El obispo parecía un niño grande. Su cara redonda, sonrosada y
siempre risueña, se destacaba entre la ampulosa envoltura episcopal
y bajo el sombrero verde, respirando profundo gozo de espíritu,
benevolencia, paz completa con la conciencia y relaciones perfectas
con Dios. Era hombre que por natural impulso de su sano corazón se
inclinaba á suponer lo bueno en todo. Sus estudios, su experiencia,
su confesonario le enseñaban que hay malvados en el mundo; pero
siempre que hablaba con alguien, decía para sí: «¡Qué buena persona,
qué excelente sujeto!»
Como una luz alumbra cuanto la rodea, así su corazón proyectaba las
claridades de la bondad sobre los que se le acercaban. Era incapáz de
tener un mal pensamiento acerca de individuos conocidos, y cuando oía
hablar de las picardías de alguien, no omitía decir cualquier palabra
en su defensa. Su inteligencia era quizás inferior á la de su egregio
hermano don Juan, pero le ganaba en verdadera piedad y en dulzura
de sentimientos; y aunque tocante á materias dogmáticas profesaba
la doctrina de la intolerancia en el verdadero sentido teológico
no en el vulgar de esta manoseada palabra, la viva compasión que
sentía hacia los errores de nuestros contemporáneos parecía atenuar
el rigor de sus ideas. Se ignora lo que D. Angel habría hecho
si hubiera tenido en el hueco de la mano á la pecadora sociedad
presente. En cuanto á D. Juan, es seguro que la habría echado al
fuego, quedándose después con la conciencia, no sólo tranquila, sino
satisfecha de haber realizado el bien.
En las prácticas religiosas era D. Angel intachable. No se le podía
tildar ni de flaqueza ni de exceso de celo. Jamás desmayó en sus
deberes de prelado: jamás extremó la letra á expensas del espíritu.
En sus ratos de vagar, recreaba el ánimo con piadosas lecturas,
y aborrecía los periódicos de cualquier partido que fuesen. En
Ficóbriga, como los médicos le ordenasen una vida tranquila y que
huyese de lecturas taciturnas y mentales trabajos, gustaba de pasear
por el jardín, contemplando las muchas y bellas flores, y oyendo las
explicaciones de su sobrina acerca del tiempo y condiciones en que
cada una se criaba. Gustaba también de pasear por el pueblo hacia
la mar, bajando casi siempre á la playa y al muelle, y deteniéndose
infaliblemente á ver llegar las lanchas pescadoras, cuya vuelta al
abrigo le producía inefable sensación de placer y asombro de la
bondad infinita de Dios. Sus ojos las buscaban en el horizonte, las
seguían por la superficie del mar, y cuando atracaban, tenía gozo
especial en ver desembarcar la sardina, la merluza y el besugo.
Siempre le causaba admiración que trajesen tantos peces, y decía á
los marineros: «Creí que no quedaba más, después de lo que trajísteis
ayer. ¡Bendito sea Dios que no deja morir á los pobres!»
Le agradaba la música, cualquiera que fuese, sin distinción de
escuelas. No entendía de buena ó mala música. Para él toda era
buena, y siempre que su sobrina tocaba el piano, oíala con placer, y
aun con cierto respeto, porque aquel precipitado correr de los dedos
sobre las teclas, le parecía el colmo de las habilidades humanas.
Pegábansele al oído aquellos ritmos, y por las mañanas, cuando bajaba
al jardín, después de decir misa en la Abadía ó en la capilla, solía
tararear entre dientes algún cantorrio sin principio ni fin. Pero su
principal gusto consistía en departir con su sobrina sobre cualquier
materia sagrada ó profana. Autorizábala benévolamente para decir
cuanto se le antojara: le preguntaba mil cosas frívolas que de ningún
modo podían interesarle, y hacía comentarios sobre los diversos
sucesos que ocurrían en Ficóbriga, pues también allí había sucesos.
Tenía en tanto aprecio á su secretario el doctor López Sedeño, que en
ninguna cosa grave ponía mano sin consultarle, por ser Sedeño teólogo
eminente y gran sabedor de cánones; pero de algún tiempo acá se había
dado el secretario con exceso á los negocios políticos, y leía con
afán los periódicos y aun escribía algo en ellos. Si al principio
desagradó esto á D. Angel, pronto se fué acostumbrando, y acabó por
alabarlo, considerando que los tiempos exigían tomar las armas. No
faltaron maliciosos que en las antesalas del palacio episcopal de ***
murmuraron de la excesiva preponderancia del doctor Sedeño en los
consejos de Su Ilustrísima, y hubo quien, por mote, llamó al leal
servidor y amigo _le petit Antonelli_. Pero de estos detalles, que
quizás fueran malignidades, no nos ocuparemos aquí. Otros decían que
Sedeño era muy soberbio y aspiraba al episcopado de ***, cuando fuese
trasladado D. Angel, como se anunciaba, á la metropolitana de S, y
recibiera el capelo. Nosotros lo ignoramos y cerramos los oídos á los
chismes capitulares.
Sólo sabemos que D. Angel era amado con delirio por sus diocesanos,
lo mismo que por sus compatriotas los de Ficóbriga; que su corazón
estaba limpio de ambiciones; que si tomaba con mucho calor la
perversidad de los tiempos, era sólo atendiendo á lo espiritual.
Gran cariño tenía á Rafael del Horro, joven espada de la Iglesia,
diputado, una especie de apóstol láico, defensor enérgico del
catolicismo y de los derechos eclesiásticos. Sin embargo, cuando por
el tren le habló el ardiente joven del negocio de la elección, Su
Ilustrísima le dijo:
—Creo que mis paisanos le votarán á usted, porque son buenos
católicos, y darán fuerza á los defensores de la Iglesia; pero no me
pida usted que les hable de este negocio. Allá se las entienda con
su amigo D. Silvestre, que es, según dicen, un águila para esto de
elecciones, pues las que él ha dirigido dejaron fama en todo el país.
Este fué un punto en que ni el mismo doctor Sedeño, con ser _le
petit Antonelli_, pudo hacer variar la inquebrantable resolución del
prelado. Tampoco quiso éste intervenir en otro asuntillo que traía á
Ficóbriga Rafael del Horro, y lo encomendó por entero al cuidado de
su hermano D. Juan, como se verá en el capítulo siguiente.