El rayo.
Gloria y Daniel Morton, habiendo sentido pasos, temblaron. Ni uno ni
otro se atrevieron á moverse. Ninguno de los dos pudo articular una
sílaba. Contenían el aliento. Ambos deseaban ser aire impalpable é
invisible para desaparecer.
De repente la puerta abrióse y apareció D. Juan de Lantigua. Gloria
lanzó un grito terrible. No se sentirá mayor espanto cuando se oigan
las trompetas del juicio, y aparezca entre inflamadas nubes el que ha
de venir á juzgar á los vivos y á los muertos.
Don Juan avanzó hacia su hija con el brazo levantado; pero como si
faltara la tierra á sus piés, cayó violentamente al suelo, exhalando
un gemido. Su venerable cabeza cana rebotó contra el suelo.
Don Angel que venía detrás, Sedeño, Gloria y Morton se abalanzaron
sobre el cuerpo del infelíz padre. Le examinaron: parecía muerto.
Diéronse voces de socorro y acudieron atropelladamente los criados.
Cuando levantaban á D. Juan, el prelado separó con vigorosa mano á
Daniel Morton, diciéndole:
—¡Deicida, sal de aquí!
Por primera vez en su vida se había visto la ira en el semblante del
glorioso hijo de Ficóbriga.
El hebreo salió como un muerto que anda.
En tanto vino el médico, y dijo que don Juan de Lantigua había sido
atacado de una apoplegía fulminante y que duraría pocas horas.
Sin embargo, se aplicaron con actividad febril todos los remedios
indicados para arrancar su presa á la muerte. Perdió por completo
el conocimiento y sólo el pulso anunciaba los últimos congojosos
esfuerzos de la desesperada vida.
Gloria tenía en su remordimiento y en su dolor un peso tan grande,
que cuando la retiraron del lado del enfermo, llevándola á su cuarto,
no pudo salir de él, ni aun moverse. De rodillas, atónita, con
los espantados ojos fijos en el suelo, parecía estátua de mármol
esculpida para conmemorar un gran desastre ó representar la idea de
la condenación eterna. En su paroxismo de dolor oyó los lúgubres
pasos de los sacerdotes que subían trayendo el Oleo Santo; les sintió
después bajar á punto que entraba por las ventanas la luz de una
aurora más triste que la lóbrega y fría noche.
Al fin vió aparecer á D. Angel que le dijo:
—Tu padre ha muerto.
El santo hombre llevó ambos puños á sus ojos, y rompió á llorar como
un niño.