XXXVII

Al fin se supo.

Gloria sintió frío en el cuerpo y en el alma. Volvía lentamente á

la normalidad de su espíritu. Cuando dirigió la primer mirada á su

conciencia, se horrorizó. Todo era negro y espantoso. Cuando trajo á

la memoria su familia, su nombre, creyóse abandonada de Dios y de los

hombres.

—¡Daniel, Daniel! ¿Dónde estás?—exclamó cerrando los ojos y alargando

la mano como si pidiera socorro.

Morton la estrechó en sus brazos.

—Aquí—dijo,—á tu lado, del cual no me separaré jamás.

—¡Qué locuras dices! Debes huir; pero por Dios, no me dejes ahora. Yo

muero.

—Ahora—afirmó Daniel con energía,—nadie, nadie me arrancará de tu

lado.

—Mi padre...—murmuró ella.

—No me importa.

—Mi religión...

El extranjero calló, hundiendo la cabeza sobre el pecho.

—¡Daniel, Daniel!—clamó la joven llena de congoja.—¿Qué tienes?

Morton no contestaba. Gloria puso su mano en la barba de él, tratando

de obligarle á alzar la cabeza.

—Has pronunciado la palabra terrible; ya no me acordaba de

ella—murmuró el extranjero.—Has helado la sangre en mis venas, has

hecho saltar mi corazón como si hubieras dado sobre él un latigazo.

—¿Por qué te espantas así?—dijo la de Lantigua espantándose

también.—Daniel, amigo de mi alma, no aumentes el abismo que nos

separa; al contrario, tratemos de llenarlo.

—¿Cómo?

—Hagamos un esfuerzo: reunamos nuestras creencias en una sola;

reconciliemos nuestras conciencias. ¿No han concordado ya en el

pecado? Pues hagámoslas una en el bien, en la verdad. Daniel,

examinemos bien lo que nos separa, y se verá que la distancia entre

los dos no puede ser grande.

—Ante el que hizo los cielos y la tierra, no; pero ante los hombres

es inmensa...

—¡Dios mío!—exclamó Gloria bañado el rostro en lágrimas.—¿No habrá

para nosotros misericordia?

—Querido amor mío, esposa—dijo Morton abrazándola con efusión;—ha

llegado el momento de que todo sea verdad entre nosotros.

—Y de que miremos cara á cara este problema cruel.

—Sí, sí.

—Nuestro remordimiento sale terrible y amenazador del fondo de

nuestra alma—dijo Gloria,—y nos grita: «Ya estáis unidos para

siempre.»

—Para siempre—murmuró él.

—La separación es imposible.

—¡Imposible!... Pero la hora de la verdad ha llegado.

—¡Oh! Daniel, Daniel—exclamó la de Lantigua, sintiendo en su alma

violentísima irrupción de sentimiento religioso;—amigo de mi vida,

compañero de mi alma, esposo mío, arrodillémonos delante de esa

imagen de Nuestro Señor Jesucristo y hagamos voto solemne de disponer

esta noche misma nuestra reconciliación religiosa, haciendo todos

los sacrificios posibles, tanto tú como yo. Hijos somos ambos de

Jesucristo: volvamos á El los ojos... Daniel, Daniel, ¿por qué huyes

de mí?

Gloria, arrodillándose delante de la imagen, tiró del brazo de Morton

para que hiciera lo mismo. Daniel dejó caer la cabeza sobre el pecho.

Nunca su rostro había estado más hermoso ni más patético. Pálido y

grave, sus ojos azules se abatían con sombría tristeza, y vistas de

perfil la elegante línea de su naríz y de su frente, y la graciosa

barba puntiaguda, su semejanza con el semblante mortal del Salvador

del mundo era perfecta.

—¿Por qué no me miras?—preguntó Gloria llena de desconsuelo.

—No puedo más—gritó Morton con súbito arranque.—Gloria, yo no soy

cristiano.

—¿Qué dices? ¡Daniel, por Dios y la Virgen!

—Es preciso decírtelo al fin—añadió el extranjero con voz trémula,—y

te lo diré. Gloria: yo no soy cristiano; soy judío.

—¡Jesús! ¡Padre y Redentor mío!

Estas palabras las pronunció Gloria con el espanto del que muere

cosido á puñaladas, del que ve abrirse bajo sus piés la tierra y

salir las llamas del Infierno. Diciéndolas, cayó sin sentido. Morton

acudió en su auxilio; arrodillándose tomóla en brazos, procuró

reanimarla con amorosas palabras; pero cuando ella abrió los ojos

y pudo ver junto á sí el característico rostro semítico que tanto

contribuyera al cautiverio de su corazón, le rechazó severamente,

diciendo:

—¡Impostor!... ¡Judas!... ¡me has engañado!

—Te oculté mi religión—dijo Morton sombríamente.—Esa es mi culpa.

—¿Por qué has ocultado tu religión?—dijo Gloria incorporándose con

viveza.

Sus negros ojos echaban llamas.

—Por egoísmo, por temor á que no me amases—repuso Daniel con timidéz

y sumisión.—Yo no mentí; no hice más que callar; pero reconozco que

callar fué gran falta.

—¡Infamia, infamia! No; es mentira...—dijo Gloria con

desesperación.—Tú no puedes tener fe en esa doctrina.

—¡Quizás más que tú en la tuya!—repuso Morton.

—Mentira, mentira—exclamó la joven de rodillas en el suelo y

retorciéndose los brazos.—Si fueses tú israelita, es imposible que yo

te hubiese querido. ¡Ah! parece que la lengua se me quema al decir

esa palabra... Si el nombre sólo de tu religión es una blasfemia...

¿Es posible, dí, que no creas en Jesucristo, que no le ames?...

Si esto es verdad, ¡qué horrible engaño, qué vida tan espantosa,

qué muerte de las muertes! ¡Creer yo en tí de este modo, amarte,

adorarte, y cuando pensaba vivir unida á tí para siempre, descubrir,

Dios mío, descubrirme tú mismo este horrendo secreto!... ¿Por qué no

escribiste en la frente tu infame creencia? ¿Por qué cuando me viste

correr hacia tí no me dijiste: «apártate, que estoy maldito de Dios y

de los hombres?»

—¡A qué delirio te lleva tu fanatismo!—dijo Daniel, contemplándola

con expresión compasiva.—Acúsame por haberte ocultado la verdad; pero

no injuries á mi desgraciada raza, ni participes de un odio vulgar,

indigno de tí.

—Si es verdad lo que me has dicho, ¿por qué no tuviste mala

apariencia, como tienes mala religión? ¿Por qué no fueron horribles

tus acciones, tus palabras y tu persona como lo es tu creencia?

¡Impostor, cien veces impostor!

—Gloria, Gloria, amiga de mi vida, no hables así. Tus injurias me

matan.

—¿Por qué me has engañado, por qué consentiste que te quisiera,

sabiendo que debíamos estar eternamente separados?—interrogó ella con

el desvarío de quien va á perder la razón.—Díme, ¿por qué consentiste

que te amara?

—Porque te amaba yo. Es verdad que procedí mal; pero también conocí

mi falta, y viendo venir imponente y amenazador el conflicto

religioso, de mí partió la idea de separarnos y te lo propuse. Mi

pensamiento no podía ser más honrado.

—Sí; pero después volviste.

—Volví—repuso Morton confuso como el criminal.—Es verdad; no sé

quién me trajo. Todo se ordenó de modo que yo volviese. Me trajo una

especie de ola infernal, ó quizá hálito divino. El hombre es juguete

de las fuerzas de Dios, que gobiernan el mundo.

—¡Dios! No tomes en tu boca ese nombre... Tú no eres tú; no puedo

decir fijamente si te amo ó te aborrezco, y si cupiera esto en la

mente humana, diría que al mismo tiempo te aborrezco y te amo.

Ocultando el rostro entre las manos, rompió á llorar sin consuelo.

—¡Y todo por un nombre, por una palabra! ¡Oh, qué iniquidad!—murmuró

Morton con angustia.—Las palabras gobiernan al mundo, no las ideas.

Díme, cuando me amaste, ¿por qué me amaste?

—Te amé, porque me parecía que Dios te había puesto delante de mí; te

amé por tu lenguaje, por tus acciones, por tu persona, por una dulce

concordancia de tu alma con la mía... ¿qué sé yo por qué?... Pero

no... tú me estás engañando ahora... tú no puedes ser lo que dijiste,

Daniel, porque tú has practicado la caridad.

—Nuestra ley nos dice: «Bienaventurado el que piensa en el pobre. En

el día malo lo librará Jehová.»

—Tú no puedes pertenecer á esa secta abominable—añadió Gloria

asiéndose á su incredulidad como á un clavo ardiendo.—Aunque mil

veces me lo jures, mil veces me negare á creerlo... Si lo eres, ¡qué

horrible disimulo el tuyo!

—He disimulado, sí. Esta es nuestra costumbre cuando viajamos por un

país intolerante como el tuyo. Pero á tí debí decirte la verdad, lo

conozco, lo confieso, declaro ante tí mi culpa, esperando perdón.

—Esto no puede perdonarse, no, de ningún modo—dijo Gloria con airada

resolución.

—Tu Maestro—afirmó Morton,—te ha dicho: «Perdona á tus enemigos, ama

á tu prójimo como á tí mismo.» ¿Es posible que tú participes del

tradicional encono contra nosotros, y de esa vulgar antipatía con que

apacienta su rudeza y sus malas pasiones la plebe cristiana? Gloria,

por el que hizo el Cielo y la tierra, no puedo creer que degrades así

tu preciosa inteligencia...

—Dentro de Jesús lo admito todo; fuera de El nada. No llames

preocupación al horror que me inspiras.

—Horror que desaparece callando un nombre. ¿Por ventura esto no te

dice nada? ¡Me amaste sin conocerme! Dí: ¿no parece esto una burla de

tu misma fe? O yo estoy loco, ó esto es la voz de la humanidad que á

gritos reclama sus derechos.

—¡Ay! ¡Yo no sé lo que es esto!...—exclamó Gloria con arrebato.—¿Por

qué siendo lo que eres, todo en tí es amable? Sin duda tu alma es

buena, y se conserva pura en ese cieno donde has nacido. Un esfuerzo,

amigo de mi alma, un esfuerzo y sacudirás de tí esa podredumbre.

Tu espíritu está preparado para la redención: basta un movimiento

ligero, una mirada dentro de tí mismo. Daniel, Daniel—añadió

abrazándole con pasión,—por el amor que me tienes, por el que yo te

tengo y que ahora ó se extinguirá para siempre ó se aumentará, te

pido que seas cristiano... Daniel, Daniel, abandona tu falsa creencia

y entra conmigo en el seno amoroso de Nuestro Señor Jesucristo.

Morton la estrechó contra su pecho. Después, rechazándola suavemente,

dijo con voz tétrica.

—¡Abandonar yo la religión de mis padres!... ¡Jamás, jamás!

Gloria, saltando lejos de él, le miró con espanto, como se mira una

visión del infierno, más terrible cuanto más hermosa, más espantable

cuanto más se viste de risueña forma.

—¿Qué has dicho?

—Que yo también tengo familia, padres, nombre, fama, y aunque sin

patria común, nos la formamos en nuestros honrados hogares y en la

santa ley en que nacemos y morimos. Desde mis remotos abuelos, que

eran de Córdoba y fueron expulsados de España por una ley inícua,

hasta el presente y en todas estas sucesivas generaciones de honrados

israelitas que constituyen mi familia, ni uno solo ha abjurado la ley.

—¡Ni uno solo!—dijo Gloria con amargo desconsuelo.—¿Y crees que gozan

de Dios?...

—Los que fueron buenos, como lo es mi padre, gozará de El por los

siglos de los siglos—afirmó Daniel con el acento de una convicción

profunda.—No, no llenaréis con nosotros vuestro horrible infierno

cristiano.

—Siempre me he resistido á creer en el infierno—dijo Gloria con el

espanto pintado en sus ojos;—mas ahora se me figura que va á existir

sólo para mí esa caverna llena de llamas. ¡Oh, qué horrible confusión

en mis ideas! Si no hay infierno, para nosotros dos, para tí y para

mí solos creará Dios uno, Daniel... Pero no, yo me salvaré y te

salvaré. Merezco arder en el eterno fuego si no te salvo... Daniel,

Daniel, abre tus ojos, ven á mí.

—Del modo que tú quieres que vaya es imposible—afirmó el extranjero

con sombría resolución.

—Entonces... dí, ¿qué palabras hay para vituperarte?... ¿Cuál es mi

suerte ahora?... Veo que en tu religión no hay conciencia.

—Puedes leer en la mía como en un libro.

—No hay la admirable virtud del arrepentimiento.

—Si este es el dolor y la vergüenza que causa el pecado, yo puedo

decir: «Señor, estoy encorvado, estoy humillado en gran manera... mi

dolor está delante de mí contínuamente.»

—No hay abnegación, no hay la confesión de los pecados.

—Sí, porque yo digo: «Mis iniquidades han pasado mi cabeza: como

carga pesada se han agravado sobre mí. Por tanto, denunciaré mi

maldad, congojaréme con mi pecado.»

—¿Dices que lea en tu conciencia?—repitió Gloria.—No, no puedo leer

nada en ella. Todo lo veo obscuro como la noche, como mi infamia,

como estas tinieblas en que he caído para siempre. Arrodíllate

delante de ese Cristo, y creeré cuanto me digas.

—No delante de ese profeta crucificado, en quien no creo, sino

delante de tí, á quien adoro, me humillaré—dijo Morton arrodillándose

y besando las manos de Gloria.—¡Que mi padre me maldiga y me arroje

de mi casa si no te muestro ahora mi conciencia toda, tal como es,

y si te oculto mínima parte de la verdad! Yo te ví, y desde que te

ví te amé. Creí desde luégo que mi naufragio era providencial y que

Dios te destinaba á ser mía. ¿Quién sabe sus designios? ¿Quién lee

en su libro? Mi creencia en El es grande y fuerte; en todo le veo, y

cuando falto á su ley, más terrible pero más claro se me aparece...

Hice para tí un misterio de mi religión y procedí con egoísmo, porque

conociendo el horror que inspiramos á los católicos, no quería

destruir con una palabra la felicidad de que inundabas mi alma. Sabía

que no me podías amar conociendo mi religión, y callé... Cuando quise

hablar, ya no era tiempo, te quería demasiado, estaba cogido en las

redes de un insensato amor; parece que mi vida toda dependía de tí

en el alma y en el cuerpo, y descubrirme equivalía al suicidio...

Entonces pensé en los medios para conseguir una unión perpétua

contigo; pero el problema religioso me espantaba, me volvía loco, me

aturdía más que los mil truenos del Sinaí y que todas las venganzas

de Jehová... Al fin comprendí que no había solución. Nuestro amor

era una contradicción horrible entre Dios y la Humanidad, un absurdo

espantoso, la idea absoluta de la irreconciliación; y al entenderlo

así, retrocedí y saqué fuerzas de mi espíritu para la separación que

te aconsejé. Huímos el uno del otro, porque no teníamos más remedio

que separarnos, como la noche y el día... Hasta aquí no es tan grande

mi maldad.

—Pero después...

—Después... Yo no había pensado quebrantar mi resolución. Con el alma

destrozada me disponía á abandonar para siempre este suelo, cuando

los incidentes producidos por una obra de caridad, que carece de

importancia y mérito, me obligaron á volver. Yo no sé cómo vine á tu

casa; pero no creo en la fatalidad, y según mis ideas, nada pasa sin

la voluntad expresa del que con sus dedos hizo el mundo y formó los

astros y las almas. He sido juguete de misteriosas fuerzas. Dios me

envió, sin duda, para probarme y conocer el temple de mi espíritu.

Caí; no tuve rectitud; caí, como cayó David; he sido un malvado, ¿qué

quieres? pero te amo, te amo, y esto me disculpa ante Dios y debe

disculparme ante tí. Mi pasión ha sido más fuerte que yo... Confieso

mi crimen... Yo no protesto. Pero quita de en medio la funesta

disparidad de nuestras creencias, y verás cuán gran parte quitas á mi

iniquidad.

—¡Oh, no mezcles el nombre de Dios á esto... no lo mezcles!

—Yo digo: «¡Tu justicia, como los montes; tus juicios, abismo grande,

oh Jehová!...» Obra de Dios es este conflicto supremo. El amor

vivísimo que á entrambos nos inflama obra suya es. Maldigamos... pero

¿á quién hemos de maldecir? A Dios no es posible; á nuestro amor

tampoco... Maldigamos á las edades de quienes esto es obra perversa.

—Maldice á tu raza que, sacrificando á Jesús, se imposibilitó en

conjunto para la redención...—dijo Gloria con brío.—No creo en tu

confesión, porque tu alma está á obscuras. Huye de mí. El mismo amor

que te tengo, y que no puedo vencer, aumenta mi horror.

—¡Oh, Gloria, Gloria!—exclamó lleno de dolor el hebreo,—no consientas

en ser inferior á mí, porque yo aborrezco el catolicismo, y á tí te

venero; porque sé distinguir entre tu falsa creencia, que desprecio,

y tú misma, á quien pongo sobre todas las cosas de la tierra. Entre

los ángeles de la luz has sido escogida. Me glorío en tí, y si fueras

mi esposa, ninguna mujer existiría en la tierra, ni más venerada, ni

más amada.

—¡Yo tu esposa, tu esposa yo...! ¿qué dices?—gimió Gloria.—¡Yo

también soñaba eso, Dios poderoso, y lo soñaba creyéndolo posible!

¡Cómo había de sospechar este horrible conflicto! Dios me ha

desamparado, Dios me ha abandonado para siempre.

—Si el tuyo te deja—dijo Morton corriendo hacia ella,—el mío te

recoge. «¡Tus juicios, oh, Jehová, abismo grande!»

—Déjame—gritó Gloria huyendo de él.—No me toques.

Pero no pudo impedir que Morton la estrechara entre sus brazos.

Trémula y sobrecogida, Gloria se arrodilló, y abrazándole los piés,

gritó con voz dolorida:

—¡Daniel, Daniel, mírame de rodillas ante tí; mírame deshonrada,

perdida para Dios y para el mundo! Por el amor que te tengo, por el

honor que perdí, por el respeto á Dios y el instinto del bien que

hay en tu alma, te suplico que me saques de este infierno. Hazte

cristiano; lava tu alma, y con tu alma mi deshonra. Has hecho una

ruína espantosa; repárala. Quizá sea esto un aviso del cielo. Un gran

pecado ha abierto á muchos los ojos... Conviértete, si me amas,

sé cristiano, adora esa cruz, y verás cómo sientes sublimado tu

espíritu, verás cuán pronto se llena del verdadero Dios.

—Hagamos un pacto—dijo Morton levantándola del suelo.

—¿Cuál?

—Sígueme.

—¿Yo... á dónde?

—A mi casa...

—¡Oh, tú has perdido el juicio!

—Sígueme.

—Pues bien—dijo Gloria con entusiasmo.—Recibe el agua del bautismo;

cree en Jesucristo y te sigo, te seguiré abandonándolo todo,

cualquiera que sea la voluntad de mi familia; te seguiré aceptando mi

deshonra. ¿Puede darse mayor sacrificio? Pero ganar un alma para el

reino de Jesucristo, bien lo merece.

—Mi pacto es otro—prosiguió Morton con febril impaciencia.—Cada cual

trata de convertir al otro á su religión. Si tú vences seré católico,

si yo venzo serás judía.

Gloria volvió el rostro con horror.

—Eso no puede ser—declaró;—la idea de no ser cristiana me espanta más

que la de la condenación eterna.

—Y yo no puedo ser cristiano, no puedo.

—Daniel—murmuró Gloria desfalleciendo de dolor,—¿por qué no me matas?

Busca un arma.

—Gloria, vida mía, ¿por qué no me matas tú á mí? Yo soy el que debe

morir, tú no. El criminal he sido yo, no tú.

—Ha llegado la ocasión de morir. Dios nos abandona.

—No hay solución en la tierra—dijo Daniel sombríamente.

—Ni en el cielo—añadió la joven con desesperación, dejando caer sus

brazos sin aliento y cerrando los ojos, porque las fuerzas todas de

su espíritu se habían agotado.

Cayó de rodillas, y apoyando la frente en el lecho, oró en silencio.

Morton, sentado en un sillón, se oprimía la abrasada frente entre las

manos. De improviso los dos se estremecieron y se miraron, porque

habían sentido pasos.

Gloria (primera parte) · 第 43 / 54 题