V.

La ambicion y el amor sacáronle de Salamanca á vida más activa. Por

órden del rey Felipe II formábase en el otoño de 1574 armada de más

de trescientas velas y veinte mil hombres en el puerto de Santander.

Por capitan general de ella iba el más intrépido marino que á la

sazon tenia España, Pero Menendez de Avilés, el famoso adelantado de

la Florida. Su mision permanecia secreta y reservada; bien que todo

el mundo creyera fuese la primera _invencible_ de Felipe II contra

Isabel de Inglaterra. Era el almirante don Diego Maldonado, caballero

de bonísimo gusto, de los de esta casa en Salamanca y algo pariente de

linda moza que acaso á la sazon ESPINEL platónicamente cortejaba. Por

todos estos merecimientos dióse al novel estudiante alférez la bandera

del segundo capitan. Mas aquella escuadra portentosa no llegó á cumplir

su destino. La peste la asedió en el mismo puerto, destruyéndola sus

hombres, y entre otros cabos que murieron, hizo la muerte presa tambien

del bizarro caudillo que habia de mandarla. Un viento de dispersion

sopló por los escasos restos de los que habian quedado, y ESPINEL,

aunque convaleciente de unas fiebres malignas, cedió á la inquieta

condicion de su carácter, no tomando la vuelta hácia Salamanca, sino

escapando por Laredo y Portugalete á la capital de Vizcaya; desde

Bilbao á Vitoria, donde lo hospedó y mimó, un gran caballero y amigo

suyo, don Felipe de Lezcano; desde Álava á Navarra, por visitar al

condestable de la casa de Alba, de la cual ya comenzaba á recibir

proteccion; de allí á Zaragoza, donde le obsequiaron los Argensolas

y otros ingenios amigos, durante su larga estancia en la capital de

Aragon, y despues de haber trafagado toda la Rioja, y visitado á

Búrgos, vino á recaer en Valladolid y en el escuderaje del egregio

conde de Lemos, don Pedro de Castro, gran amigo de la gente alegre de

bizarro ingenio.

Cerca de cuatro años consumiéronse en esta vida, que á aquel robusto

amparo tal vez se hubiera prolongado, sin la ocasion de la infortunada

empresa del rey D. Sebastian de Portugal, á África, á donde fueron

5000 españoles en las 50 galeras con que le auxilió el rey Felipe II,

á quien Lemos á su llamamiento acudió presuroso para servirle. «Víneme

de Valladolid á Madrid, dice el mismo ESPINEL, y siguiendo la variedad

de mi condicion y la opinion de todos, fuíme á Sevilla con intencion de

pasar á Italia, ya que no pudiese llegar á tiempo de embarcarme para

África.» En efecto, no llegó; quedóse en Sevilla al abrigo de ilustres

camaradas, y en el largo año que residió en la ciudad del Guadalquivir

hizo de su vida una contínua tempestad de desvanecimientos juveniles.

Arrastró su musa por el lodo de la obscenidad y del sarcasmo; su vivo

ingenio y sus músicas habilidades disipáronse entre los lupanares de

Baco y Venus; púsose espada al flanco; echóla de valiente; suscitó

pendencias; anduvo á cuchilladas y al ojo de la justicia y, como él

mismo dice, comenzó á alear más de lo que le estaba bien, y áun tanto

que el marqués de la Algaba, D. Luis de Guzman, que le amparaba, llegó

á mostrarse reacio en su refugio, viéndole empeñado en tales causas que

tuvo que tomar sagrado tal vez para evitar mayores inconsideraciones.

No por eso faltáronle amigos: por tal se le declaró un jóven príncipe,

tan gallardo de presencia, como amable de carácter, que vino por aquel

tiempo á Sevilla á visitar á su tio el arzobispo D. Cristóbal de Rojas

y Sandoval: llamábase él D. Francisco Gomez de Sandoval: llevaba por

título el de marques de Dénia, y estaba destinado á representar en la

política y el gobierno de España el papel más importante, bajo el de

Duque de Lerma, con el que reconoce la historia al poderoso valido

del rey Felipe III. Influia en la borrascosa conducta de ESPINEL por

aquel tiempo la fiebre del despecho á causa del desengaño sufrido en

aquellos amores puros, juveniles, risueños que comenzara en Salamanca,

y Dénia descendió á mitigar aquel violento estado, favoreciendo á

ESPINEL en sus necesidades y allanándole los obstáculos para alejarle

del lugar de los combates de su espíritu, haciendo descubrir ante

su mente aventurera los poéticos horizontes de Italia, sonrosados

con la compañía y el favor inmediato del Duque de Medina-Sidonia, D.

Alonso Perez de Guzman, á quien acababa de darse el gobierno de Milan,

para donde él ya disponia el envío de ajuares y criados en un galeon

_arragocés_[14], que se hacia á la vela para el golfo de Génova.

Surge, durante esta navegacion, una cuestion histórica, que hasta ahora

ningun biógrafo se ha atrevido á abordar para darle una explicacion

definitiva. ESPINEL, refiriendo los azares de aquel viaje, dice que

habiéndose refugiado el galeon á la isla Cabrera y habiendo saltado

alguna gente á tierra en busca de agua, fué con otros sorprendido por

unos piratas africanos que los llevaron cautivos á Argel: narra luego

prolijamente la vida y las vicisitudes del cautiverio, y por último,

despues de mil lances novelescos la manera como preso el galeon de

su amo cerca de las aguas de Mallorca por las galeras de Génova que

gobernaba el Sr. Marcelo Doria, fué primero maltratado teniéndole por

renegado tambien, luego reconocido por Francisco de la Peña, uno de

los músicos de á bordo, presentado al general más tarde, y remediado y

conducido á Génova, á casa del embajador Julio Espínola, que él habia

tratado como amigo en Valladolid, y que juntamente con Marcelo Doria,

le proveyó de dinero y cabalgadura para que se trasladase á Milan. Ó

hay que aceptar como cierto en el _Márcos de Obregon_ este episodio

autobiográfico de ESPINEL, ó hay que negarlos todos. En ninguno el

autor pone entre él y el lector mayor número de testimonios vivos:

él cita las personas con abundancia, y es uno de los pasajes en que

casi descubre que el nombre de _Márcos de Obregon_, adoptado para el

protagonista de su obra, no es sino el pseudónimo bajo el que oculta

el suyo verdadero. La glosa de las octavas cantadas á bordo y á cuya

música suspiró, son de las más conocidas de sus canciones; él dice

ademas: cantaron _unas octavas mias_. Peña lo denunció despues al

general como _autor de la letra y de la sonata_. Y cuando el general le

preguntó: _¿Cómo os llamais?_ y él le respondió: _Márcos de Obregon_;

Peña se apresuró á rectificar diciendo:--FULANO (es decir ESPINEL) _es

su verdadero nombre, que por venir tan mal parado debe de disfrazarlo_.

Cotejando los hechos en que ESPINEL refiere haber intervenido con las

fechas de estos acontecimientos históricos, preciso es confesar que

existe una perfecta, absoluta correspondencia sin que jamás se le

sorprenda en el menor desliz: de modo que lo que narra lo cuenta, no

como el contemporáneo que recuerda lo que ha oido, sino como el testigo

que tiene presente y muy presente hasta el menor detalle de lo que ha

visto. Á fines de 1578, en efecto, desembarcó en Génova; por Alejandría

de la Palla, de donde era gobernador D. Rodrigo de Toledo, pasó á

Milan, donde esta vez no se detuvo, continuando su marcha á Flandes, y

yendo á parar al ejército que mandado por Alejandro Farnesio, príncipe

de Parma, desde la muerte de D. Juan de Austria, disponíase á dar el

asalto general de Maestrich, uno de los hechos de armas más grandiosos

de aquella época militar. Allí encontró á D. Hernando de Toledo, _el

tio_, y á D. Pedro de Toledo, marques de Villafranca, en quienes,

como en todos los de la casa de Alba, la amistad á ESPINEL era cosa

como del hogar ó de la sangre; allí al ingenuo caballero D. Alonso

Martinez de Leiva, á quien el mar de Irlanda en 1588 abrió la tumba,

al más dulce prodigio de las musas; allí, por último, á aquel bizarro

príncipe Octavio de Gonzaga, casado con D.ª Sicilia de Médicis, en

cuya morada en Milan y Mántua el poeta de Ronda habria de hallar luego

la hospitalidad más noble y la proteccion más espléndida. Con solo

repasar el libro de las _Rimas_ se viene en conocimiento de lo que

fueron estos príncipes para ESPINEL. Á D. Hernando de Toledo, el tio,

dedicada está aquella _Égloga_, sublime, resúmen de la historia de sus

amores con doña Antonia de Calatayud[15], en Salamanca y Sevilla; en

las dos _Canciones_ á los jóvenes consortes Gonzaga y Médicis, de la

casa ducal de Mántua, se espresa la abundante felicidad que aquellos

ilustres magnates derramaron con su favor en el alma de ESPINEL. Desde

la rendida fortaleza del Brabante el poeta siguió á Octavio de Gonzaga

en la vuelta para Milan, y aquí el generoso príncipe, con ocasion de

la muerte y los funerales de la reina doña Ana de Austria, que en

la capital de Lombardía se lloró con soberbias exequias, colmóle de

honor, haciendo que á ESPINEL se le designase para las leyendas en

verso castellano y latino que habian de adornar el túmulo levantado en

la incomparable catedral para la fúnebre solemnidad en que él mismo

celebró despues haber oido la palabra inspirada del santo arzobispo,

Cárlos Borromeo, en el elogio póstumo de tal reina. Tambien los versos

castellanos que entonces ESPINEL compuso forman parte de sus _Rimas_

desde el fólio 100 al 103.

Aunque en los tres años, próximamente, que residió el poeta en

Lombardía, quéjase de no haber disfrutado salud, ni de haber hecho

en ellos cosa alguna literaria de importancia «por lo poco que

entre soldados se ejecutan los actos del ingenio,» casi todas las

composiciones que escogió despues para coleccionarlas, fueron escritas

en Italia. Concurriendo allí diversas naciones de franceses, alemanes,

italianos y españoles, él mismo confiesa que hubo de escoger el latin

para entenderse. Por último, en el Descanso V, de la Relacion III, dice

que en Milan concurria á casa de D. Antonio de Londoño, presidente de

aquel magistrado[16], muy sabio en las artes filarmónicas, en cuya

morada habia siempre junta así de excelentísimos músicos, como de voces

y habilidades, donde se hacia mencion de todos los hombres eminentes

de la facultad. «Tañian, añade ESPINEL, vihuelas de arco con grande

destreza, tecla, arpa, vihuela de mano por excelentísimos varones en

toda clase de instrumentos.» Todo esto revela que la permanencia de

VICENTE ESPINEL en Italia, lejos de ser perdida, fuéle muy provechosa,

pues allí pudo perfeccionarse y perfeccionó de hecho sus facultades,

como se notará más adelante, cuando en ellas veámosle encontrar el

más sólido refugio de su vida. No dejó de luchar, sobre todo con la

escasez, que fué el torcedor perpétuo de sus gustos mientras vivió; y

en su propio testamento, hecho cerca de medio siglo más tarde, todavía

debia acordarse de los apuros que pasó en Milan, cuando dictaba al

escribano Juan Serrano:--«Item, declaro que debo en la ciudad de Milan,

en Lombardía, veinte ducados á un mercader que se llama Ludovico Mato

de Recto, de un ferreruelo de gorgueran que me vendió habrá tiempo de

treinta y seis años, los cuales quiero que se le paguen, y si fuese

muerto á sus herederos, y caso que no los haya el señor Maestro Franco

se los diga de misas para sus almas.»

Cansado de la vida militar, puesta la vista en el porvenir y viéndose

en el promedio de la vida sin puerto de salvacion para la vejez, trató

de regresar á España, mas no sin visitar á Pavía, Turin, Venecia y

otras ciudades italianas de gran fama. D. Hernando de Toledo, el

tio, le tomó luego muy alegremente en Saona en sus galeras hasta

desembarcarle en Barcelona. Pasó á Madrid, donde muchos le conocieron

en 1584 y á poco tomó la resolucion de volver á Andalucía, decidido ya

á echar la llave al ardor juvenil y á recogerse al amparo de aquella

carrera en la que todavía le brindaba algun descanso la próvida

fundacion de 1572.

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 16 / 101 题