La respuesta de Gloria.
Entró en el despacho de D. Juan al mismo tiempo que el señor obispo,
el cual tenía gozoso semblante y se acariciaba una mano con la otra,
señal de regocijo que se advierte en todos los que acaban de hacer
una cosa buena.
—Querido hermano—dijo Su Ilustrísima,—me parece que no he tocado á la
puerta de una casa vacía: alguien responde.
—¿De veras?—exclamó D. Juan metiendo en el sobre la última carta.
—Ha empezado por mostrarse muy agradecido á tus nuevas bondades.
Acepta la hospitalidad que le concedes por quince días ó un mes.
—¿Has hablado con él de religión?—preguntó Lantigua pasando por su
lengua la parte engomada del sobre.
—Sí; mas él, con habilidad suma, ha eludido entrar en las cosas
hondas de doctrina. No habla más que de generalidades, de la
Creación, de la bondad de Dios, del perdón de las injurias... nada
concreto.
—Teme descubrirse. Esa reserva me agrada, porque no me gusta ver á
los herejes hacer alarde de su impiedad y provocarnos con argumentos
comunes de los que usan los periódicos.
—No le he oído ni una sola vulgaridad. Mas nada puedo sacar en claro
respecto á lo concreto de sus creencias—dijo Su Ilustrísima con
lástima.—Lo que sí puedo asegurarte con toda verdad es que...
Don Angel acercó su silla á la silla de su hermano.
—Que es un alma profundamente religiosa, llena de fe...
—Falta saber qué especie de fe...
—Tienes razón—dijo el obispo rectificándose con presteza.—Llámalo
predisposición á la fe, íntimo anuncio de la verdadera fe que ha de
venir. Al estado de ese noble espíritu le comparo yo á una lámpara
perfectamente preparada, llena de aceite hasta los bordes y con su
mecha en toda regla. No falta más que encenderla.
—¡Y es nada!
—Basta un fósforo, que es un soplo, una ráfaga, el momento convertido
en luz. Lo que no conseguirás por todos los medios del mundo es dar
lumbre á una lámpara vacía.
—Seguramente.
—Nuestro Sr. Morton—añadió D. Angel,—podrá estar á obscuras de la
verdadera luz, pero bien se conoce que no es por falta de ojos. ¡Cuán
distinto es de muchos jóvenes de por acá, que diciéndose cristianos
católicos y habiendo aprendido la verdadera doctrina, nos muestran en
su frivolidad y corrupción moral, almas vacías, almas obscuras, almas
sin fe, los _sepulcros blanqueados_ de que nos habló el Señor!
Gloria se acercó á su padre.
—¡Buena se ha armado en la Asamblea de Francia!—exclamó de súbito
el doctor Sedeño, que leía un diario.—Esto es la dispersión de
gentes. ¡Oh! ¡Francia, Francia, bien merecido lo tienes! Oiga Usía
Ilustrísima y formará idea de cómo se acaba un país por abandonar las
vías del catolicismo.
Don Angel miró á su secretario y al periódico que leía.
Gloria puso la mano sobre el hombro de su padre.
—¿Qué quieres, hija mía?—le dijo éste cariñosamente tomando aquella
mano.—¡Ah! picarona, ya que estás aquí no te marcharás sin llevar un
buen sermón.
—¿Por qué?
—Porque no tienes formalidad. Hace días te hablé de un asunto; me
prometiste contestar pronto, y esta es la hora...
—Pues bien, papá—indicó Gloria inclinándose.—Voy á contestar.
Don Juan dejó la pluma.
—Y contesto que no—dijo la señorita sonriendo y reforzando su frase
negativa con un vivo movimiento de cabeza.
—¿Rehusas?
—Rehuso... pero de todo corazón.
—¿Lo has pensado bien?
—Lo he pensado bien, y no puedo, no puedo de ningún modo querer...
—¿Podrías darme alguna razón?—dijo don Juan, mostrando un sentimiento
extraño que sólo podría llamarse severidad benévola.
—Una no, mil—replicó Gloria con su natural propensión á la hipérbole.
—Con una me contento. ¿Has considerado bien las prendas de ese joven?
—Sí, y he visto que es un _sepulcro blanqueado_.
—Mira bien lo que dices.
—¡Ah! usted mismo no tardará en reconocerlo. No es oro todo lo que
reluce. Verdad es que para mí nunca ha brillado el D. Rafaelito sino
como hojalata.
—¡Qué manera de juzgar!—observó don Juan.—¿Acaso tú, una chiquilla,
puedes juzgar...? Pero silencio, que viene aquí.
Don Silvestre y Rafael entraron, dirigiéndose ambos á besar el anillo
al obispo y preguntarle por su salud. Por un instante no se habló más
que del proyectado viaje.
—¡Oh! aquí tenemos un documento importantísimo—dijo el doctor Sedeño
señalando otro periódico.—Es una carta de Ficóbriga en que se da
cuenta de la portentosa y nunca vista hazaña de D. Silvestre Romero,
al sacar á salvo de en medio de las olas á los tripulantes del
_Plantagenet_.
—¿A ver, á ver?—dijo el cura lleno de emoción y con los ojos
chispeantes de vanidad.
—Le ponen á usted en las nubes... aquí; lea usted—indicó Sedeño dando
el periódico al tonsurado atleta.
Romero leyó en voz alta el articulejo en que se narraba con prolijos
detalles el suceso del 23 de Junio, y dijo al concluir:
—No está mal, no está mal.
—El señor cura—agregó Su Ilustrísima con bondad,—se vanagloria
demasiado de su acción benéfica y le da publicidad excesiva,
presentándola de un modo dramático y teatral, con lo que aquélla
pierde un tantico de su gran mérito y espontaneidad evangélica.
Don Silvestre, algo turbado, se inclinó con respeto.
Si esto dijo el obispo al ver la complacencia con que Romero leía las
alabanzas de su proeza, ¡cómo le reprendería si hubiera sabido que
estaban hechas por él mismo!
—Los amigos—dijo éste reponiéndose,—se empeñan en que todo el mundo
ha de saber mi hombrada. Yo no me he vuelto á acordar de lo que hice.
—Y así debe ser, amigo mío—manifestó Su Ilustrísima, estrechándole la
mano.—El recuerdo de la limosna incumbe al que la recibe. Oiga usted
al Sr. Morton. ¡Qué bien caen en su boca los elogios de la valentía
de usted!
—¿Y al fin el Sr. D. Daniel se nos marcha?—preguntó Romero.
—No—repuso el obispo.—Con permiso de mi hermano, acabo de invitarle
para que esté aquí quince días más ó un mes.
Don Juan, que meditaba al lado de su hija, alzó la cabeza y dijo:
—¿No te parece que bastará con ocho días?
—Como quieras; pero ya le he dicho que quince días...
—Como quieras tú—indicó D. Juan.—Lo que ahora nos importa más es
comer. Gloria, esa comida, por amor de Dios. Mira que estos dos
señores tienen que marcharse pronto.
—Ya pueden ustedes bajar—repuso ella con semblante animadísimo,
derramando claridad y alegría por sus negros ojos.—Tío, señor doctor,
señor cura, Rafael...
Al suave anuncio del comer, Sedeño dejó en paz la prensa periódica.
—¿Baja hoy el Sr. Morton?
—Sí, hoy baja por primera vez—dijo Su Ilustrísima.—Aquí está.
Una sombra se interpuso en la puerta. Era Morton, todo vestido de
negro, pálido, hermoso y demacrado, semejante á un mártir de los
primeros siglos que, resucitando, se pusiera levita.
—Bien, amigo, bien por ese valor—gritó el cura saliendo al encuentro
del extranjero.
El señor obispo salió apoyándose en su bastón. Ofrecióle Daniel el
brazo y bajaron ambos delante. Siguiéronle los demás.
Gloria se quedó la última.