IV

El Sr. de Lantigua.—Sus ideas.

Don Juan Crisóstomo de Lantigua nació de padres honrados en la misma

villa donde le hemos conocido, ya gastado por la edad y consumido por

los trabajos. La riqueza que desde 1860 poseía, así como la moderna

casa y el bienestar tranquilo que disfrutaba, provenían de un tío

suyo que volvió de Matzalán (Méjico) con regular carga de pesos

duros, la cual al poco tiempo soltó de sus hombros, juntamente con la

de la vida, muriendo casi en el primer día de descanso. Su fortuna,

que era de las más bonitas, pasó á los cuatro sobrinos, D. Angel, á

la sazón capellán de Reyes Nuevos; D. Juan, abogado de mucha fama, y

los más jóvenes D. Buenaventura y Serafinita Lantigua. No entrando

por ahora en nuestros fines estos dos últimos, les dejamos á un lado,

concretándonos á los dos primeros, y por ahora exclusivamente á D.

Juan de Lantigua.

Había recibido éste de Dios naturaleza apasionada y ardiente;

imaginación despierta, que se inclinaba á las cosas contemplativas;

inteligencia elevada, si bien un tanto paradójica; sentimientos

enérgicos, que impulsaban su alma al exclusivismo, lo mismo en los

afectos que en las ideas. Sus primeros trabajos en la abogacía fueron

de no poco provecho y brillo, y más tarde, cuando la herencia del

tío le aseguró cómodo bienestar, no abandonó completamente el foro.

Renunciar á las controversias, hubiera sido en él renunciar á la vida.

Devorado por insaciable afán de estudio, mezcló con la jurisprudencia

la teología y la historia y la ciencia política. Dedicóse con

predilección á entresacar de los escritores místicos y políticos

del siglo de oro en España cuanto pudiera hallar de eternamente

verdadero, y por consiguiente, aplicable á la gobernación de los

pueblos en todos los tiempos. Pero su entendimiento, acalorado por

entusiasmos juveniles y por prejuicios formados no se sabe cómo,

se aferraba tercamente á ciertas ideas; así es que no pudo, aun

intentándolo de buena fe, juzgar con imparcial serenidad ni la

historia ni las obras de los que por tantos siglos han disputado

sobre los medios de hacer á la humanidad menos desgraciada.

Su inclinación contemplativa le llevó á considerar la fe religiosa,

no sólo como gobernadora y maestra del individuo en su conciencia,

sino como un instrumento oficial y reglamentado que debía dirigir

externamente todas las cosas humanas. Dió todo á la autoridad y nada

ó muy poco á la libertad. Pocos años después de haberse metido en el

golfo de estas lecturas y en el torbellino de estos pensamientos, D.

Juan de Lantigua salió fuerte en erudición y en silogismos; desafió

con indomable orgullo la turba de frívolos y descreídos; brindóle

la política con una tribuna, y subido en ella, la nube que había

condensado tanta pasión y tanto saber tronó y relampagueó contra el

siglo. La elocuencia del nuevo Isaías arrebataba.

Sus enemigos (pues ya se comprende que los tuvo encarnizadísimos)

decían: «Lantigua es el abogado de los curas y de los obispos; hace

su agosto con las causas de espolios, de capellanías colativas, de

disciplina eclesiástica. Justo es que adule y sirva á los que le

mantienen.» Estas groserías, comunes en la época presente, hacían

sonreir al Sr. D. Juan. Nunca se cuidó de defenderse de este cargo,

porque, según afirmaba, es preciso _no quitar á los tontos el derecho

de decir tonterías_.

Como hombre de convicciones inquebrantables y profundas, honradísimo

caballero en su trato social y de intachables costumbres, le

estimaban todos. En la vida práctica, Lantigua transigía benignamente

con los hombres de ideas más contrarias á las suyas, y aun se le

conocieron amigos íntimos á los cuales amó mucho, pero sin poderles

convencer nunca. En la vida de las ideas era donde campeaba su

intransigencia y aquella estabilidad de roca jamás conmovida de su

asiento por nada ni por nadie. Las tempestades de la revolución del

48, de la república romana, de la formación de la unidad de Italia,

de la caída del imperio austriaco, de la humillación del francés,

de la destrucción del poder temporal del Papa, de la formación de

Alemania, Minerva parida por el cerebro de Bismark, y otras menos

trascendentales y que, localizadas en nuestra patria, sólo fueron

lloviznas menudas en el cielo de Europa, no produjeron en el ánimo

de aquel varón insigne otro efecto que el de cimentar más y más su

creencia de que la humanidad pervertida y desapoderada merece un

camisón de fuerza.

Estos hechos y otras recientes desgracias ocurridas en el suelo

patrio, llevaron á Lantigua á un estado de irritación lamentable que

dió á sus escritos y á sus discursos lúgubre y displicente tono.

Profetizó el vilipendio del próximo siglo, la confusión de las

lenguas y tras la confusión la dispersión y tras la dispersión la

esclavitud, hasta que una nueva florescencia de la fe católica en los

corazones fecundados por la desgracia reorganizase á los pueblos,

congregándolos bajo el manto tutelar de la Iglesia. Según él, las

decantadas leyes del humano progreso conducen á Nabucodonosor. Antes

muriera Lantigua que ceder en esto. Y en realidad ¿cómo había de

ceder? Los que han reducido todas sus ideas á esta fórmula abrumadora

_ó Barrabás ó Jesús_, necesitan dejarse llevar hasta los últimos

extremos, porque la menor flaqueza equivale en ellos á pasarse á

Barrabás.

V

Cómo educó á su hija.

Don Juan de Lantigua no había presidido personalmente á la educación

de su única hija. Además de que sus ocupaciones en el foro y en la

tribuna le dejaban poco vagar para consagrarse á ello, creía que con

encerrar á su hija en un colegio bastaba. Lo importante era que en el

colegio reinasen buenos principios. Advirtamos que D. Juan enviudó

á los catorce años de casado. Su digna esposa le dejó á Gloria, de

doce años, y á dos pequeñitos que volaron al cielo, desde Ficóbriga,

cuando apenas habían aprendido á andar por la tierra.

Gloria, después de residir algunos años en un colegio, á que daba

nombre una de las advocaciones más piadosas de la Virgen María,

volvió á su casa en completa posesión del catecismo, dueña de la

historia sagrada y de parte de la profana, con muchas, aunque

confusas nociones de geografía, astronomía y física, mascullando

el francés sin saber el español, y con medianas conquistas en los

dominios del arte de la aguja. Se sabía de memoria, sin omitir letra,

los _deberes del hombre_, y era regular maestra en tocar el piano,

hallándose capáz de poner las manos en cualquiera de esas horribles

_fantasías_ que son encanto de las niñas tocadoras, terror de los

oídos y baldón del arte musical.

Lantigua la oyó recitar trozos de historia sagrada, y no pareció

satisfecho.

—En estos colegios del día—afirmó,—preparan el entendimiento de los

niños para las ideas como los dedos para las teclas. El pensar es

tocar, reproduciendo con el órgano de la palabra la música del padre

Astete.

Un día, como Gloria, viéndole sumergido en hondos comentarios sobre

la unidad religiosa impuesta á los Estados después de la unidad

política, se permitiese decirle que en su sentir los reyes de España

habían hecho mal en arrojar del país á los judíos y á los moros,

Lantigua abrió mucho los ojos, y después de contemplarla en silencio,

mientras duró el breve paroxismo de su asombro, le dijo:

—Eso es saber más de la cuenta. ¿Qué entiendes tú de eso? Vete á

tocar el piano.

Gloria corrió como un pájaro alegre que siente en su alma el ansia

de trinar, y posándose en la banqueta y dejando correr sus manos

por el teclado se puso á tocar algo que sonaba á zarzuela. Lantigua

no entendía una palabra de música. Había oído hablar de Mozart y de

Offembach, y para él todos eran lo mismo, es decir, unos holgazanes.

Pero su espíritu elevado y su sensibilidad exquisita le hacían

encontrar instintivamente diferencias profundas entre las varias

clases de música que había oído. En general, todo cuanto tocaba

Gloria le parecía horrible.

—No sé qué diera, hija mía—le decía,—por oirte tocar otra cosa que

ese sonsonete de organillo de las calles. No me digas que así es toda

la música, porque yo he oído en alguna parte, no sé si en la Iglesia

ó en el teatro, composiciones graves y patéticas, que penetrando más

allá de los sentidos, conmueven el ánimo y nos sumergen en dulce

meditación. ¿No sabes algo de eso?

Gloria repasaba todo su repertorio de _fantasías, nocturnos, flores

de salón_ y _auroras del pianista_, sin poder encontrar lo grave

y patético que el alto espíritu de su padre pedía. En honor de la

verdad, que es antes que todo, aun antes que el prestigio y las

gracias de la linda niña, debo decir que Gloria aporreaba el piano de

un modo lamentable, cual si las teclas, convictas y confesas de algún

espantable crimen, merecieran ser azotadas todos los días por espacio

de tres horas.

—Basta ya de monserga, hijita—le decía D. Juan;—coge un libro y ponte

á leer.

Gloria volaba á la biblioteca de su padre, miraba á todos lados,

hojeaba un libro y con desdén lo volvía á poner en su sitio. Cogía

otro, leía algunas páginas; mas pronto se cansaba.

—¿Qué buscas?... ¿novelas?—decía D. Juan entrando tras ella y

sorprendiéndola en el escrutinio.—Algo de eso tengo también...

Espérate.

—_Ivanhoe_—decía Gloria, leyendo un rótulo.

—Esa es buena, pero déjala por ahora... Aquí han entrado pocas

novelas. De la basura que diariamente han producido en cuarenta

años Francia y España, no hallarás una sola página... De lo bueno

hay algo, poco... Me parece que en algún rincón encontraremos á

Chateaubriand, á Swift, á Bernardino de Saint Pierre, y antes que á

ninguno, á mi idolatrado Manzoni.

Pero al poco tiempo D. Juan prohibió á su hija la lectura de novelas,

porque aun siendo buenas, decía, enardecen la imaginación, encienden

deseos y afanes en el limpio corazón de las muchachas, extravían su

juicio y les hacen ver cosas y personas con falso y peligroso color

poético.

En cambio, si Gloria no leía para sí, leía para su padre. D. Juan,

con la mucha fatiga del estudio, con el contínuo hervir de su cerebro

y las largas vigilias y aquel afán constante en que su viva pasión

política le tenía, iba perdiendo la vista. Llegó á no poder leer

de noche; mas como á todo trance necesitase tener á mano textos de

Quevedo, Navarrete y Saavedra Fajardo para ilustrar la obra que á

la sazón escribía, instituyó á su hija en lectora. D. Juan se ocupó

algún tiempo en comentar los discursos ascéticos y filosóficos de

Quevedo, porque aquel genio colosal de las burlas descansaba de su

gigantesco reir con seriedades taciturnas.

Gloria leyó en voz alta la _Vida de San Pablo Apóstol, La Cuna y la

sepultura_ y _Las Cuatro pestes del mundo_. Después se engolfó en la

_Política de Dios y Gobierno de Cristo_, y como el sabio colector

tuvo el buen acuerdo de poner en el mismo tomo en que se halla el

mencionado escrito, la incomparable historia del _Buscón_, Gloria,

cuando su padre mandaba suspender la lectura para escribir, doblaba

bonitamente algunos centenares de hojas, y tapándose la boca para

que no estallase la risa que á borbotones pugnaba por salir, se

deleitaba con las travesuras del gran Pablos.

En otras ocasiones, como D. Juan no pusiese reparos á los libros

clásicos españoles del gran siglo, Gloria se apoderó de varios tomos,

y leyó la _Virtud al uso y mística á la moda_, de D. Fulgencio Afán

de Ribera. Casi casi estuvo á punto de engolfarse en la _Pícara

Justina_; pero Lantigua al fin puso mano en ello, permitiéndole sólo

_Guzmán de Alfarache_. Desgraciadamente en el mismo tomo estaba _La

Celestina_.

Gloria (primera parte) · 第 10 / 54 题