El santo proyecto de Su Ilustrísima.
El sol apareció seis veces por encima del gallardo pico de Monteluz,
junto al mar; seis veces se hundió tras de la Cotera de Fronilde,
vistiendo de púrpura las montañas, y en la casa de Lantigua no
ocurría nada digno de ser contado. Unicamente ocuparon los ociosos
ratos fervientes elogios de la acción heróica de D. Silvestre,
comentándola quier por el lado humano, quier por el divino, y
poniéndola todos en las mismas nubes como en realidad merecía;
resultado portentoso, al decir de D. Angel, de la fe cristiana y de
la hercúlea constitución física que debía el gran Romero á la bondad
de Dios.
La noticia corrió por toda la provincia, que tiene el honor sumo de
sustentar en su risueño suelo á la excelsa Ficóbriga, y llegó hasta
Madrid, llevando camino de pasar después á Londres, como en efecto
pasó.
Orgullosísimo estaba D. Silvestre, y aquellos días tenía una cara
como el sol resplandeciente, y sin cesar repetían sus labios
el trance sublime, pintando en términos tan vivos la furia del
borrascoso mar, que los oyentes creían verlo. Daniel Morton gustaba
más que ninguno de oir contar al Sr. Romero la historia toda del
naufragio y salvamento milagroso, y no sabía de qué manera mostrarle
su agradecimiento, pues no bastaban las manifestaciones de una
amistad profunda que debía durar tanto como la vida.
El extranjero sacado de en medio de las aguas no había podido aún
dejar el cuarto que le fué destinado, pero recibía frecuentes visitas
de todos los habitantes de la casa, que le trataban con muchísimo
agasajo y cariño. El por su parte merecía bien tantas atenciones,
porque era de lo que no hay en punto á caballerosidad y cortesía.
Bien pronto conoció D. Juan que había dado albergue á una persona
bien nacida, de trato muy afable, de carácter noble y recto,
delicadísima y adornada con instrucción tan vasta, que en casa de
Lantigua todos estaban atónitos.
—¡Cómo se conoce que es un cumplido caballero!—manifestó D. Juan á
su hermano cuando los dos, juntamente con el doctor Sedeño, tomaban
chocolate, después de volver de la Abadía, donde el prelado decía
misa diariamente.
—Es verdad. Me agrada en extremo—dijo el obispo.—¡Lástima que sea
protestante!
—¿Y lo será?
—Debe de serlo—afirmó Sedeño.—Siempre que hablamos de asuntos
religiosos parece deseoso de esquivar la conversación.
—¿Pero ha dicho algo ofensivo á nuestra Santa Iglesia?
—Ni una palabra. Se muestra muy deferente con el catolicismo, y no le
he oído jamás vocablo ni reticencia que puedan tomarse á vituperio...
—¡Qué ocasión, hermano mío—indicó don Angel con devoto celo,—para
hacer una gran conquista, para traer una oveja al rebaño de
Jesucristo!
—Es difícil—murmuró Lantigua.—Será hombre de convicciones.
—Pero de convicciones perniciosas. Mira tú, hermano; pues yo lo he de
intentar...
—Cuidado, que estos herejes, cuando les tocan á su herejía, son como
el puerco espín.
—Nada se pierde con intentarlo, hombre. El estará todavía algún
tiempo en tu casa, porque no es justo que le dejemos marchar antes de
que se reponga por completo.
—Seguramente.
—Bien, ¿pues qué se pierde? Yo le diré algo que le llegue al alma.
Sembraré, hijo. Si la simiente cae en pedregales, no es culpa mía.
Habré cumplido con mi deber.
—Caerá en pedregales—afirmó D. Juan con la sequedad del hombre
acostumbrado á ver las malicias del mundo, y cansado de arrojar
simiente sobre él sin que naciera jamás.
—Pero figúrate que Dios le toca el corazón, figúrate que un rayo de
luz... Nada, no me quedaré sin intentarlo.
—Perderás el tiempo, querido hermano.
—O no... Ese caballero me ha demostrado no ser un alma vulgar. Al
contrario, posee un entendimiento privilegiado.
—¡Oh, eso sí! ¡qué lástima!...
—Y un gran corazón.
—También.
—Tenemos lo principal, el terreno.
—¿Y las preocupaciones, y la costumbre, y las ideas adquiridas ya, es
decir, la mala hierba que ha echado raíces y todo lo invade?
—Hombre, por Dios. ¡La hierba!... me río yo de la hierba. Nuestro
Señor Jesucristo nos enseñó el modo de arrancarla y echarla al fuego.
Yo no desconfío hasta no probarlo... ¿Me permites que le proponga
quedarse unos cuantos días más?
—Como quieras. Veremos qué tal lo toma... Pero no vayamos á perder su
buena amistad, y hasta el agradecimiento que nos tiene...
—Pues mira tú, por eso del agradecimiento le voy á meter el diente;
esa es la hendidura de su coraza, y por ahí, por ahí...
Don Juan se echó á reir. Después llamó á su hija. Gloria se había
desayunado á la hora en que los pájaros saludan el día, porque en
aquél tenía muchas ocupaciones la señorita de Lantigua y era preciso
empezar pronto.
Cuando por el comedor pasó apresurada como persona que trae muchos
negocios entre manos, su padre le dijo:
—¿Te has olvidado del café para ese caballero?
—No señor. Se lo han subido ahora mismo.
—¡Qué mal gusto tienen estos extranjeros en no gustar del
chocolate!—dijo el reverendo D. Angel, arramblando lo que en el fondo
del cangilón quedaba.—Gloria, sobrina mía, acompáñame á dar una
vuelta por el jardín.
Sedeño tomó un periódico que había llegado la noche anterior, y
dirigió á él los vidrios de sus anteojos, poniendo cara de gran
importancia.
—Vea usted á dónde conduce la irreligiosidad, Sr. D. Juan—dijo, dando
un golpe con la siniestra mano en la hoja impresa.—Oiga usted este
caso.
Y leyó. D. Juan, apartando el jicarón, ahuecó la palma de la mano
y la puso en el oído al modo de trompeta. Era un poco teniente, es
decir, sordo de la oreja derecha, sobre todo cuando había variaciones
atmosféricas. En tanto, D. Angel salió murmurando una cancioncilla y
acompañado de su sobrina.
—Picarona—le dijo,—gracias á Dios que te echo la zarpa. Tu padre
quiere hablarte.
Gloria sintió cierta pena, porque recordó que cuando días antes le
dijo su tío «tu padre quiere hablarte,» fué para el enojoso asunto de
Rafael.
Al pasar al jardín cogió en la puerta una flor de madreselva y se la
puso en la boca para mascullarle el palo.
—Juan se queja—indicó el obispo,—de que no le has contestado aún á
una pregunta que te hizo.
—¡Ah! ya sé...—dijo Gloria, sintiendo que las palabras de su tío se
le clavaban en el corazón como espinas.
—Pero yo no me mezclo en tales asuntos—añadió Su Ilustrísima.—Allá
te entiendas con tu padre. No es sino que como hoy se marcha ese
joven... Pero hazme el favor de no andar tan á prisa, que mis
piernas, hijita, no están para fiestas. Desde el día de la gran
mojada...
—Cuando salvaron al Sr. Morton...
—Por bien empleado doy el chapuzón, eso sí. Gran conquista hicimos.
Díme una cosa respecto á ese caballero...
Gloria, arrojando la madreselva, oyó con toda su alma.
—¿Has observado—preguntó Su Ilustrísima deteniendo el paso,—si ese
caballero...?
—¿El Sr. Morton?
—Justamente: si ha pronunciado alguna palabra referente á nuestra
santa religión.
—Le he oído hablar de Dios, de... Aguarde usted.
—No es eso, tonta, de Dios hablan todos. ¡Cuán pocos le conocen!
¿Le has oído pronunciar alguna frase depresiva para nuestra santa
religión?
—No, tío...
—Porque, verás; mi hermano y yo, lo mismo que Sedeño, hemos
comprendido que ese hombre es protestante.
—¡Protestante!
Gloria se quedó atónita.
—Es decir, que se condenará—dijo Gloria vivísimamente.—Es lástima que
teniendo tan buen corazón...
—Sí que es una lástima... Te confieso que estoy verdaderamente
afligido, afligidísimo.
—Si da ganas de correr hacia él y gritarle: «¡Caballero, por Dios,
sálvese usted, á dónde va usted...! Véngase usted con nosotros.»
—Justo, como cuando miramos á un ciego que, por no ver el camino, se
va á caer en un pozo. Has interpretado á maravilla mi pensamiento.
Yo estoy desasosegado desde que ese joven está en nuestra casa, y el
día en que le vea marchar tendré un disgusto... quiero decir, si se
marcha como ha entrado, ciego.
—Protestante.
—Cabal. Y me parece que soy indigno apóstol de Cristo si no consigo...
—¿Convertirle?—preguntó la señorita con incredulidad.
—¿Te parece difícil? Otras cosas más difíciles se han visto
realizadas. Es imposible que Dios haya creado un ejemplar tan hermoso
de la persona humana para dejarle perder. ¡Quién sabe si su sabiduría
infinita encaminó á este hombre á nuestras playas abriéndole con el
naufragio el camino de su salvación!
—¡Oh, quién sabe!—exclamó Gloria, elevando sus ojos al cielo como
para preguntarle si era verdad la suposición de su tío.—¡Dios dispone
tan admirablemente las cosas!
—El es la verdad, la vida, el camino. Nada, estoy decidido á
dirigirme á ese caballero, á encararme atrevidamente con él, como
ministro que soy de Jesucristo, y decirle: «Morton, tú debes ser
católico.»
—Muy bien, tío—exclamó Gloria, aplaudiendo con entusiasmo.
Sus ojos se humedecieron ligeramente.
—Estoy decidido—continuó Su Ilustrísima, sintiendo en sí la
inspiración evangélica, que le hacía tan admirable en el púlpito,—á
decirle como Jesús á Lázaro: «¡Morton, despierta; Morton, levántate!
Tú no has nacido para vivir en la región de las tinieblas. Arroja
esa sacrílega venda y mira esta luz que tengo en la mano, esta luz
divina que el Señor se ha dignado confiarme para que te guíe, para
que te ilumine. Ven y reposa sobre mi corazón, hijo mío; ven á
aumentar el reinado de Jesucristo con tu preciosa inteligencia, con
tu sensibilidad exquisita, con tu noble aunque extraviado espíritu.»
¡Oh! y si viene, ese día será el más glorioso de mi vida, porque
habré arrancado de las manos de Satanás una víctima; habré rescatado
un miserable cautivo de las regiones infernales; habré conquistado
una oveja al rebaño de Cristo y aumentado los celestes dominios de la
Iglesia; y cuando Dios me llame á juicio, podré decirle: «¡Señor, he
ganado una batalla al enemigo!»
—¡Oh, tío, tío de mi alma!—exclamó Gloria, besando con frenesí las
manos del prelado, trémulas aún por la oración oratoria.—¡Usted es un
santo!
—Santo, no; pero al considerar este caso de que ahora hablamos, no
se aparta de mi mente el recuerdo de aquel gentil llamado Saulo,
que después fué gloriosísimo apóstol. Yo sería felíz desempeñando
el papel de Ananías, que por mandato de Dios corrió en busca del
perseguidor de la Iglesia, y le dijo: «Saulo hermano, el Señor Jesús,
que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado
para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.» Y al
instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista, y
levantándose, fué bautizado.
—San Pablo.
—Una de las más gloriosas conquistas de la fe cristiana, sí. Aquel
hombre era tan despejado, que Nuestro Señor quiso traerle á su
servicio y le trajo. Hace dos ó tres días que no pienso más que en
esto, y cuanto más trato á ese joven, y oigo sus palabras, y mido la
altura de su discernimiento, más vivos son mis deseos de decirle:
_Saulo hermano, Jesucristo me ha enviado á devolverte la vista_. En
las empresas heróicas, más energía y bravura desplega el alma, cuanto
más señalado es el mérito de la plaza que se quiere conquistar y más
grandes la fama y destreza del enemigo.
—Y como Daniel parece...
—No parece, sino que es una de las más acabadas hechuras de Dios.
Cuando veo aquel admirable y soberbio vuelo de su entendimiento,
digo: «¡qué lástima, Señor, qué lástima!» ¿Recuerdas qué bellísima
explicación hizo de las fuerzas de la Naturaleza, relacionándolas con
la previsión divina?
—Sí, sí, lo recuerdo.
—¿Y aquella sencilla y patética figura que trazó de las costumbres de
su anciana abuela?
—¡Oh! Sí, sí, lo recuerdo.
—¿Y las consideraciones que hizo sobre la muerte de sus dos hermanas
doncellas, contagiadas de la peste por asistir á los enfermos?
—Sí, tío, sí... lo recuerdo bien.
—¡Y qué bien manifestó sus aficiones sencillas, patriarcales, exentas
de vicios, su admiración á las obras de Dios!
—También, también lo tengo presente.
—¿Y el cariño que tiene á nuestro pobre país tan desgraciado?...
—Sí, sí, tío, todo lo recuerdo.
—Y yo al oirle y al verle, digo: «¡qué lástima, Señor, qué lástima!»
—¡Qué lástima!—repitió Gloria cruzando las manos y elevándolas hasta
apoyar en ellas la barba.
—Hoy mismo, hoy mismo pienso dar principio á mi gran empresa—afirmó
el obispo con noble decisión.—Al fin haremos algo grande en nuestra
pobre vida.
—¿Hoy mismo?... pero si se marcha pronto—dijo Gloria afectando
naturalidad.
—No, porque tu padre y yo hemos convenido en rogarle que se quede en
Ficóbriga y en nuestra casa quince días más ó un mes.
—Entonces, entonces, tío—dijo la sobrinita disimulando mal su
alegría,—triunfará usted, triunfará la Iglesia de Jesucristo... ¡Oh!
¡qué excelente idea han tenido papá y usted!
—Ahora subiré á decírselo. Aceptará, porque no se halla bien de salud
y el sosiego de este país le repondrá. Hoy le hablo de religión y...
no me faltarán argumentos. Donde hay un buen corazón, estamos á la
mitad del camino... ¿Sabes si se ha levantado?
—Roque nos lo dirá.
El criado pasaba por el jardín.
—¿Se ha levantado el Sr. Morton?
—Sí señor. Voy con un encargo suyo—dijo mostrando un paquete.
—¿Qué es eso?
—Toda la ropa que el Sr. D. Daniel tenía en los baules mojados. La
llevo al señor cura para que la reparta á los pobres.
—Apuesto—manifestó Gloria con pena,—á que D. Silvestre no da ninguna
pieza á Caifás.
—Voy al instante arriba—dijo el obispo.
Gloria le acompañó hasta la escalera. Después corrió á la cocina.
Su alma revoloteaba en el seno del éter más puro, en plena luz
celestial, como los ángeles que agitan sus alas junto al Trono del
Señor de todas las cosas.