Recepción, discurso, presentación.
El joven entró en la casa. Estaban allí además de los dos hermanos
Lantigua, el doctor López Sedeño, secretario de Su Ilustrísima, el
paje del mismo, D. Juan Amarillo, el cura y el alcalde de Ficóbriga,
los tres indianos y D. Bartolomé Barrabás, que á pesar de la firmeza
de sus ideas republicanas, no vacilaba en tributar respetuoso
homenaje á la principal gloria de Ficóbriga, aunque tal gloria
estuviese representada en un príncipe de la Iglesia.
El cura de Ficóbriga, D. Silvestre Romero, que era un hombre
proceroso, fornido, de fisonomía dura y sensual como la de un
emperador romano, pero muy simpático y francote, dió comienzo, no
sin turbación, á un discurso que preparado llevaba, y del cual la
historia, muy negligente en esto, apenas conserva algunos párrafos.
—Todos los habitantes de esta humilde villa—dijo,—sienten la más viva
alegría al ver á Usía Ilustrísima en el seno de esta humilde villa,
y esperan que la presencia de Usía Ilustrísima en esta humilde y
honrada villa sea anuncio felicísimo de paz, origen de concordia, y
señal de bienes sin cuento...
Y más adelante, cuando se serenó un poco, y pudo con desembarazo
echar fuera los pensamientos que traía almacenados en su mente,
agregó esto:
—¡Benditos nosotros que vivimos ausentes de los escándalos que pasan
allá donde la corrupción y la irregularidad tienen su asiento! Lo que
llega á nuestros oídos nos hace estremecer. El Sr. D. Juan profetizó
en aquel su célebre discurso los fuegos de Nínive, y los fuegos de
Nínive que ya cayeron sobre Francia, caerán también sobre la católica
España y la abrasarán y podrá decirse de ella: «Pereció su memoria
con el sonido» _periit memoria ejus cum sonitu_.
Y después:
—Antes se había entibiado la religiosidad; pero ahora se ha perdido
por completo en la mayor parte de las personas, y las que aún saben
dirigir sus almas al cielo, se ven perseguidas, amenazadas por la
caterva brutal de filósofos y revolucionarios. Los hombres que
gobiernan al país predican públicamente el ateísmo, se burlan de los
Santos Misterios, insultan á la Virgen María, denigran á Jesucristo,
llaman bobos á los Santos, y mandan demoler las Iglesias y profanar
los altares. Los ministros del Señor hállanse hoy en la condición
más precaria: se les trata peor que á los ladrones y asesinos: el
culto sin decoro ni magnificencia, á causa de la general pobreza de
la Iglesia, entristece el ánimo. Los hombres no piensan más que en
reunir dinero, en reñir los unos con los otros y en disputarse el
gobierno de las naciones, que al dejar de ser guiadas por la política
cristiana y único gobierno posible, que es el de Cristo, marchan con
paso ligero á su disolución y total ruína.
Don Silvestre no quitaba los ojos, mientras hablaba, de D. Juan de
Lantigua, como preguntándole: «¿Qué tal lo hago?» Pero el insigne
jurisconsulto fué la única persona que no se mostró entusiasmada con
el discurso del cura, sin duda por no creerlo ni nuevo ni oportuno;
que todas las ocasiones no son propias para decir verdades. El doctor
Sedeño, que era un poco enfático, dijo también algo coruscante sobre
la ruindad de los tiempos; pero á pesar de su mérito no ha llegado el
texto á nuestras manos.
—Malos son los tiempos—dijo Su Ilustrísima, dirigiéndose
principalmente al cura y á Barrabás, que muy azorado no decía
palabra;—pero Dios no abandonará á los suyos en medio de la tempestad
que se acerca, ni faltará un arca para los que viven en él. Oremos
sinceramente, señores; la oración es antídoto celeste contra la
epidemia del pecado que por todas partes nos rodea; oremos por
nosotros, y por los que cierran sus oídos á la voz de Dios y sus ojos
á la luz de la verdad. Fervor y piedad constantes en los que creen
pueden atraer sobre la tierra especiales favores del cielo. _Te,
domine, custodies nos a generatione hac in æternum._ «Tú, Señor, nos
salvarás y nos guardarás de esta generación para siempre.»
Al llegar aquí, el prelado fijó sus ojos con expresión de gran
benevolencia en el joven seglar que había traído consigo y
presentándole á sus amigos, habló así:
—Aquí está nuestro heróico joven, nuestro valiente soldado. Señores
y amigos míos, saluden ustedes al benemérito campeón de los buenos
principios, de las creencias religiosas, de la Iglesia católica, y
al perseguidor del filosofismo, del ateísmo, de las irreverencias
revolucionarias. ¡Gloria á la juventud creyente, fervorosa, llena de
fe y de amor al catolicismo!
Don Rafael del Horro, inclinándose con modestia, balbució algunas
palabras en protesta de aquellos elogios.
—Cuando la juventud—añadió el prelado,—se entrega á los vicios de
la inteligencia y se corrompe con perniciosas lecturas, este joven
aspira al honroso nombre de soldado de Cristo. La Iglesia pelea allí
donde la provocan al combate. ¡Ah, señores! No es vana cortesanía lo
que sale de mis labios, sino admiración por su valiente espíritu,
por su animosa decisión en pro de la combatida Iglesia, por la
constancia con que persigue, acosa y anonada la pícara fracmasonería
y el materialismo, por su elocuencia y su enérgico estilo literario,
prendas todas que han sido armas poderosas de la causa de Dios en el
período que acaba de pasar...
—¡Ah!—exclamó D. Juan Amarillo, haciendo un saludo pomposo,—ya
sabemos que el señor es un gran orador y un gran periodista.
Don Silvestre Romero abrazó con efusión á Rafael del Horro. Eran
antiguos amigotes, y en cierta ocasión, como el joven orador y
publicista necesitase un buen corresponsal en Ficóbriga, brindóse á
desempeñar este cargo el cura, enviando unas cartas muy saladas que
no dejaban nada que desear.
Mientras duraron las felicitaciones, don Bartolomé Barrabás, que
era el demagogo de la localidad, no se atrevió á decir una palabra
en pro de sus perversas doctrinas, y aunque el cura y Amarillo
dejaron caer alguna punzante cuchufleta sobre la persona del filósofo
de aldea, este no creyó prudente empuñar las bien afiladas armas
de su dialéctica en aquella ocasión. El respeto á D. Angel ponía
una mordaza en sus labios. Y tan bien pagó el noble prelado esta
prudencia, que como D. Silvestre aludiera claramente al demagogo,
diciendo que también Ficóbriga estaba tocada de pestilencia, habló de
esta manera:
—No me toquen á D. Bartolomé, que espero convertirle, puesto que su
corazón es bueno, y estos desvaríos no perderán su alma, si llegamos
á tiempo.
Barrabás se inclinó dando las gracias. Por decir algo, dijo:
—Y según la prensa, el Sr. D. Rafael del Horro viene á trabajar en
las elecciones.
—Viene á trabajar y á triunfar—repuso con desenfado el cura,—no
pasará como la otra vez, cuando por nuestra negligencia y descuido se
nos pusieron éstos encima.
Y luégo, amenazando á Barrabás con la derecha mano, añadió:
—Ahora se dirá: _Exurgat Deus et dissipentur inimici ejus, et
fugiant... Sicut fluit cera á facie ignis, sic periant pecatores á
facie Dei._ «Levántese Dios y sean dispersos sus enemigos, y huyan...
Como se derrite la cera delante del fuego, así perezcan los pecadores
delante de Dios.»
Repitiendo el gesto de amenaza, D. Bartolomé dijo riendo:
—Iremos á votar.
El demagogo no estaba en la lista de los convidados de aquel día;
pero D. Angel le rogó que se quedase, lo que en extremo agradeció
Barrabás. Al mismo tiempo D. Juan de Lantigua gritaba desde la puerta:
—Gloria, Gloria, hija mía; ¿pero no se come hoy en esta casa?
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