El náufrago.
Le asistieron con grande solicitud; le acostaron; vino D. Nicomedes,
médico titular de Ficóbriga...
—Golpes en la cabeza, que no parecen tener gravedad—dijo,—y además un
poco de asfixia.
Ordenó algunos remedios caseros y que le dejasen reposar después.
Hízose todo con presteza, y el enfermo, después de pronunciar algunas
palabras á media voz, reposó al parecer tranquilo. Salieron de la
pieza un instante y cuando volvieron á entrar, el caballero (pues
indudablemente lo era) sacado de las aguas abrió los ojos, mirando á
todos lados con curiosidad.
—Tranquilícese usted—dijo D. Juan.—Está usted entre amigos, bien
asistido, y no carecerá de nada. El lance ha sido terrible; pero
gracias á Dios, usted y sus dignos compañeros están en salvo.
El náufrago dijo algunas palabras en inglés. Miraba á un lado y otro,
abriendo con gozo á la luz sus ojos azules, y examinando uno por uno
los semblantes de Gloria, D. Juan y D. Angel. Los que resucitan no
miran de otro modo.
—Estoy en...—murmuró en español.
—En España, en Ficóbriga, humildísimo puerto de mar, que si tuvo la
desgracia de presenciar la pérdida del _Plantagenet_, también ha
tenido la dicha de arrancar ocho hombres á la muerte.
Con acento patético y solemne dijo el náufrago:
—¡Señor, Señor nuestro! ¡cuán maravilloso es tu nombre en toda la
tierra!
Y el obispo repitió el salmo en latín:
—_¡Domine, Domine noster, quam admirabile est nomen tuum in universa
terra!_
Hubo un instante de grave silencio, en que todos los presentes
sintieron su corazón palpitar con fuerza.
—¿Y qué tal se encuentra usted?
—Bien, bien—respondió el extranjero con seguro tono, poniendo la mano
sobre su corazón.—Gracias.
—Aunque habla usted nuestra lengua, se me figura que es usted inglés.
—No señor; yo soy de Altona.
—¿Altona?—dijo Su Ilustrísima, poco fuerte en geografía
moderna.—¿Dónde es eso?
Y al instante se acercó á un viejo mapa que de la pared colgaba.
—Es sobre el Elba, cerca de Hamburgo—manifestó D. Juan.
—Soy hamburgués de nacimiento—dijo con entera voz el enfermo,—pero mi
familia es de Inglaterra. He vivido seis meses en Sevilla y Córdoba
hace tres años, y ahora...
—¿Iba usted para Inglaterra?
—No le conviene mucha conversación por ahora—dijo solícitamente Su
Ilustrísima.—Dejémosle descansar.
—Gracias, señores. Puedo hablar. Sí, yo iba á Inglaterra. Dios no ha
querido...
Su semblante expresó viva pesadumbre.
—Tranquilidad, amigo—añadió D. Juan.—No hay que apurarse. Irá usted á
su casa. ¿Tiene usted familia?
—Padres, hermanos...
—Cuide usted de reponerse. En mi casa no le faltará nada. Mi nombre
es Juan de Lantigua; este es mi hermano Angel, obispo de ***, y esta
señorita es mi hija Gloria. Le cuidaremos á usted lindamente. Dios
nos manda consolar al triste, amparar al desvalido. Todos los días no
se presenta ocasión de practicar las obras de misericordia.
El náufrago miró sucesivamente á D. Angel y á Gloria, conforme el Sr.
de Lantigua se los presentaba, y después, tomando la mano de éste, la
oprimió contra su pecho.
—_El que sigue la misericordia_—dijo,—_hallará vida, justicia y
gloria_.
Don Angel repitió también en latín esta sentencia de Salomón.
—Ahora—dijo el Sr. de Lantigua,—descanse usted, señor... ¿Cómo es el
nombre de usted?
—Daniel.
—¿Y su apellido?
—Morton.
Al decir su nombre, el extranjero añadió las más ardientes y
cariñosas expresiones de gratitud. Les devoraba á todos gozosamente
con los ojos, como si fueran apariciones celestiales que sucedían al
horror y á las tinieblas de la muerte.
—Esto que hemos hecho—dijo D. Juan,—no merece ni alabanza ni
agradecimiento. Es lo más sencillo y fácil que nos ha mandado
Jesucristo... Pero usted tomará algo. Gloria, haz preparar una buena
colación para este caballero. Ya comprenderás que no debe tomar cosas
pesadas.