MARCOS DE OBREGON.

[Ilustración]

Este largo discurso de mi vida, ó breve relacion de mis trabajos, que

para instruccion de la juventud, y no para aprobacion de mi vejez,

he propuesto manifestar á los ojos del mundo, aunque el principal

blanco á que va inclinado es aligerar por algun espacio, con alivio

y gusto, la carga que, con justos intentos, oprime los hombros de V.

S. I., lleva tambien encerrado algun secreto, no de poca sustancia

para el propósito que siempre he tenido, y tengo, de mostrar en mis

infortunios y adversidades cuánto importa á los escuderos pobres, ó

poco hacendados, saber romper por las dificultades del mundo, y oponer

el pecho á los peligros del tiempo y de la fortuna, para conservar

con honra y reputacion un don tan precioso como el de la vida, que

nos concedió la divina Magestad para rendirle gracias y admirarnos,

contemplando y alabando este órden maravilloso de cielos y elementos,

los cursos ciertos é innumerables de las estrellas, la generacion y

produccion de las cosas, para venir en verdadero conocimiento del

universal Fabricador de todas ellas. Y aunque me coge este intento

en los postreros tercios de la vida, como á hombre que por viejo y

cansado se le hizo merced de darle una plaza tan honrada, como la de

Santa Catalina de los Donados de esta Real villa de Madrid (donde paso

lo mejor que puedo), en los intérvalos que la gota me concediere, iré

prosiguiendo mi discurso, guardando siempre brevedad y honestidad:

que en lo primero cumpliré con mi condicion y inclinacion natural,

y en lo segundo con la obligacion que tienen todos aquellos á quien

Dios hizo merced de recibir el agua del bautismo, Religion que tanta

limpieza, honestidad y pureza ha profesado, profesa, y profesará desde

su principio y medio, hasta el último fin de esta máquina elemental. Y

con el ayuda de Dios procuraré que el estilo sea tan acomodado á los

gustos generales, y tan poco cansado á los particulares, que ni se deje

por pesado, ni se condene por ridículo. Y así en cuanto mis fuerzas

bastaren procederé deleitando al lector, juntamente con enseñarle,

imitando en esto á la próvida naturaleza, que antes que produzca el

fruto que cria para mantenimiento y conservacion del individuo, muestra

un verde apacible á la vista, y luego una flor que le regala el olfato:

y al fruto le da color, olor, y sabor, para aficionar al gusto que se

coma, y tome de él aquel sustento que le alienta y recrea, para la

duracion y perpetuidad de su especie. Ó haré como los grandes médicos,

que no luego que llegan al enfermo le martirizan con la violencia del

ruibarbo, ni con otras medicinas arrebatadas, sino primero disponen el

humor con la blandura y suavidad de los jarabes, para despues aplicar

la purga, que ha de dejar el sugeto limpio y libre de la corrupcion

que le aquejaba. Y si bien son muy trilladas estas comparaciones de

los médicos, y las medicinas pueden traerse muy bien entre manos, por

ser fáciles é inteligibles, y más yo, que por la escelente gracia que

tengo de curar por ensalmos puedo usar de ellos como uso del oficio con

tanta aprobacion y opinion de todo el pueblo, que me ha valido tanto

el buen puesto en que estoy junto con traer unas cuentas muy gruesas,

unos guantes de nutria, y unos antojos que parecen más de caballo

que de hombre, y otras cosas que autorizan mi persona, que estoy tan

acreditado, que toda la gente ordinaria de esta Corte, y de los pueblos

circunvecinos acuden á mí con criaturas enfermas de mal de ojo, con

doncellas opiladas, ó con heridas de cabeza, y de otras partes del

cuerpo, y con otras mil enfermedades, con deseo de cobrar salud; pero

curo con tal dulzura, suavidad y ventura, que de cuantos vienen á mis

manos no se mueren más de la mitad, que es en lo que estriba mi buena

opinion: porque estos no hablan palabra, y los que sanan dicen mil

alabanzas de mí, aunque quedan perdigados para la recaida, que todos

vuelan sin remedio. Mas la gente que más bendiciones me echa es la que

curo de la vista corporal, porque como todos la mayor parte son pobres

y necesitados, con la fuerza de cierta confeccion que yo sé hacer de

atútia, y cardenillo y otros simples, y con la gracia de mis manos,

á cinco ó seis veces que vienen á ellas los dejo con oficio, con que

ganan la vida muy honradamente, alabando á Dios y á sus Santos con

muchas oraciones devotas, que aprenden sin poderlas leer.

[Ilustración]

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Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 24 / 101 题