El ángel rebelde.
Por las noches, después de la cena que _recrea y enamora_, se rezaba
el rosario en el comedor, con la puerta del jardín abierta si el
tiempo era bueno. Durante este acto piadoso, Morton salía fuera, pero
permanecía sentado en el jardín con la cabeza descubierta.
Tras la cena venía un poco de grata tertulia, y luégo cada cual iba á
su cuarto. Gloria subía la última. Poco después, todo era silencio, y
envuelta en sombras de sosiego, la casa dormía, tranquila y callada
como el justo.
Pero en la habitación de la esquina velaba el pensamiento y seguían
abiertos, fijos en la obscuridad, los ojos de Gloria. El ruído de
una cercana fuente, el canto de los sapos y á veces el amoroso silbo
del viento, formaban en torno al cerebro de la joven despierta un
ritmo extraño que favorecía la actividad de su imaginación. De su
brazo derecho hacía una aureola, dentro de la cual metía la cabeza,
escondiendo el rostro como lo esconde el pájaro bajo el ala; y sola
allí, sin más testigo que Dios, abría de par en par las puertas de
su corazón para que á borbotones saliese la llama que en él ardía;
soltaba los diques al pensamiento para que sin detenerse corriese
fuera. Así pasaba largas horas de la noche, primero inmóvil, inquieta
después á causa del febril insomnio, hasta que la vencía el sueño
ya cercano el amanecer, y sobre el lecho tranquilo, flotaba su
respiración.
Una de aquellas noches, cuando mató la luz y se escondió entre sus
alas, hablaba así:
—Hoy me dijo: «Yo he nacido con mala estrella, Gloria, y preveo
desgracias. El corazón me anuncia que no llegaremos al complemento de
nuestro destino. ¿Tienes tú confianza?...» Yo le respondí: «Confío
en Dios...» Y él dijo tristemente: «Muchas veces se le llama y no
responde, y otras muchas permite que los conflictos del corazón sean
resueltos por las maldades de los hombres...» ¿Qué quiso decir? ¡Dios
mío, yo dudo; soy felíz y estoy llena de zozobras, espero y temo!
No ceso de pensar en las florecillas de los prados, tan bonitas y
tan felices, pero que, según me parece á mí, han de estar siempre
medrosas y temblando, no sea que las pise la planta del buey que ven
acercarse... Yo tiemblo, yo veo llegar el pesado pié del buey...
»Hoy, cuando salió á pasear á caballo, ¡tardaba tanto!... yo creí
que no volvería más, y una nube negra se asentó sobre mi corazón,
oprimiéndolo. Cuando le ví aparecer, cuando sentí las herraduras
del animal sobre las piedras del patio viejo, me parece que todo se
iluminaba. Yo no sé lo que es esto. ¡Qué cosa tan extraña! Recuerdo
que cuando he tenido épocas de estar muy triste, por ejemplo, cuando
murieron mis hermanitos, todo se revestía de mi pena. Los árboles y
las casas y el cielo, Francisca, mi padre, mi cuarto, mi vestido, el
jardín, la escalera, la vajilla del comedor, la jaula del pájaro,
las magnolias, el camino, los palos del telégrafo, el reloj de la
Abadía, las nubes, los barcos, Germán, Caifás, el cura, mi dedal, la
esfera, los prados, las teclas del piano, todo, todo estaba vestido
de mi tristeza. Ahora todo está vestido de él.
»Hace diez días me dijo lo que ya presagiaba mi corazón... Hace seis
que me exigió una respuesta. Bien claro debía conocer, al dirigirme
la palabra, que el alma se me estaba saliendo por los ojos. Muchos
días hemos estado diciendo discreteos que en mí eran verdaderas
simplezas. Al fin no hemos podido disimular más, y las palabras, lo
mismo que entra la luz por una puerta cuando la abren, se me han
arrojado fuera de la boca, y le he dicho que le quiero con toda mi
vida. No me avergüenzo de ello, y mi conciencia sigue tranquila. Dios
está conmigo, lo siento, lo conozco. Veo la mano inmensa que traza en
mi interior la cruz, bendiciéndome.
»Gloria, me ha dicho, maldito sea yo, malditos mi padre y mi madre,
si no te adoro. Mi corazón te adivinaba hace tiempo. Cuando te ví no
me pareció verte sino hallarte.» ¡Ay! Mi corazón le aguardaba también
como al hermano que se ha ido para volver.
»Ni una sola palabra ha salido de sus labios que no sea de mi
agrado. Ni un solo movimiento he visto en él que no me enamore más.
Su persona es perfecta, su corazón lleno de bondades que nunca se
agotan, su entendimiento como el sol que todo lo alumbra, su genio
suave y dulce que jamás ofende, sus palabras delicadas. Me adora y
le adoro... Pues bien, yo pregunto al cielo y á la tierra, á los
hombres y á Dios: «¿Por qué este hombre no ha de ser mi marido? ¿Por
qué no ha de estar unido á mí, siendo los dos uno solo en la vida
usual, como somos uno en la del espíritu, y lo seremos siempre, sin
que nada ni nadie lo pueda impedir?... A ver, ¿por qué? respóndanme,
¿por qué?»
Como nadie le respondía, Gloria se daba á sí misma la contestación
diciendo, cual si no estuviera sola: «Mi esposo serás.»
Pero otra noche se expresaba en tono distinto, diciendo:
—Aquello que sólo existe para el bien, aquello que viene de Dios,
aquello que es la necesidad primera y la luz del alma, la religión,
es hoy para mí fuente de amargura. Entre los dos cae el filo de
una espada terrible. Nadie puede resolver esto, nadie puede hacer
polvo esta muralla que se nos pone en medio, y en la cual se hieren
desgarrados nuestros brazos cuando queremos juntarnos para siempre.
»Conozco á mi padre. Es una roca. Malditos sean Martín Lutero, la
Reforma, Felipe II, Guillermo de Orange, el Elector de no sé dónde,
la paz de Westfalia, la revolución de no sé cuántos, el Syllabus,
todo eso de que ha hablado papá esta noche... Hé aquí que ataja
nuestros pasos y corta el hilo de vida que nos une, no Dios, autor de
los corazones, de la virtud y el amor, sino los hombres que con sus
disputas, sus rencores, sus envidias, sus ambiciones, han dividido
las creencias, destruyendo la obra de Jesús, que á todos quiso
reunirlos. No sé cómo hay alma honrada que lea un libro de historia,
laguna de pestilencia llena de fango, sangre, lágrimas. Quisiera
que todo se olvidase, que todos esos libros de caballerías fuesen
arrojados al fuego, para que lo pasado no gobernara lo presente, y
murieran para siempre diferencias de forma y de palabras.
»Yo pregunto: ¿No es él bueno, no practica la ley de Dios? ¿Le
querría yo si así no fuera? ¿No tiene un alma privilegiada? ¿Qué
le diferencia de mí? Nada, un nombre vano, una palabrota inventada
por los malvados para encubrir sus rencores. ¡Ay! Los que se aman
son de una misma religión. Los que se aman no pueden tener religión
distinta, y si la tienen, su amor les bautiza en un mismo Jordán.
Quédense las sectas distintas para los que se aborrecen. Mirándolo
bien, veo dos religiones, la de los buenos y la de los malos.
¡Concebir yo que Daniel no está con Jesús, concebir yo que Daniel no
es de la religión de los buenos... eso no puede ser!
»Pero si digo esto mañana á la luz del día se reirán de mí. ¡Oh!
¡Dios poderoso, yo lo veo tan claro como la luz, como tu existencia,
como la mía, y no puedo decirlo sin pasar por tonta á los ojos de
tanto sabio!»
Y cuando esto pensaba, aquella voz secreta de su alma que otras
veces le daba consejos de orgullo, decíale ahora: «Levántate, no
temas. Tu entendimiento es grande y poderoso. Abandona esa sumisión
embrutecedora, abandona la pusilanimidad que te ha oprimido, y haz
cara á las preocupaciones, á los errores, á las ideas falsas donde
quiera que se hallen. Tú puedes mucho. Eres grande; no te empeñes en
ser chica. Tú puedes volar hasta los astros; no te arrastres por la
tierra.»
Gloria, oyendo esto, decía:
—Sí, sí. Yo sé más que mi padre, yo sé más que mi tío. Les oigo
hablar, hablar mucho con el sabio lenguaje de los libros, y en mis
adentros digo: «Con una frase sola echaría abajo toda esa balumba
de palabras.» Ellos son buenos, están llenos de rectitud; pero
no sienten el amor, que es el que ata y desata. Se fijan en la
superficie; pero no ven el fondo. Yo, iluminada, lo veo y lo toco.
No puedo equivocarme, porque una luz divina me acompaña, porque amo,
porque las sombras que á ellos les obscurecen la vista, caen delante
de mí. ¡Ay, si me atreviera!... Yo he sido hipócrita; yo me dejé
cortar las alas y cuando me han vuelto á crecer he hecho como si no
las tuviera... He afectado someter mi pensamiento al pensamiento
ajeno, y reducir mi alma, encerrándola dentro de una esfera mezquina.
Pero no: ¡el cielo no es del tamaño del vidrio con que se mira! Es
muy grande. Yo saldré fuera de este capullo en que estoy metida,
porque ha sonado la hora de que salga, y Dios me dice: «Sal, porque
yo te hice para tener luz propia como el sol y no para reflejar la
ajena como un charco de agua.»
Gloria vertía lágrimas ardientes, su cerebro relampagueaba, y en sus
sienes vibraban las arterias como los bordones de una arpa heridos
por vigorosa mano. Todo en ella gritaba:
—¡Rebélate, rebélate!... ¡Ay de tí si no te rebelas!
Y no pudiendo permanecer en molesta quietud, arrojóse del lecho para
ir tentando en el vacío y adivinando con su febril mano los objetos,
envueltos en profunda obscuridad.
—¿Dónde estás, Señor y Dios mío?—dijo.
Al fin puso la mano sobre el Cristo de marfil que presidía en su
cuarto.
—Señor—murmuró.—¿Es posible que consientas eso? ¿Para esto valía la
pena de que expiraras en esa afrentosa cruz? ¿Se ha cumplido tu ley?
Después inclinó la cabeza sobre el pecho, exhalando un gemido, y
puesta la mano ante los ojos, lloró al sentir la amargura del cáliz.
No tenía más que dos caminos: resignarse ó rebelarse.
Las primeras luces de la mañana, entrando por las rendijas que en las
maderas de la ventana había, resbalaron sobre el hermoso cuerpo medio
vestido de la enamorada doncella. A un tiempo mismo afectáronla el
frío y el pudor, y se acostó temblando. Durmióse al fin.