Pecadora y hereje.
Lo confesó todo, absolutamente todo; rebañó en su conciencia,
sacando de ella hasta las últimas heces, y á medida que iba sacando,
respiraba con más desahogo, porque verdaderamente su carga era grande.
Durante la confesión, un indiscreto que se acercase habría oído
suspiros y sollozos, y alguna palabra suelta del buen pastor de
Cristo. Cuando concluyó, D. Angel no estaba sereno. Su bondadoso
rostro, que según la expresión de un entusiasta amigo suyo, era un
pedazo de Paraíso, tenía cierta movilidad que no puede definirse;
desconsuelo semejante al de los que presencian la desaparición
instantánea de una cosa muy bella, sin poderlo evitar ni tampoco
enojarse. Se quedó D. Angel como Tobías cuando vió desaparecer para
siempre el ángel que le acompañara tanto tiempo.
Después de rezar brevemente, ordenando á su sobrina que hiciese lo
mismo, le dijo con voz muy triste:
—Hija mía, no te puedo absolver.
Gloria inclinó la cabeza con sumisión.
—Por ahora—añadió el prelado,—procura serenarte... descansa. Salgamos
un momento al jardín ó á paseo, y hablaremos despacio.
La pecadora corrió á tomar el sombrero y el bastón de su tío.
—Por cierto—dijo éste,—que no me gusta que tu padre ignore estas
cosas. Yo no le puedo decir una palabra, si no me autorizas para
ello, del mismo modo que si no te hubiera oído en confesión.
—Quiero que lo sepa—dijo Gloria;—yo me confieso á los dos.
—Muy bien, me parece muy bien... No te sofoques. Vamos á dar una
vuelta.
Saliendo ambos de paseo hacia la Pesqueruela, el prelado se expresó
así:
—Te dije que no podía absolverte. Ahora sabrás por qué. No es la
causa de mi rigor que hayas amado. Eres muchacha y la ley natural,
en esta tu edad florida, despierta inclinación hacia otro sér, la
cual, si es honesta y va bien dirigida por el discernimiento, puede
producir bienes, conduciendo al servicio de Dios. Bien es verdad que
hallo en ese afecto tuyo demasiado ardor, y es de tal suerte, que
más parece desasosiego de un alma _llagada y enferma, miserablemente
ansiosa_, como dice San Agustín.
»También es muy vituperable que hayas guardado secreto. Esas
entrevistas ocultas son muy impropias de una doncella pudorosa y bien
educada. Lo que se esconde no puede ser bueno. Sin embargo, este
pecado, con ser tan grande y tal que jamás lo creyera en tí...
A Su Ilustrísima se le turbó un poco la voz por la emoción; mas
dominándose, prosiguió:
—Con ser tan grande tu pecado, no es imperdonable, mayormente sí
estás dispuesta, como has dicho, á arrojar de tí esa insensata llama,
sofocándola con una aspiración firme hacia el único soberano amor,
que es el de Dios.
»Para que veas cuán grande es mi tolerancia, te perdono también
el que hicieras objeto de tu pasión á un hombre que vive fuera de
nuestra santa fe, porque en verdad debiste cerrar prontamente tu
herida, negándole al alma toda comunicación y roce con el alma de
un hereje. Y reconociendo yo la seducción aparente de las prendas
morales de ese joven, á quien estimé mucho, extraño que tú pudieras
hallar verdadero encanto amoroso en quien carece de la principal y
más valiosa hermosura, que es la de la fe católica... Pero me has
manifestado tu firme propósito de renunciar á la inquietud tenebrosa
de ese amor, lo que es verdaderamente un mérito en tu flaca edad, y
esto basta para obtener mi indulgencia. Hasta aquí vamos bien, hija
mía; pero la desconformidad empieza ahora, y voy á manifestártela
claramente.
Gloria atendía con toda su alma.
—Pues bien, hija mía—continuó el venerable señor;—la causa de mi
enojo contigo es que, según me has confesado, han nacido en tu
espíritu y lo han anublado, de la misma manera que los vapores
cenagosos obscurecen la claridad y limpieza del sol, ciertas ideas
erróneas contrarias de todo en todo á la doctrina cristiana y á las
decisiones de la Iglesia. El mal no está precisamente en que te hayas
contaminado de esos errores, pues el enemigo, que vigilante acecha
el estado de flaqueza para verter en la oreja del hombre la ponzoña,
pudo sorprender tu alma é inficionarte de la pestilencia. A estos
percances están sujetos todos los hombres, aun los más fuertes;
pero viene de improviso la saludable reacción del alma, se aclara
el sentido, entra poderosamente la gracia, y el error huye como los
demonios arrojados del cuerpo, entre alaridos. Tú no has gozado de
este beneficio de la limpieza de tu entendimiento, sino que conservas
tus errores, estás encariñada con ellos, según me has dicho, los
tienes enclavados en tu espíritu como el rótulo de ignominia que los
judíos pusieron en la cruz, y en vez de arrancártelos y arrojarlos al
fuego, los acaricias. ¿No es esto lo que me has querido decir?
—Sí señor—repuso la penitente con respeto, pero también con seguridad.
—Pues bien, estás infestada de una pestilencia muy común en nuestros
días, y que es la más peligrosa, porque tomando cierto tinte de
generosidad, á muchos cautiva. Es lo que llamamos _latitudinarismo_.
Tú dices: «Los hombres pueden encontrar el camino de la eterna
salvación y conseguir la gloria eterna en el culto de cualquier
religión...» Pues bien, esa proposición está condenada por el
Soberano Pontífice en las Encíclicas _Qui Pluribus_ y _Singulari
quadam_, y en la alocución _Ubi primum_. Tú dices: «Todo hombre tiene
libertad para abrazar y profesar aquella religión que, guiado por la
luz de la razón, creyera verdadera...» Pues bien, esta proposición
está condenada en las Letras Apostólicas _Multiplices inter_, y en la
Alocución _Maxima quidem_... ¿Qué te parece?
Su Ilustrísima se detuvo, mirando cara á cara á la señorita de
Lantigua.
—Ya te explicaré con toda calma esos delicados puntos—prosiguió el
reverendo.—Hablaremos largo, porque no dormiré tranquilo mientras
no te saque hasta las últimas heces de ese veneno. Pero díme ahora,
loquilla de mi corazón, ¿cómo pudiste dar calor en tu entendimiento
á esas malditas víboras? Sin duda el hombre, á quien has tenido la
desdicha de amar, te inculcó esos principios del _latitudinarismo_,
desgraciadamente esparcidos por el mundo en razón de la aparente
benevolencia y generosidad que encierran.
—No ha sido él—dijo con viveza la pecadora,—quien me ha inculcado
esas ideas. Daniel sin dejar de entrever á punto fijo cuáles son sus
creencias, se ha mostrado siempre poco inficionado de eso que llama
usted...
—Latitudinarismo, hija.
—Latitudinarismo... Pues en ese hombre, las creencias parecen muy
firmes y hasta intolerantes, señor. Además, siempre ha tenido la
delicadeza de no decirme nada que quebrantara en mi alma la religión
de mis padres. Hemos hablado de la religión como lazo social y nada
más.
—Entonces, tú... Mira, estoy algo cansado, y bueno será que nos
sentemos en esta piedra.
—Yo, yo sola—dijo Gloria sentándose también,—soy la culpable. Hace
tiempo, desde que le conocí, díme á cavilar en estas cosas noche y
día. No podía apartarlas de mi pensamiento y, según mi entender,
discurría acertadamente sobre ellas. Me parecía que mis argumentos no
tenían réplica, y me vanagloriaba de ellos, pronunciándolos en mis
diálogos obscuros conmigo misma.
—Has dicho, «desde que le conocí,» luégo él en cierto modo es
responsable...
—No, no, querido tío, yo, yo sola. Si he de hablar á usted con
entera lealtad, mostrándole mi alma hasta lo más hondo, aun antes de
conocerle pensaba yo en estas tristes cosas, si bien no daba forma
clara á mis pensamientos. El trato de Daniel parece que encendió en
mi espíritu mil luces, y á su claridad empecé á ver diferentes temas
de religión y de las disputas de los hombres sobre ella, así como de
la grandeza y lejanos linderos del reino de Jesucristo, á quien yo
veía Señor de todas las gentes, de todos los buenos, de todos los
limpios de corazón.
Don Angel frunció el ceño.
—Veo—dijo con cierta severidad,—que tu llaga crece, crece que es un
primor. ¡Oh! ¡cuando tu padre sepa esto!... ¡él que sobresale por
sus estudios ortodoxos y la claridad con que ha sabido deslindar la
verdad del error en las abominables luchas de la época presente!...
—Mi padre y usted me convencerán de seguro—dijo Gloria, inclinando
con humildad la frente.
—¡Te convenceremos!... y lo dices como si fuera tarea larga... ¿De
modo que te encastillas en tu error, y te cercas de la muralla de
una terquedad y reincidencia más abominables que el error mismo?...
Gloria, Gloria, hija mía, por Dios, vuelve en tí. Mira que no puedo
absolverte si no desechas esos pensamientos, si no los arrojas con
espanto de tí, como arrojarías un animal inmundo que te mordiese.
—No hay mayor tormento para mí—declaró la señorita de Lantigua,—que
estar separada de usted y de mi padre por cosa tan pequeña, tan
vana como es un pensamiento que á cualquier hora puede mudarse.
Pero si ahora le dijese á usted: «tío, ya he desechado el mónstruo
asqueroso, ya estoy limpia de errores,» hablaría con la boca y no
con el corazón, porque esas ideas que he dicho no se van de mi
cabeza con sólo decirles _vete_. Están tan arraigadas, que no puedo
echarlas fuera. Invoco mi fe en Jesucristo á quien adoro, y mi fe en
Jesucristo no me dice nada contra ellas.
—¡Chiquilla, por Dios, por la Virgen María!...
—¿No sería peor que el error mismo, negarlo con los labios,
careciendo de fuerza interior contra él?
—Eso sí. ¿Pero estás loca? ¿Has perdido acaso la gracia divina y los
preciosos dones del Espíritu Santo?
—No sé, tío de mi corazón, lo que he perdido. Sólo sé que me será
muy difícil convencerme de que no son verdaderas las ideas que usted
desaprueba. No quiero mentir, no quiero ser hipócrita. Aquí está mi
alma abierta hasta lo más recóndito, para que usted mire dentro de
ella. No puedo hacer más; no puedo violentar mi conciencia.
—De modo que para tí nada vale la autoridad... ¡Veo que marchas de
herejía en herejía!—exclamó D. Angel con verdadero espanto.
—Pues si estoy en error, si estoy tocada de herejía—dijo
Gloria,—declaro que deseo no estarlo; que haré todo lo posible para
limpiarme de ella, pero entretanto, ¡oh, buen pastor mío!, huyo de la
mentira, huyo de confesarme creyente en ciertos puntos que no creo,
porque no es capricho lo que me obliga á pensar lo que pienso, sino
una fuerza poderosa, una llama tan viva como perdurable que hay en mi
entendimiento.
—De modo que te rebelas... ¡Gloria, por amor de Dios, considera bien
lo que dices!—exclamó Su Ilustrísima lleno de tribulación.
—Tío, tío mío, si pierdo el amor de usted—dijo Gloria derramando
lágrimas,—me parecerá que estoy ya condenada.
—Y lo perderás, lo perderás, lo perderás todo—afirmó D. Angel cada
vez más severo.—Esto no puede quedar así. ¿Me autorizas para hablar á
tu padre?
—Ya he dicho que sí.
—Pues vamos á casa—dijo el prelado levantándose.
No hablaron más. Por el camino, D. Angel pensó que los ejercicios
de piedad, combinados con un saludable sistema de paciencia y de
exhortaciones delicadas, cual convenían á la delicadísima alma de
Gloria; cierta reclusión y un comercio muy frecuente con las cosas
santas, curarían aquella lepra que había tocado el privilegiado
espíritu de su sobrina.
Esta, andando hacia la casa, absorta, pensativa, triste, oía zumbar
en su oído la funesta voz que há tiempo, en sus desvelos y en sus
meditaciones, le decía:
—Rebélate, rebélate. Tu inteligencia es superior. Levántate; alza la
frente, limpia tus ojos de ese polvo que los cubre, y mira cara á
cara el sol de la verdad.