Un pretendiente.
Estalló, como he dicho, el cohete en los aires, y casi en el mismo
instante resonaron las campanas de la Abadía, mezclándose el agudo
son de la esquila con la hueca salmodia del fabordón, para anunciar
á los habitantes de Ficóbriga el felíz suceso. Salieron todos á la
calle; abandonaron la playa marineros y calafates; de los campos
acudieron labriegos y pastores; afluyó de una y otra parte enjambre
de chiquillos; todos los funcionarios municipales aparecieron de
gran etiqueta, y ninguna persona quedó en su casa. La cariñosa
manifestación provenía de que los Lantiguas eran muy queridos en la
localidad, especialmente el D. Angel.
De todas las personas importantes que salieron al encuentro de su
Ilustrísima, el más apresurado fué D. Silvestre Romero, cura de la
villa. Siguióle correteando, según se lo permitían sus piernecitas,
el llamado D. Juan Amarillo, varón pálido y rico, que no llevaba tal
apellido, por ser, como era, el usurero de la comarca, sino porque
lo heredó de sus dignos padres. Fué también el boticario, industrial
ingeniosísimo que iba en camino de ser rico, y no se quedó atrás,
sino que fué de los primeros en correr al camino, abrochándose el
recién puesto y de antiguo raído pantalón. D. Bartolomé Barrabás, el
liberalote del país, exdómine con puntas de filósofo, ogaño maestro
de escuela, con pespuntes de hombre político, y aun de orador y
también de periodista. Siguiéronle varios indianos, paso á paso,
marchando con gravedad y compostura, porque hombres que habían
pasado toda su vida trabajando no podían igualarse á los chicos de
las calles ni á los holgazanes, como D. Bartolomé Barrabás. Iban
acompañados de sus sombreros de pelo, para tan alta ocasión sacados
de las sombrereras, y también de sus paraguas, que desafiaban á las
nubes.
Cuando D. Angel llegó á las primeras casas del pueblo, se bajó del
coche para abrazar á su hermano y sobrina. Exclamación inmensa, como
el bramido del mar irritado, le saludó. De entre aquel tumulto de
entusiasmo saltaron al aire gorras y sombreros. Los paraguas de los
indianos, cual aves majestuosas, desplegaron sus alas negras para
recibir unas cuantas gotas que á la sazón caían. Abalanzóse el gentío
hacia Su Ilustrísima para besarle el anillo, y muy difícil le fué
á D. Angel llegar á la Abadía para orar breve rato. De la Abadía á
la casa continuaron las apreturas, y fué preciso que la autoridad
municipal, siempre vigilante en lo que al buen orden de los pueblos
se refiere, interviniese para apartar á un lado y otro á la pegajosa
muchedumbre.
Cuando el prelado entró en la casa, quiso orar también un rato en
la capillita de ésta; pero le advirtió su hermano que estaba fuera
de uso por hallarse en reparación. En la sala baja, el prelado
conversó un rato con las eminencias ficobrigenses que habían salido á
recibirle.
En la casa había gran movimiento de personas que iban de aquí para
allí, y subían y bajaban. Gloria se dirigía precipitadamente á la
escalera para subir á dar ciertas órdenes, cuando encaró con un
joven. Ambos sonrieron; ella con sorpresa, él con alegría.
El señor obispo había traído consigo á tres personas, dos del orden
sacerdotal y un láico.
El láico era un joven como de treinta años muy cumplidos, delgado
y rubio, de ojos obscuros acompañados de sutilísimas gafas de oro,
cejas muy arqueadas como curva de puente antiguo, barba abundante
y azafranada, fisonomía inteligente y porte caballeroso y hasta
cierto punto elegante. Eran fáciles sus maneras y su habla un
poco campanuda, como de quien gusta de oirse y se ha oído mucho
en estrados, en las Cortes ó en las varias academias de mancebos
aprovechados que hay en Madrid. Nada había en su persona de
asacristanado ó frailuno, como pudiera creerse al verle venir en
compañía de clérigos.
Este personaje fué el que encaró con Gloria en el primer peldaño de
la escalera, inmutándose un poco al verla.
—¡Cómo! ¿usted por aquí, Rafael? ¿Ha venido usted con mi tío?—le
preguntó la señorita, después del primer saludo.
—He venido con Su Ilustrísima; pero me quedé un poco atrás, porque
nuestro coche se detuvo en la cuesta—repuso el mancebo estrechando la
mano á la joven.—Ya sé que todos están buenos. El Sr. D. Juan hecho
un mozalvete. Usted siempre tan linda...
—Yo creí que usted no saldría de Madrid. Como ahora están las cosas
tan enredadas por allá...
—Por allá y por aquí y por todos lados... No sé á dónde irá á parar
el mundo. Yo he venido á Ficóbriga para cierto asunto de elecciones
y también para uno mío... Ya se lo dirá á usted D. Juan. He venido
en el mismo tren que Su Ilustrísima, que después me ofreció su coche
y hospitalidad en su casa. No la he aceptado por no molestar. Además
tengo compromiso con mi íntimo amigo el señor cura para vivir con él
unos días.
—¿Estará usted mucho tiempo por aquí?
—Me estaría toda la vida—dijo el joven con evidentes señales de
debilidad amorosa en su grave semblante, y arqueando las cejas de un
modo excesivo, hasta ponerlas en mitad de la frente.—El mes pasado la
ví á usted por última vez en casa de su tía... ¡Qué pícara! ¡Dejarnos
en tal soledad...! ¿Se acuerda usted de lo que hablamos allí la
última noche de tertulia?
Gloria se echó á reir.
—Dos días después fuí á casa de mi amiga. El pájaro había volado.
Ficóbriga y siempre Ficóbriga. Aborrezco á este pueblo.
—¡Aborrece á este pueblo!
—No, ahora no—respondió con viveza el de las gafas.—Es un paraíso
este lugar. Por desgracia el asunto de las elecciones me entretendrá
poco más de dos semanas... ¡Qué dulce es vivir aquí, tan cerca de
usted, Gloria!... Parece un sueño, y sin embargo, es verdad... ¡Verla
á usted todos los días, á todas horas...!
—El honor es para nosotros, Sr. del Horro. Pero dispénseme usted...
Voy á mandar que bajen los azucarillos... ¡Francisca, pero
Francisca!...