Pausa. El conflicto parece resolverse y tan sólo se aplaza.
Por desgracia ó por ventura suya (que esto no lo hemos de dilucidar
ahora), Gloria movía con más vigor á cada hora las funestas alas de
su latitudinarismo, que debían conducirla Dios sabe á qué regiones de
espanto.
Después de meditarlo mucho, D. Angel resolvió no revelar á su hermano
la funesta pasión de Gloria. Aquello era ya cosa pasada y resuelta,
y mientras más pronto se olvidase mejor. Pero al mismo tiempo juzgó
prudente advertirle de los errores de su hija, porque si se les
dejaba, tomarían gran crecimiento, como la mala hierba.
No es preciso decir que D. Juan sintió viva pesadumbre al conocer
las descarriadas pendientes por donde iba dando tumbos el despeñado
pensamiento de su hija. Recordando entonces las atrevidas ideas de
Gloria dos años antes, comprendió que el mal era antiguo y que sólo
variaba de forma. Amargósele la vida en aquel día, y todo en él era
discurrir paliativos, imaginar tratamientos morales que volviesen á
su adorada niña al primitivo sér católico que antes tenía.
No pudo adivinar Lantigua lo que había pasado con Morton; pero allá
en el fondo de su alma rebullía una sospecha vaga. Sin creer que
su hija amara al extranjero, consideraba que el brillo exterior de
éste no habían dejado de influir en los desvaríos heterodoxos de la
interesante muchacha. Por esta razón deploraba entonces más que nunca
el lastimoso naufragio del _Plantagenet_.
Los dos hermanos emprendieron sin pérdida de tiempo un verdadero
asedio de consejos y amonestaciones. Con suavidad el obispo, y
el seglar con enojo y rigor trataban de volverla al camino de la
salvación; pero estas embestidas no produjeron resultado alguno
positivo, ó mejor dicho, diéronlo contrario á las bonísimas
intenciones de ambos Lantiguas y al esplendor de la Iglesia.
En aquel mismo día de la confesión, Gloria, de una proposición
herética pasó á otra, y en su cabeza iban entrando atropelladamente
demonio tras demonio. Del latitudinarismo pasó al racionalismo y á
otras execrables pestilencias.
Llegó, sin embargo, un punto en que las relaciones cariñosísimas
entre ella y su padre y tío empezaron á quebrantarse, y aquí la
sensibilidad de la infelíz muchacha se sobrepuso á todo. Perder el
amor de ellos era desgracia irreparable, y resolvió echar en olvido
sus errores, ya que no podía estirparlos. Al día siguiente, cuando D.
Angel la amonestaba delante de su padre, dijo:
—¡Ay! ¿Quién puede resistir á la autoridad y á la bondad de usted? Me
declaro conquistada. Creo todo lo que la Santa Madre Iglesia me manda
creer.
Sometióse, sí; pero, allá en el fondo de su espíritu, las
proposiciones latitudinarias, aquello que mil veces llamó pestífero
la autoridad visible, continuaban vivas en su mente, como raíz que
de un año para otro guarda el germen de nueva flor. Gloria hizo
lo que hacen las nueve décimas partes de los católicos, es decir,
guardarse sus heterodoxias para no lastimar á los viejos. De aquí
resultó que era, como la muchedumbre, creyente para los demás y
_latitudinaria_ para sí.
Don Juan de Lantigua volvió entonces con nuevo ardor á sus trabajos,
y el prelado tornó lentamente á la paz de su espíritu, satisfecho en
extremo de haber salvado de espantosa catástrofe la hermosísima alma
de su sobrina. El amor que sentía por Gloria no disminuyó con los
desvaríos de ella, antes se mezclaba de cierta compasión cariñosa.
Aquel varón insigne, que todo quería resolverlo con su bondad
angelical, dejábalo todo, no obstante, sin resolución; ejemplo que
muy á menudo se repite en el mundo. Quiso convertir un hereje, y su
santo empeño no dió fruto. Intentó también desviar el noble espíritu
de Gloria de un vulgar error, y su victoria no fué más que aparente.
La bondad, la buena voluntad del prelado derramaban su luz; pero la
herejía y el error iban sin inmutarse derechos á realizar el fin que
una ley inflexible les había marcado.
Cuando los hechos toman una dirección determinada, es inútil querer
desviarlos de ella. Así, en esta ocasión, nos hallamos con que á
pesar de la aparente serenidad que han tomado las cosas, la tempestad
está sólo contenida, mas no aplacada, y la corriente oculta bajo el
hielo saldrá fuera y marchará por donde tenía trazado su camino.
Ved de qué singular manera se anudan los sucesos, cómo los pequeños
incidentes traen los grandes y de qué suerte se establece la natural
consecuencia y la lógica de las cosas. El conflicto de Ficóbriga no
estaba más que suspendido; había tomado un respiro para estallar con
más fuerza, al modo que el colérico detiene la voz y el brazo antes
de descargar el golpe. Aquella pausa enteramente ilusoria era, bien
puede decirse así, como el intervalo aparente entre el relámpago y el
trueno (á causa de la diversa rapidéz del sonido y la luz), siendo en
realidad simultáneos.
Hemos visto ya el relámpago. Pues irremisiblemente sonará el trueno.
Dijimos que los acontecimientos traían marcado su curso fatal.
¿Llamaremos á esto fatalidad ó lógica? Ello es difícil de decidir.
Corría, pues, la lógica sin que la bondad de los buenos ni la
perversidad de los perversos pudieran detenerla.