Otra.
A los dos días de esta escena y después de almorzar, Gloria estaba en
su cuarto muy atareada. Había salido por la mañana á comprar algunas
telas y luégo revolvía sus roperos buscando todo aquello con que
pudiera vestir la desnudéz de los hijos de Caifás. El señor obispo
entró á la sazón, y le dijo mostrándole un envoltorio de papel:
—Mira, sobrinita, esto es todo lo que poseo. Los tiempos
revolucionarios nos tienen á los pobres obispos á la cuarta pregunta.
—¡Oh! ¡tío, qué bueno es usted!... ¿á ver?—dijo Gloria sacando las
monedas del papelejo que las aprisionaba.—Esto es un caudal: con esto
y con lo que yo tengo le desempeñaremos á Caifás los colchones, parte
de la ropa, y las herramientas para que trabaje y sea hombre de bien.
—Has pensado admirablemente. Yo siento no tener más. He rebañado,
hija mía, he rebañado mi erario sin poder reunir ni un ochavo más.
¿Pero no ves que estamos sin renta? Este invierno las pobres monjas
de *** me han limpiado las arcas. ¡Infelices! yo quisiera tener
millones para dárselos.
—¡Bendito sea usted mil veces!—exclamó la joven con piadoso
entusiasmo.
—Yo no opino como tu padre—dijo Su Ilustrísima,—que debamos privar
en absoluto de dinero á ese desgraciado Mundideo. El dinero es
necesario para todo, y si como tú dices y yo lo creo, no es un
perverso sino más bien un pobre de espíritu, justo es que le ayudemos
á salir de su miserable estado. Convéncele de la necesidad de que sea
económico, bien arreglado, precavido.
—Su infame mujer tiene la culpa de todo.
—«¡Infame!...» no des tales epítetos á ningún nacido de madre, sin
estar bien segura de que lo merece—dijo el reverendísimo en tono de
afable amonestación.
—Es verdad, tío; pero ello es que la Caifasa no es buena. Todo el
mundo dice que no es buena.
—¿Vas á mandar esos trapos y ese dinero al pobre desterrado de la
Cortiguera?
—Se los llevaré yo misma.
—De buena gana te acompañaría. Una sola felicidad hay en el mundo,
hija, y es la que proporcionamos á los demás.
—Venga usted.
—¡Oh! no: tengo que hacer. Primero rezar, luégo despachar el correo
para la diócesis. Vete á la dulcísima faena de tus caridades, que yo
me quedo aquí.
Un rato después, Gloria tomó su sombrilla y salió. Atravesando la
plazoleta y una calleja rodeada de higueras y zarzas, pasó á un
grande y hermoso prado que frente á la casa se extendía, y al cual
cruzaban dos ó tres veredas. Iba con la vista fija en el suelo,
despacio, deteniéndose á ratos, como si los pensamientos que
seguramente ocupaban su mente se le pusieran delante para no dejarla
pasar. Otras veces alzaba la vista al cielo y miraba cruzar las
bandadas de pájaros, volviendo los ojos conforme ellos torcían el
raudo vuelo, y siguiéndoles hasta que sólo eran puntos temblorosos
que se borraban sobre la inmensidad azul.
Pasó por el sitio en que estaban los cinco castaños llamados
_Mandamientos_, antiguos ejemplares llenos de cicatrices, ya mil
veces podados, pero que devolvían las injurias del hacha con
bendiciones, es á saber, con castañas. Luégo atravesó una mies, donde
los frescos plantones de maíz sostenían en sus primeros pasos á las
tiernas alubias, viendo correr por entre sus piés á las holgazanas y
rastreras calabazas. En seguida tuvo que descender por una pendiente,
desde la cual no se veía ya la casa de Lantigua, ni ningún edificio
de Ficóbriga, á excepción de la torre. Allí había tres vacas, que
mientras pasó, se quedaron mirándola sin pestañear. Pasando después
por un pequeño hueco abierto entre las zarzas, árgomas y helechos de
una cerca, Gloria penetró en los dominios de Caifás. Al acercarse
sintió la voz de éste que cantaba. La señorita dijo para sí:
—Muy contento está Mundideo.
Los tres chicos corrieron á su encuentro gritando:
—¡La señorita Gloria, la señorita Gloria!
Caifás salió á la puerta de su casa, que más bien era choza, y al ver
que era verdad lo que sus pequeños decían, soltó el martillo de la
mano, y de la fiera boca, como espuerta, una carcajada de alegría.
—Señorita Gloria, Divina Pastora, ángel del cielo, bien venida sea
usted á mi casa... ¡bien venida!
—Alegre estás.
Mundideo, no creyendo que las risas expresaban bien su gozo, dió un
brinco en el aire.
—Esas risotadas y esas cabriolas—dijo Gloria sentándose en una piedra
que junto á la casa había,—no sientan bien en la persona de un
desgraciado que acaba de sufrir tan terribles golpes.
—Si yo no soy desgraciado, si no he recibido golpes, si llueven sobre
mí felicidades.
—Vamos, tú has perdido el juicio—dijo la señorita mostrándole el lío
de ropa que traía.—Si me prometes ser hombre de bien, ser arreglado y
económico, te auxiliaré con un poco de...
Gloria mostró el papel que contenía el dinero.
—¡Dinero!—exclamó Caifás.—Si no necesito nada, si soy rico...
—¡Rico tú!—exclamó la de Lantigua con enojo.—No te burles de mí.
—¿Burlarme yo de mi ángel divino? Es verdad lo que digo,
señorita—manifestó Caifás tomando aire de persona formal.—¿Usted
creerá que mi ropa y mis colchones están en casa de la Cárcaba?
Patraña: ya están aquí. ¿Usted creerá que mis herramientas están
embargadas? Patraña: aquí las tengo todas. ¿Usted creerá que yo debo
algún dinero á don Juan Amarillo? Patraña: aquí tengo los recibos que
me devolvió.
—¿Le has pagado?—preguntó Gloria.
—Cuatrocientos treinta y dos pesos. A esto ascendía mi deuda, que
empezó por mil reales, y con los pícaros intereses ha ido subiendo,
subiendo como el humo del incienso que no para hasta el techo y llena
toda la Iglesia.
—Tú deliras.
—Creí delirar ayer, cuando...
—¿Te has desempeñado, has arreglado tus asuntos?...—dijo Gloria llena
de confusión.—Explícame ese milagro.
—¡Ahí está la palabra, señorita de mi alma!—exclamó José con acento
de predicador entusiasmado.—Milagro. Yo creía en los milagros; pero
tenía cierta comezoncilla por ver alguno, y decía: ¿por qué ahora
no hay milagros? Pues bien, señorita de mi alma, ayer he visto un
milagro.
—Vamos, te has encontrado un tesoro—dijo Gloria riendo.
—No es eso. El tesoro ha venido en busca mía. Dios...
—¡Dios! No llames Dios á la lotería. ¿Te ha tocado el premio gordo?
—Nunca jugué.
—Entonces...
—¡Dios!...—repitió Mundideo.
—¡Dios!... Dios no da dinero así á lo _bóbilis bóbilis_.
—Eso mismo creía yo. No me negará usted que Dios da á todos el pan de
cada día.
—No lo niego.
—Pues á mí me ha dado de un golpe el pan de un año, el pan de toda
mi vida. Yo me puse de rodillas en esa tierra y exclamé: «Señor, tú
dijiste: _pedid y se os dará_, pues bien, Señor: ¿cómo es que yo te
pido y te vuelvo á pedir y nunca me das nada?» No habían pasado diez
minutos desde que lo dije, cuando... ¡milagro, milagro!
—Me estás engañando. Enséñame tus pagarés devueltos por D. Juan
Amarillo.
José penetró corriendo en la casa. Sildo y Paquillo se habían
alejado. Gloria se quedó sola con Celinina, cuyo nombre era
abreviatura y diminutivo de Marcelina.
—¿Quién ha estado ayer aquí?
—Un _babero_—repuso la niña.
Gloria, conocedora ya del idioma especial de Celinina, sabía que un
_babero_ quería decir un caballero.
—¿Y cómo era ese _babero_?
—_Ito._
Gloria tradujo _bonito_.
—¿Y cómo venía?
—_Balo._
—A caballo, ¿no es eso? ¿Y de dónde venía?
Celinina elevó su manecita, y con expresión religiosa y acento y
pronunciación clarísima, dijo:
—Del Cielo.
Mundideo presentó los pagarés á Gloria.
—En resumidas cuentas, José, tú has tenido un protector; una buena
alma que te ha socorrido.
—Hay algo más, señorita; esto es un milagro.
—Ya no hay milagros; ha sido una persona, una persona—repuso
Gloria.—Ahora has de decirme qué persona es esa que te ha hecho tan
gran caridad.
El sacristán miró fijamente á Gloria, y su semblante expresaba
contrariedad y pesadumbre.
—¿Pero estás lelo? Habla.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque me lo han prohibido. Sentiré que usted se enfade; pero... yo
no puedo decir lo que usted quiere que le diga.
Gloria meditó breve rato.
—Ya comprendo. Jesucristo ha dicho: «Tu mano izquierda...
—No debe ver lo que hace tu mano derecha.» No son todos como el señor
cura, que cuando da dos duros á los pobres, ó les reparte el pescado
podrido, ó saca á algún mal nadador de la ría, manda un relato
retumbante de ello á todos los papeles de Madrid.
—¿Quién, quién ha sido?—preguntó Gloria con verdadera ansiedad.
Oprimió el lío de ropa contra su pecho, cual si sintiese insaciable y
vivísimo anhelo de abrazar á alguien.
—No lo puedo decir—repitió Mundideo bajando los ojos.
—Y si yo dijese quién es y acertase, ¿me dirías que sí?
—Entonces...
—Pues ha sido el Sr. Morton.
—¡Ah, señorita Gloria! ¿Por qué lo ha adivinado usted?... El
extranjero, el del vapor... Yo no sé su nombre; pero es el que se
parece á nuestro Divino Redentor.
—Ningún hombre se parece á nuestro Divino Redentor—objetó la de
Lantigua.—No blasfemes.
—Se le parece en la cara. En las acciones le obedece, ¿no es
verdad?... ¡Ay! señorita de mi alma, yo he cometido una falta. Me
hizo jurar que no lo revelaría á nadie... pero usted no es nadie,
señorita Gloria, quiero decir que usted no está comprendida en eso
de... _nadie_, porque usted es la Divina Pastora, un ángel del Cielo.
—Yo no revelaré el secreto—dijo la de Lantigua dominando su emoción,
la cual era tan grande, que apenas la dejaba respirar.—Pero díme cómo
vino, cuándo, qué habló contigo.
—Hablamos poco. El estaba ya enterado de mi situación. Preguntóme
cuánto debía... ¡Ay! yo había cantado muchas veces en el coro:
«Alzad, oh príncipes, vuestras cabezas, y alzáos vosotras, puertas
eternas y entrará el Rey de gloria...» mas Caifás el feo, Caifás el
malo, no había visto que se abrieran las puertas ni que entrara para
él ningún Rey de gloria... pero ayer ví eso, ví como se suele decir,
abierto de par en par el Cielo, cuando ese hombre me dijo: _toma_, y
me dió de un golpe todo lo que necesitaba.
—Es muy rico—dijo Gloria.
—Más rico debe de ser D. Juan Amarillo, y sin embargo... Cuando mi
favorecedor, mi enviado de Dios, alargó su mano y me puso el dinero
aquí y cerró el puño con sus propios dedos, yo le miraba creyendo
soñar. Me volví tonto: ni siquiera supe darle las gracias. Después
me eché de rodillas, y llorando le besé los piés. El me levantó; y
abrazándome... ¡porque me abrazó, señorita!... abrazándome, díjome
que su acción no tenía nada de particular.
—¿Y no te reprendió tus faltas, no te dijo que fueses bueno?
—Me dijo: «Tú no eres perverso, sino desgraciado. Sé siempre hombre
de bien,» y nada más. Yo estaba aturdido. Creí que Dios había entrado
en mi casa, y cuando el caballero del vapor partía en su caballo, me
volví á poner de rodillas.
—¿Y no te dijo nada más? ¿No te habló?...
Gloria se detuvo, como si no acertara con la palabra más adecuada
para expresar su idea.
—¿De que?
—¿No te habló de ninguna otra persona?... Porque podía suceder...
Recuerda bien: ¿no te dijo nada de...?
—¿De qué?
—¿No te dijo nada de... de mí?
Esforzábase la señorita en afectar completa naturalidad.
—Tengo todas sus palabras tan presentes como si las estuviera oyendo
á todas horas, y nada, nada me dijo de usted.
Gloria se levantó.
—Aunque no lo necesitas—dijo,—yo traje esto para tí, y aquí te lo
dejo.
—Aunque no lo necesito, lo tomo por ser de esas divinas manos, y
con la condición de darlo á otros pobres más pobres que yo... ¡Ah!
¡Qué felíz soy, señorita mía! Si fuera malo me volvería bueno ahora.
Trabajo sin cesar, y el Sr. D. Juan no se arrepentirá de haberme dado
esta choza, porque se la estoy componiendo.
Gloria no miró las grandes obras de carpintería que traía entre manos
Mundideo.
—Adiós—dijo.—Abrázame.
—¡Señorita Gloria, por Dios!—exclamó Mundideo retrocediendo.
—¿No te abrazó el del vapor?
Y antes que Caifás pudiese impedirlo, Gloria le estrechó entre sus
brazos.
—Ahora tienes que ser hombre de bien—gritó alejándose á buen paso de
la choza.
Andando hacia su casa, no vió las vacas que al pasar la miraban,
ni el verde maizal, ni los cinco castaños mutilados y generosos
que se cargaban de fruto en su vejéz, como los patriarcas bíblicos
cargados de hijos; ni vió la torre de Ficóbriga, ni los pájaros que
volvían del horizonte en vagabundo grupo. No vió nada más que un sol
poderoso que había salido há tiempo en su alma, y que subiendo por la
inmensa bóveda de ésta, había llegado ya al zénit y la inundaba de
esplendorosa luz.