XXI

Sepulcro blanqueado.

Y era en verdad contraste singular que mientras su alma, como dice

el salmista, _escapaba al monte cual ave_, estuviese su cuerpo en

lugar tan rastrero como una cocina, y arremangándose los lindos

brazos y poniéndose un delantal blanco, empezara á batir con ligera

mano muchedumbre de claras y yemas de huevo, que en honda cacerola

espumarajeaban formando bolas de fragilísimo cristal. La cuchara,

que por la rauda agitación apenas se veía, levantaba amarilla nube;

hervían las albuminosas claras, simulando graciosas excrecencias de

ámbar y mil y mil engarzos de topacios, en cuyas facetas temblaba

la luz. Después pasó aquel menjurge de una cacerola á otra, quitó á

un limón toda la cáscara, picóla en menudos trocitos, revolvió con

harina los huevos, sacó de un cajón unas viejecillas arrugadas y

dulcísimas que en su juventud se llamaron uvas, acaparó bizcochos,

apoderóse por último de un molde de hoja de lata, todo con gran

presteza y pulcritud, hasta que Francisca, no pudiendo tolerar tal

invasión en sus dominios, le dijo de muy mal talante:

—¿Qué haces ahí, tonta? ¿Qué comistrajo es ese?

—Tú sí que eres tonta—repuso Gloria riendo.—¡Qué entiendes tú de

cocina fina, ni de pudines!

—¿Y eso para quién es?—prosiguió la respetable criada con

ironía.—¿Para el perro? Niña, por Dios, que te vas á echar á perder

las manos. Vete arriba, que aquí no hacen falta espantajos.

La antigua cocinera trataba á Gloria con la familiaridad de los

criados que han visto nacer á todos los niños de una casa. Gloria,

después de agitarse mucho, dió por terminada su tarea y abandonó la

cocina, subiendo á su cuarto, donde se ocupó en arreglarse y ponerse

guapa, porque la hora del almuerzo se acercaba.

Atentos á ella, entraron en la casa D. Rafael del Horro y el cura,

que aquel día andaban muy entretenidos con el negocio de su viaje

electoral. Subieron á saludar á D. Juan en su despacho; pero como

hallaran á éste muy atareado con las cartas que escribía para

varios personajes influyentes de la provincia y que nuestros dos

expedicionarios habían de llevar; como además vieran al doctor Sedeño

abstraído en la lectura de los periódicos políticos, tornaron al

jardín.

Gloria, después de pasar revista al comedor y ver qué tal ponía

la mesa Robustiana, salió al jardín. Había en éste, por la parte

próxima al camino, un bosquecillo formado de altas magnolias, algunos

espesos pinos y dos ó tres plátanos, los cuales sobrepujaban á toda

la familia vegetal del repuesto jardín, extendiendo sus grandes

ramas en tan grande espacio, que por un lado salían sobre la verja

hasta fraternizar con los olmos del camino, y por otro acariciaban

las ventanas de la casa. En el centro del bosquecillo había una

glorieta, á la que rodeaban espesos matorrales hechos de evónymus,

retamas olorosas, tamarindos, verónicas, adelfas y otros arbustos,

combinados con primoroso arte. Por detrás corría un estrecho camino

semicircular, obscuro, húmedo, en el cual solían verse menudos hilos

de telaraña tendidos entre las ramas y en los troncos de los árboles

grandes. Gloria entró por este camino. Al poco rato oyó voces y se

detuvo. Su primera intención fué no hacer caso y seguir adelante.

Pero oyó pronunciar su nombre, reconociendo la voz de Rafael. Este y

el cura hablaban en la glorieta. No pudiendo refrenar la curiosidad,

escuchó:

—Gloria es perfecta, como usted dice—hablaba el cura,—y además de

perfecta es hija única de un hombre rico. Mi opinión es, amigo D.

Rafael, que todo no debe ser sentimental y _te amo_ y _te adoro_,

sino que debe mirarse mucho al bienestar de ambos cónyuges. La

pintura que usted me ha hecho de lo cara que se ha puesto la vida en

esa endiablada Corte, me horripila. Dígame usted, ¿qué tal pinta la

abogacía?

—Mal—repuso el joven con hastío,—después que Lantigua entregó su

bufete á los pasantes, éstos han acaparado todos los negocios

eclesiásticos... Sin embargo, algo se hace.

—¿Y el periodismo?

—Eso no se nombre como profesión lucrativa. Es un excelente medio

para hacerse lugar en la política, única carrera de provecho para la

juventud.

—Y usted la ha hecho buena—dijo hiperbólicamente el cura.—A los

treinta y cuatro años... Este nene va á tragarse el mundo.

—Pero usted no sabe, amigo mío, qué compromisos, qué cargas tan

atroces trae este maldito oficio en su primera época. La posición que

se adquiere impone...

—¡Ajajá! Ya lo sé. Gastos atroces, ¿no es verdad? ¿Pues qué? ¿Quería

usted pescar truchas á bragas enjutas?

—No... ya sé cómo se pescan.

—Por eso dicen que en Inglaterra sólo se dedican á la política los

ricos—dijo el cura.—Este sistema me parece excelente.

—En España, por el contrario, es la carrera de los pobres. Y es un

mal, lo conozco, pero ¡qué se va á hacer! Los pleitos no dan, amigo

mío, sino á los que han empollado el bufete con el calor que les

dejó en el cuerpo la silla ministerial. Los negocios exigen capital;

el comercio menudo es indigno de quien ha estudiado una carrera

científica; no quedan, pues, más que las armas y la política, y á mí

no me gustan las armas.

—Las armas de la palabra, de la pluma, amigo mío—dijo el cura con

entusiasmo.—¿Sabe usted que si alguna cosa envidio en este mundo es

la gloria de usted?

—Pues tiene poco de envidiable—replicó Rafael con cierto tonillo

de despreocupación que contrastaba con su habitual prosopopeya.—Yo

me río á veces de mí mismo, y cuando estoy á solas en mi despacho,

me digo: «parece mentira que seas tú mismo ese que pronuncia

tales discursos terroríficos y escribe los artículos furiosos que

entusiasman al partido.» Yo, que no soy capáz de matar una pulga

ni gusto de que se moleste á nadie, predico la ruína de la sociedad

actual; yo, que tengo como cada hijo de vecino mis dudillas acerca

de muchas cosas que nos enseña el catecismo, aunque no de las

principales, parece, según la vehemencia con que lo digo, que me

quiero tragar á los que creen poco.

—¡Ah! ¡ah!—exclamó el cura riendo,—ese es mal común á toda la gente

de hoy, blancos y negros. Nadie tiene fe. Hace poco hablaba yo con un

señor que pasa la vida escribiendo contra los incrédulos y llevando y

trayendo recados al Papa. En confianza me decía: «Sr. D. Silvestre,

no hay quien me haga creer en el Infierno.» Yo me reía mucho con sus

rarezas, y jamás disputábamos, porque aborrezco las disputas. Ibamos

á cazar juntos. Yo le enseñaba el cartapacio de mis sermones para que

les echara un vistazo... Ya se ve... Es persona de muy buen gusto y

estilo, una especie de fray Luis de Granada sin hábitos y sin fe, y

por lo demás sujeto apreciabilísimo, persona excelente. Usted también

es de los que hablan mucho y creen poco.

—Entendámonos, señor cura. Yo creo que sin religión no hay sociedad

posible. ¿A dónde llegaría el frenesí de las masas estúpidas é

ignorantes, si el lazo de la religión no enfrenara sus malas pasiones?

A lo cual el cura, riendo, contestó:

—Pero en esto de creer hay algo más que un freno para contener á los

ignorantes. Los ilustrados y los sabios deben acrisolar su fe con el

estudio.

—Así debiera ser—dijo Rafael.—Conviene que todos contribuyamos

á conservar sólida y firme esta base del edificio social. Si la

religión desapareciera, los demagogos y petroleros nos declararían

una guerra á muerte. Es cosa que espanta.

—Tremendo, sí.

—Por eso yo soy de opinión de que sigan las misas, los sermones, las

novenas, las procesiones, las colectas y todos los demás usos y ritos

que se han creado para coadyuvar á la gran obra del Estado, y rodear

de garantías y seguridades á las clases pudientes é ilustradas.

—Según usted—observó el cura dando rienda suelta á su jovialidad,—las

prácticas religiosas no son otra cosa que una especie de instrumento

correccional contra los pillos. Pero Sr. D. Rafael de mi alma,

desarrollando su sistema de usted debiéramos decir: «suprímase la

religión y auméntense los presidios.»

—¡Oh! no bromee usted y tenga presente que aquí hablamos en confianza

y que esto no sale de los dos. ¡Bueno andaría el mundo sin religión!

¡Benditas sean mil veces las creencias que nos legaron nuestros

padres y la fe en que fuímos criados! ¡Qué dulce es la religión!...

¡Las mujeres tienen en ella tales consuelos...! Se muere una persona

de la familia, madre, hermano, niño, y ellas creen que la verán

después y que el difunto se está paseando por encima de las nubes,

y si es niño, correteando y enredando de estrella en estrella. La

religión debe existir siempre, siempre, y existirá. Además hay

en ella muchas cosas que consuelan y algunas que son verdades

irrecusables.

—Todas; que no algunas, como usted dice, lo son—dijo el cura

afectando cierta gravedad.—Si yo tuviera á mano mis libros ó

recordara fácilmente lo mucho y bueno que en ellos he leído, le

probaría á usted que todo, todo lo que la religión sostiene es

verdad, y todo sirve de gran consuelo al ignorante y al sabio,

al pobre y al rico. Pero tengo una memoria perversa, y con mis

ocupaciones de cada día no me acuerdo de nada.

—¡Oh! yo he leído bastante, y por mi parte no puedo acusarme de haber

hecho daño alguno á la Iglesia ni á las personas eclesiásticas.

Por el contrario, en mis discursos, en las conversaciones privadas

con mis amigos políticos, siempre he dicho: «Señores, la religión

antes que todo. No quitemos al pueblo ese freno moral... Conviene,

pues, que la Iglesia esté de nuestra parte. Es el gran auxiliar del

Estado, y hay que tenerla contenta. ¿Pide seis? pues darle ocho...»

Aborrezco á esos que se llaman filósofos y libre pensadores y que se

ponen á gritar en las asambleas y en los clubs, haciendo ver que la

Iglesia es esto y lo otro. Yo les digo: Señores, en el fondo casi

estamos conformes. ¿Cómo puede negarse que muchas de las cosas que

nos quieren hacer creer, no andan muy acordes con el sentido común?

Pero ¿hay necesidad de subirse encima de una silla y decirlo á todo

el mundo? El pueblo ignorante no lo entiende, y al oir á ustedes,

cree que le están permitidos el robo y el asesinato. Hay que mirarse

bien antes de propagar ciertas doctrinas... Por esto soy enemigo de

esos charlatanes, y en mi humilde esfera defiendo con la palabra y

con la pluma las creencias religiosas, la doctrina toda de la Iglesia

católica, el culto y el clero, venerandas instituciones sobre las

cuales descansa el orden social; defiendo la fe de nuestros padres,

las prácticas sencillas, las oraciones que nos enseñó nuestra madre

en la cuna, todo eso, en fin, tan fácil de aprender y tan bonito...

porque la religión es bonita. Yo he estado en Roma, he visto

muchas ceremonias en San Pedro. ¡Ah, Sr. D. Silvestre! Es cosa que

entusiasma... ¿Pues y las procesiones de Sevilla?... Todo esto debe

conservarse.

—Todo esto debe conservarse; pero lo que importa principalmente es la

fe, y si ésta no se conserva...

—Sí, también, también. Todos debemos trabajar para que crean los

demás, para difundir los dones del Espíritu Santo, para que se

mantenga incólume la fe de nuestros padres... ¡Oh, la fe de nuestros

padres!

—Usted, Rafael, pertenece á la escuela de los que defienden la

religión por egoísmo, es decir, porque les cuida sus intereses. Ven

en ella una especie de guardería rural, y dicen: «La religión es muy

buena: debe creerse: verdad es que yo no creo; pero crean los demás

para que tengan miedo á Dios y no me hagan daño.» En tanto no se

cuidan de los altos fines religiosos ni de la vida eterna.

—¡La vida eterna!—dijo D. Rafael del Horro.—Aquí está la gran

cuestión. ¡Admirable idea para que la sociedad no se desborde!

—¿No cree usted en ella?

—Sí; forzosamente ha de haber alguna otra cosa después del morir...

porque no debe acabarse uno sin más ni más... Pero digo yo: si

después que expiremos resulta que no hay nada de lo dicho, y caemos

en profundísimo sueño, ¡que chasco, amigo Romero! Y la verdad es que

por mucho que uno piense, no puede limpiarse de dudas. Francamente,

eso de que lo que no es ni sombra, ni aliento, ni rayo, en suma, lo

que no es nada, siga viviendo después del hoyo, y nos manden al Cielo

ó al Infierno... ¡Ah! lo que es esto... No hay quien me haga creer en

el Infierno. ¿Es posible que usted me sostenga que hay un pozo lleno

de fuego donde caen los que han hecho picardías? Vamos, yo creo que

la misma Iglesia ha de tener que transigir al fin diciendo que eso

del Infierno es... cualquier cosa, nada entre dos platos... ¿Pues y

la vida eterna y el paraíso? En fin, se aturde uno al pensar en ello,

y más vale dejarlo á un lado.

—Vive Dios—exclamó con vehemencia don Silvestre Romero dándose fuerte

porrazo en la rodilla con la palma de su mano de oso,—que si yo

recordara lo que he leído en mis libros, le contestaría á usted punto

por punto á todas esas cuestiones, dejándole tan convencido de que

hay alma, de que hay Infierno, de que hay Cielo, como de que ahora es

día; pero tengo una memoria infame; leo hoy una cosa y mañana se me

olvida. Luégo mis ocupaciones... figúrese usted que este ir y venir

al Soto y á la playa há tiempo que no me permite abrir un libro.

¡Vaya con el don Rafael, qué ideas tiene! Cáspita, no se ha de decir

esto á los electores, porque entonces... Al contrario, todo ha de ser

religión y más religión. A este son les hemos tocado siempre, y á

este son bailan que es una maravilla.

—Bailarán también ahora—dijo del Horro sonriendo;—por cierto, Sr. D.

Silvestre, que si no nos vamos hoy, me parece que llegaremos tarde.

—Tenemos tiempo de sobra. Esta noche llegamos á Villamojada, vemos á

los amigos; pasado mañana á Medio-Valle, vemos á los amigos... Todo

se reduce á pasar de pueblo en pueblo y á ver amigos. Fíese usted

de mí, hombre. En todo lo que sea de los Madriles y de la política

gorda, puede discurrir y quebrarse la cabeza; pero en esta tierra y

en elecciones, déjeme usted á mí y cállese y estése quieto. Cada uno

en su elemento.

—No me falta confianza, señor cura Caraculiambro—dijo Rafael dando

una gran palmada en el hombro del gigante clérigo.—¡Oh! si todos los

negocios que he traído á este Ficóbriga de mil demonios fueran tan

bien como el de mi elección...

—¡Ah! ¿Lo dice usted por la señorita de Lantigua? ¡Qué bocado de

ángeles!... Usted tiene la culpa de que este pez no haya picado...

—¡Si Gloria no me quiere, ni parece inclinarse á quererme nunca...!

—Ya; después de casada ya la enderezaría yo—afirmó el cura.—Ello es

que usted ha puesto su asunto en manos de D. Juan, y éste con las

finuras y tiquis-miquis que usa lo habrá echado á perder. Si yo

fuera D. Juan, saldría del paso diciendo: «Niña; á casarse, y chitón.»

—A mí nadie me quita de la cabeza que Gloria tiene algún novio en

Ficóbriga—dijo Rafael pensativo.

—Lo que es eso... Yo sostengo que esta niña, á pesar de su viveza y

de sus ojos que echan lumbre, es un hielo.

—Qué sé yo, qué sé yo...—indicó el joven campeón de Cristo mirando

fijamente al suelo y pronunciando con mucha lentitud palabra tras

palabra;—le digo á usted que esa niña me tiene ya hasta la corona.

Gloria no quiso oir más y se retiró.

Gloria (primera parte) · 第 27 / 54 题