Llamábase el Doctor Sagredo, hombre mozo, de muy gentil disposicion,
algo locuaz, y aun loco, más colérico y fácil de enojarse que gozque
de panadero, presuntuoso y estimador de su persona, y (para que no
se echasen á perder dos casas, sino una) casado con una mujer de
su misma condicion, moza, y muy hermosa, alta de cuerpo, cogida de
cintura, delgada y no flaca, derecha de espaldas, el movimiento con
mucho donaire, ojos negros y grandes, pestaña larga, cabello castaño,
que tiraba un poco á rubio, briosa, y no muy poco soberbia, vana y
presuntuosa.
Llevóme á su casa el buen Doctor, y lo primero que encontré fué una
mula muy flaca en una caballeriza, tan ajustada con ella, que si
tuviera alas no pudiera caber dentro. Subimos una escalerilla, y
representóseme luego la sala donde estaba la señora Doña Mergelina de
Aybar, que así se llamaba, á quien yo miré de muy buena gana, que
aunque viejo incapaz de semejantes apetitos, por razon y por edad,
la miré como á hermosa, que á todos ojos es la hermosura agradable.
Dijo el Doctor: Veis aquí á quien habeis de servir, que es mi mujer.
Yo le dije: Por cierto bien merece tan gentil dama á tal galan. Ella
respondió, como mujer hermosa ignorante, ó por mejor decir, preguntó:
¿Quién os mete á vos en eso? Señora, dije yo, advierta vuesa merced
que cuando la llamé gentil no quise decir que no era cristiana, sino
que tenia muy gentil talle y cuerpo. Que bien os entendí, dijo ella,
sino que no quiero que nadie se me atreva á decirme requiebros. Es la
honra del mundo, dijo el Doctor, servidla con gusto y cuidado, que yo
os lo pagaré muy bien. Miré la casa muy de espacio, aunque se podia
ver muy de presto, porque no ví en toda ella sino es un espejo muy
grande en un poyo muy pequeño de una ventana, y unas redomillas que
lo acompañaban, con un cofrecillo pequeñuelo: y mirando á un rincon,
ví á un montante, con ciertas espadas de esgrima, dagas, y espadas
blancas, una rodela, y broquel. Díjome el Doctor: ¿Qué os parece de mi
recámara? Miradla bien, que en Alcalá era temida aquella espada. No
miraba, dije yo, sino á donde estaban los libros, que soy aficionado á
ellos. Estos son, dijo, mis Galenos y mis Avicenas, que por la negra y
la blanca nadie me igualó en Alcalá; y que no se meneó contra mí hombre
de noche que no fuese lastimado de mis manos. Luego vuesa merced, dije
yo, más aprendió á matar que á sanar. Yo aprendí, respondió él, lo que
los demás médicos; y por haber poco que vine de mis estudios no me he
reparado de libros, que bien parece en los profesores de las facultades
tener cada uno los de la suya. Pero dejemos eso, y llevad á vuestra ama
á Misa, que es ya tarde. Púsose su manto mi señora Doña Mergelina, y
llevéla, ó acompañéla hasta S. Andrés, que vivian en la Morería vieja,
y en el camino (como es costumbre) muchos de los que la topaban le
decian alguna cosa de su buen talle y rostro: á lo cual ella respondia
tan aceleradamente que todos iban disgustados de sus respuestas. Yo
le decia: Mire, señora, que ya que no responda bien, á lo menos tiene
obligacion de callar como mujer principal, que en el silencio no puede
haber que notar.
No soy yo mujer, decia ella, á quien nadie ha de perder el respeto.
Si alguno le decia que era muy hermosa, ella le decia: Y él hermoso
majadero. Díjole un dia un mozalvillo, no de mal talle: Así se me
tornen las pulgas en la cama; al cual muy de propósito respondió: Debe
dormir en alguna zahurda de lechon. Era tan descortés y sacudida,
que todos lo iban de sus respuestas, y ella lo quedaba de mis
reprehensiones. Á cierto clérigo de San Andrés, pequeño de cuerpo y
grande de ánimo, conocido mio, que yendo muy pulido con una sobrepelliz
muy blanca, porque le dijo que no se saliese de casa á hacer el oficio
de la muerte, le replicó: Tambien habla el escarabajo hinchado, que con
aquel sacudimiento tenia mucho donaire y gusto en cualquiera materia.
Yo, entre muchas veces que la reprendí su vanidad, me arrojé una á
decirle todo lo que me pareció, que aunque ella estaba confiada en su
buen parecer, quise ver si podia enmendarla con el mio, y le dije:
Vuesa merced usa de su hermosura lo peor del mundo; porque pudiendo
ser querida y loada de cuantos andan en él, quiere ser aborrecida de
todos: quien dice hermosura, dice apacibilidad, dulzura, suavidad
de condicion y trato, y mezclándola con soberbia y desapacibilidad,
se viene á convertir en ódio lo que habia de ser amor: que don tan
excelente como la hermosura, concedido por merced de Dios, es razon que
tenga alguna correspondencia con el ánimo, que si no parece lo uno á lo
otro, arguye mal entendimiento, ó poco agradecimiento á la merced que
Dios hace á quien lo da. Hermosura con mala condicion, es una fuente
clarísima que tiene por guarda una víbora, y es sobrescrito y carta de
recomendacion, que en abriéndola tiene un demonio dentro. ¿Hay en el
mundo quien quiera ser aborrecido? ¿Hay quien quiera ser estimado en
poco? No por cierto. Pues quien tiene consigo porque le amen y estimen,
¿por qué quiere que le aborrezcan y menosprecien? ¿Es por fuerza que la
hermosura ha de estar acompañada con vanidad, desdorada con ignorancia,
y conservada con locura? ¿Por qué cuando se mira vuesa merced al espejo
no procura que lo interior se parezca al exterior? Pues adviértole que
suele el tiempo, y aun Dios, castigar de manera las vanidades, que los
montes se allanan, y las torres vienen al suelo. ¿Cuántas hermosuras se
han visto y ven cada dia en esta máquina ó ejemplo del mundo rendidas
á mil desdichas y calamidades, por faltarles el gobierno y cordura?
Que aunque la hermosura, el tiempo que dura, es querida y estimada,
en marchitándose no le queda otra prenda sino las que grangeó, y el
crédito y amistades que á fuerza de buen término conquistó, cuando
estaba en su fuerza y vigor. Y es el mundo de tan baja condicion, que á
nadie acaricia por lo que tuvo, sino por lo que tiene. ¿Qué hermosura
se ha visto que no se estrague con el tiempo? ¿Qué vanidad que no venga
á dar en mil bajíos? ¿Qué estimacion propia que no padezca mil azares?
Cierto, que fuera bien que como hay para las mujeres maestros de danzar
y bailar, los hubiese tambien de desengaño, y que como se enseña el
movimiento del cuerpo, se enseñase la constancia del ánimo. Yo digo,
y aun aconsejo á vuesa merced, lo que como hombre de experiencia me
parece que es razon, y lleva camino. Mire no la castigue su presuncion
y demasiada estimacion de su persona. Estas y otras muchas cosas le
dije, y decia cada dia; pero ella se estuvo siempre en sus trece,
y quien no admite consejo para escarmentar en cabeza ajena, serále
forzoso escarmentar en la suya, por seguir las inclinaciones propias,
como sucedió á la señora Doña Mergelina, teniendo las suyas por ley, y
al tiempo por verdugo de ellas, desta manera.
Venia casi todas las noches á visitarme un mocito barbero, conocido
mio, que tenia bonita voz y garganta: traia consigo una guitarra con
que sentado al umbral de la puerta, cantaba algunas tonadillas, á que
yo llevaba un mal contrabajo; pero bien concertada (que no hay dos
voces que si entonan y cantan verdad, no parezcan bien), de manera, que
con el concierto y la voz del mozo, que era razonable, juntábamos la
vecindad á oir nuestra armonía. El mozuelo tañia siempre la guitarra,
no tanto para mostrar que lo sabia, como por rascarse con el movimiento
las muñecas de las manos, que tenia llenas de una sarna perruna. Mi
ama se ponia siempre á escuchar la música en el corredorcillo, y el
Doctor, como venia cansado de hacer sus visitas (aunque tenia pocas),
no reparaba en la música, ni en el cuidado con que su mujer se ponia á
oirla. Como el mozuelo era contínuo todas las noches en venir á cantar,
si alguna faltaba, mi ama lo echaba de menos, y preguntaba por él, con
alguna demostracion de gustar de su voz. Vino á parecerle tan bien el
cantar, que cuando el mozuelo subia un punto de voz, ella bajaba otro
de gravedad, hasta llegar á los umbrales de la puerta para oirle más
cerca las consonancias; que la música instrumental de sala, tanto
más tiene de dulzura y suavidad, cuanto menos de vocería y ruido,
que como el juez que es el oido, está muy cerca, percibe mejor y más
atentamente las especies que envia al alma, formadas con el plauso de
la media voz. El mozuelo dejó de venir cinco ó seis noches, por no
sé qué remedio que tomaba para curarse, y en las cosas que son muy
ordinarias, en faltando, hacen mucha falta: y así mi ama cada noche
preguntaba por él. Yo le respondí, más por cortesía que por falta que
le hiciese: Señora, este mozuelo es oficial de un barbero, y como sirve
no puede siempre estar desocupado: fuera de que ahora se está curando
un poquillo de sarna que tiene. ¿Qué haceis, dijo ella, de aniquilarle
y disminuirle, mozuelo barbero? sarna, pues á fé que no falta quien con
todas esas que vos le poneis, le quiera bien. Bien puede ser, dije yo,
que el pobrecillo es humilde y fácil para lo que le quieren mandar;
y cierto que muchas veces le guardo yo de mi racion un bocadillo que
cene, porque no todas veces ha cenado. En verdad, dijo ella, que
á tan buena obra os ayude yo: y de allí adelante siempre le tenia
guardado un regalillo todas las noches que venia: una de las cuales
entró quejándose, porque de una ventana le habian arrojado no sé qué
desapacible á las narices: á las quejas suyas salió mi ama al corredor;
y bajó al patio, estándose limpiando el mozuelo, y con grande piedad le
ayudó á limpiar, y sahumó con una pastilla, echando mil maldiciones á
quien tal le habia parado.
Fuése el mozuelo con su trabajo, sintiéndolo la señora Doña Mergelina,
tan llena de cólera como de piedad, y con harta más demostracion de
lo que yo quisiera, loando la paciencia del mozuelo, y agravando la
culpa de quien le habia salpicado con tanto estremo, que me obligó á
preguntarle por qué lo sentia tanto, siendo sucedido inadvertidamente
y sin malicia. Á que me respondió: ¿No quereis que sienta ofensa hecha
á un corderillo como este? ¿Á una paloma sin hiel, á un mocito tan
humilde y apacible, que aun quejarse no sabe de una cosa tan mal hecha?
Cierto que quisiera ser hombre en este punto para vengarle, y luego
mujer para regalarle y acariciarle. Señora, le dije yo, ¿qué novedad
es esta? ¿Qué mudanza de rigor en blandura? ¿De cuándo acá piadosa?
¿De cuándo acá sensible? ¿De cuándo acá blanda y amorosa? Desde que
vos, respondió ella, vinisteis á mi casa, que trujisteis este veneno
envuelto en una guitarra, desde que me reprehendisteis mis desdenes,
desde que viendo mi bronca y áspera condicion, quise ver si podia
quedar en un medio lícito y honesto, y he venido de un estremo á otro:
de áspera y desdeñosa, á mansa y amorosa: de desamorada y tibia, á
tierna de corazon: de sacudida y soberbia, á humilde y apacible: de
altiva y desvanecida, á rendida y sujeta. ¡Oh pobre de mí, dije yo,
que ahora me quedaba por llevar una carga tan pesada como esta! ¿Qué
culpa puedo yo tener en sus accidentes de vuesa merced, ó qué parte en
sus inclinaciones? ¿Hay quien sea superior en voluntades agenas? ¿Hay
quien pueda ser profeta en las cosas que han de suceder á los gustos
y apetitos? Pero pues por mí comenzó la culpa, por mí se atajará el
daño, porque no venga á ser mayor con hacer que él no vuelva más á
esta casa, ó irme yo á otra: que si con la ocasion creció lo que yo
no pude pensar, con atajarla tornarán las cosas á su principio. No
lo digo, dijo ella, por tanto, padre de mi alma, que la culpa yo la
tengo, si hay culpa en los actos de voluntad: no os enojeis por mis
inadvertencias, que estoy en tiempo de hacer y decir muchas: antes os
admirad de las pocas que verédes y oyéredes en mí; ni hagais lo que
habeis dicho, si quereis mi vida, como quereis mi honra: porque estoy
en tiempo, que con poca más contradicion, haré algun borron que tizne
mi reputacion, y la deje más negra que mi ventura; no estoy para que
me desampareis, ni para admitir reprehension, sino para pedir socorro
y ayuda. Bien me decíades vos que mi presuncion y vanidad habian de
caer de su trono; cuanto me podeis repetir y traer á la memoria, yo
lo doy por dicho, y lo confieso; favorecedme, y no me desampareis en
esta ocasion; y no me mateis con decir que os ireis desta casa. Y
con esto y otras cosas que dijo, lloró tan tiernamente, cubriendo el
rostro con un lienzo, que por poco fuera menester quien nos consolára
á entrambos; y si fué grande la reprehension que le dí por soberbia,
mayor fué el consuelo que le dí por afligida: mas animándome en lo
que era más razon, acudiendo á mi obligacion, á su consuelo y honra
de su casa, le dije, con la mayor demostracion que pude: ¿Es posible
que en tan estraordinaria condicion ha podido caber tanta mudanza,
y que por ojos tan llenos de hermosura y desdenes hayan salido tan
piadosas lágrimas, y que por mejillas tan recatadas haya corrido un
licor tan precioso, que siendo bastante á enternecer las entrañas de
Dios, se haya derramado y echado á mal por un miserable hombre? ¿Y ya
que se habia de precipitar y arrojarse, y desdecir de sí propia, no
hiciera eleccion de una persona de muchas partes y merecimientos? Ya
que se rinda quien no podia ser rendida, ¿habia de ser una sabandija
tan desventurada? Que se rinda la hermosura á la fealdad, la limpieza
á la inmundicia y asquerosidad, no sé qué me diga de tal eleccion, y
tan abominable gusto. ¡Oh cuán engañados, dijo ella, están los hombres
en pensar que las mujeres se enamoran por eleccion, ni por gentileza
de cuerpo, ó hermosura de rostro, ni por más ó menos partes, grandeza
de linage, soberbia de estado, abundancia de riqueza! (trato de lo que
verdaderamente es amor); pues para que se desengañen, sepan, que en
las mujeres el amor es una voluntad continuada, que de la vista crece,
y con la comunicacion se cria y conserva, sin hacer eleccion de este
ni de aquel, y la que no se guardáre de esto, caerá sin duda: de esta
continuacion ha nacido mi llama, y con ella se ha criado, hasta ser
tan grande, que me tiene ciegos los ojos para ver otra cosa, y las
orejas cerradas para admitir reprehension, y la voluntad incapaz de
recibir otro sello. Y cuanto más lo deshaceis y aniquilais, tanto más
se enciende la voluntad y el deseo. ¿Por ventura los barberos son de
diferente metal que los demás hombres, para que aniquileis un oficio
que tanta merced hace á los hombres en tornarlos de viejos á mozos?
¿Llamaisle sarnoso por unas rascadurillas que tiene en las muñecas,
que parecen hojas de clavel? ¿No echais de ver aquella honestidad de
rostro? ¿La humildad de sus ojos? ¿La gracia con que mueve aquella voz
y garganta? No me le deshagais, ni reprehendais mi gusto, que no está
para contradecirlo ni rechazarlo. ¡Ojalá, dije yo, fuera pelota, que
yo la echara y rechazara! Pero pues ha llegado á tan estrecho paso,
haré con vuesa merced lo que con mis amigos, que es, en la eleccion
aconsejarles lo mejor que sé, y en la determinacion ayudarles lo mejor
que puedo. Díjele esto por no desconsolarla, hasta que poco á poco
fuese perdiendo el cariño, que pudiera traer la ofensa de Dios y de su
marido, y con esto me aparté aquella noche de ella, espantándome de
ver cuán poderosa es la comunicacion, y considerando cuán mal hacen
los hombres que donde tienen prendas que les duela, consienten visitas
ordinarias, ó comunicaciones que duren: y cuánto peor hacen los padres
que dan á sus hijas maestros de danzar, ó tañer, cantar ó bailar; si
han de faltar un punto de su presencia, y aun es menos daño que no lo
sepan: que si han de ser casadas, bástales dar gusto á sus maridos,
criar sus hijos y gobernar su casa: y si han de ser monjas, apréndanlo
en el monasterio; que la razon de estar algunas disgustadas, quizás
es por haber ya tenido fuera comunicaciones de devociones, que por
honestas que sean, son de hombres y mujeres, sujetos al comun órden de
naturaleza.
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