Sepulcro blanqueado.
Y era en verdad contraste singular que mientras su alma, como dice
el salmista, _escapaba al monte cual ave_, estuviese su cuerpo en
lugar tan rastrero como una cocina, y arremangándose los lindos
brazos y poniéndose un delantal blanco, empezara á batir con ligera
mano muchedumbre de claras y yemas de huevo, que en honda cacerola
espumarajeaban formando bolas de fragilísimo cristal. La cuchara,
que por la rauda agitación apenas se veía, levantaba amarilla nube;
hervían las albuminosas claras, simulando graciosas excrecencias de
ámbar y mil y mil engarzos de topacios, en cuyas facetas temblaba
la luz. Después pasó aquel menjurge de una cacerola á otra, quitó á
un limón toda la cáscara, picóla en menudos trocitos, revolvió con
harina los huevos, sacó de un cajón unas viejecillas arrugadas y
dulcísimas que en su juventud se llamaron uvas, acaparó bizcochos,
apoderóse por último de un molde de hoja de lata, todo con gran
presteza y pulcritud, hasta que Francisca, no pudiendo tolerar tal
invasión en sus dominios, le dijo de muy mal talante:
—¿Qué haces ahí, tonta? ¿Qué comistrajo es ese?
—Tú sí que eres tonta—repuso Gloria riendo.—¡Qué entiendes tú de
cocina fina, ni de pudines!
—¿Y eso para quién es?—prosiguió la respetable criada con
ironía.—¿Para el perro? Niña, por Dios, que te vas á echar á perder
las manos. Vete arriba, que aquí no hacen falta espantajos.
La antigua cocinera trataba á Gloria con la familiaridad de los
criados que han visto nacer á todos los niños de una casa. Gloria,
después de agitarse mucho, dió por terminada su tarea y abandonó la
cocina, subiendo á su cuarto, donde se ocupó en arreglarse y ponerse
guapa, porque la hora del almuerzo se acercaba.
Atentos á ella, entraron en la casa D. Rafael del Horro y el cura,
que aquel día andaban muy entretenidos con el negocio de su viaje
electoral. Subieron á saludar á D. Juan en su despacho; pero como
hallaran á éste muy atareado con las cartas que escribía para
varios personajes influyentes de la provincia y que nuestros dos
expedicionarios habían de llevar; como además vieran al doctor Sedeño
abstraído en la lectura de los periódicos políticos, tornaron al
jardín.
Gloria, después de pasar revista al comedor y ver qué tal ponía
la mesa Robustiana, salió al jardín. Había en éste, por la parte
próxima al camino, un bosquecillo formado de altas magnolias, algunos
espesos pinos y dos ó tres plátanos, los cuales sobrepujaban á toda
la familia vegetal del repuesto jardín, extendiendo sus grandes
ramas en tan grande espacio, que por un lado salían sobre la verja
hasta fraternizar con los olmos del camino, y por otro acariciaban
las ventanas de la casa. En el centro del bosquecillo había una
glorieta, á la que rodeaban espesos matorrales hechos de evónymus,
retamas olorosas, tamarindos, verónicas, adelfas y otros arbustos,
combinados con primoroso arte. Por detrás corría un estrecho camino
semicircular, obscuro, húmedo, en el cual solían verse menudos hilos
de telaraña tendidos entre las ramas y en los troncos de los árboles
grandes. Gloria entró por este camino. Al poco rato oyó voces y se
detuvo. Su primera intención fué no hacer caso y seguir adelante.
Pero oyó pronunciar su nombre, reconociendo la voz de Rafael. Este y
el cura hablaban en la glorieta. No pudiendo refrenar la curiosidad,
escuchó:
—Gloria es perfecta, como usted dice—hablaba el cura,—y además de
perfecta es hija única de un hombre rico. Mi opinión es, amigo D.
Rafael, que todo no debe ser sentimental y _te amo_ y _te adoro_,
sino que debe mirarse mucho al bienestar de ambos cónyuges. La
pintura que usted me ha hecho de lo cara que se ha puesto la vida en
esa endiablada Corte, me horripila. Dígame usted, ¿qué tal pinta la
abogacía?
—Mal—repuso el joven con hastío,—después que Lantigua entregó su
bufete á los pasantes, éstos han acaparado todos los negocios
eclesiásticos... Sin embargo, algo se hace.
—¿Y el periodismo?
—Eso no se nombre como profesión lucrativa. Es un excelente medio
para hacerse lugar en la política, única carrera de provecho para la
juventud.
—Y usted la ha hecho buena—dijo hiperbólicamente el cura.—A los
treinta y cuatro años... Este nene va á tragarse el mundo.
—Pero usted no sabe, amigo mío, qué compromisos, qué cargas tan
atroces trae este maldito oficio en su primera época. La posición que
se adquiere impone...
—¡Ajajá! Ya lo sé. Gastos atroces, ¿no es verdad? ¿Pues qué? ¿Quería
usted pescar truchas á bragas enjutas?
—No... ya sé cómo se pescan.
—Por eso dicen que en Inglaterra sólo se dedican á la política los
ricos—dijo el cura.—Este sistema me parece excelente.
—En España, por el contrario, es la carrera de los pobres. Y es un
mal, lo conozco, pero ¡qué se va á hacer! Los pleitos no dan, amigo
mío, sino á los que han empollado el bufete con el calor que les
dejó en el cuerpo la silla ministerial. Los negocios exigen capital;
el comercio menudo es indigno de quien ha estudiado una carrera
científica; no quedan, pues, más que las armas y la política, y á mí
no me gustan las armas.
—Las armas de la palabra, de la pluma, amigo mío—dijo el cura con
entusiasmo.—¿Sabe usted que si alguna cosa envidio en este mundo es
la gloria de usted?
—Pues tiene poco de envidiable—replicó Rafael con cierto tonillo
de despreocupación que contrastaba con su habitual prosopopeya.—Yo
me río á veces de mí mismo, y cuando estoy á solas en mi despacho,
me digo: «parece mentira que seas tú mismo ese que pronuncia
tales discursos terroríficos y escribe los artículos furiosos que
entusiasman al partido.» Yo, que no soy capáz de matar una pulga
ni gusto de que se moleste á nadie, predico la ruína de la sociedad
actual; yo, que tengo como cada hijo de vecino mis dudillas acerca
de muchas cosas que nos enseña el catecismo, aunque no de las
principales, parece, según la vehemencia con que lo digo, que me
quiero tragar á los que creen poco.
—¡Ah! ¡ah!—exclamó el cura riendo,—ese es mal común á toda la gente
de hoy, blancos y negros. Nadie tiene fe. Hace poco hablaba yo con un
señor que pasa la vida escribiendo contra los incrédulos y llevando y
trayendo recados al Papa. En confianza me decía: «Sr. D. Silvestre,
no hay quien me haga creer en el Infierno.» Yo me reía mucho con sus
rarezas, y jamás disputábamos, porque aborrezco las disputas. Ibamos
á cazar juntos. Yo le enseñaba el cartapacio de mis sermones para que
les echara un vistazo... Ya se ve... Es persona de muy buen gusto y
estilo, una especie de fray Luis de Granada sin hábitos y sin fe, y
por lo demás sujeto apreciabilísimo, persona excelente. Usted también
es de los que hablan mucho y creen poco.
—Entendámonos, señor cura. Yo creo que sin religión no hay sociedad
posible. ¿A dónde llegaría el frenesí de las masas estúpidas é
ignorantes, si el lazo de la religión no enfrenara sus malas pasiones?
A lo cual el cura, riendo, contestó:
—Pero en esto de creer hay algo más que un freno para contener á los
ignorantes. Los ilustrados y los sabios deben acrisolar su fe con el
estudio.
—Así debiera ser—dijo Rafael.—Conviene que todos contribuyamos
á conservar sólida y firme esta base del edificio social. Si la
religión desapareciera, los demagogos y petroleros nos declararían
una guerra á muerte. Es cosa que espanta.
—Tremendo, sí.
—Por eso yo soy de opinión de que sigan las misas, los sermones, las
novenas, las procesiones, las colectas y todos los demás usos y ritos
que se han creado para coadyuvar á la gran obra del Estado, y rodear
de garantías y seguridades á las clases pudientes é ilustradas.
—Según usted—observó el cura dando rienda suelta á su jovialidad,—las
prácticas religiosas no son otra cosa que una especie de instrumento
correccional contra los pillos. Pero Sr. D. Rafael de mi alma,
desarrollando su sistema de usted debiéramos decir: «suprímase la
religión y auméntense los presidios.»
—¡Oh! no bromee usted y tenga presente que aquí hablamos en confianza
y que esto no sale de los dos. ¡Bueno andaría el mundo sin religión!
¡Benditas sean mil veces las creencias que nos legaron nuestros
padres y la fe en que fuímos criados! ¡Qué dulce es la religión!...
¡Las mujeres tienen en ella tales consuelos...! Se muere una persona
de la familia, madre, hermano, niño, y ellas creen que la verán
después y que el difunto se está paseando por encima de las nubes,
y si es niño, correteando y enredando de estrella en estrella. La
religión debe existir siempre, siempre, y existirá. Además hay
en ella muchas cosas que consuelan y algunas que son verdades
irrecusables.
—Todas; que no algunas, como usted dice, lo son—dijo el cura
afectando cierta gravedad.—Si yo tuviera á mano mis libros ó
recordara fácilmente lo mucho y bueno que en ellos he leído, le
probaría á usted que todo, todo lo que la religión sostiene es
verdad, y todo sirve de gran consuelo al ignorante y al sabio,
al pobre y al rico. Pero tengo una memoria perversa, y con mis
ocupaciones de cada día no me acuerdo de nada.
—¡Oh! yo he leído bastante, y por mi parte no puedo acusarme de haber
hecho daño alguno á la Iglesia ni á las personas eclesiásticas.
Por el contrario, en mis discursos, en las conversaciones privadas
con mis amigos políticos, siempre he dicho: «Señores, la religión
antes que todo. No quitemos al pueblo ese freno moral... Conviene,
pues, que la Iglesia esté de nuestra parte. Es el gran auxiliar del
Estado, y hay que tenerla contenta. ¿Pide seis? pues darle ocho...»
Aborrezco á esos que se llaman filósofos y libre pensadores y que se
ponen á gritar en las asambleas y en los clubs, haciendo ver que la
Iglesia es esto y lo otro. Yo les digo: Señores, en el fondo casi
estamos conformes. ¿Cómo puede negarse que muchas de las cosas que
nos quieren hacer creer, no andan muy acordes con el sentido común?
Pero ¿hay necesidad de subirse encima de una silla y decirlo á todo
el mundo? El pueblo ignorante no lo entiende, y al oir á ustedes,
cree que le están permitidos el robo y el asesinato. Hay que mirarse
bien antes de propagar ciertas doctrinas... Por esto soy enemigo de
esos charlatanes, y en mi humilde esfera defiendo con la palabra y
con la pluma las creencias religiosas, la doctrina toda de la Iglesia
católica, el culto y el clero, venerandas instituciones sobre las
cuales descansa el orden social; defiendo la fe de nuestros padres,
las prácticas sencillas, las oraciones que nos enseñó nuestra madre
en la cuna, todo eso, en fin, tan fácil de aprender y tan bonito...
porque la religión es bonita. Yo he estado en Roma, he visto
muchas ceremonias en San Pedro. ¡Ah, Sr. D. Silvestre! Es cosa que
entusiasma... ¿Pues y las procesiones de Sevilla?... Todo esto debe
conservarse.
—Todo esto debe conservarse; pero lo que importa principalmente es la
fe, y si ésta no se conserva...
—Sí, también, también. Todos debemos trabajar para que crean los
demás, para difundir los dones del Espíritu Santo, para que se
mantenga incólume la fe de nuestros padres... ¡Oh, la fe de nuestros
padres!
—Usted, Rafael, pertenece á la escuela de los que defienden la
religión por egoísmo, es decir, porque les cuida sus intereses. Ven
en ella una especie de guardería rural, y dicen: «La religión es muy
buena: debe creerse: verdad es que yo no creo; pero crean los demás
para que tengan miedo á Dios y no me hagan daño.» En tanto no se
cuidan de los altos fines religiosos ni de la vida eterna.
—¡La vida eterna!—dijo D. Rafael del Horro.—Aquí está la gran
cuestión. ¡Admirable idea para que la sociedad no se desborde!
—¿No cree usted en ella?
—Sí; forzosamente ha de haber alguna otra cosa después del morir...
porque no debe acabarse uno sin más ni más... Pero digo yo: si
después que expiremos resulta que no hay nada de lo dicho, y caemos
en profundísimo sueño, ¡que chasco, amigo Romero! Y la verdad es que
por mucho que uno piense, no puede limpiarse de dudas. Francamente,
eso de que lo que no es ni sombra, ni aliento, ni rayo, en suma, lo
que no es nada, siga viviendo después del hoyo, y nos manden al Cielo
ó al Infierno... ¡Ah! lo que es esto... No hay quien me haga creer en
el Infierno. ¿Es posible que usted me sostenga que hay un pozo lleno
de fuego donde caen los que han hecho picardías? Vamos, yo creo que
la misma Iglesia ha de tener que transigir al fin diciendo que eso
del Infierno es... cualquier cosa, nada entre dos platos... ¿Pues y
la vida eterna y el paraíso? En fin, se aturde uno al pensar en ello,
y más vale dejarlo á un lado.
—Vive Dios—exclamó con vehemencia don Silvestre Romero dándose fuerte
porrazo en la rodilla con la palma de su mano de oso,—que si yo
recordara lo que he leído en mis libros, le contestaría á usted punto
por punto á todas esas cuestiones, dejándole tan convencido de que
hay alma, de que hay Infierno, de que hay Cielo, como de que ahora es
día; pero tengo una memoria infame; leo hoy una cosa y mañana se me
olvida. Luégo mis ocupaciones... figúrese usted que este ir y venir
al Soto y á la playa há tiempo que no me permite abrir un libro.
¡Vaya con el don Rafael, qué ideas tiene! Cáspita, no se ha de decir
esto á los electores, porque entonces... Al contrario, todo ha de ser
religión y más religión. A este son les hemos tocado siempre, y á
este son bailan que es una maravilla.
—Bailarán también ahora—dijo del Horro sonriendo;—por cierto, Sr. D.
Silvestre, que si no nos vamos hoy, me parece que llegaremos tarde.
—Tenemos tiempo de sobra. Esta noche llegamos á Villamojada, vemos á
los amigos; pasado mañana á Medio-Valle, vemos á los amigos... Todo
se reduce á pasar de pueblo en pueblo y á ver amigos. Fíese usted
de mí, hombre. En todo lo que sea de los Madriles y de la política
gorda, puede discurrir y quebrarse la cabeza; pero en esta tierra y
en elecciones, déjeme usted á mí y cállese y estése quieto. Cada uno
en su elemento.
—No me falta confianza, señor cura Caraculiambro—dijo Rafael dando
una gran palmada en el hombro del gigante clérigo.—¡Oh! si todos los
negocios que he traído á este Ficóbriga de mil demonios fueran tan
bien como el de mi elección...
—¡Ah! ¿Lo dice usted por la señorita de Lantigua? ¡Qué bocado de
ángeles!... Usted tiene la culpa de que este pez no haya picado...
—¡Si Gloria no me quiere, ni parece inclinarse á quererme nunca...!
—Ya; después de casada ya la enderezaría yo—afirmó el cura.—Ello es
que usted ha puesto su asunto en manos de D. Juan, y éste con las
finuras y tiquis-miquis que usa lo habrá echado á perder. Si yo
fuera D. Juan, saldría del paso diciendo: «Niña; á casarse, y chitón.»
—A mí nadie me quita de la cabeza que Gloria tiene algún novio en
Ficóbriga—dijo Rafael pensativo.
—Lo que es eso... Yo sostengo que esta niña, á pesar de su viveza y
de sus ojos que echan lumbre, es un hielo.
—Qué sé yo, qué sé yo...—indicó el joven campeón de Cristo mirando
fijamente al suelo y pronunciando con mucha lentitud palabra tras
palabra;—le digo á usted que esa niña me tiene ya hasta la corona.
Gloria no quiso oir más y se retiró.