XXXII

Los cazadores de votos.

Llegó la víspera de Santiago, y no eran las nueve de la mañana

cuando oyóse gran vocerío en la casa de Lantigua. Echóse fuera de

su despacho D. Juan, creyendo que había estallado un motín en su

vivienda; mas se tranquilizó viendo que toda aquella algazara la

hacía D. Silvestre Romero.

—¡Ganamos las elecciones! ¡Ganamos las elecciones!

Aquella vigorosa y sensual cara de emperador romano despedía fulgores

de triunfo y alegría.

Juntamente con Romero venía su amigo Rafael del Horro, candidato

triunfante, á quien también le rebosaba el júbilo por los ojos. No

les había abrazado aún D. Juan, cuando empezaron á contarle los

graciosísimos lances de la lucha, que salpimentados con mil donosas

ocurrencias del cura, hacían morir de risa.

—Si no fuera porque es caro, inmoral y pernicioso—decía del Horro

desprendiéndose de su abrigo de viaje,—esto que llaman _juego

parlamentario_ debiera conservarse.

A poco llegó el doctor Sedeño, que venía de oir misa, y allí fueron

las congratulaciones y los plácemes. En un punto Sedeño les enteró de

cuanto había eruptado la prensa periódica durante la larga ausencia

de los dos amigos, y ellos hicieron un pasmoso recuento de votos y

relación de varias protestas, palos, cohechos, bofetadas, etc...

Don Angel no tardó en presentarse.

—Mucho tiempo ha estado usted ausente de sus ovejas, distraído

pastor—dijo bondadosamente al cura.

—También se cuida el ganado, Ilustrísimo Señor, persiguiendo á los

lobos ó trabajando por confundir á esos pícaros ladrones de ovejas.

—También, también—dijo el obispo.—Si no riño... Pero á nosotros no

nos han hecho cazadores, sino pastores. Pase por una vez... ya sé que

es preciso, absolutamente preciso. En tales apreturas nos vemos los

pastores que, mal de nuestro grado, hemos de coger la honda.

—Y el palo y el cuchillo y cuanto hay que coger. ¡Ó ellos ó

nosotros!—vociferó D. Silvestre.

—Justo es—dijo D. Juan mirando á su hermano,—que tomemos las mismas

armas que ellos usan contra nosotros. Si sólo se tratara de nuestras

vidas, moriríamos; pero la Iglesia está en nuestras manos y no

podemos abandonarla.

El abogado, el seglar, se expresaba así, con el tono de la autoridad

irrecusable, mientras el sacerdote, el pastor callaba, aceptando su

papel de pasiva bondad. El uno tenía la idea, el otro el prestigio

exterior; el uno la iniciativa, el otro las bendiciones.

Durante largo rato, el despacho de D. Juan fué un hervidero de

planes, de noticias, de amenazas, de religiosidades mezcladas con

mundanos ímpetus. Al fin, D. Angel y Rafael pasaron á la sala, donde

Gloria recibió á éste. El distinguido joven se empeñó con cierta

fatuidad en llevar la conversación al punto para él interesantísimo

de su reciente triunfo; pero Gloria, que derramaba su resplandor en

las cumbres del espíritu, estaba demasiado alta para deslumbrarse con

la débil luz de un fósforo.

Oyéndoles, D. Angel sentía en su alma profunda pena, sabedor, como

era, de dos sucesos igualmente deplorables: el desaire que había

hecho la pícara á las gracias y perfecciones del soldado de Cristo,

y su detestable afecto á un extranjero impío; pero respetando los

designios de Dios, bajaba sus párpados orando para sí, y enlazaba los

dedos de ambas manos; rozando una con otra la yema de los pulgares.

—Dios lo ha dispuesto así—pensó.

Romero bajó también á saludar á la señorita de la casa.

—Una queja tengo de usted, señor cura—le dijo Gloria, después que le

oyó alabarse de sus recientes hazañas.

—¿Cuál, querida niña? ¿Una queja de mí?

—Que mandara usted arrojar de la sacristía al pobre Caifás. ¿No es un

dolor...?

—¡Ah, tunante, borracho! Pero no debe quejarse; pues según me han

dicho, está hecho un potentado.

—¡Ah, sí!...—murmuró Gloria turbándose.

—Al entrar en Ficóbriga, supe que Mundideo ha pagado todas sus deudas

y desempeñado toda su ropa... Vamos, que está rico.

—Mi sobrina y yo—dijo Su Ilustrísima sonriendo,—le dimos algún

socorro, pero no era para tanto. Si no se ha repetido el milagro de

la multiplicación de los panes...

—Para milagros estamos—añadió el cura.—Aquí no ha habido sino

latrocinio. ¡Oh! es mucho pájaro aquel Caifás.

—¡Señor cura, por Dios!—exclamó Gloria con indignación.

—Qué, ¿me equivoco? ¿Pues de dónde saca Caifás tanto dinero?

—Se lo habrá dado alguien.

—¡Oh, sí!... eso dice él. ¿Pues no tiene la poca vergüenza de decir

que Daniel Morton se lo dió?

—Y será verdad.

—Yo no lo creo. D. Juan Amarillo, que entiende mucho de estas cosas,

me ha dicho que está alarmadísimo... Ha contado su dinero; está

seguro de que no le falta nada... sin embargo, no puede desechar

cierto recelo...

—Sí—dijo D. Juan, que á la sazón entró.—En todo Ficóbriga no se habla

más que de las riquezas de Caifás. Parece que me está componiendo la

casa. Vamos, yo no salgo mal.

—Mi opinión—afirmó el cura,—es que no debe levantarse mano hasta

averiguar lo que hay en esto. Ya el Juzgado está decidido á

intervenir.

—¿Por qué? es una iniquidad—afirmó Gloria con ardor.—Esto no debe

consentirse... y no lo consentiremos.

—Ya está mi hija en su elemento—repuso Lantigua,—es decir, ocupándose

excesivamente y con gran furor de una frívola cosa, que nada le

interesa.

—Me ocupo de salvar de la calumnia á un inocente.

—¿Y cómo sabes tú que es inocente? Vamos á ver... Lo mejor es no

hacerte caso y dejarte con tu tema... Con que, señores, vámonos á

comer. Hoy es día de alegría.

El cura les detuvo antes de pasar al comedor, y solemnemente habló

así:

—Señores, señores...

—¿Tenemos discurso?—preguntó D. Juan viendo que, después del

vocativo, el buen párroco alzaba el brazo derecho en la actitud más

ciceroniana.

—Señores: espero que mañana todos los presentes, empezando por Su

Ilustrísima el reverendo obispo de *** y acabando por nuestro insigne

y valeroso diputado Sr. del Horro, me honrarán aceptando mi mesa y

una hidalga reunión en mi finca del Soto de Briján. De esta manera

sencilla, y por medio de una frugal comida, pienso que celebremos

nuestra victoria, sin ruído, sin mundano estrépito, sin pompa, sin

jactancia, como se reunían los primitivos cristianos en aquellos

piadosos banquetes...

Don Juan vió que el cura iba tomando un tonillo de sermón harto

enojoso en hora de grande apetito, y dijo así:

—Aceptado, aceptado. Mas por ahora, vamos á lo que está más cerca. A

la mesa, señores.

Bien pronto estuvieron todos reunidos en la mesa de D. Juan, que era

suculenta á pesar de ser de vigilia por marcar el Almanaque el 24 de

Julio.

—¿Con que aceptan ustedes?—preguntó Romero.

—¡Comilonas!—dijo Su Ilustrísima.—Por mi parte, doy las gracias al

señor cura.

—Si Usía Ilustrísima no gusta de este festejo—dijo Romero con

sumisión,—renunciamos á él.

—No, hijos míos, ¿por qué? Celébrese el banquete, que ya supongo

ha de ser frugal y decoroso. Pero no asistiré; primero, porque no

gusto de festines; segundo, porque celebran ustedes con él un acto

político, y yo huyo de los actos políticos.

—Siento en el alma que Su Ilustrísima no nos acompañe—dijo el

cura.—¿Acaso vamos á celebrar una orgía? El salmista ha dicho:

«Banqueteen los justos.» _Et justi epulentur._

—_Et justi epulentur et exultent in conspectu Dei_—añadió vivamente

el prelado.—«Y regocíjense en la presencia de Dios.» No violentemos

los sagrados textos, señor cura, ni sostengamos que el inspirado

David nos recomienda la glotonería.

—¡Oh! Ilustrísimo Señor—exclamó el párroco,—lo que Usía diga esa será

mi ley.

—Pues digo que celebren ustedes su banquete profano; pero que no me

inviten á él, porque no voy. Por lo tanto, luégo que hayan ustedes

comido, alargaré mi paseo hasta allá. No es muy lejos.

—No hay más que bajar á la ría, pasar el puente de Judas, subir los

prados de D. Juan Amarillo, y en seguida se llega al Soto.

—Ya, ya sé el camino.

Entró un criado con una carta para don Juan. Este la abrió, y después

de recorrerla con la vista, dijo:

—Es de Daniel Morton. Me escribe anunciando que se embarca mañana por

la mañana, y se despide de todos.

Don Angel miró con disimulo á su sobrina. Fuerte, animosa, heróica,

Gloria recibió el golpe sin dar á conocer las grandes sacudidas

de su alma angustiada. Sólo D. Angel, sabedor del caso, creyó

distinguir una extraña neblina en el rostro de la joven. D. Juan la

miró también. Quizás se hubiera entablado conversación sobre Daniel

Morton; pero entró el Sr. de Amarillo, y que quieras que no, tuvo

que sentarse á la mesa y tomar un bocado, aunque con prisa, porque

el juez le estaba esperando para ver qué resolución se tomaba en el

negocio de Caifás. D. Juan de Lantigua, á quien consultó, dijo de

este modo su opinión:

—No veo razón alguna para molestar á Mundideo, mientras que no se le

pruebe que ese dinero ha sido mal adquirido.

—Es que se le probará.

—¿Le falta á usted algo en su caja?

—No, señor; pero el dinero no sale de la tierra como la hierba.

Caifás ha robado á alguien. Propongo que todos los vecinos de

Ficóbriga recuenten sus fondos, y mientras tanto que José Mundideo

sea puesto á la sombra.

—Pero la ley...

—¿Qué ley, ni ley?...

—Sr. D. Juan—dijo el cura,—¿quiere usted venir á comer mañana á mi

casa del Soto?

—Ya sé que han ganado ustedes las elecciones. ¡Bien por el ejército

de Cristo!—exclamó Amarillo con entusiasmo.

Y levantándose al instante con una copa de vino en la mano, añadió:

—Propongo un bríndis, señores. Brindo por Su Ilustrísima D. Angel de

Lantigua, el glorioso hijo de Ficóbriga, el apóstol más ferviente del

apostolado español, el modelo de virtudes, de quien todos debemos

tomar ejemplo, el varón piadoso, el justo...

—Por Dios, por Dios—dijo Su Ilustrísima tapándose los oídos y todo

confundido y turbado.—Basta de incienso, D. Juan, basta, basta. El

mejor bríndis que usted puede dirigirme y el único que le agradeceré,

es no molestar al pobre Caifás.

Todos los presentes besaron el anillo al prelado, y cuando éste se

retiró, tomaron café.

Gloria (primera parte) · 第 38 / 54 题