¡Qué horrible tiempo!
—¡Qué horrible tiempo!—refunfuñó Francisca.—¡Si parece que se va
á acabar el mundo!... ¡Jesús! el viento ha apagado la luz de la
escalera... ¡Cómo golpean las puertas! Roque, Roque.
A la voz de la venerable criada, que avanzaba por el fondo del
pasillo bajo, Roque apareció soñoliento.
—Hombre, muévete—dijo Francisca andando casi á tientas hacia la
escalera.—Jesús, María y José... ¡qué miedo! Si me parece que he
visto una sombra, un bulto escurriéndose por la escalera arriba...
—Usted ve visiones, señora Francisca.
—Con verte á tí tengo bastante, mónstruo.
—Cierra la puerta del jardín. Puesto que los señores no vienen...
¡Qué horrible ventisca! Vaya, que Santiago se porta. Después de la
tormenta, fuelle. Si parece que los demonios levantan en peso la casa
y se la llevan por los aires... Díme, zopenco, ¿has visto subir á la
señorita?
—Sí, señora, hace mucho rato.
—¡Qué has de ver tú, si dormías! ¿Estará en el comedor? No, todo á
obscuras... Anda, cierra la puerta, enciende el farolillo y vamos á
registrar la casa.
—¿A registrar?
—Sí; no estoy tranquila. Me pareció que ví... ¡San Antonio
bendito!...
—Algún alma del otro mundo.
—Ea, cierra, sube y calla.
Callados subieron ambos después de cerrar.
—¡Ah!—dijo la dueña al llegar al pasillo alto,—la señorita está ya
encerrada en su cuarto. Veo claridad por la ventanilla alta.
Y acercándose á la puerta del cuarto de Gloria, gritó:
—Buenas noches, señorita.
En seguida dieron un paseo por la casa, pero no hallaron á nadie.
El viento seguía, daba vueltas alrededor de la casa, estrechándola en
vorágine horrible, como si la arrancase de sus poderosos cimientos
para llevársela en un vuelo. Creeríase que toda Ficóbriga, con
su Abadía en medio y su torre como un mástil, corría llevada por
el huracán, del mismo modo que corre un mísero barco sin timón.
Los árboles del jardín flotaban cual desmelenadas cabelleras,
sacudiéndose, y las rachas de lluvia rasguñaban los cristales como
uñas. Cuando el viento calmaba su furia loca, seguía llorando en el
techo con lastimero y penetrante gemido que se apagaba y avivaba,
recorriendo toda la escala, cual un monólogo de aflicción, con
imprecaciones y suspiros.
Después volvía á soplar con rabia; las ramas, en su rozar
vertiginoso, se azotaban unas á otras, y parecía que entre aquel
torbellino difundido por la inmensidad de los cielos, se estaba
oyendo el rumor de las destrozadas alas de un ángel que caía arrojado
del Paraíso.