Retrocedamos unas cuantas horas.
Después que Su Ilustrísima, bajando de paseo á la playa, dijo
aquellas palabras: «¡pobres marineros, pobres navegantes!» siguieron
andando á toda prisa para guarecerse en la casilla del resguardo.
Todos deploraban el chasco, y aunque D. Angel reía para animar á
los demás, antes se oían quejas que felicitaciones en el grupo.
El grave doctor López Sedeño tuvo la mala suerte de meter su pié
derecho en barro hasta la pantorrilla, con lo que todos recibieron
gran disgusto. Por fin llegaron á la casilla del resguardo, que fué
como tocar la tierra después de un largo viaje por entre escollos y
tormentas.
—Es cosa de cantar un _Te Deum_—dijo Romero sacudiéndose la ropa.
Don Angel, tomando asiento en un barril vacío que le presentaron,
repitió:
—¡Pobres marineros!
En el mismo instante oyóse un cañonazo. Era un buque que pedía
auxilio. Miraron todos, y entre la bruma del mar vieron un fantasma
que elevaba sus brazos al cielo con desesperación, vomitando humo.
—¡Un vapor, un vapor!—gritaron todos.
En el embarcadero, reuniéronse al punto muchos marinos y pescadores.
—¡Se estrella contra Los Camellos!
A la izquierda de la boca de la ría había una serie de rocas que se
mostraban completamente en marea baja, y en la pleamar eran indicadas
por movibles espumarajos del agua. Uno de los peñascos tenía forma
parecida á un camello, y de aquí vino el nombre dado á todo el
arrecife.
—¡Jesucristo les ampare! ¡Pobres marinos!—exclamó el obispo,
asomándose también á la puerta. ¿Conocen ustedes ese barco?
—Es inglés—indicó un marinero.
—Ya; es el _Plantagenet_—dijo un forastero de los que á la sazón se
guarecían allí.—Le he visto la semana pasada atracado en los muelles
de Manzanedo descargando carriles.
—¿Y se perderá, se perderá?—preguntaron con ansiedad D. Juan, D.
Angel y los demás de la partida.
—Debe de haber perdido el timón, y no puede gobernar—dijo un robusto
y hermoso marinero, que vestía grueso camisón de lona, pantalones
recogidos dejando ver toda la pierna desnuda, y cubría su varonil
cabeza de Neptuno con un _sueste_ de hule que por todos sus bordes
despedía el agua.
—¡Pero se ahogará esa pobre gente!—exclamó con terror el Sr. de
Lantigua.—Germán, es preciso hacer un esfuerzo.
—Señor, es ir á buscar la muerte, señor—repuso Germán llevando la
mano á la delantera del _sueste_.
El _Plantagenet_, mientras de este modo se discutía sobre su suerte,
se acercaba más á Los Camellos. Arrojaba el vapor silbando con
verdadera rabia, como lanza su grito el animal herido que presiente
la muerte. Era un buque pesado y sin elegancia, como nave de carga.
Su casco parecía un almacén negro, y su arboladura sin garbo ni
esbeltéz consistía en tres palos con escaso cordaje. Tenía dos vergas
en el palo de trinquete, y en el de mesana, que era pequeñísimo,
flotaba un girón rojo, ennegrecido por el humo, en cuyas aspas podían
reconocerse las insignias de la Gran Bretaña. La proa vertical se
alzaba desmesuradamente, mostrando hasta el último número de las
medidas de flotación y las planchas rojas de hierro mal pintado. Daba
grandes tumbos á babor y estribor, mostrando ora la horrible panza,
ora la cubierta en desorden, negra y húmeda, las escotillas, el
mamparo de la máquina, el puente y la chimenea negra, con dos anillos
blancos y una T, emblema de la casa _Taylor and Co_, de Swansea,
poseedora de treinta y dos buques de carga y pasaje.
El pobre barco inspiraba esa compasión hondamente patética que
acompaña al espectáculo de los grandes peligros. Se le veía forcejear
con las olas tratando de gobernarse con la hélice para huir de los
escollos, y su figura tomaba la especial fisonomía que adquiere
todo lo que interesa, personificándose á los ojos de los que están
en salvo. No era un buque, sino un hombre, un pobre nadador que
luchaba con la resaca; se le veía romper las olas con la dura
cabeza, y sacarla fuera para respirar por los dos agujeros llamados
_escobenes_, abiertos á manera de narices. La hélice trabajaba con
frenesí, tornillando el agua y sacando hirvientes virutas de espuma.
Tragaba el casco inmensos sorbos de agua y al tumbarse los arrojaba
en catarata por los portalones, sin cesar de dirigir al cielo su
espantosa imprecación en forma de humo densísimo y de rugiente vapor
blanco y rabioso como el chorro de la ballena herida.
—A los condenados ingleses—observó Germán,—les pasa esto por
borrachos. Sabe Dios los cuartillos de aguardiente que tendrá á estas
horas en el buche el capitán.
—No digáis desatinos, hijos míos—manifestó con angustia el señor
obispo,—y ved si podéis salvar á esos desgraciados.
Germán puso un gesto que daba miedo.
—Ese buque venía á nuestro puerto—dijo el prelado, buscando todos los
medios para interesar á los rudos marineros ficobrigenses,—con el fin
de traernos riquezas, mercancías, dinero, trabajo.
—Perdone Su Ilustrísima—gruñó uno de los presentes.—El _Plantagenet_
no puede entrar en esta ría. No es sino que pasaba para Levante,
se sintió con averías y quiso guarecerse en el abra de Ficóbriga,
aguantándose á máquina. Pero se le rompió el timón, y ya ve Su
Ilustrísima... Dentro de dos horas no quedará nada.
—Sí, ya veo que el buque no puede salvarse; pero la tripulación, la
tripulación...
En aquel momento el pobre _Plantagenet_ volvió la proa á Noroeste y
hundió toda la popa en el agua. Había caído en la trampa. Los agudos
escollos, como tenazas de hierro, trincaron la quilla de popa y la
hélice: la presa no debía ser soltada ya. Alzaba el buque moribundo
la proa, dejando en descubierto toda la roda y á ratos parte de la
quilla. Ya no se movió más; y en su convulsión postrera temblaban
las rotas jarcias; y el palo de trinquete con la doble cruz formada
por las vergas se doblaba como un báculo roto. Entonces las olas
avanzaron triunfantes sobre el cadáver de la nave que ya era un
cuerpo inmóvil, y se posesionaron de él, ébrias de feróz gozo. Una
entraba frenética y se metía hasta las bodegas; otra pasaba por
encima de la cubierta arrollando cuanto hallaba al paso; ésta subía,
salpicando por las escalas de las jarcias, hasta tocar las cofas;
aquélla se estrellaba contra la convexa armadura negra; y otra, la
más fatua de todas, daba un salto hasta la chimenea y entraba por la
boca para inundar las máquinas.
—¡Hijos míos!—exclamó el obispo en tono grandioso, alzando la mano
bendecidora de los pueblos.—No sois cristianos, no sois españoles, si
dejáis perecer á esa pobre gente.
Los marineros gruñeron. Se miraron unos á otros, buscando entre ellos
al más valiente. Pero el más valiente no parecía.
—No se puede, Ilustrísimo Señor—dijo al fin Germán, encogiéndose de
hombros.
—Parece que se aplacan las olas—manifestó D. Juan, que trataba de
convencer á dos marineros amigos suyos.
—¡Animo, muchachos!
—En nombre de Nuestro Señor Jesucristo—dijo Su Ilustrísima con
exaltación evangélica,—os suplico que salvéis á esos pobres
náufragos. ¡En nombre de Nuestro Señor!...
Profundo silencio. Alguno se rascaba la oreja. Alguno se escabulló
bonitamente, subiendo á Ficóbriga.
—Señor, que nos vamos á ahogar todos—exclamó Germán.—¿No ve usía esas
mares como montañas?
—Fuera de aquí, cobardes—gritó una voz enérgica, terrible, única voz
digna de alzarse entre la espantosa música de los mares.
Era la voz del cura.
—¿Qué, se atreverá el señor cura?...
—¿Pues no me he de atrever?—vociferó don Silvestre arrojando
manteo, canaleja, paraguas, inútil carga de fastidiosos dengues. Su
impetuosa naturaleza, su indómito valor, hecho á los combates con la
Naturaleza, mostróse en sublime cuadro.
—¡Bien, bien por el soldado de Cristo! ¡Bien por el sacerdote!...
¡Aprended, hombres sin fe!—exclamó el obispo derramando lágrimas de
piedad y admiración.
Don Silvestre se arremangó los brazos, mostrando las musculosas manos
de oso, aquellas manos que lo mismo tomaban la hostia que el remo.
Quitada también la sotana, se encajó una camisuela de lana.
—¡Venga la _trainera_[A], un cable, dos!... A ver quiénes son los
guapos que me van á acompañar.
[A] Embarcación del país.
—Yo, yo, yo...
Y todos querían ir.
—Tú, tú, tú, tú...—dijo rápidamente el cura, escogiendo su escuadrón.