XXX

Pecadora y hereje.

Lo confesó todo, absolutamente todo; rebañó en su conciencia,

sacando de ella hasta las últimas heces, y á medida que iba sacando,

respiraba con más desahogo, porque verdaderamente su carga era grande.

Durante la confesión, un indiscreto que se acercase habría oído

suspiros y sollozos, y alguna palabra suelta del buen pastor de

Cristo. Cuando concluyó, D. Angel no estaba sereno. Su bondadoso

rostro, que según la expresión de un entusiasta amigo suyo, era un

pedazo de Paraíso, tenía cierta movilidad que no puede definirse;

desconsuelo semejante al de los que presencian la desaparición

instantánea de una cosa muy bella, sin poderlo evitar ni tampoco

enojarse. Se quedó D. Angel como Tobías cuando vió desaparecer para

siempre el ángel que le acompañara tanto tiempo.

Después de rezar brevemente, ordenando á su sobrina que hiciese lo

mismo, le dijo con voz muy triste:

—Hija mía, no te puedo absolver.

Gloria inclinó la cabeza con sumisión.

—Por ahora—añadió el prelado,—procura serenarte... descansa. Salgamos

un momento al jardín ó á paseo, y hablaremos despacio.

La pecadora corrió á tomar el sombrero y el bastón de su tío.

—Por cierto—dijo éste,—que no me gusta que tu padre ignore estas

cosas. Yo no le puedo decir una palabra, si no me autorizas para

ello, del mismo modo que si no te hubiera oído en confesión.

—Quiero que lo sepa—dijo Gloria;—yo me confieso á los dos.

—Muy bien, me parece muy bien... No te sofoques. Vamos á dar una

vuelta.

Saliendo ambos de paseo hacia la Pesqueruela, el prelado se expresó

así:

—Te dije que no podía absolverte. Ahora sabrás por qué. No es la

causa de mi rigor que hayas amado. Eres muchacha y la ley natural,

en esta tu edad florida, despierta inclinación hacia otro sér, la

cual, si es honesta y va bien dirigida por el discernimiento, puede

producir bienes, conduciendo al servicio de Dios. Bien es verdad que

hallo en ese afecto tuyo demasiado ardor, y es de tal suerte, que

más parece desasosiego de un alma _llagada y enferma, miserablemente

ansiosa_, como dice San Agustín.

»También es muy vituperable que hayas guardado secreto. Esas

entrevistas ocultas son muy impropias de una doncella pudorosa y bien

educada. Lo que se esconde no puede ser bueno. Sin embargo, este

pecado, con ser tan grande y tal que jamás lo creyera en tí...

A Su Ilustrísima se le turbó un poco la voz por la emoción; mas

dominándose, prosiguió:

—Con ser tan grande tu pecado, no es imperdonable, mayormente sí

estás dispuesta, como has dicho, á arrojar de tí esa insensata llama,

sofocándola con una aspiración firme hacia el único soberano amor,

que es el de Dios.

»Para que veas cuán grande es mi tolerancia, te perdono también

el que hicieras objeto de tu pasión á un hombre que vive fuera de

nuestra santa fe, porque en verdad debiste cerrar prontamente tu

herida, negándole al alma toda comunicación y roce con el alma de

un hereje. Y reconociendo yo la seducción aparente de las prendas

morales de ese joven, á quien estimé mucho, extraño que tú pudieras

hallar verdadero encanto amoroso en quien carece de la principal y

más valiosa hermosura, que es la de la fe católica... Pero me has

manifestado tu firme propósito de renunciar á la inquietud tenebrosa

de ese amor, lo que es verdaderamente un mérito en tu flaca edad, y

esto basta para obtener mi indulgencia. Hasta aquí vamos bien, hija

mía; pero la desconformidad empieza ahora, y voy á manifestártela

claramente.

Gloria atendía con toda su alma.

—Pues bien, hija mía—continuó el venerable señor;—la causa de mi

enojo contigo es que, según me has confesado, han nacido en tu

espíritu y lo han anublado, de la misma manera que los vapores

cenagosos obscurecen la claridad y limpieza del sol, ciertas ideas

erróneas contrarias de todo en todo á la doctrina cristiana y á las

decisiones de la Iglesia. El mal no está precisamente en que te hayas

contaminado de esos errores, pues el enemigo, que vigilante acecha

el estado de flaqueza para verter en la oreja del hombre la ponzoña,

pudo sorprender tu alma é inficionarte de la pestilencia. A estos

percances están sujetos todos los hombres, aun los más fuertes;

pero viene de improviso la saludable reacción del alma, se aclara

el sentido, entra poderosamente la gracia, y el error huye como los

demonios arrojados del cuerpo, entre alaridos. Tú no has gozado de

este beneficio de la limpieza de tu entendimiento, sino que conservas

tus errores, estás encariñada con ellos, según me has dicho, los

tienes enclavados en tu espíritu como el rótulo de ignominia que los

judíos pusieron en la cruz, y en vez de arrancártelos y arrojarlos al

fuego, los acaricias. ¿No es esto lo que me has querido decir?

—Sí señor—repuso la penitente con respeto, pero también con seguridad.

—Pues bien, estás infestada de una pestilencia muy común en nuestros

días, y que es la más peligrosa, porque tomando cierto tinte de

generosidad, á muchos cautiva. Es lo que llamamos _latitudinarismo_.

Tú dices: «Los hombres pueden encontrar el camino de la eterna

salvación y conseguir la gloria eterna en el culto de cualquier

religión...» Pues bien, esa proposición está condenada por el

Soberano Pontífice en las Encíclicas _Qui Pluribus_ y _Singulari

quadam_, y en la alocución _Ubi primum_. Tú dices: «Todo hombre tiene

libertad para abrazar y profesar aquella religión que, guiado por la

luz de la razón, creyera verdadera...» Pues bien, esta proposición

está condenada en las Letras Apostólicas _Multiplices inter_, y en la

Alocución _Maxima quidem_... ¿Qué te parece?

Su Ilustrísima se detuvo, mirando cara á cara á la señorita de

Lantigua.

—Ya te explicaré con toda calma esos delicados puntos—prosiguió el

reverendo.—Hablaremos largo, porque no dormiré tranquilo mientras

no te saque hasta las últimas heces de ese veneno. Pero díme ahora,

loquilla de mi corazón, ¿cómo pudiste dar calor en tu entendimiento

á esas malditas víboras? Sin duda el hombre, á quien has tenido la

desdicha de amar, te inculcó esos principios del _latitudinarismo_,

desgraciadamente esparcidos por el mundo en razón de la aparente

benevolencia y generosidad que encierran.

—No ha sido él—dijo con viveza la pecadora,—quien me ha inculcado

esas ideas. Daniel sin dejar de entrever á punto fijo cuáles son sus

creencias, se ha mostrado siempre poco inficionado de eso que llama

usted...

—Latitudinarismo, hija.

—Latitudinarismo... Pues en ese hombre, las creencias parecen muy

firmes y hasta intolerantes, señor. Además, siempre ha tenido la

delicadeza de no decirme nada que quebrantara en mi alma la religión

de mis padres. Hemos hablado de la religión como lazo social y nada

más.

—Entonces, tú... Mira, estoy algo cansado, y bueno será que nos

sentemos en esta piedra.

—Yo, yo sola—dijo Gloria sentándose también,—soy la culpable. Hace

tiempo, desde que le conocí, díme á cavilar en estas cosas noche y

día. No podía apartarlas de mi pensamiento y, según mi entender,

discurría acertadamente sobre ellas. Me parecía que mis argumentos no

tenían réplica, y me vanagloriaba de ellos, pronunciándolos en mis

diálogos obscuros conmigo misma.

—Has dicho, «desde que le conocí,» luégo él en cierto modo es

responsable...

—No, no, querido tío, yo, yo sola. Si he de hablar á usted con

entera lealtad, mostrándole mi alma hasta lo más hondo, aun antes de

conocerle pensaba yo en estas tristes cosas, si bien no daba forma

clara á mis pensamientos. El trato de Daniel parece que encendió en

mi espíritu mil luces, y á su claridad empecé á ver diferentes temas

de religión y de las disputas de los hombres sobre ella, así como de

la grandeza y lejanos linderos del reino de Jesucristo, á quien yo

veía Señor de todas las gentes, de todos los buenos, de todos los

limpios de corazón.

Don Angel frunció el ceño.

—Veo—dijo con cierta severidad,—que tu llaga crece, crece que es un

primor. ¡Oh! ¡cuando tu padre sepa esto!... ¡él que sobresale por

sus estudios ortodoxos y la claridad con que ha sabido deslindar la

verdad del error en las abominables luchas de la época presente!...

—Mi padre y usted me convencerán de seguro—dijo Gloria, inclinando

con humildad la frente.

—¡Te convenceremos!... y lo dices como si fuera tarea larga... ¿De

modo que te encastillas en tu error, y te cercas de la muralla de

una terquedad y reincidencia más abominables que el error mismo?...

Gloria, Gloria, hija mía, por Dios, vuelve en tí. Mira que no puedo

absolverte si no desechas esos pensamientos, si no los arrojas con

espanto de tí, como arrojarías un animal inmundo que te mordiese.

—No hay mayor tormento para mí—declaró la señorita de Lantigua,—que

estar separada de usted y de mi padre por cosa tan pequeña, tan

vana como es un pensamiento que á cualquier hora puede mudarse.

Pero si ahora le dijese á usted: «tío, ya he desechado el mónstruo

asqueroso, ya estoy limpia de errores,» hablaría con la boca y no

con el corazón, porque esas ideas que he dicho no se van de mi

cabeza con sólo decirles _vete_. Están tan arraigadas, que no puedo

echarlas fuera. Invoco mi fe en Jesucristo á quien adoro, y mi fe en

Jesucristo no me dice nada contra ellas.

—¡Chiquilla, por Dios, por la Virgen María!...

—¿No sería peor que el error mismo, negarlo con los labios,

careciendo de fuerza interior contra él?

—Eso sí. ¿Pero estás loca? ¿Has perdido acaso la gracia divina y los

preciosos dones del Espíritu Santo?

—No sé, tío de mi corazón, lo que he perdido. Sólo sé que me será

muy difícil convencerme de que no son verdaderas las ideas que usted

desaprueba. No quiero mentir, no quiero ser hipócrita. Aquí está mi

alma abierta hasta lo más recóndito, para que usted mire dentro de

ella. No puedo hacer más; no puedo violentar mi conciencia.

—De modo que para tí nada vale la autoridad... ¡Veo que marchas de

herejía en herejía!—exclamó D. Angel con verdadero espanto.

—Pues si estoy en error, si estoy tocada de herejía—dijo

Gloria,—declaro que deseo no estarlo; que haré todo lo posible para

limpiarme de ella, pero entretanto, ¡oh, buen pastor mío!, huyo de la

mentira, huyo de confesarme creyente en ciertos puntos que no creo,

porque no es capricho lo que me obliga á pensar lo que pienso, sino

una fuerza poderosa, una llama tan viva como perdurable que hay en mi

entendimiento.

—De modo que te rebelas... ¡Gloria, por amor de Dios, considera bien

lo que dices!—exclamó Su Ilustrísima lleno de tribulación.

—Tío, tío mío, si pierdo el amor de usted—dijo Gloria derramando

lágrimas,—me parecerá que estoy ya condenada.

—Y lo perderás, lo perderás, lo perderás todo—afirmó D. Angel cada

vez más severo.—Esto no puede quedar así. ¿Me autorizas para hablar á

tu padre?

—Ya he dicho que sí.

—Pues vamos á casa—dijo el prelado levantándose.

No hablaron más. Por el camino, D. Angel pensó que los ejercicios

de piedad, combinados con un saludable sistema de paciencia y de

exhortaciones delicadas, cual convenían á la delicadísima alma de

Gloria; cierta reclusión y un comercio muy frecuente con las cosas

santas, curarían aquella lepra que había tocado el privilegiado

espíritu de su sobrina.

Esta, andando hacia la casa, absorta, pensativa, triste, oía zumbar

en su oído la funesta voz que há tiempo, en sus desvelos y en sus

meditaciones, le decía:

—Rebélate, rebélate. Tu inteligencia es superior. Levántate; alza la

frente, limpia tus ojos de ese polvo que los cubre, y mira cara á

cara el sol de la verdad.

Gloria (primera parte) · 第 36 / 54 题