Los amores de Gloria.
Pero en los días en que esta historia empieza tenía ya dieciocho.
Aún no se le habían conocido amores, ni noviazgos, ni inclinación á
ningún mozalvete, ni señales de que hubiese entregado parte mínima
de su corazón á hombre nacido. Don Juan no la tenía sometida á
inquisitorial vigilancia, ni le prohibía que fuese al teatro, al
paseo y á las tertulias en compañía de sus primas.
Pero si la juventud masculina que Gloria conocía no despertaba en
ella ni aun mediano interés, no por eso su corazón dormía. Perdió á
su madre á los doce años de edad. Quedáronle dos hermanitos, el uno
de tres años, y el otro de quince meses, con los cuales hizo el papel
de madre, hasta que ambos murieron, con intervalo de pocos días. Ella
misma, después de cuidarles en su enfermedad con extremado celo, les
había cerrado los ojos, les había vestido y puesto flores en las
sienes y en las manos, y al fin había cerrado la caja, cuando Caifás
se los llevó al camposanto de Ficóbriga. Las dos inocentes criaturas
ocuparon siempre lugar muy grande en el corazón de su hermana, y
ésta no pasaba sin derramar lágrimas por el rústico cementerio de la
villa, donde aquéllos habían dejado su mortal vestidura.
Además, el corazón de Gloria estaba lleno de un amor inefable
y celestial inspirado por su tío D. Angel, obispo de ***. Le
consideraba como un santo bajado de los altares, ó mejor dicho, del
cielo, para departir con ella, darle buenos consejos y vivir bajo su
mismo techo y comer de su mismo pan.
Gobernaba aquel santo varón una diócesis de Andalucía, y muy rara
vez venía á Madrid; pero últimamente sus achaques le obligaron á
buscar alivio en el país natal, y solía pasar algunos meses de verano
en Ficóbriga en compañía de su hermano y sobrina. No era su primer
visita aquella reciente en que le hemos visto llegar, anunciado por
los cohetes. Dos años antes había estado también.
La afición pura y entrañable de Gloria al hermano de su padre
pertenecía al orden de sentimientos que consigna en su primer
artículo el Decálogo. Le amaba como á una representación de Dios
en la tierra. Recordaba que en una grave enfermedad que ella
padeciera en la niñéz, su tío había venido de la diócesis para verla;
recordaba haber sentido ante él alegría tan viva, que cuerpo y
alma se reanimaron con ardor desconocido. Figurósele que una mano
celestial la sacaba del negro abismo en que iba sumergiéndose. Ya
convaleciente, se le permitía jugar en el cuarto, mas nunca salir de
él.
El obispo, dejando á un lado su breviario, tomaba asiento junto á
la mesa donde Gloria tenía un completo ajuar diminuto de casa, con
preciosos mueblecitos, vajillas de comedor y cocina, y dos docenas
de damas y señoritas de alta categoría, de las cuales unas estaban
en visita y otras recibían. Su Ilustrísima discutía largamente con
Gloria sobre la colocación que debía darse á las sillas y sofás, y
ambos se pasaban las horas muertas con las imaginarias visitas y los
cumplidos y saludos de las mudas personas de cartón. Llegada la hora
de la comida para los habitantes de encima de la mesa, el patriarca
por un lado y la chiquilla por otro parecían la gente más atareada
del mundo, limpiando cacerolas del tamaño de dedales, espumando
cazuelas en cuyo seno unos pedacitos de pan hacían las veces de pavos
y gallinas, y soplando hornillos sin lumbre.
«Que ponga usted bien esos manteles, tío...» «Allá voy, hijita, y no
seas tan viva de genio...» «¿Qué tal? ¿Está ya frita la merluza?...»
«Divinamente; como que me están dando ganas de comérmela...» «Vaya,
lave usted esos platos, mientras yo limpio los cuchillos, pronto...»
«Pues manos á la obra...» «Todo está preparado: que entren las
señoras...» «Pues allá van las señoras...» «Música, tío, música...»
«Pues allá va la música... Ton, torontón...» Al coloquio de las
dos voces igualmente infantiles, aunque de distinto tono, sucedía
entonces musical murmullo, al modo de himno de Riego ó marcha real,
acompañada de golpecitos sobre la mesa, dados con las patitas de palo
de una muñeca.
En aquellos solitarios diálogos dentro de una estancia donde ningún
extraño podía penetrar, no se oía nada teológico; pero á veces caían
boca arriba las figurillas; olvidábase todo, cacerolas, visitas,
cocina, sofás, ceremonias; Gloria fijaba sus ojos en el placentero
semblante de su tío; preguntábale cómo era el Cielo, y entonces el
ángel y el santo empezaban á hablar de ello con tanto fervor como los
desterrados hablan de la patria.
Más tarde, años adelante, cuando Gloria, disputando con su padre,
comenzaba á dar las muestras de precocidad que hemos expuesto, D.
Angel se reía de tan buena gana, que era cosa de seguir disparatando
para gozar en su alegría. El obispo se cercioraba frecuentemente (y
esto con la mayor seriedad) de la ortodoxia de su sobrina, y en punto
tan delicado jamás tuvo ocasión de censura, antes al contrario, de
grandes alabanzas y de que el inmenso amor que le tenía se aumentase.
Aquí punto.