El cura de Ficóbriga.
Ha llegado la ocasión. A su hazaña debe preceder su retrato. Era D.
Silvestre joven, sanguíneo, fuerte, grandullón de cuerpo, animoso
hasta la temeridad, ambicioso de aplausos y ganoso de estar siempre
en primera línea; grande amigo de sus amigos, y al propio tiempo muy
alegre, muy rumboso, vivísimo de genio, generoso y de trato galán
y campechano con grandes y pequeños. En la Iglesia, las hembras le
querían mucho, porque predicaba con alta entonación y dramático y
pintoresco estilo; los varones también, porque despachaba la misa en
un momento. Así es que cuando decía misa el padre Poquito, que era de
mucha pesadéz, todos aquellos fieles, abrumados de ocupaciones, se
quedaban charlando en la plaza.
—Para una misa corta no hay otro como D. Silvestre—decían.—Bien
comprende que no somos holgazanes, que van á desperezarse y á dormir
en la Iglesia. Hace todas las ceremonias y dice los latines con una
presteza que enamora.
Don Silvestre era hombre rico. Además de que poseía regular hacienda
heredada, se había dado mañas para adquirir algunas mieses, prados,
y por último, una hermosa finca de bienes nacionales. Vivía con
comodidad, y no era tacaño ni apuraba á los pobres caseros para que
le pagasen, sin descuidar por esto la administración de sus bienes.
Socorría á los menesterosos, se preciaba de hacer muchas limosnas, y
por esto, así como por su carácter franco y bondadoso, estaba muy en
paz con sus feligreses.
—Don Silvestre no es un santo—decían allí;—pero sí un caballero.
El párroco tenía además una salud de hierro, fortalecida con el
frecuente ejercicio de la caza y la pesca, diversiones que ocupaban
gran parte de su existencia. Su casa era, pues, un arsenal venatorio
y piscatorio, cual no se veía en aquellos contornos. Escopetas,
carabinas, cuchillos, trampas, mil artificios ingeniosos, ora
aprendidos, ora inventados por su propio genial cacumen, y que tenían
por objeto apoderarse de la mitad del reino volátil, ocupaban una
regular pieza. En la otra no faltaba ninguna abominable máquina
de las que arrancan del seno de las aguas todo lo nadante. Cañas,
liñas, aparejos, diversos linajes de anzuelos, garabatos, pinchos y
agujas, los unos para la merluza, los otros para el calamar; moscas
artificiales para las pobres truchas de los regatos, garfios para los
salmones de los ríos, guadañetas para los calamares, y además redes,
chinchorros, tramayos, medio-mundos, palangres; todo lo guardaba
aquel Nemrod de la tierra y los mares.
Había nacido Romero en aquella región montaráz que llaman Picos de
Europa, donde parece que el hombre retrocede á las primeras edades
venatorias, y ha de vivir disputando á las bestias el suelo, que
aún no se sabe si pertenecerá á la fuerza ó la destreza. Agil,
valiente, emprendedor, atrevido, había desafiado los temibles
osos, en compañía de otros jóvenes del país. Se familiarizó con el
terreno abrupto, quebrado, con los precipicios, las cascadas, las
deformidades de un suelo que parece no ha concluído aún de tomar,
después del cataclismo, su forma definitiva, y vivía contento en su
salvaje y libre estado. Mas como la voz paterna sonara un día en sus
orejas, haciéndole ver la conveniencia de no dejar perder ciertas
capellanías, Silvestre se atiborró de latín y se hizo cura. No le fué
mal. Olvidó muchas cosas, pero no la ingénita afición á la caza.
—Es un vicio—decía,—pero un vicio de reyes.
Don Silvestre era hombre vehemente y algo testarudo. En el desempeño
de cuanto tomaba á su cargo ponía siempre mucho ardor. En cierta
ocasión le dió por revocar y componer la Iglesia, y se hizo pintor,
albañil y arquitecto. Cuando le escribieron para que trabajase en
las elecciones, realizó estupendas maravillas. Su regular hacienda,
el prestigio de que gozaba en el pueblo, su carácter jovial y
caballeroso le hacían á propósito para acaudillar hueste de electores
y mangonear eficazmente en la comarca. Ponía con tanto ahinco su
voluntad y su influencia al servicio de la causa política, que
durante los azarosos días en que los ficobrigenses ejercitaban el más
importante de sus derechos, el buen don Silvestre no paraba en el
bosque, ni en la playa, ni en la sacristía, ni en su casa, sino que,
cual poseído del Demonio ó enamorado, corría de una parte á otra sin
descanso. Viéraisle allí emplear doctamente ora la astucia, ora la
amenaza, con éste la ruda coacción, con aquél el malicioso soborno, y
de este modo someterles á todos á su arbitrio.
Con tales experiencias adquirió Romero acabada maestría en el arte de
elegir, que nunca ha sido fácil, que á muchos empequeñece, pero que
al cura de Ficóbriga, por su mucho ingenio y sutileza, le ponía en
los cuernos de la luna. Montar á caballo, andar seis ó siete leguas
con frío y nieve en busca de Fulano para comprometerlo; tomar la
delantera á los contrarios acumulando recursos sin aumentar por eso
de un modo escandaloso la tarifa de gastos electorales; realizar el
portento de la multiplicación de los panes y de los peces aplicado
á las cédulas de votar, eran otros tantos arbitrios que aumentaban
la valía de D. Silvestre. Como prueba de su enérgica voluntad
avasalladora, óigase lo que la misma Ficóbriga refería poco há.
Estaba muy reñida y á punto de perderse la elección. Entre los
votantes de última hora había un pastor de aquellos andurriales,
hombre zafio y torpe que apenas sabía hablar. Cansado del plantón
en las puertas del edificio donde funcionaban los comicios, y
maldiciendo las obligaciones políticas que le habían llevado tan
fuera de su rústico elemento, volvió la espalda y se marchó. Había
junto á la urna electoral un río, por más arriba vadeable, por allí
muy hondo. Mi hombre tomó por el vado las de Villadiego.
Aquel voto de menos podía comprometer seriamente la elección.
Advirtiólo D. Silvestre, y bramando de furor llamó al campesino, que
en salvo ya en la otra orilla y frente por frente de los comicios,
con el río de por medio, hacía con ambos brazos gestos de burla y
provocación. Exasperado D. Silvestre contra aquel salvaje, que no
sólo se escabullía en el momento de votar, sino que con los signos
de los dos movibles brazos le insultaba delante de la Nación en
el momento de ejercer ésta su soberanía, no reparó en nada, y con
presteza suma se arrojó al agua. Como era gran nadador y se había
despojado del levitón que le ceñía, bien pronto puso el pié en
la otra margen del río. Corrió hacia el fugitivo, le agarró por
el cuello, y arrastrándole con hercúlea fuerza, se metió con él
nuevamente en el agua, y asido por los cabellos le trajo á la orilla
de acá y le entró en la casucha y le puso, chorreando agua, delante
de la urna. Este acto de energía, atemorizando á los que se mostraban
indecisos, aseguró la elección.
Otras muchas anécdotas podría contar para mayor realce de la valentía
de este varón insigne; pero no quiero alargar las dimensiones de
su retrato. A fin de que sea, aunque breve, completo, diré que D.
Silvestre despuntaba en los juegos de tresillo y ajedréz. El y D.
Juan de Lantigua se batían sobre el tablero casi todas las tardes.
Como poseía dos ó tres lanchas de pesca, salía á la mar muchas tardes
y era más conocedor del terrible elemento que los mejores prácticos
de Ficóbriga. También nadaba como un pez, siendo el asombro de
todos cuando se ponía á luchar con las olas, y si se ofrecía empuñar
el timón ó el remo y dirigir la _ciaboga_ mientras la embarcación
pasaba la barra, los marineros más forzudos no le igualaran. Muchos
aseguraban que el mar le tenía miedo, y bien se podía decir con el
Libro Santo: _Draco iste quem formasti ad illudendum ei_; «este
dragón á quien hiciste para burlarle.»
Cuando le hemos conocido, la ocupación favorita y el sueño dorado de
D. Silvestre eran cuidar una huerta primorosa que había formado en
un sitio llamado el Soto de Briján, frente á Ficóbriga, á la otra
orilla de la ría, pasando el puente de Judas. Allí estaba la mayor
parte del tiempo, sin descuidar sus deberes parroquiales (dicho sea
en honor suyo). Aunque vivía de ordinario en Ficóbriga, tenía en el
Soto hermosa casa, los mejores frutales del país y un amplio corral y
establo llenos de _animalia pusilla cum magnis_, de cuanto Dios crió.
Pavos, gansos, gallinas de diversos linajes, vacas de leche, conejos,
cerdos gordísimos, á quienes D. Silvestre solía rascar con la punta
del bastón, pájaros, cabras exóticas; en suma, nada de cuanto puede
hacer placentera la vida del campo faltaba allí.
En los días de nuestra historia no atendía mucho D. Silvestre á su
granja, porque le distraían los negocios electorales de su buen amigo
Rafael del Horro. Habíase estrechado esta amistad por relaciones
periodísticas, y por la virtud de ciertas cartas que D. Silvestre
escribió desde Ficóbriga á un periódico de Madrid, firmadas con el
pseudónimo de _El pastor de la montaña_. Rafael del Horro vivía en
casa del cura y todas las horas las pasaban en grata conferencia
sobre los elementos de que podían disponer y las probabilidades de
triunfo. Habían concertado plantarse ambos en el terreno de la lucha
y no abandonarlo hasta alcanzar completa victoria sobre los impíos.
Este era el hombre extraordinario y valeroso que dijo: «Yo salvaré á
los náufragos.»
Momentos después saltaba á la trainera. Impávido se lanzó á las olas.
D. Silvestre tenía fe en su poderoso brazo, en su pericia de marino y
de pescador.
La trainera embistió las olas. Subía por la empinada pendiente,
desapareciendo después entre revueltos torbellinos de espuma. A veces
creeríase que los montes de agua se la tragaban de un sorbo, á veces
que la escupían entre salivazos de rabia. Pero avanzaba, débil y
valerosa, como la fe en Dios, por entre los embates del mundo.
Don Angel se había quitado el sombrero que era ya una esponja, y
arrodillándose en el fango, rezaba en voz alta. D. Juan, Rafael,
Sedeño, sentían las vivísimas emociones del sentimiento cristiano en
su mayor pureza.
—Llegarán, llegarán y les salvarán—dijo D. Angel con la inefable
convicción del creyente.—Dios oirá nuestros ruegos.
Y los atrevidos salvadores lograron acercarse á los costados del
buque, recogieron el grueso cable que de éste les fué arrojado, y en
menos de una hora toda la tripulación estuvo en tierra. ¡Admirable
efecto de la misericordia de Dios! Cuando la trainera volvió á
tierra, las olas se aplacaron, como si el mismo Océano, que jamás
perdona, se sintiera enternecido. Cuando los infelices tripulantes
(eran ocho) pusieron el pié en tierra, D. Angel les abrazó á
todos, mezclando sus lágrimas con el agua salada que les empapaba.
Habían acudido á la playa el alcalde, el secretario, el alguacil
y muchas personas, entre las cuales se contaba D. Juan Amarillo,
que era vicecónsul de Francia. En un instante se decidió dar á los
desgraciados náufragos el auxilio que necesitaban, conviniéndose en
repartirlos en las casas de más viso. Al Sr. de Lantigua le tocó uno
con graves contusiones y que había perdido el conocimiento.