Los cazadores de votos.
Llegó la víspera de Santiago, y no eran las nueve de la mañana
cuando oyóse gran vocerío en la casa de Lantigua. Echóse fuera de
su despacho D. Juan, creyendo que había estallado un motín en su
vivienda; mas se tranquilizó viendo que toda aquella algazara la
hacía D. Silvestre Romero.
—¡Ganamos las elecciones! ¡Ganamos las elecciones!
Aquella vigorosa y sensual cara de emperador romano despedía fulgores
de triunfo y alegría.
Juntamente con Romero venía su amigo Rafael del Horro, candidato
triunfante, á quien también le rebosaba el júbilo por los ojos. No
les había abrazado aún D. Juan, cuando empezaron á contarle los
graciosísimos lances de la lucha, que salpimentados con mil donosas
ocurrencias del cura, hacían morir de risa.
—Si no fuera porque es caro, inmoral y pernicioso—decía del Horro
desprendiéndose de su abrigo de viaje,—esto que llaman _juego
parlamentario_ debiera conservarse.
A poco llegó el doctor Sedeño, que venía de oir misa, y allí fueron
las congratulaciones y los plácemes. En un punto Sedeño les enteró de
cuanto había eruptado la prensa periódica durante la larga ausencia
de los dos amigos, y ellos hicieron un pasmoso recuento de votos y
relación de varias protestas, palos, cohechos, bofetadas, etc...
Don Angel no tardó en presentarse.
—Mucho tiempo ha estado usted ausente de sus ovejas, distraído
pastor—dijo bondadosamente al cura.
—También se cuida el ganado, Ilustrísimo Señor, persiguiendo á los
lobos ó trabajando por confundir á esos pícaros ladrones de ovejas.
—También, también—dijo el obispo.—Si no riño... Pero á nosotros no
nos han hecho cazadores, sino pastores. Pase por una vez... ya sé que
es preciso, absolutamente preciso. En tales apreturas nos vemos los
pastores que, mal de nuestro grado, hemos de coger la honda.
—Y el palo y el cuchillo y cuanto hay que coger. ¡Ó ellos ó
nosotros!—vociferó D. Silvestre.
—Justo es—dijo D. Juan mirando á su hermano,—que tomemos las mismas
armas que ellos usan contra nosotros. Si sólo se tratara de nuestras
vidas, moriríamos; pero la Iglesia está en nuestras manos y no
podemos abandonarla.
El abogado, el seglar, se expresaba así, con el tono de la autoridad
irrecusable, mientras el sacerdote, el pastor callaba, aceptando su
papel de pasiva bondad. El uno tenía la idea, el otro el prestigio
exterior; el uno la iniciativa, el otro las bendiciones.
Durante largo rato, el despacho de D. Juan fué un hervidero de
planes, de noticias, de amenazas, de religiosidades mezcladas con
mundanos ímpetus. Al fin, D. Angel y Rafael pasaron á la sala, donde
Gloria recibió á éste. El distinguido joven se empeñó con cierta
fatuidad en llevar la conversación al punto para él interesantísimo
de su reciente triunfo; pero Gloria, que derramaba su resplandor en
las cumbres del espíritu, estaba demasiado alta para deslumbrarse con
la débil luz de un fósforo.
Oyéndoles, D. Angel sentía en su alma profunda pena, sabedor, como
era, de dos sucesos igualmente deplorables: el desaire que había
hecho la pícara á las gracias y perfecciones del soldado de Cristo,
y su detestable afecto á un extranjero impío; pero respetando los
designios de Dios, bajaba sus párpados orando para sí, y enlazaba los
dedos de ambas manos; rozando una con otra la yema de los pulgares.
—Dios lo ha dispuesto así—pensó.
Romero bajó también á saludar á la señorita de la casa.
—Una queja tengo de usted, señor cura—le dijo Gloria, después que le
oyó alabarse de sus recientes hazañas.
—¿Cuál, querida niña? ¿Una queja de mí?
—Que mandara usted arrojar de la sacristía al pobre Caifás. ¿No es un
dolor...?
—¡Ah, tunante, borracho! Pero no debe quejarse; pues según me han
dicho, está hecho un potentado.
—¡Ah, sí!...—murmuró Gloria turbándose.
—Al entrar en Ficóbriga, supe que Mundideo ha pagado todas sus deudas
y desempeñado toda su ropa... Vamos, que está rico.
—Mi sobrina y yo—dijo Su Ilustrísima sonriendo,—le dimos algún
socorro, pero no era para tanto. Si no se ha repetido el milagro de
la multiplicación de los panes...
—Para milagros estamos—añadió el cura.—Aquí no ha habido sino
latrocinio. ¡Oh! es mucho pájaro aquel Caifás.
—¡Señor cura, por Dios!—exclamó Gloria con indignación.
—Qué, ¿me equivoco? ¿Pues de dónde saca Caifás tanto dinero?
—Se lo habrá dado alguien.
—¡Oh, sí!... eso dice él. ¿Pues no tiene la poca vergüenza de decir
que Daniel Morton se lo dió?
—Y será verdad.
—Yo no lo creo. D. Juan Amarillo, que entiende mucho de estas cosas,
me ha dicho que está alarmadísimo... Ha contado su dinero; está
seguro de que no le falta nada... sin embargo, no puede desechar
cierto recelo...
—Sí—dijo D. Juan, que á la sazón entró.—En todo Ficóbriga no se habla
más que de las riquezas de Caifás. Parece que me está componiendo la
casa. Vamos, yo no salgo mal.
—Mi opinión—afirmó el cura,—es que no debe levantarse mano hasta
averiguar lo que hay en esto. Ya el Juzgado está decidido á
intervenir.
—¿Por qué? es una iniquidad—afirmó Gloria con ardor.—Esto no debe
consentirse... y no lo consentiremos.
—Ya está mi hija en su elemento—repuso Lantigua,—es decir, ocupándose
excesivamente y con gran furor de una frívola cosa, que nada le
interesa.
—Me ocupo de salvar de la calumnia á un inocente.
—¿Y cómo sabes tú que es inocente? Vamos á ver... Lo mejor es no
hacerte caso y dejarte con tu tema... Con que, señores, vámonos á
comer. Hoy es día de alegría.
El cura les detuvo antes de pasar al comedor, y solemnemente habló
así:
—Señores, señores...
—¿Tenemos discurso?—preguntó D. Juan viendo que, después del
vocativo, el buen párroco alzaba el brazo derecho en la actitud más
ciceroniana.
—Señores: espero que mañana todos los presentes, empezando por Su
Ilustrísima el reverendo obispo de *** y acabando por nuestro insigne
y valeroso diputado Sr. del Horro, me honrarán aceptando mi mesa y
una hidalga reunión en mi finca del Soto de Briján. De esta manera
sencilla, y por medio de una frugal comida, pienso que celebremos
nuestra victoria, sin ruído, sin mundano estrépito, sin pompa, sin
jactancia, como se reunían los primitivos cristianos en aquellos
piadosos banquetes...
Don Juan vió que el cura iba tomando un tonillo de sermón harto
enojoso en hora de grande apetito, y dijo así:
—Aceptado, aceptado. Mas por ahora, vamos á lo que está más cerca. A
la mesa, señores.
Bien pronto estuvieron todos reunidos en la mesa de D. Juan, que era
suculenta á pesar de ser de vigilia por marcar el Almanaque el 24 de
Julio.
—¿Con que aceptan ustedes?—preguntó Romero.
—¡Comilonas!—dijo Su Ilustrísima.—Por mi parte, doy las gracias al
señor cura.
—Si Usía Ilustrísima no gusta de este festejo—dijo Romero con
sumisión,—renunciamos á él.
—No, hijos míos, ¿por qué? Celébrese el banquete, que ya supongo
ha de ser frugal y decoroso. Pero no asistiré; primero, porque no
gusto de festines; segundo, porque celebran ustedes con él un acto
político, y yo huyo de los actos políticos.
—Siento en el alma que Su Ilustrísima no nos acompañe—dijo el
cura.—¿Acaso vamos á celebrar una orgía? El salmista ha dicho:
«Banqueteen los justos.» _Et justi epulentur._
—_Et justi epulentur et exultent in conspectu Dei_—añadió vivamente
el prelado.—«Y regocíjense en la presencia de Dios.» No violentemos
los sagrados textos, señor cura, ni sostengamos que el inspirado
David nos recomienda la glotonería.
—¡Oh! Ilustrísimo Señor—exclamó el párroco,—lo que Usía diga esa será
mi ley.
—Pues digo que celebren ustedes su banquete profano; pero que no me
inviten á él, porque no voy. Por lo tanto, luégo que hayan ustedes
comido, alargaré mi paseo hasta allá. No es muy lejos.
—No hay más que bajar á la ría, pasar el puente de Judas, subir los
prados de D. Juan Amarillo, y en seguida se llega al Soto.
—Ya, ya sé el camino.
Entró un criado con una carta para don Juan. Este la abrió, y después
de recorrerla con la vista, dijo:
—Es de Daniel Morton. Me escribe anunciando que se embarca mañana por
la mañana, y se despide de todos.
Don Angel miró con disimulo á su sobrina. Fuerte, animosa, heróica,
Gloria recibió el golpe sin dar á conocer las grandes sacudidas
de su alma angustiada. Sólo D. Angel, sabedor del caso, creyó
distinguir una extraña neblina en el rostro de la joven. D. Juan la
miró también. Quizás se hubiera entablado conversación sobre Daniel
Morton; pero entró el Sr. de Amarillo, y que quieras que no, tuvo
que sentarse á la mesa y tomar un bocado, aunque con prisa, porque
el juez le estaba esperando para ver qué resolución se tomaba en el
negocio de Caifás. D. Juan de Lantigua, á quien consultó, dijo de
este modo su opinión:
—No veo razón alguna para molestar á Mundideo, mientras que no se le
pruebe que ese dinero ha sido mal adquirido.
—Es que se le probará.
—¿Le falta á usted algo en su caja?
—No, señor; pero el dinero no sale de la tierra como la hierba.
Caifás ha robado á alguien. Propongo que todos los vecinos de
Ficóbriga recuenten sus fondos, y mientras tanto que José Mundideo
sea puesto á la sombra.
—Pero la ley...
—¿Qué ley, ni ley?...
—Sr. D. Juan—dijo el cura,—¿quiere usted venir á comer mañana á mi
casa del Soto?
—Ya sé que han ganado ustedes las elecciones. ¡Bien por el ejército
de Cristo!—exclamó Amarillo con entusiasmo.
Y levantándose al instante con una copa de vino en la mano, añadió:
—Propongo un bríndis, señores. Brindo por Su Ilustrísima D. Angel de
Lantigua, el glorioso hijo de Ficóbriga, el apóstol más ferviente del
apostolado español, el modelo de virtudes, de quien todos debemos
tomar ejemplo, el varón piadoso, el justo...
—Por Dios, por Dios—dijo Su Ilustrísima tapándose los oídos y todo
confundido y turbado.—Basta de incienso, D. Juan, basta, basta. El
mejor bríndis que usted puede dirigirme y el único que le agradeceré,
es no molestar al pobre Caifás.
Todos los presentes besaron el anillo al prelado, y cuando éste se
retiró, tomaron café.