Estando pocos dias há con los ojos altos y humildes al cielo, el rostro
sereno y grave, las manos sobre un muy blanco lenzuelo en los oidos del
enfermo, y pronunciando con mucho silencio las palabras del ensalmo,
pasó cierto cortesano, y dijo: No puedo sufrir los embelecos de estos
embusteros: yo callé, y proseguí con mi acostumbrada compostura la
medicinal oracion, y en acabándola me dijo mi compañero: ¿No oisteis
cómo os llamó aquel gentil hombre de embustero? Él no habló conmigo,
dije yo, y de lo que á mí no se me dice derechamente no tengo
obligacion de responder, ni hacer caso; y deseo persuadir esto á los
que por la poca esperiencia, ó por la condicion alterada y presta que
naturalmente tienen, se dan por sentidos de las ignorantes libertades
de quien no tiene atrevimiento para decirlas descubiertamente, que ni
llevan órden de agravio, ni arguyen ánimo, ni valor en quien las dice:
ella es ignorancia grande, introducida de gente que trae siempre la
honra y la vida en las manos: que no tengo yo de persuadirme á que
pues no me hablan libremente me ofenden, aunque tengan intencion de
hacerlo: que los tiros que estos hacen son como los de una escopeta
cargada de pólvora y vacía de bala, que con el ruido espantan la
caza, y no hacen otra cosa. Los agravios no se han de recibir si no
van muy descubiertos, y aun de esto se ha de quitar cuanto fuere
posible, desapasionándose, y haciendo reflexion en si lo son ó nó,
como discretísimamente lo hizo Don Gabriel Zapata, gran caballero y
cortesano, y de excelentísimo gusto, que enviándole un billete de
desafío á las seis de la mañana cierto caballero con quien habia tenido
palabras la noche antes, y habiéndole despertado sus criados por
parecerles negocio grave, en leyendo el billete dijo al que le traia:
decidle á vuestro amo que digo yo, que para cosas que me importan de
mucho gusto no me suelo levantar hasta las doce del dia, ¿que por
qué quiere que para matarme me levante tan de mañana? Y volviéndose
del otro lado se tornó á dormir; y aunque despues cumplió con su
obligacion, como tan gran caballero, se tuvo aquella respuesta por muy
discreta.
Don Fernando de Toledo, el tio (que por discretísimas travesuras que
hizo le llamaron el pícaro), viniendo de Flandes, donde habia sido
valeroso soldado y Maestro de campo, desembarcándose de una salva
en Barcelona, muy cercado de Capitanes, dijo uno de dos pícaros
que estaban en la playa, en voz que él lo pudiese oir: Este es D.
Fernando el pícaro. Dijo don Fernando, volviendo á él: ¿En qué lo
echaste de ver? Respondió el pícaro: Hasta aquí en lo que oía decir,
y ahora en que no os habeis corrido de ello. Dijo don Fernando muerto
de risa: Harta honra me haces, pues me tienes por cabeza de tan
honrada profesion como la tuya. Así que aun de aquellas injurias que
derechamente vienen á ofendernos, habemos de procurar por los mismos
filos hacer triaca del veneno, gusto del disgusto, donaire de la
pesadumbre, y risa de la ofensa. Que pues procura un hombre entender
por donde camina una espada, los círculos y medios, la fortaleza
y flaqueza, la ofensa y la defensa, y lo ejercita con grandísima
perseverancia hasta hacerse muy diestro para que no le maten ó hieran,
¿por qué no se ejercitará en lo que estorba á venir á tan miserable
estado, que es la paciencia? Que puesta la cólera en su punto, y
vistas dos espadas desnudas, una con otra han de herir, ó huir; cosa
que por tan infame se ha tenido siempre en todas las naciones del
mundo; y si con mucho menos trabajo y ejercicio se puede hacer un
hombre diestro en la paciencia, que es quien refrena los ímpetus
bestiales de la cólera, la potencia de los poderosos, la braveza de los
valientes, la descortesía de los soberbios ignorantes, y ataja otros
mil inconvenientes, ¿por qué no se procurará esto por no llegar á lo
otro? En Italia dicen que la paciencia es manjar de poltrones. Mas esto
se entiende de una paciencia viciosa, que el que la profesa por comer,
beber y holgar, sufre cosas indignas de imaginar entre hombres. Aquí
se trata de la paciencia que acicala y afina las virtudes, y la que
asegura la vida, la quietud del ánimo, y la paz del cuerpo; y la que
enseña á que no se tenga por injuria la que no lo es ni lleva modo de
poderse estimar por tal: que en solo el uso de esta divina virtud se
aprende cómo se han de rechazar los agravios paliados, cómo se han de
resistir los descubiertos, qué caso se debe hacer de los que se dicen
en ausencia, que es otro yerro notable que anda derramado entre la
gente que ni sabe sufrir, ni lo quiere aprender, que así se ofenden de
un agravio encañado por arcaduces, como de una cuchillada en el rostro,
como si hubiese alguno en el mundo (por justo que sea) que tenga las
ausencias sin alguna calumnia. Y porque la materia de suyo es algo
pesada, quiero aligerarla con decir lo que me pasó sirviendo al más
desazonado colérico del mundo: porque tras de muchos infortunios que
toda mi vida he sufrido, me vine á hallar desacomodado al cabo de mi
vejez; de manera, que porque no me prendiesen por vagamundo, hube de
encomendarme á un amigo mio, Cantor de la Capilla del Obispo (que estos
todo lo conocen, sino es á sí propios) y él me acomodó por escudero y
ayo de un médico y su mujer, tan semejante el uno al otro en la vanidad
de valentía y hermosura, que no les quedó que repartir en los vecinos,
con los cuales me pasaron lances harto dignos de saberse.
[Ilustración]
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