo remedia con temor: mejor es arrepentirse temprano, que llorar

tarde. Un mal principio arrojado, mejora el medio, y asegura el fin:

más vale, considerando este mal suceso, detenerse, que perseverando,

esperar que se mejore. ¡Dichoso aquel á quien le viene el escarmiento

antes que el daño! Los malos intentos al principio errados, engendran

recato para los venideros: quien no yerra no tiene de qué enmendarse,

mas quien yerra tiene en qué mejorarse: que Dios juzgó por mejor que

hubiese males, porque les siguiesen los arrepentimientos, que tener el

mundo sin ellos; que más grandeza suya es sacar de los males bienes,

que conservar el mundo sin males. ¡Ojalá cuantos males se cometen,

tuviesen tan ruines principios como este! que los males serian menores

por el escarmiento. Vuesa merced vuelva en sí, estimando su hermosura,

igualmente con su honra, que este daño tengo yo atajado, y le atajaré

más. Á todas estas cosas que yo le decia, estuvo destilando unas

lágrimas tan honestas y vergonzosas por las rosadas megillas, que

enternecieran al más tirano ejecutor del mundo. Mas alzando el temeroso

rostro, despues de haberse enjugado con un lienzo la humedad que lo

habia bañado, con voz un poco baja, me dijo lo siguiente: Quisiera que

fuera posible sacarme el corazon, y ponerle en vuestras manos para que

se viera el efecto que ha hecho en él vuestra justa reprehension, y

fuera para mí algun descuento de mis desdichas, si me creyérades como

os he creido, no sólo para admitir el consejo, sino para obedecerlo,

y ponerlo en ejecucion: que quien oye de buena gana, enmendaráse si

quiere.

No digo que totalmente estoy fuera del caso, que como estos accidentes

tienen su asiento en el alma, no pueden desampararla tan presto; pero

como el amor y desamor nunca paran en el medio, porque en el modo de

engañarse van por una misma senda, así yo voy pasando de un extremo

á otro; porque despues que me ví acardenalada, y lastimado el rostro

por quien tanta honra me hace todo el mundo, se me ha revestido un

ódio mortal contra quien ha sido la causa de ello. Fuera de lo que

esta noche, en lo poco que mis ojos descansaron, soñé que estando

cogiendo una hermosa y olorosa manzana del mismo árbol, al tiempo que

con los dedos la apreté, salió de ella mucho humo, y una culebra tan

grande, que me dió dos vueltas al cuerpo por la parte del corazon, y me

apretaba tanto, que pensé morir: y como ninguno de los circunstantes

se atreviese á quitármela, un hombre anciano llegó y la mató con sola

su saliva, echada en la cabeza de la culebra, y que al punto cayó

muerta dejándome libre, y despierta del sueño. Y haciendo reflexion

sobre él, á pocas vueltas le dí alcance, de modo, que con los malos

principios, y la buena consideracion vine á cobrar mi honra y vida, y á

tener mi corazon en el estremo de ódio, que tenia de amor por vuestros

buenos y saludables consejos. Por donde, si hasta aquí habeis sido mi

escudero, de aquí adelante seais mi padre y consejero: y si alguna

cosa habeis visto en mí, que sea en vuestros ojos agradable, por ella

os pido y ruego que no me dejeis ni desampareis en esta ocasion, ni

en todo el restante que os queda de vida, que el amor que yo tengo

á vuestra persona, es tan grande como el cuidado que vos habeis

tenido con mi honra: el desengaño me ha cogido antes que el gusto me

asalariase; aunque la voluntad se dobló, la honra quedó en pié. Si el

consentimiento fuera obra, yo confesára mi flaqueza por infamia: quien

tiene aliento para asirse tropezando, tambien lo tendrá para levantarse

cayendo: quien se arrepiente cerca está de la enmienda: ni me desanimo

por tierna ni me acobardo por derribada. Si está en mí quien pudo

derribarme, ¿por qué no lo estará para levantarme? Sin consejo me

rendí, pero con él tengo de librarme. Si me dejé llevar sin persuasion

agena, ¿por qué no volveré en mí por la vuestra? Para caer fuí sola, y

para levantarme somos vos y yo: más agradece el enfermo la medicina que

le cura, que no el consejo que le preserva. ¿No admití primero vuestro

saludable consejo, y ahora me rindo al cautiverio de vuestra medicina?

Al enfermo que no se ayuda, no le aprovechan los remedios: mas al que

se esfuerza y vuelve en sí, todo le ayuda y alienta. La caridad ha

de comenzar de sí propia. Si yo no me quiero á mí bien, ¿qué importa

que me quiera quien no está en mí? Si yo aborrezco la salud, en vano

trabaja quien me la procura. Mas si yo deseo convalecer, la mitad del

camino tengo andado. Quien obedece al consejo, acertar desea: y quien

no replica á la reprehension, no está lejos de convertirse. Cuando

la culebra despide el pellejo, renovarle quiere: no hay más cierta

señal para venir el fruto, que caerse la flor; ni mayores muestras

de arrepentimiento, que aborrecer el daño, y conocer el desengaño.

Yo lo conozco, padre de mi alma, y estoy con deseo de levantarme, y

determinacion de no tornar á caer: ayudadme con vuestro consejo y

consuelo, para que vuelva en mí, cobre lo perdido, y remedie lo pasado,

me anime en lo presente, y arme para lo venidero. Más iba á decir la

hermosa escarmentada, sino que por llamar el marido á la puerta fué

necesario dejar la más que apacible disculpa, ó enmienda. Entró el

Doctor, y ella se fingió de la enojada, cubriéndose el lastimado,

aunque bello rostro, haciendo algunos melindres fingidos, para que

la desenojase, que amándola tan tiernamente, fácil era el hacerlo.

Vióle el rostro, y sintiólo mucho más que ella, y despues de haberse

blandamente disculpado, le dijo: Amiga, sacaos un poco de sangre. ¿Para

qué, dije yo, se ha de sangrar? Respondió el Doctor: Por la caida.

¿Pues cayó, pregunté yo, de la torre de San Salvador, para que se

saque la sangre? Sabeis poco, dijo el Doctor, que de aquella contusion

del lapso, que habiéndose removido las partes hipocóndricas y renes,

podria sobrevenir un _profluvium sanguinis_ irreparable, y del livor

del rostro quedar una cicatriz perpétua. Y luego, dije yo, vendrá el

arturo meridional á circunferencia metafísica del vegetativo corporal,

y evacuarse la sangre del hepate. ¿Qué decís, dijo el Doctor, que no

os entiendo? ¿No me entiende? dije yo; pues menos entiende su mujer á

vuesa mercé, que para decir que del golpe de la caida puede venir algun

flujo de sangre, y quedar señal en el rostro, se han de decir tantas

pedanterías, contusion, lapso, hipocóndrios, profluvio, cicatriz,

livor. Póngase un poco de bálsamo ó ungüento blanco, ó zumo de hojas

de rábano, y ríase de lo demás. Y aun creo que es lo mejor, dijo ella

riendo, mas es lo peor que se me ha quitado la gana del comer. Poneos,

dijo el Doctor, unos absintios en la boca del ventrículo, y echaos

un clistel; que con esto y una fricacion en las partes inferiores,

junto con la exoneracion del ventrículo cesará todo eso. Otra vez

dije yo: ¿Que no se podria acabar con los médicos mozos que hablen

en un lenguaje que no los entiendan? Pues qué, ¿quereis vos, dijo el

Doctor, que hablen los hombres doctos como los ignorantes? Cuanto á

la substancia, dije yo, no por cierto; pero cuanto al lenguaje, ¿por

qué no hablarán como los entiendan? Al conde de Lemos, Don Pedro de

Castro, el de las grandes fuerzas, yendo á visitar su estado á Galicia,

como era tan grande y grueso, y muy bebedor de agua, del cansancio del

camino le dió una enfermedad que los médicos llaman hemorrois: y como

no iba preparado de médico, díjole Diego de Osma: Aquí hay uno que

desea tomar el pulso á V. S. dias há. Pues llamadle, dijo el Conde;

llamáronle, y el buen hombre que supo la enfermedad fué muy reparado de

retórica medicinal, pareciéndole que por allí entraria en la voluntad

del Conde; y vistiéndose una ropa muy raida entre azul y negra, y una

sortija que parecia remate de asador, entró por la sala donde estaba

el Conde diciendo: Beso las manos á S. S., y el Conde: Vengais en hora

buena, Doctor. Prosiguió el Médico: Dícenme que su señoría está malo

del orificio. El Conde, que tenia estremado gusto de bueno, conocióle

luego, y preguntóle: Doctor, ¿qué quiere decir orificio, platero de

oro, ó qué? Señor, dijo el Doctor; orificio, es aquella parte por

donde se inundan, exoneran y espelen las inmundicias interiores que

restan de la decoccion del mantenimiento. Declaraos más, Doctor, que

no os entiendo, dijo el Conde: y el Médico: Señor, orificio se dice de

_os_, _oris_, y _facio facis_, _quasi os faciens_; porque como tenemos

una boca general por donde entra el mantenimiento, tenemos otra por

donde sale el resíduo. El Conde, aunque enfermo, pereciendo de risa,

le dijo: Pues este de este modo se llama en castellano (nombrándolo

por su nombre): andad, que no sois buen médico, que lo echais todo en

retórica vana. De manera, que por donde pensó acreditarse con el Conde,

se echó á perder: él se fué corrido, y el Conde quedó de manera riendo

que hacia temblar la cama, y aun la sala: yo creo cierto que es alivio

para los enfermos que el médico hable en lenguaje que le entiendan,

para no poner en cuidado al paciente. Tienen, fuera de esto, obligacion

de ser dulces y afables, de semblante alegre, y de palabras amorosas:

es bien que les digan algunos donaires y cuentecillos breves, con que

los alegren: sean corteses, limpios y olorosos: acaricien tanto al

enfermo, que parezca que sola aquella visita es la que le da cuidado:

miren si tiene bien hecha la cama, con aseo y limpieza, y hagan lo

que el Doctor Luis del Valle, que á todos juntamente con hacerles

sacramentar, los alienta con darles buenas esperanzas de salud; que hay

algunos tan ignorantes en la buena policía y trato, que sin estar una

persona enferma, por encarecer su trabajo y subir su ganancia, dicen

al enfermo que está peligroso, para que lo esté de veras: y es bien,

que pues se tienen por ministros de naturaleza, lo sean en todo. No

digo mil descuidos que hay en el conocimiento de las enfermedades, y

en la aplicacion de las medicinas. Es muy de médicos viejos, dijo mi

amo, andar tan de espacio como vos quereis, y en mirar esas niñerías:

ya los neotóricos vamos por otro camino, que para lo que es curar

tenemos el método purgar y sangrar, con algunos remedios empíricos, de

que nos valemos. Y aun por eso, dije yo, huyo de curarme con médicos

mozos; porque un amigo mio, que lo era en edad y en esperiencia, muy

gentil estudiante, habiéndose acreditado conmigo con ciertos aforismos

de Hipócrates, que sabia de memoria, traidos en buena ocasion, y

pronunciados á lo melindroso, me entregué en sus manos la primera

vez que me dió la gota, de las cuales salí con veinte y dos sudores

y unciones, y me las estuviera dando hasta ahora, si yo propio no me

hallara el pulso con intercadencias; y con decir que habíamos errado

la cura (como si yo tambien la hubiera errado) me dejó, y se apartó de

mí confuso y corrido: mas yo, con la recia complexion que tengo, y con

gobernarme bien, en convaleciendo me encontré con él en la plazuela del

Ángel cara á cara, la suya de color de pimiento, y la mia de gualda,

y me hube con él de manera que salió de mi lengua peor que yo de sus

manos. Los grandes médicos que yo he conocido y conozco, en llegando

al enfermo procuran con gran cuidado saber el orígen, causa y estado de

la enfermedad, y el humor predominante del paciente, para no curar al

colérico como al flemático, y al sanguino como al melancólico; y aun

si es posible (aunque no hay ciencia de particulares) saber la calidad

oculta del enfermo, y de esta manera se acierta la cura, y se acreditan

los médicos. No he visto en mi vida, dijo el Doctor, escudero tan

licenciado. Pues más tengo de licencioso, dije yo, porque en viendo una

verdad desamparada, me arrojo en su ayuda con la vida y el alma. ¿Qué

sabeis vos de intercadencias? dijo el Doctor; ¿qué señales teneis de

gota, pues os habeis escapado de lo uno, y no padeceis de lo otro? Las

intercadencias, respondí yo, otras veces las he tenido, que me he visto

con enfermedades apretadas; pero no me he desanimado, antes á un médico

mozo, y muy galan, que me curó en Málaga, le animé, porque se turbó

hallándomelas en el pulso (que en esto yo fuí médico y él paciente); y

aunque me digan que es calidad propia de mi pulso, ellas tienen todas

las partes de intercadencias. Y habiéndome escapado de esta ardentísima

fiebre, de que me curé con un cántaro de agua fria que me eché á los

pechos, me quedaron unas grandísimas ventosidades, para lo cual me dió

un remedio tudesco, que si yo le guardara hicieran tanta burla de mí

los muchachos como yo hice de él; porque á un hombre colérico, y nacido

en region cálida, le mandó que en toda su vida no bebiese gota de agua,

y de la gota me preservó con un consejo de Ciceron, que dice, que la

verdadera salud consiste en usar de los mantenimientos que aprovechan,

y huir de los que nos dañan: no uso de mantenimientos húmedos, no

bebo entre comida y comida, no ceno, bebo agua y no vino, hago todas

las mañanas una fricacion antes de levantarme de la cama con grande

vehemencia desde la cabeza, discurriendo por todos los miembros hasta

los pies, y cuando me siento cargado hago un vómito; con esto, y la

templanza en otras cosas, me preservo de la gota. Perdóneme V. S. I.

si le canso con estas niñerías que me pasaron con este médico, que

las digo porque quizá encontrará con ellas alguno á quien aprovechen.

Díjome el Doctor entonces: Por vuestra vida que me digais ¿si habeis

estudiado, y á dónde, que procedeis con tan buena gracia en todo,

que me habeis aficionado de manera, que si fuera un gran príncipe

no os apartára de mi lado un punto? Lo mismo, dijo ella, os ruego

yo, padre de mi vida, y así os la dé Dios muy larga, que nos deis

cuenta de vuestra vida, que vos procedeis de modo que será grandísimo

entretenimiento al Doctor por el entendimiento, y á mí por la voluntad.

Contar desdichas, dije yo, no es bueno para muchas veces: acordarse

de infelicidades el que está caido puede traerlo á desesperacion. Una

diferencia hay entre la prosperidad y la adversidad, que la memoria de

las desdichas en la adversidad entristece más; pero en la prosperidad

aumenta el gusto. No se le ha de pedir al que todavía está en miserias,

que cuente las que ha pasado; porque es renovarle la llaga que ya se

iba cerrando, con traerle á la memoria lo que desea olvidar. El que

se ha escapado de la tormenta no se contenta con solo verse fuera de

ella, sino con besar la tierra; pero el que está todavía padeciendo el

naufragio solamente se acuerda de lo presente, que solicita el remedio;

porque aunque yo tengo condicion de pobre, tengo ánimo de rico, y si no

me desanimo por caido, no tengo de qué animarme por levantado; y no son

mis trabajos para contados muchas veces.

[Ilustración]

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Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 28 / 101 题