Cómo se explicaba la niña.
Sin más norte que su buen juicio y libre de preocupaciones, Gloria
conversando un día con su padre sobre el viejo asunto de las novelas
cuya lectura debe permitirse ó vedarse á la juventud, dijo que la
literatura picaresca de que tanto se envanece España por sus riquezas
de estilo, le parecía una literatura deplorable, inmoral, irreverente
y en suma anti-religiosa, porque en ella se hace la apología de las
malas costumbres, de la holgazanería ingeniosa y truhanesca, de todas
las malas artes y travesuras groseras que degradan á un pueblo.
Concluyó por afirmar con una osadía verdaderamente escandalosa, que
las gracias de aquellos perdidos, héroes de tales novelas, si al
principio le causaron agrado, bien pronto le dieron repugnancia, y
tedio; y que tales gracias, comúnmente obscenas y sin delicadeza,
habían encanallado la lengua.
Si hemos de creer á testigos presenciales cuya veracidad no debe
ponerse en duda, Gloria, _mutatis mutandi_, dijo también que al
penetrar con ánimo valeroso en el laberinto de desvergüenzas,
engaños, groserías y envilecimiento que con tanto chiste pinta la
literatura picaresca, no podía menos de considerar á la sociedad
del siglo XVII como una sociedad artista en la imaginación, pero
caduca en la conciencia; y que comprendía el decaimiento de la raza
española, que á la sazón no conservaba más virtud que un heroísmo
ciego, virtud no suficiente á suplir la falta de un sentido moral
puro y de una religiosidad sencilla y desnuda de superstición.
Cuentan que D. Juan de Lantigua, cuando esto oyó, estuvo largo rato
perplejo y confuso, no tanto por lo peregrino de tales conceptos,
sino por el desenfado con que su hija los manifestaba. Luégo sucedió
á la confusión cierto terror ocasionado por la precocísima aptitud
que mostraba Gloria para el sofisma y la paradoja; mas notando en
ella un entendimiento de mucho brío aunque extraviado, consideró
lo mejor llevarlo dulcemente por el buen camino. Con tales ideas
y propósitos, ordenó á su hija que se diese una buena hartada de
comedias de Calderón, acompañándola con lecturas diarias de los
místicos, poetas y prosadores religiosos, para que variasen sus ideas
radicalmente respecto á la sociedad española del glorioso siglo.
En efecto, hizo la señorita todo lo que su padre le mandaba, y á
vuelta de algunas semanas le manifestó que en efecto sus ideas habían
cambiado un poco, aunque no radicalmente. Usando términos comunes que
me veo obligado á variar para expresarlo con más viveza, aseguró que
en la sociedad de aquellos tiempos encontraba además de lo indicado
antes, una inclinación demasiado ardiente al idealismo, la cual si
bien producía maravillosos efectos en la poesía y en las artes, era
tal que sacaba á la sociedad fuera de su asiento. Le repugnaban
los perdidos, los rufianes, las busconas, los estudiantes, los
militares, los escribanos, los oidores, los médicos, las terceras,
los maridos zanguangos y las mujeres livianas de las novelas
picarescas; pero todos estos tipos tenían innegable sello de verdad.
Como una protesta contra tal linaje de gentuza, los galanes y damas,
los caballerosos padres y los hidalgos campesinos de los dramas
querían establecer, con sus nobles ideas y estupendas acciones, el
imperio de lo bueno y de lo justo; pero á juicio de Gloria, había en
el hermosísimo semblante de aquellas figuras sin par la expresión
melancólica de quien ha estado durante cien años empeñado en un
objeto sin conseguirlo.
Como Lantigua se riese de tan evidente despropósito, Gloria afirmó
(empleando por supuesto frases comunes), que aquel ideal del honor
y del amor no era la mejor ni más sólida piedra para asentar el
edificio moral de una sociedad. Luégo se ocupó de los místicos,
reconociendo en ellos falta de equiponderación entre la fantasía y
el discernimiento, y afirmando que su literatura, en ocasiones muy
bella, no podría servir nunca de guía al común de las gentes, por ser
de pocos comprendida.
Resumió sus ideas sobre este punto diciendo que no podía tolerar que
se tratase de religión sin sencilléz suma, por lo cual ponía por
encima de todos los tratados y disertaciones místicas el Catecismo de
las escuelas, que, hablando como Jesucristo, lo decía todo. Parece
que al llegar á este punto D. Juan de Lantigua hizo, no sin burlarse
de su hija, algunas observaciones sobre la profunda filosofía y
estudio de la divinidad y del hombre que en tales obras se encierra,
y viérais aquí á la pícara Gloria sosteniendo que la sociedad modelo,
según las ideas de su padre, había alambicado y desvirtuado un poco
la idea religiosa, dejándose seducir demasiado por los símbolos que
la misma idea religiosa emplea como órganos eficaces y al mismo
tiempo como culto tributado por la verdad á la belleza eterna.
—Esas novelas de truhanes y desalmados—dijo Gloria para
terminar,—esas comedias de caballeros enamorados y discretos, aunque
no siempre intachables bajo el punto de vista de la moral cristiana,
esas disertaciones donde mi espíritu se pierde sin poder seguir el
hilo sutilísimo del enrevesado discurso, bastan á darme idea de la
gente para quien tales cosas, por lo común admirables, se escribían.
Veo las conciencias muy anchas y gran tolerancia para mucha parte
de los vicios que degradan al hombre en todas las épocas. No dudo
que existiesen caracteres generosos, los cuales creyeran cumplir su
misión y dar vuelo á los nobles impulsos de su alma, elevando por
encima de la general torpeza, como enseñas sagradas, el ideal del
honor y la fe religiosa. Pero el pueblo, á quien no habían enseñado
á discernir y que vegetaba comido de vicios, incapáz para el trabajo
y soñando con guerras que traían el pillaje, ó conquistas que dieran
fácil fortuna, no tenía más que sentidos. No ponía atención á nada,
ni aun al sublime misterio de la Eucaristía, si no se lo presentaban
en forma de comedia.
»Por un lado se me presenta una realidad baja y común compuesta de
epidémica miseria, en cuyo seno haraposo y vacío se agitaba la gran
masa de la Nación pidiendo destinos al rey, á los nobles las sobras
de sus mesas, á los frailes el bodrio, y á la política nuevas tierras
que expoliar. Por otro no veo más que hombres bien alimentados, á
quienes deslumbra un ideal de gloria y una dominación del mundo, que
cual sombra vana se desvanece al fin, dejándoles con la mano puesta
en las mechas de sus arcabuces para matar pájaros. En el arte, veo
también dos términos: los poetas que cantan el amor y el honor, y los
místicos y poetas de cláustro, que pasan sus días buscando fórmulas
nuevas para hacer comprender al pueblo los dogmas sagrados. De
estas dos musas, una sublima el amor humano y otra el divino, pero
empleando iguales formas poéticas, iguales símiles, hasta iguales
versos, sin duda porque lenguas de la tierra han sido hechas para lo
humano y humanamente lo dicen todo.
»Los poetas, los grandes guerreros, los frailes, los teólogos, los
hombres de inteligencia cultivada entreven una sociedad mejor,
vislumbran un mundo moral superior á aquel en que viven y se agitan
los pedigüeños y desnudos, los holgazanes, pícaros y demás gente
menuda. Luchan unos con otros. La cosa no va bien; pero no se sabe
cómo puede enmendarse. Los unos piden pan, destinos, bienestar
material, y no hallando quien se lo dé, roban lo que pueden; los
otros piden gloria, amor exaltado, profunda fe, religiosidad,
caballerosidad, justicia perfecta, belleza perfecta, y jamás pueden
entenderse. De estas dos voluntades que aparecen una frente á otra
en aquella sociedad calenturienta, se apodera Cervantes y escribe
el libro más admirable que ha producido España y los siglos todos.
Basta leer este libro para comprender que la sociedad que lo inspiró
no podía llegar nunca á encontrar una base firme en que asentar su
edificio moral y político. ¿Por qué? Porque D. Quijote y Sancho Panza
no llegaron á reconciliarse nunca.
Parece indudable por los datos confusos que han llegado á mis
noticias, que cuando Gloria expuso á su manera las ideas del párrafo
anterior, estaban en compañía de su padre obra de cuatro ó seis
personajes graves, que no podían con la fama de sabios, tales eran
el peso y grandor de ella. Alabando el agudo ingenio paradójico
de la muchacha, se rieron mucho de sus donaires, y celebraron las
originales ocurrencias, mezclando hábilmente á veces la crítica con
la galantería; y como alguno, más curioso que los demás, manifestase
deseos de conocer en qué consistía la reconciliación entre D. Quijote
y Sancho Panza, Gloria, un poco confusa por el dudoso éxito de su
osada tesis, se expresó así:
—Ustedes que son tan sabios no habrán dejado de observar que si D.
Quijote hubiera aprendido con Sancho á ver las cosas con su verdadera
figura y color natural, quizás habría podido realizar parte de los
pensamientos sublimes que llenaban su grande espíritu; así como si el
escudero... pero no digo más porque se ríen ustedes de mí. Ya sé que
esto que hablo es algo extraño, quizás disparatado y hasta ridículo,
por lo muy contrario á la verdad, que sólo ustedes pueden conocer;
pero si es así, ténganlo por no dicho ó por pura broma mía.
Más tarde, cuando los sabios privaron á la casa de su presencia
majestuosa, D. Juan de Lantigua, á quien las desatinadas opiniones
de su hija habían puesto algo malhumorado, encerróse con ella y la
reprendió afablemente, ordenándole que en lo sucesivo interpretase
con más rectitud la historia y la literatura. Afirmó que el
entendimiento de una mujer era incapáz de apreciar asunto tan
grande, para cuyo conocimiento no bastaban laboriosas lecturas,
ni aun en hombres juiciosos y amaestrados en la crítica. Díjole
también que cuanto se ha escrito por varones insignes sobre diversos
puntos de religión, de política y de historia, forma como un código
respetable ante el cual es preciso bajar la cabeza, y concluyó con
una repetición burlesca de los disparates y abominaciones que Gloria
había dicho, y que evidentemente la conducirían, no poniendo freno
en ello, al extravío de la razón, á la herejía y tal vez al pecado.
Retiróse Gloria muy confusa á su alcoba, pues era hora de dormir, y
á solas meditó largo rato, llegando por fin ¡tal era el ascendiente
de su padre sobre ella! á un convencimiento profundísimo de que había
pensado mil tonterías, despropósitos y barbaridades abominables. Pero
deseosa de absolverse, echó toda la culpa á los libros, é hizo voto
de no volver á leer cosa alguna escrita ó impresa, como no fuera
el libro de misa, las cuentas de la casa y las cartas de sus tíos.
Arrodillándose para orar, según su piadosa costumbre, dijo:
—¡Gracias, Dios mío, por haberme revelado á tiempo que soy tonta!
Acostándose discurrió que le iba á ser muy difícil dejar de pensar
toda suerte de extrañas y endemoniadas cosas, porque aquella facultad
suya de discernir era una monstruosidad fecunda que llevaba dentro de
sí y que á todas horas estaba procreando ideas. Pronto pudo observar
que si bien los libros estimulaban en ella aquel surgir constante
de pensamientos varios y jamás ideados de otro alguno, el fenómeno
no cesaba por completo renunciando á las lecturas. Esto la puso en
cuidado.
—Pues si no puedo menos de pensar—se dijo,—al menos callaré.
Pero la verdad es que, aun sin manifestarse por medio del
discurso, sus facultades estaban siempre en febril ejercicio, y á
su observación no escapaba cosa alguna. Durante largo tiempo, su
padre no cambió con ella una sola palabra relativa á ningún alto
asunto. Asistía la joven al culto religioso con devoción minuciosa
y con regocijo, y en lo demás mostraba afición á las cosas nimias,
detallando hasta un extremo pueril todos los actos de la vida. Tenía
cortadas las alas. Así la hemos hallado.
Pero en sus horas de soledad y meditación, en los crepúsculos que
preceden ó siguen al sueño y en los cuales la percepción interna
suele ser más viva, Gloria sentía hondas voces dentro de sí, como si
un demonio se metiese en su cerebro y gritase:
—Tu entendimiento es superior... los ojos de tu alma abarcan todo.
Abrelos y mira... levántate y piensa.
Cuando leía, cuando daba su opinión sobre los pícaros y sobre la
sociedad del gran siglo, Gloria tenía dieciseis años.