Se va.
Una mañana D. Juan de Lantigua dijo á su hermano:
—Veintiséis días hace que el extranjero está en nuestra casa. Ya
oiste lo que dijo anoche.
—Sí; aunque nos tiene buena amistad, su delicadeza le ha impulsado
á pedirnos la venia para marcharse. Bien se le conoce que no tiene
ganas; pero no quiere abusar de nuestra hospitalidad.
—Aunque le dije anoche que se quedara algunos días más, no pienso
instarle mucho. Conviene que se marche. ¿Qué te parece?
—Me parece bien.
—¿Y qué tal?—dijo D. Juan con cierta ironía.—¿Estás satisfecho de
tu conquista? Estos protestantes, querido hermano, mientras más
discretos son, más apegados viven á su herejía. Hay que dejarles.
—No creo lo mismo—objetó Su Ilustrísima.—Debe intentarse atraer al
rebaño la oveja extraviada; llamarla, correr tras ella. Si á pesar de
eso no quiere venir...
—Ya ves cómo tus esfuerzos no han tenido éxito.
—¿Qué sabes tú? Yo no pierdo la esperanza. He hablado. El me ha oído.
Derramé la palabra divina. ¿Puedes tú asegurar que no fructifique
algún día?
Don Juan movió la cabeza indicando duda.
—Por de pronto—dijo,—bueno es que se marche. No es nada conveniente
que ese hombre esté más tiempo en mi casa. Nos privamos de una
excelente compañía; pero es preciso que salga de aquí. No carece de
atractivos superficiales. Hay en todo él cierto brillo que fascina y
encanta. Tengo una hija bastante impresionable...
—¿Pero qué, temes que Gloria?...
—No, no temo nada... ¿Cómo puedo imaginar que mi hija...? Hay aquí un
abismo insuperable, la religión, y ante ese obstáculo creo que, no
ya el buen juicio, sino la fantasía misma y la sensibilidad de una
muchacha educada en el catolicismo deben detenerse. No puede ser de
otro modo... Pero con todo, aunque es grande mi confianza en ella,
bueno es alejar hasta la más remota probabilidad.
—Me parece que has hablado cuerdamente—dijo D. Angel.—Por mi parte
nunca sospeché que pudiera suceder lo que tú temes. No concibo que,
existiendo el obstáculo religioso, pudiera nacer el amor en una mujer
de verdadera piedad.
—Querido Angel, no debe olvidarse que el amor es puramente humano.
—Y la religión divina, sí; pero...
Don Angel se confundía.
—Nada que sea humano es imposible—afirmó D. Juan.—Por consiguiente,
alejemos las ocasiones.
—Dices bien; nada se pierde en ello.
Después de este breve coloquio, D. Juan se dió la encerrona de
costumbre, calentándose la cabeza con lecturas y el contínuo
escribir. Por la tarde dijo á su niña:
—Ya sabes que se va el Sr. Morton. Acaba de entregarme una cantidad
considerable para los pobres de Ficóbriga. Entre tú, Angel y yo la
repartiremos.
Gloria no respondió nada; mas á pesar de sus esfuerzos por aparecer
serena, D. Juan creyó ver alguna nube en aquel puro cielo del
espíritu de su hija.
—¿Qué tienes?—le preguntó sorprendido y receloso.
—Nada—respondió.—Pensaba que no va á haber pobres para tanto dinero.
—¡Oh! Sí habrá. Ve buscando. También ha dado para las pobres monjas
de ***. Ya se ve. El dinero es para este hombre como para nosotros la
arena de la playa.
—Pero no es él como el rico avariento.
—Eso no lo sabemos.
—¿Cree usted que no se salvará?
—Pregúntaselo á tu tío—dijo D. Juan riendo, á punto que D. Angel
entraba en el despacho.—Oye, Angel, el problema que plantea esta
chica. Me pregunta si Morton podrá salvarse. ¿Cuál es su religión? Se
me figura que no tiene ninguna.
—¡Salvarse, salvarse!...—indicó el obispo frunciendo el ceño.—Ni
siquiera sabemos á punto fijo cuáles son sus creencias. ¡Salvarse!
¿Piensas que esa cuestión puede resolverse con una palabra? Según y
conforme se encuentre su alma. ¡Quién sabe las vicisitudes de ésta en
el momento de la muerte!... Pero aquí sale el Sr. Morton dispuesto á
abandonarnos.
Morton se inclinó respetuosamente para besar el anillo á Su
Ilustrísima. Después dió la mano á D. Juan y á Gloria. Estaba
ligeramente conmovido, lo cual á los dos hermanos no causó
extrañeza, porque también ellos no veían con indiferencia la partida
del náufrago. Su caballo le aguardaba en la plazoleta. Dos horas
antes había mandado todo su equipaje con Gasparuco.
—¿Vendrá usted por estos barrios alguna vez?...—le dijo Lantigua
apretándole de nuevo la mano.
—Sí señor. No pienso partir para Inglaterra hasta el mes que viene.
—¡Tendremos mucho gusto en verle!—dijo D. Angel con voz
patética.—¡Cuánto siento no ver en usted más que un amigo!
—Yo veo en usted algo más—repuso Morton con cariño,—veo un buen
consejero, un admirable pastor de almas y una hermosa imagen de Dios.
—Mal pastor he sido con usted—manifestó el obispo con sentimiento.—Al
ver que tan valiosa res se me escapa, debería romper mi cayado
y decir: «Señor, mi inteligencia es limitada, y no sirve para
acrecentar tus dominios.»
—El límite de los dominios de El, ¿quién lo sabe?—dijo Morton.
—Es verdad, mucha verdad. Por eso yo espero... yo espero siempre...
¿por qué no decirlo claramente?—repuso D. Angel con enfado de sí
mismo.—Yo espero que algún día será usted católico.
—Dios quiera que sea siempre bueno—replicó Daniel bajando los ojos.
Despidióse otra vez, no olvidando al doctor Sedeño, y después partió
á caballo.