Job.
Dejamos al bueno de D. Silvestre mostrando lleno de orgullo las peras
de su huerta, mientras D. Juan Amarillo se apoderaba, cual ave de
rapiña, del Sr. de Lantigua, llevándole aparte para hablarle de un
grave asunto.
Digamos algo de este hombre, cuyo apellido es de los que más
admirablemente se conforman con la persona. Pasaba Amarillo de los
sesenta años, y era un hombre despacioso, metódico hasta lo sumo,
muy casero, gran rezador de rosarios, blando en su conversación,
atravesado en su mirar, de cabeza generalmente inclinada hacia un
lado como breva madura, naríz de pico, cabeza calva, ojos negros
sombreados de largas pestañas ásperas, barba fuerte, pero afeitada, y
todo el rostro amarillísimo y reluciente como pergamino. Su ocupación
era prestar con usura. Era el banquero de Ficóbriga y á todos sacaba
de apuros, previo un interés que jamás pasó de cuarenta por ciento.
Como se ve, no debía de ser de los peores en el arte.
Con el dote que le llevó su esposa Teresita la Monja, y con su buen
manejo y economía (pues fué económico en todo hasta en tener hijos),
en cuatro lustros se hizo muy rico. Tenía bastante amistad con D.
Juan de Lantigua, una de las pocas personas de Ficóbriga á quienes
jamás prestó nada, como no fuera atención. Gozaba fama de ser hombre
muy religioso, lo mismo que su mujer, gran atisbadora de vidas
ajenas, y tan fuerte en la vida y milagros de todo el mundo, que
solían llamarla _el confesonario de Ficóbriga_.
Amarillo tomó del brazo á D. Juan, y llevándole por bajo un emparrado
en sitio muy solitario, le dijo:
—Hace días, mi querido D. Juan, que deseaba hablar á usted de un
asunto, y no quiero dejar pasar más tiempo.
—¿Qué es ello?—preguntó Lantigua algo alarmado por el tono misterioso
que el otro D. Juan tomaba.
—Un asunto grave. ¿Qué opinión ha formado usted de mí como hombre
veráz?
—Opinión muy favorable.
—¿Me cree usted capáz de mentir?
—No señor, ni por pienso.
—¿De embrollar, de calumniar, de levantar catálogos?
—Nada de eso.
—Pues oiga usted la advertencia de un hombre honrado que le estima,
que se interesa por la honra de su casa.
—¡Por la honra de mi casa! D. Juan—exclamó Lantigua con enojo,—¿qué
quiere usted decir?
—Sólo los ojos de marido no son ciegos. Sónlo también los de los
padres bondadosos y confiados.
—No comprendo...
—Pues acabaré de una vez. Debe usted vigilar mucho, pero mucho á su
hija.
—¡A Gloria!—exclamó D. Juan lanzando un grito.
—A la señorita Gloria—afirmó el judío cristiano. Ella es buena, no
lo dudo; pero está en la edad de las pasiones... No encuentro yo
vituperable que las muchachas tengan novio, es muy natural; pero al
menos que le escojan católico.
—Don Juan, ¿qué farsa es esa?—dijo Lantigua poniéndose tan amarillo
como su interlocutor.
—¿Me cree usted capáz de decir una cosa por otra, de faltar á la
verdad y de mortificar inútilmente á un amigo? Cuando me atrevo
á hablar á usted, Sr. de Lantigua, es porque el hecho es cierto,
ciertísimo. Gloria ha tenido entrevistas con Daniel Morton.
—¿Dónde... cuándo?—preguntó Lantigua, cambiando del amarillo
enfermizo al rojo sanguíneo.
—En los pinos... hace pocos días... Con decir á usted que mi esposa
lo advirtió primero, y que después lo ví yo con mis propios ojos...
Como se dijo que Morton partía, yo me callé; pero al oir al señor
obispo que le había visto entrar en Ficóbriga, me alarmé y dije:
«Pues no pasa de esta tarde sin contarle todo al amigo D. Juan.»
—¡Por vida de!...—exclamó Lantigua, cerrando los puños y apretando
los dientes,—que si no fuera verdad lo que usted me cuenta... ¿Quién
lo ha visto, quién?
—Mi esposa y otras personas de la villa. Morton venía á caballo de
la capital de la provincia, y dando un rodeo por los prados de la
Pesqueruela para no entrar en Ficóbriga, iba á los pinos, donde le
aguardaba...
Después del primer arrebato, vacilante entre la incredulidad y la
alarma, Lantigua cayó en estupor profundo. Sintió un dolor agudísimo
en el corazón, y no pudo decir palabra. Parecía que le habían
arrancado de repente la ilusión de toda su vida, y quedóse como el
santo árabe Job, cuando llegando un criado le dijo: «Tus hijos y tus
hijas estaban bebiendo en casa del primogénito. Y hé aquí un gran
viento que vino del lado desierto, é hirió las cuatro esquinas de la
casa, y cayó sobre los mozos y murieron, y solamente escapé yo para
traerte las nuevas.»
Pero D. Juan no rasgó su levita, ni trasquiló su cabeza, ni cayó en
tierra; antes bien, reponiéndose algo de la sorpresa, si bien no de
la pena, decía luégo para sí:—Es mentira, es mentira.
—Pero haremos bien en guarecernos dentro de la casa, porque llueve,
amigo Lantigua—indicó Amarillo.
En efecto, llovía. Todos se metieron dentro huyendo del agua, y
los criados de D. Silvestre retiraban á toda prisa mesa y vajilla
expuestas á la intemperie.
—Esto pasará pronto—dijo el padre de Gloria mirando al cielo.
—Yo creo—manifestó Romero—que tendremos una segunda edición de
aquel famoso día, cuando sacamos á los náufragos de á bordo del
_Plantagenet_. ¡Qué día, señores! Aquello sí que era llover, aquellas
sí eran olas... Yo, lo confieso, tuve miedo...
—Vámonos—dijo de improviso el señor de Lantigua, indicando en su
rostro una gran impaciencia.
—¿Lloviendo?... Por Dios, D. Juan, ¿qué prisa hay?
—Yo me quiero marchar. Peor será esperar á que llueva más y á que se
haga enteramente de noche.
—Como tú quieras—dijo D. Angel.
Don Silvestre mandó enganchar el coche de Lantigua.
Cuando el coche estuvo preparado en el Soto de Briján, arreció de
tal modo la lluvia, que fué opinión general esperar á que pasase
la turbonada. Los caminos estaban intransitables, y el cochero de
Lantigua, así como el del _breck_, aseguraron que sería milagro
llegar á Ficóbriga sin que se rompiese alguna ballesta.
—No importa—manifestó D. Juan.—Vámonos.
Pero en el mismo instante se dijo:
—El puente de Judas se ha quebrantado y no puede pasar ningún coche.
—Hoy es día de desgracia—gruñó D. Juan hiriendo el suelo con el
pié.—¡El puente quebrantado! Vean ustedes lo que son nuestros
ingenieros... ¡Qué Gobierno! Con el dinero que se gastó en ese puente
de palo, se podrían haber hecho dos de sólida piedra.
—No hay más remedio que tener paciencia—dijo Su Ilustrísima con
tranquilidad.
—No hay más remedio que marcharnos á pié—añadió D. Juan.—Es
calamidad... Ni siquiera tenemos paraguas.
—¿Pero tú estás loco? ¿A dónde vas?—manifestó D. Angel deteniendo á
su hermano.
—¡Por Dios! D. Juan... no parece sino que arde la casa.
El camino en realidad estaba intransitable, y espumosos arroyos de
fango y agua descendían por las laderas.
Don Silvestre dispuso que un criado suyo, llamado Francisquín, bajase
á reconocer todo el camino hasta Ficóbriga. Al poco rato volvió
diciendo que estaba medianillo, y que el puente se podía pasar,
andando por él con mucho cuidado.
—¡Qué cobardes somos!—exclamó Lantigua dirigiéndose á la puerta.
Por segunda vez le detuvieron; y hé aquí que el cura dijo:
—Más vale que pasen ustedes aquí la noche. Tengo buenas camas.
La crecida de la ría es espantosa, y no vale la pena de que nos
expongamos á perecer. Si subimos hasta Villamojada para pasar el
puente de San Mateo, tardaremos cinco horas lo menos, porque el
acarreo de mineral ha puesto la carretera como ustedes saben.
Mucho costó persuadir á D. Juan á que se quedase; pero al fin lo
consiguieron, y se mandó á su casa el recado de que ya tenemos
noticia.
Y hé aquí que al volver Francisquín, dijo:
—La señorita Gloria esperaba muy alarmada; pero ya está tranquila.
—¿Quién estaba allí?—preguntó D. Juan con viva ansiedad.
—Roque, D. Amancio el de la botica, José el cartero, el maestro
Rubio, Germán...
—¿Y nadie más?
—Y el Sr. D. Daniel.
Por el abrasado pensamiento de D. Juan de Lantigua pasaron aquellas
palabras del libro de Job: «Fuego de Dios cayó del cielo, que quemó
las ovejas y los mozos y los consumió; solamente escapé yo solo para
traerte las nuevas.»
—¿Qué es eso, D. Juan, le ha hecho á usted daño la comida?—preguntó
D. Silvestre á su amigo.
—¿Estás malo?—le dijo el obispo observándole cariñosamente.
Don Juan se había puesto verde.
—A ver ese pulso—indicó D. Silvestre, que también se la echaba de
médico.
—Por fin—dijo uno de los compinches del cura, que había venido de la
capital de la provincia,—cierto amigo que encontré en Villamojada y
que acaba de llegar de Madrid, me ha informado de la religión de ese
señor Morton, á quien D. Juan ha nombrado. Es nada menos que judío.
Una exclamación de sorpresa y espanto sonó en toda la sala.
—¿Es eso verdad?—preguntó Lantigua echando fuego por los ojos.
—¡Tan verdad!... Daniel Morton es hijo de un riquísimo israelita de
Hamburgo, rabí de la secta, ó como si dijéramos, el sumo sacerdote ó
el papa de los judíos.
—A pesar de eso, no me pesa haberle salvado la vida—dijo con
petulancia D. Silvestre,—porque está escrito: _Bendecid á los que os
maldicen y haced bien á los que os aborrecen_... ¡Qué día aquel!
—Muy bien—afirmó el prelado estrechando la mano del cura.—Así me
gusta.
Después se quedó tan pensativo, que parecía una estátua.
—Mi opinión—dijo D. Juan Amarillo gravemente,—es que no se debe
consentir en Ficóbriga la presencia de ese hombre.
—No se debe consentir—añadieron dos ó tres de los presentes.
Entonces Su Ilustrísima habló así:
—Mientras el impío exista, existirá la esperanza de traerle al buen
camino. Dios no revela á nadie los caminos de su justicia. San
Agustín, amigos míos, nos enseña que el impío está sobre la tierra
_ut corrigatur, ut per illum bonum exerceatur_, es decir, _para que
se corrija, para que el bien, por razón de él, sea hecho_.
Don Juan de Lantigua se levantó, diciendo con firmeza:
—Yo me voy.
Su tono indicaba una resolución tan firme que nadie se atrevió á
contradecirle. El obispo, empezando á participar de la inquietud de
su hermano, añadió:
—Pues yo me voy también.
—Iremos por Villamojada—indicó D. Juan.
—¡Qué temeridad!—dijo D. Silvestre en voz baja al joven del
Horro.—Cuando á este D. Juan se le mete una cosa en la cabeza... Y
no está nada bueno. ¿No ve usted qué color se le ha puesto? Tiene
calentura.