Una obra de caridad.
Ambos bajaron. En el jardín estaba don Angel, y frente á él un
lastimoso terceto de muchachos llorones, los puños en los ojos, los
sucios rostros llenos de babas y de tierra, que con las lágrimas se
amasaba.
—Vamos á ver, ¿qué es eso?—preguntó don Juan, tirando suavemente de
la oreja á la pequeñuela.
La aflicción no les dejaba contestar.
—Que el teniente cura ha despedido á Caifás por orden de D.
Silvestre—dijo Su Ilustrísima.—Pero, hijos míos, si vuestro padre es
malo, ¿cómo queréis que esté en la Iglesia?
—¡Buena pieza es el tal Mundideo!—exclamó Lantigua.—¿Y qué más le
pasa? ¿Que ha perdido toda la ropa por no haber podido pagar á la
Cárcaba?
—Sí, se... se... se... ñor—gimió Sildo.
—¿Y que D. Juan Amarillo le ha echado de la casa de Arriba, y le va á
llevar á la justicia?
—Sí, se... se... ñor.
—¿Y que os habéis quedado sin casa?
—Sí, se... se... ñor.
—Estos pobres niños están desnudos—dijo D. Angel.—Es preciso darles
algo de ropa.
—De eso se encargará mi hija. ¿En dónde está Gloria?
—Ha salido al camino á hablar con Caifás, que no ha querido entrar
porque le da vergüenza.
—Y con razón. No pienso hacer nada por él. Estoy cansado de
favorecerle. Le daré para comer y ropa para estos niños; pero nada
más.
Gloria apareció entonces por la puerta del jardín. Sus ojos
encendidos anunciaban la aflicción de su alma.
—Papá—dijo, secando sus lágrimas,—ahí está Caifás. Dice que quiere
hablarte, y que te contará lo que le pasa si no te enfadas.
—¡Pobre hombre!—dijo Lantigua mirando á Morton.—Mira, Gloria,
prefiero que tú me cuentes lo que le pasa á ese tunante.
—Pues le han echado de la sacristía.
—Bien merecido.
—Y D. Juan Amarillo le ha embargado lo único que le quedaba ya, las
herramientas de carpintero.
—Ya se ve. No parece sino que D. Juan Amarillo tiene el dinero para
que Caifás lo gaste en beber.
—Y él y sus hijos han andado desde ayer pidiendo limosna por los
caminos.
—Basta—dijo D. Juan gravemente.—Aquí entra la caridad. Dales hoy de
comer. Puedes decirle que mande á los chicos todos los días.
—Vendrán—dijo Gloria con alegría.
—No, lo que es él no tiene que poner los piés en casa.
—Pero, papá...
—Es un vicioso. Que vengan los chicos.
—Y los vestirás por mi cuenta, Gloria—dijo Su Ilustrísima.—Algo podré
darle también á Caifás.
—Pero él quisiera...
—¿Aún pide más?
—Para los desgraciados—indicó D. Angel,—se escribió aquello de _pedid
y se os dará_.
—Darle dinero es fomentar sus vicios—afirmó Lantigua.—¿No lo cree
usted así, señor Morton?
—Seguramente.
—Vamos, vamos—murmuró D. Juan, sonriendo con bondad.—Me figuro lo que
queréis.
—Sí, papá. La casa de la Cortiguera será, aunque no tiene más que
medio techo, un palacio para el pobre Caifás.
—¡Un verdadero palacio!—dijo Su Ilustrísima.—¿Sabe usted dónde es,
Sr. Morton? Allí detrás de aquella loma, por donde están los cinco
viejísimos castaños que llaman en el país los _Cinco Mandamientos_.
Morton miraba, y D. Angel hacía indicaciones con el palo.
—Bueno, pues que se meta en la casa.
—Bien, Juan, bien determinado. Vaya, niños, ahora os podéis marchar.
La señorita Gloria os dará para cubrir esas carnes.
Gloria salió corriendo á dar la noticia al pobre Mundideo. Los chicos
fueron detrás.
Cuando la señorita volvió, D. Angel se había unido al doctor Sedeño,
que le mostraba las cartas recién llegadas, y D. Juan se acercó á los
albañiles que habían venido para componer la capilla. En el jardín
tan sólo estaba Morton. Gloria, al verse sola junto á él se turbó
ligeramente. Dudó si seguir ó detenerse, y cuando el extranjero se
dirigió á ella en ademán de hablarle, tembló como tiembla el reflejo
de la luz en el agua cuando ésta se mueve.
—Gloria—dijo Morton,—¡qué felices son los pobres de Ficóbriga!
—¿Por qué?—preguntó la señorita.
—Porque usted se ocupa de ellos.
—¡Este pobre Caifás es un infelíz!... Tiene fama de vicioso y de
malvado, pero es un alma de Dios. Yo no puedo menos de favorecerle.
¡El me quiere tanto!... Se dejaría matar por mí.
—Eso lo comprendo. ¡Morir por usted!... ¡Ah! Gloria, yo haría lo
mismo.
—¿Qué?...—dijo la señorita con turbación.
—¡Morir por usted! Es lo único posible después de haberla amado.
—¡Daniel, por Dios!
—¡Gloria!... ¿De qué manera lo diré para ser creído?
El expresivo rostro del extranjero revelaba una emoción grave y
honrada.
—Me voy—dijo Gloria de súbito.
Veía claramente la emoción que brillaba con luz singular en los
azules ojos del hamburgués. Medía también la inmensidad de la suya,
que le alzaba turbulento oleaje en el fondo del alma, y de ambas tuvo
miedo.
—¿Se va usted?—dijo Daniel dando un paso hacia ella.
—Sí.
—No sin oir una cosa.
—¿Una cosa?
—Que la adoro á usted.
Ya se lo había dicho Morton dos veces; pero no con las mismas
palabras ni con la vehemencia de entonces.