El dia siguiente vino el mozuelo más temprano de lo que solia, puesto
un cuello al uso, como hombre que se veia favorecido de tan gallarda
mujer. Sucedió que dentro de tres ó cuatro dias vinieron á llamar
al doctor Sagredo, su marido y mi amo, para ir á curar un caballero
estranjero que estaba enfermo en Carabanchel, ofreciéndole mucho
interés por la cura de que él recibió mucho contento por el provecho,
y ella mucho más por el gusto. Cogió su mula y lacayo, y un braco, que
siempre le acompañaba, y á las cuatro de la tarde dió con su persona en
Carabanchel. Ella, visto la buena ocasion, hízome aderezar de cenar lo
mejor que fué posible, regalándome con palabras, y prometiéndome obras,
no entendiendo que yo le estorbaria la ejecucion de su mal intento:
vino el mozuelo al anochecer, y comenzando á cantar como solia, ella
le dijo que no era lícito, ni parecia bien á la vecindad, estando
su marido ausente, cantar á la puerta, y así mandó que entrase más
adentro. Mandó sentar al mozuelo á la mesa, deseando que la cena fuese
breve, porque la noche fuese larga; pero apenas se comenzó la cena
cuando entró el braco haciendo mil fiestas á su ama con las narices y
la cola. El doctor viene, dijo ella, desdichada de mí, ¿qué haremos,
que no puede estar lejos, pues ha llegado el perro? Yo cogí al mozuelo,
y púsele en un rincon de la sala, cubriéndolo con una tabla, que habia
de ser estante para los libros, de suerte que no se podia parecer
cuando entró el doctor por la puerta, diciendo: ¿Hay bellaquería
semejante, que envien á llamar á un hombre como yo, y por otra parte
llamen á otro médico? Vive Dios, si en años atrás me cogieran, que
no se habian de burlar conmigo. ¿Pues de eso teneis pena, dijo ella,
marido mio? ¿No vale más dormir en vuestra cama y en vuestra quietud,
que desvelaros en velar un enfermo? ¿Qué hijos teneis que os pidan pan?
Vengais muy en hora buena, que aunque pensé tener diferente noche, con
todo eso me dió el espíritu que habia de suceder esto, y así os tuve,
por sí ó por no, aderezada la cena. ¡Hay tal mujer en el mundo! dijo el
doctor; ya me habeis quitado todo el enojo que traia. Váyanse con el
diablo ellos y sus dineros, que más aprecio veros contenta, que cuanto
interés hay en la tierra. ¿Cuántos engaños, dije yo entre mí, hay de
estos en el mundo, y cuántas á fuerza de artificios y bondad fingida
se hacen cabezas de sus casas, que merecen tenerlas quitadas de los
hombros? Apeóse de la rucia el doctor, y el lacayo púsola en razon,
y fuese á su posada con su mujer, que le daban racion y quitacion.
Sentóse el doctor á cenar muy sin enojo, loando mucho el cuidado de
su mujer. El diablo del braco, que por la fuerza que estos animalejos
tienen en el olfato, no hacia sino oler la tabla que encubria al
mozuelo, rascando y gruñendo de manera que el doctor lo echó de ver, y
preguntó ¿qué habia detrás de la tabla? Yo de presto respondí: Creo
que está allí un cuarto de carne. Tornó el braco á gruñir, y aun ladrar
algo más alto: mi amo lo miró con más cuidado que hasta allí; yo eché
de ver el daño que habia de suceder si no se remediaba, y conociendo
la condicion del doctor dí en una buena advertencia, que fué decir que
iba por unas aceitunas sevillanas, de que eran muy amigos, y estúveme
al pié de la escalerilla esperando su determinacion: el braco no dejaba
de rascar y ladrar, tanto que mi amo dijo que queria ver por qué
perseveraba tanto el perro en ladrar. Entonces yo púseme en la puerta,
y comencé á dar voces diciendo: Señor, que me quitan la capa; señor
doctor Sagredo, que me capean ladrones. Él con su acostumbrada cólera y
natural presteza se levantó corriendo, y de camino arrebató una espada,
poniéndose de dos saltos en la puerta, y preguntando por los ladrones;
yo le respondí, que como oyeron nombrar al doctor Sagredo echaron á
huir por la calle arriba como un rayo. Él fué luego en seguimiento
suyo, y ella echó al mozuelo de casa sin capa y sin sombrero, poniendo
el cuarto de carne detrás de la tabla, como ya le habia dado la
advertencia. Hasta aquí habia caminado el negocio; mas el mozuelo iba
turbado, lleno de miedo y temblor, que no pudo llegar á la puerta de
la calle tan presto que no topase mi amo con él á la vuelta. Aquí fué
menester valernos de la presteza en remediar este segundo daño, que
tenia más evidencia que el primero, y así antes que él preguntase cosa,
le dije: Tambien han capeado y querido matar á este pobre mocito, y por
esto se coló aquí dentro huyendo, que de temor no osa ir á su casa:
mire vuesa merced qué lástima tan grande; y como es muy de coléricos
la piedad, túvola mi amo del mozuelo, y dijo: No tengais miedo, que en
casa del doctor Sagredo estais, donde nadie os osará ofender. Ofender,
dije yo; en oyendo nombrar al doctor Sagredo les nacieron alas en los
piés. Yo os aseguro, dijo el doctor, que si los alcanzára, que os habia
de vengar á vos y á mi escudero de manera que para siempre no capearan
más. Mi ama, que estaba hasta allí turbada y temblando en el corredor,
como vió tan presto reparado el daño, y vuelta en piedad la que habia
de ser sangrienta cólera, ayudó á la compasion del marido de muy buena
gana, diciendo: ¿Hay lástima como esta? No dejeis ir á ese pobre mozo,
bástenle los tragos en que se ha visto, no le maten esos ladrones.
No le dejaré, dijo el doctor, hasta que le acompañe. ¿Y cómo sucedió
esto, gentil hombre? Iba, señor, respondió el mozo, á hacer una sangría
por Juan de Vergara, mi amo, á cierta señora del tobillo, y con harto
gusto; pero como no duerme este ángel de los piés aguileños, sucedió lo
que vuesa merced ha visto. Que no faltará ocasion para hacerla, dijo la
señora, sosiéguese ahora, hermano, que en casa del doctor Sagredo está.
Subíos acá, dijo el doctor, que en cenando yo os llevaré á vuestra
casa. El braco, aunque salió á los ladrones imaginados, no por el ruido
dejó de tornar á la tema de su tabla, y si antes la habia rascado por
el mozuelo, entonces lo hacia por la tentacion de sus narices contra la
carne: mi amo, como vió perseverar al braco, fué á la tabla, y halló
el cuarto de carne detrás de la tabla, con que se sosegó, loando mucho
el aliento de su perro. Ella, aunque se habia librado de esos trances,
todavía, durando en su intento, me dió á entender que no dejase ir al
mozuelo, que era lo que yo más aborrecia.
Cenaron, y el que primero habia sido cabecera de mesa, despues comió en
la mano como gavilan, y no como galan en la mesa, que la fuerza puede
más que el gusto. En cenando quiso el doctor llevarlo á su casa, y
aunque yo le ayudé, mi ama dijo que no queria que fuese á ponerse en
riesgo de topar con los capeadores, especialmente habiendo de pasar
por el pasadizo de San Andrés, donde suele haber tantos capeadores
retraidos. Y aunque esto, dijo, para vuestro ánimo es poco, será
para mí de mucho daño, porque estoy en sospecha de preñada, y podria
sucederme algun accidente ó susto que pusiese mi vida en cuidado; que
ese mocito podrá dormir con el escudero, que es conocido suyo, y por la
mañana irse á su casa. Alto, dijo el doctor, pues vos gustais de eso,
sea en hora buena, yo me quiero acostar, que estoy un poco cansado.
Fuéronse á la cama juntos (que siempre llevaba la mujer por delante),
aunque como ella vivia con diferentes pensamientos, no dió lugar al
sueño hasta que dió en una traza endiablada, que le costó pesadumbre y
le pudiera costar la vida. La sala era tan pequeña que desde mi cama á
la suya no habia cuatro pasos, y cualquiera movimiento que se hacia en
la una se sentia en la otra; y así no le pareció bien lo que por aquí
podia intentar. La mula era de manera inquieta que en viéndose suelta
alborotaba toda la vecindad antes que pudiesen cogerla. Parecióle á la
señora doña Mergelina que desatándola podria volver á la cama antes que
su marido despertase para ir á ponerla en razon, y en el espacio que se
habia de gastar en cogerla y trabarla, le tendria ella para destrabar
su persona. Y como las mujeres son fáciles en sus determinaciones, en
sintiendo al marido dormido, levantóse paso á paso de la cama, y yendo
á la caballeriza desató la mula, entendiendo que pudiera volver á la
cama antes que la mula hiciese ruido y el marido despertase, con que
tendria lugar para ejecutar su intento. Pero parece que la mula y él se
concertaron; la mula en salir presto de la caballeriza haciendo ruido
con los piés, y él sentirlo tan presto que se levantó en un instante
de la cama, dando al diablo á la mula y á quien se la habia vendido;
y si no se entrara la mujer en la caballeriza, topara con ella el
marido. Él cogió una muy gentil vara de membrillo, y pególe á la mula,
que huyendo á su estrecha caballeriza, apenas cupiera, por la huéspeda
que halló dentro. Ella no tuvo donde encubrirse por la estrecheza sino
con la misma mula, de suerte que alcanzó, como la vara era cimbreña,
gran parte de los muchos varazos que le dió con los tercios postreros
en aquellas blancas y regaladas carnes. Yo estaba en la escalera como
si aguardara al verdugo que me echara de ella, turbado y sin consejo,
porque veia lo que pasaba y sin poder remediarlo. El braco, sintiendo
el ruido, y oliendo carne nueva en mi cama, comenzó á darle buenos
mordiscones al mozuelo y á ladrarle, de suerte que la mujer en manos
del marido, y el mozuelo en los dientes del braco, pagaron lo que aun
no habian cometido. Yo viendo la ejecucion de su cólera, sin saber lo
que hacia, le dije: Mire vuesa merced lo que hace, que cuantos palos da
en la mula los da en el rostro de mi señora, que la quiere de manera
por andar vuesa merced en ella, que no consiente que la toque el sol.
Agradeced, señora mula, lo que me han dicho de vuestra ama, que hasta
la mañana os estuviera pegando. ¿Hay con qué trabar esta mula? Yo
respondí: En ese corralillo hallará vuesa merced una soguilla, que yo
estoy con un dolorcillo de ijada, y no me atrevo á salir. Así como fué
por ella, púseme á la puerta, haciendo pala á la señora, y subióse á
su cama callando, aunque lastimada. Yo como siempre procuré que no
llegase la ofensa á ejecucion, aunque no iba con mucho gusto para
ello; en saliendo el doctor le tomé la soguilla, y enviélo á la cama.
Trabé la mula, y subíme á reposar á la mia, donde hallé al mozuelo
quejándose del braco, y á ella en la suya llorando tiernamente; y
preguntándole el marido la causa, respondió muy enojada: Vuestras
cóleras y arrebatamientos, que como tan de repente os alborotastes, y
yo estaba en lo mejor del sueño, sobresaltada y despavorida, caí detrás
de la cama, y dí con el rostro en mil baratijas que estaban aquí, con
que me he lastimado muy bien. Sosególa el marido lo mejor que pudo, y
pudo muy bien, porque las mujeres honradas cuando tropiezan y no caen
en el yerro, caen en la cuenta, que habiendo de ser muy estrecha, es de
perdones, y como vió que á tres va la vencida, y ella lo quedó saliendo
mal de ellas, no quiso probar la cuarta. Al mozuelo con los peligros y
los dientes del braco se le quitó el poco amor y desvanecimiento como
con la mano.
[Ilustración]
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