Dos opiniones sobre el país más religioso del mundo.
Daniel Morton no salvó sino una parte muy pequeña de su equipaje,
que era considerable; pero sí los fondos que traía en la caja de
á bordo á cargo del capitán. Este fué á visitarle el día en que
partieron todos los náufragos, y entrególe lo que de él había
recibido, descontando una cantidad que Daniel destinó á auxiliar á
la tripulación. Púsose luégo éste en relaciones con el cónsul inglés
de la capital de la provincia (situada á diez y seis kilómetros de
Ficóbriga por camino real), y recibió dos grandes baules con efectos.
Al día siguiente de su primera salida de la casa, Morton tuvo la
abnegación de confiar su persona á un descuadernado cajoncillo, que
usurpando aleve el nombre de coche, iba todos los días á la capital
de la provincia, moliendo gente so pretexto de llevarla y traerla.
Por la noche Daniel volvió caballero en un gallardo potro negro.
—Fuí con intención de comprar un caballo, aunque sin esperanza
de encontrarlo—dijo al llegar junto á la verja de la casa,
donde se habían detenido los tres Lantiguas después de su paseo
vespertino;—pero he podido conseguir este animal, que no es un
prototipo de belleza, pero que anda.
—A mí me parece arrogantísimo y digno de Santiago, si fuera
blanco—dijo D. Angel.
—Pues no creí yo que allá encontrara usted tan buena pieza—indicó D.
Juan examinando el corcel.—Es de lo poco bueno que se suele encontrar
por estas tierras.
Gloria no dijo nada.
Morton, después de dejar su caballo, subió diciendo:
—Ya tengo caballo. No me falta más que escudero.
Y aquella misma noche cerró el trato con Roque, criado de la casa,
para que un hijo de éste, nombrado Gasparuco y que parecía bueno, le
sirviese de criado.
—Por lo visto se despierta en usted la afición á nuestro país—dijo el
Sr. de Lantigua.—¿Y le tendremos á usted mucho tiempo por aquí?
—Es posible que sí—repuso Morton.
En pocos días el caballero hamburgués visitó y conoció prolijamente
toda Ficóbriga, en especialidad la Abadía, curiosísima obra
del undécimo siglo, que no por estar tan dejada de la mano de
los hombres, toda destruída y afeada, carecía de encantos para
el artista. También vió el castillo desmantelado, el torreón ó
cubo señorial que se alza más arriba de la huerta abacial, ogaño
cementerio, y las casas infanzonas de la villa, algunas de las cuales
llaman con justicia la atención de los forasteros.
Los habitantes de ésta miraron con simpatía al extranjero, si bien le
inundaron de comentarios. Varias personas, como D. Juan Amarillo y
dos de los indianos, hicieron amistades con él.
En casa de Lantigua había ganado Morton las simpatías de los dos
hermanos, por su trato afabilísimo, y la amenidad de su conversación.
Demostraba un entendimiento privilegiado sin pedantería, sensibilidad
exquisita sin afectación y acabado conocimiento de todas las reglas
sociales.
No se le cocía el pan á D. Angel hasta plantear de lleno la empresa
que pensaba acometer, apretándole á ello su tesón de apóstol
cristiano y el natural afecto que el extranjero le inspiraba. Un día
enunció el tema resueltamente.
Por desgracia para nuestra fe sacratísima, las santas aspiraciones
del prelado no tuvieron éxito. Pasaban horas discutiendo sin que
Morton revelase deseos de abrazar el catolicismo, y para que la
pena del reverendo pastor de almas fuese más honda, ni aun pudo
conocer de un modo claro las creencias religiosas del extranjero, que
hablaba siempre en términos generales y eludiendo su personalidad.
Maravilló ciertamente á D. Angel en estas disputas, estériles por
desgracia para el aumento de la grey católica, el conocimiento que
Daniel mostraba de todos los libros santos, desde el Génesis hasta
el Apocalipsis. No ignoraba lo más selecto de los Santos Padres, y
conocía perfectamente toda la polémica religiosa del presente siglo y
de los tiempos más cercanos, con las disposiciones del Santo Padre,
el último Concilio y los triunfos y persecuciones recientes de la
Iglesia de Cristo.
Mas de tanta erudición, hija de formales estudios y afición á las
cosas divinas, nada de provecho sacaba el buen pastor, lo que le
causaba amarguísima pena. Ultimamente había pensado desistir de su
empeño, considerando que Dios elegiría, sin duda, otros caminos y
ocasión distinta para llevar la luz al espíritu de aquel hereje.
En cuanto á D. Juan de Lantigua, si al principio asistió con interés
vivo á los diálogos religiosos, pronto se apartó de ellos, por
no permitirle perder ningún tiempo los trabajos que entre manos
traía. Devorado por una ansia fervorosa, entregábase sin descanso
á las lecturas y á la composición literaria, bebiendo en libros y
derramando su pensar en cuartillas. Estaba su espíritu tan por entero
dado á aquel afán, que no había fuerzas humanas que le arrancaran del
despacho durante cuatro horas por la mañana y otras tantas por la
noche. Su hermano le reprendía cariñosamente por esta tarea ardorosa
y febril, que gastaba sus peregrinas facultades y le iba irritando el
cerebro y enflaqueciendo las fuerzas físicas, en términos que D. Juan
se desmejoraba más cada día. Pero no hacía caso él de los sermones
episcopales, y seguía erre que erre sobre los libros, sacándoles el
redaño para escribir después. ¡Admirable aplicación que debía dar por
resultado una de las más hermosas obras de la época presente!
Una mañana era tanta su fatiga, que don Juan, sintiendo su cabeza más
pesada que el plomo, salió á ver si se le despejaba conversando con
Morton. Cuando llegó al gabinete de éste, extrañó que no estuviese
allí de visita D. Angel, por ser costumbre tratar las polémicas en
aquella hora.
—Vamos—dijo,—veo que mi buen hermano se ha visto obligado á levantar
el sitio.
—El señor obispo—dijo Morton,—es tan bueno y tan sabio, que sin duda
ganará muchas plazas en el mundo. Las que él no tome sin duda son
inexpugnables.
Tomando pié de esto, D. Juan le preguntó si había firmeza en sus
creencias, cualesquiera que fuesen. No vaciló en contestarle Daniel
que sus creencias no eran superficiales, rutinarias y endebles, como
las de la mayor parte de los católicos españoles, sino profundas y
fijas; á lo cual contestó D. Juan que más le gustaba ver el tesón y
la consecuencia en los sectarios de las falsas religiones, que la
tibieza y despreocupación en los que tenían la dicha de haber nacido
en la verdadera. Añadió que efectivamente se había debilitado mucho
la fe en nuestro católico suelo, pero que este mal, ocasionado por
los excesos revolucionarios y la influencia de extranjeros envidiosos
de la Nación más religiosa del mundo, tendría fácil remedio en la
propaganda, en las oraciones y en los trabajos de la Iglesia, si
acertaba á encontrar un Gobierno piadoso que le ayudara.
Morton no pareció muy conforme con esta opinión. Sin embargo,
deferente con su generoso amigo, dijo que confiaba en la regeneración
religiosa de este país, si abundaban en él pastores tan virtuosos y
tan ilustrados como D. Angel de Lantigua, y seglares como D. Juan.
—Yo conozco regularmente el Mediodía y la capital de
España—añadió.—Ignoro si el Norte será lo mismo; pero allá, querido
señor mío, he visto el sentimiento religioso tan amortiguado, que
los españoles inspiran lástima. No se ofenda usted si hablo con
franqueza. En ningún país del mundo hay menos creencias, siendo de
notar que en ninguno existen tantas pretensiones de poseerlas. No
sólo los católicos belgas y franceses, sino los protestantes de
todas las confesiones, los judíos y aun los mahometanos practican
su doctrina con más ardor que los españoles. Yo he visto lo que
pasa aquí en las grandes ciudades, las cuales parece han de ser
reguladoras de todo el sentir de la Nación, y me ha causado sorpresa
la irreligiosidad de la mayoría de las personas ilustradas. Toda
la clase media, con raras excepciones, es indiferente. Se practica
el culto, pero más bien como un hábito rutinario, por respeto al
público, á las familias y á la tradición que por verdadera fe. Las
mujeres se entregan á devociones exageradas, pero los hombres huyen
de la Iglesia todo lo posible, y la gran mayoría de ellos deja de
practicar los preceptos más elementales del dogma católico. No negaré
que muchos acuden á la misa, siempre que sea corta, se entiende, y
no falten muchachas bonitas que ver á la salida; pero eso es fácil,
amigo mío; ¿no comprende usted que esto no basta para decir: «somos
los hombres más religiosos de la tierra?»
—Efectivamente no basta, no—dijo don Juan con voz triste, mirando al
suelo.
—Usted conoce muchas, muchísimas personas ilustradas, buenas, leales,
que no pueden menos de considerarse virtuosas; personas á quienes
usted, que es tan buen católico, no negará su amistad; personas de
quienes nadie se aparta con horror, personas amables...
—Ya, ya sé lo que usted me va á decir—indicó D. Juan melancólicamente.
—Pues bien, de esas personas... (y supongo que conocerá usted más de
mil) de esas personas, ¿cuántas cree usted que cumplen el precepto
fundamental del catolicismo, la penitencia?
—¡Oh! tiene usted razón, tiene usted razón—dijo Lantigua con
verdadera angustia.—De cada cien, noventa y cinco no se han confesado
en veinte años.
—Con la particularidad—añadió Morton,—de que la Iglesia manda
confesar _una vez al año á lo menos_. Los grandes é intachables
católicos, los que se pueden llamar vasos de elección (me refiero
á los varones, querido D. Juan), gracias que cumplan esa _vez al
año_, olvidando que la Iglesia aconseja _una vez al mes_ y asegura
que los que no lo hacen _viven una vida relajada y están en peligro
de perderse_. Si tienen ustedes conciencia no deben suponerse en
peligro, sino completamente perdidos.
—El precepto, el precepto, Sr. Morton—dijo D. Juan con sequedad,—no
manda más que una vez al año.
—Hay otro síntoma—prosiguió Daniel,—que he observado muchas veces.
Cuando en una casa rezan el rosario, los hombres se echan fuera, sin
que por esto se alarme la familia femenina. He oído á algunos niños
inocentes hacer esta pregunta: «Díme, mamá, ¿por qué papá no reza?»
Muchas veces no se sabe qué contestar; pero en ocasiones se les dice:
«Papá reza en su cuarto.» Pero donde reza papá es en el casino ó en
el café. Las mujeres aquí, por lo general, creen que siendo ellas
rezonas, no importa que sus maridos sean blasfemos. Debo añadir, y no
creo que usted se ofenda por esto, que España es el país, no diré más
blasfemo del mundo, sino el país blasfemo y sacrílego por excelencia.
—En eso tiene usted razón—afirmó Lantigua con pesadumbre.—También
reconozco la irreligiosidad; pero usted parece indicar que las causas
de este grave mal están en otra parte que en la filosofía y en las
libertades modernas.
—No puedo creer que estas dos cosas hayan arrebatado al pueblo
español sus creencias. En otros países hay más, muchísima más
filosofía que aquí, más, muchísimas más libertades, y sin embargo,
la fe religiosa no muere. ¡Hablan de revoluciones! Si en España no
ha habido nada que merezca tal nombre, amigo mío. Si en España todos
los trastornos políticos han sido tempestades en un vaso de agua. Por
Dios, ¿qué idea hemos de formar del espíritu religioso de un país
si es tal que lo echan por tierra esos quince ó veinte movimientos
políticos que se han sucedido desde 1812? Comprendo que los grandes
edificios caigan en el sacudimiento de un terremoto; pero ¿cómo han
de caer con la trepidación que producen las patadas de un regimiento
de caballería? Admitiendo, como no puede menos de admitirse, que
ustedes no han tenido grandes cataclismos, es preciso deducir que
los edificios caídos no pueden haber sido muy grandes. Fuéronlo, sí,
en otros tiempos; pero al entrar este siglo todo estaba ya carcomido.
España, como la mujer rencillosa de que habla el Eclesiastés, es
ahora un tejado con muchas goteras.
—No admito eso de que no hayamos tenido revoluciones—dijo D.
Juan.—Las hemos tenido superficiales y profundas en el orden
político; pero ¿y la irrupción de libros, y la transformación social,
esas oleadas de soberbia, de amor al lujo, de concupiscencia, de
materialismo que nos vienen de fuera?
—Veo que muchas cosas que en otras partes hacen poco daño, aquí
envenenan. Sin duda el organismo moral de España es tan endeble como
el de aquellos séres enfermizos y nerviosos, que se emponzoñan sólo
con el olor del veneno.
—¿Con el olor...?
—Sí; porque de los inmensos progresos industriales, del lujo, del
colosal aumento de las riquezas, del refinamiento material, ustedes
no tienen más que el olor. España, por lo que veo, no puede vivir
sino metiéndose dentro del fanal de su catolicismo para que nada
la toque ni contamine, para que ni átomos siquiera de lo exterior
lleguen hasta ella.
—¿Y qué le recetaría usted?
—El aire libre—dijo Morton con energía,—el aire libre, el andar sin
tregua entre toda clase de vientos, arriba y abajo, dejarse llevar y
arrastrar por todas las fuerzas que la solicitan; romper su capa de
mendigo ó mortaja de difunto y exponerse á la saludable intemperie
del siglo. España se parece al enfermo de aprensión, todo lleno de
emplastos, vendajes, parches, abrigos mil y precauciones necias.
Fuera todo eso, y el cuerpo enfermo recobrará su vigor.
Habían llegado á un punto de la discusión en que D. Juan, creyendo á
su huésped totalmente descarriado, le tenía lástima.
—Hace usted un uso poco razonable de la fantasía—le dijo
bondadosamente y en tono de maestro.—De esa manera nunca me probará
usted que España es el país menos religioso del mundo. ¿Por ventura,
amigo Morton, no ha visto usted en él algo que le pruebe lo contrario?
—No significan nada para mí—continuó Daniel,—las manifestaciones
teatrales de devoción, que son más bien políticas que religiosas. Yo
me río de la piedad de un pueblo que, como Madrid, habla mucho de
religión, y sin embargo, jamás supo levantar un solo templo digno,
no digo yo de Dios, pero ni aun de los hombres que entran en él. En
Madrid, pueblo rico, vemos más teatros que en Londres, una plaza
de toros que es un monumento, cafés soberbios, tiendas, paseos y
distracciones donde se conciertan el lujo y las artes; pero no hay
una sola Iglesia que no sea una pocilga.
—¡Por Dios, Sr. Morton!—dijo Lantigua,—eso es demasiado duro.
—Un poco duro—repuso el extranjero riendo,—pero la idea es exacta. Y
lo que pasa en Madrid pasa en toda España. El sentimiento católico,
que en este siglo no ha levantado un solo edificio religioso de
mediano valor, es tan tibio, que no se manifiesta en cosa alguna
de gran valía y lucimiento. El país más piadoso ha venido á ser el
más incrédulo. El país más religioso, y que tuvo tiempos en que la
piedad se asociaba á todas las grandezas de la vida, al heroísmo, á
las artes, á la opulencia, á la guerra misma, ha concluído por formar
de la piedad cosa aparte; separada de lo demás. Un hombre devoto
que se persigna al pasar por la Iglesia, que confiesa y comulga
semanalmente, es en la mayor parte de los círculos un hombre ridículo.
—¡Por Dios, amigo Morton!...
—Señor de Lantigua, por Dios, dispénseme usted; pero es fuerza
decirlo. Hábleme usted con su franqueza de hombre honrado y de
católico sincero. Dígame usted si hay en España mujer alguna capáz
de dar su corazón y su mano á un hombre que pase tres ó cuatro horas
todos los días dentro de la Iglesia, que se rompa el pecho á golpes,
que tenga su casa llena de agua bendita, y que entone una oración
al realizar los actos más insignificantes de la vida, cuales son
salir á la calle, entrar en ella, estornudar, etc... Un devoto, tal
como lo conciben las congregaciones piadosas del día, es un ente
irrisorio: confiéselo usted. Hasta los mismos que defienden á pié
firme la religión y se llaman soldados avanzados de las filas de
Cristo cuidan mucho, en sociedad, de disimular todo lo posible su
ortodoxia, ó mejor dicho de olvidarla, so pena de perder gran parte
de las simpatías y de las amistades que por sus prendas, su figura ó
sus virtudes hayan logrado alcanzar.
—Algo hay de eso; pero no tanto, amigo mío.
—Quizás los de casa no vean esto tan claramente como los
extraños—dijo Morton.—Quizás yo me equivoque; pero he manifestado
mi opinión con lealtad. Creo á España el país más irreligioso de
la tierra. Y un país como éste, donde tantos estragos ha hecho la
incredulidad, un país que tanto tiene que aprender, que tantos
esfuerzos debe hacer para nutrirse, para llenar de sangre vigorosa
sus venas por donde corre un humor tibio y descolorido, no está en
disposición, no, de convertir á nadie.
Breve rato estuvo D. Juan de Lantigua sin dar contestación; pero al
fin, con cierta sequedad, muy propia de su carácter, habló así:
—No aseguro yo que mi país sea hoy el más piadoso del mundo. Por
desgracia no le falta á usted razón en parte de lo que ha dicho,
pero creo que si siguiéramos discutiendo, hallaríamos iguales ó
quizás peores señales de descomposición en otras tierras que usted
me presentará como modelo. Hay aquí hombres perversos, hay hombres
indiferentes en grandísimo número; pero tenemos intacto el tesoro de
nuestra doctrina, conservamos la semilla, y un período de protección
del cielo puede hacerla fructificar. En medio de la torpeza y
frivolidad que por todas partes se ve, existe pura y entera la fe, no
dañada ni podrida por los errores, y la fe ha de triunfar, la fe ha
de dar resultados de virtud, si no hoy, mañana.
»Deploro los desórdenes de mi patria: pero no los creo irremediables
como la muerte, como la podredumbre que constituyen el fondo de otros
países bajo engañosa cubierta de prosperidad, de orden, de brillo
artístico, industrial, social. Cada raza tiene su organismo propio.
No sé si Dios me dejará ver el día de la regeneración total del
mundo, pero esta regeneración, no la busque usted, no la busque usted
fuera de los principios inmutables de la moral católica. De entre las
ruínas no renacerá sino aquello que haya conservado el germen de esa
moral, y ese germen, Sr. Morton, lo tenemos nosotros, nosotros, sí,
aunque usted no lo vea.
»Quíteme usted las revoluciones chicas ó grandes, las ideas
subversivas que vienen de fuera, y que en otros países tienen
aplicación transitoria; quíteme usted la propaganda de doctrinas
contrarias á nuestra naturaleza social, y entonces podrá ver usted
que esta nación, resucitada y puesta en pié después de tantos años
de aparente muerte, se hallará de nuevo en disposición de convertir
á todas las gentes en uno y otro mundo, de convertirlas, sí, señor,
porque la posesión de la verdad, le da derecho á decirlo y á
ejecutarlo resueltamente.
Iba á contestar Daniel, cuando se oyeron voces en el jardín de la
casa, y con las voces lamentos y lloro de chiquillos.
—¿Qué es esto?—preguntó Lantigua desde la ventana.—Gloria, Gloria...
Morton se asomó también.
—No es nada—dijo Lantigua retirándose.
—Son los hijos de Caifás que vienen pidiendo auxilio en nombre de su
padre, un perdido, un borracho, á quien estoy cansado de socorrer.
Su Ilustrísima, desde el jardín, llamaba á D. Juan.
—Vamos—dijo éste.—Mi hermano se ha enternecido y quiere que yo tome
bajo mi amparo á ese mal hombre. Es un miserable; pero la caridad
cristiana, amigo Daniel, nos manda perdonar y compadecer.