Gloria no espera un novio, sino un obispo.
—Son ya las diez, papá—dijo la señorita con impaciencia.—Desde la
estación de Villamojada aquí no se tardan más de dos horas.
—Sí; pero sabe Dios á que hora habrá llegado el tren—repuso el
padre.—Esta fórmula abreviada de la civilización se toma unas
libertades... No hay que impacientarse. Desde que llegue el coche al
ventorrillo de Tres casas nos lo avisará el tío Gregorio disparando
un buen puñado de cohetes que alegrarán con sus estallidos la
comarca. Caifás está en la torre aguardando el primer chispazo
para echar á vuelo las campanas. Descuida, que no podrá darnos una
sorpresa; habrá demasiado ruído.
Gloria se asomó de nuevo para mirar á la torre de la Abadía que
por encima de los tejados alzaba su caduco campanario, y dijo con
alborozo:
—Sí; allí está Caifás con todos sus chiquillos, esperando para
repicar á que reviente en los aires el primer cohete... Bien,
muchachos, bien Paco, bien Sildo y Celinina: tocad fuerte, muy fuerte
para que se oiga en toda la provincia.
El padre sonrió con dulzura, demostrando el apacible contento de su
alma en aquel instante.
—Papá—añadió Gloria poniéndosele delante con resolución:—¿apostamos
á que Francisca no ha espumado las cuatro gallinas, ni puesto en el
horno la dorada, ni arreglado los platos de leche?... Francisca es
así: dos horas para mover cada brazo y otras dos para pensarlo... y
nada, llegarán los viajeros y estarán todo el santo día esperando la
comida.
Luégo que esto dijo marchó á la carrera hacia la puerta.
—Gloria, Gloria—indicó el padre obligándola á detenerse.—Ven acá; no
salgas de aquí. Siéntate...
—¡Ay! no puedo, no puedo ver que en un día de tanto apuro se les
pasee el alma por el cuerpo—exclamó la joven sentándose.—Yo me abraso
la sangre. Llegarán y no habrá nada preparado.
—Mira, hija—dijo el buen señor riendo:—es preciso que aprendas á
no ser tan vehemente, á no tomar tan á pechos cosas nimias y de
escaso interés para el cuerpo y para el alma. ¿Cuándo te enseñaré
la serenidad y el aplomo que debe tener la persona en presencia de
los actos comunes de la vida? Díme, si pones esa exaltación y esa
fuerza inusitada de la atención en negocios triviales, ¿qué piensas
hacer cuando te encuentres en alguno de los mil graves lances que
ofrece la vida? Reflexiona en esto, hija mía, y modera tu arrebatado
temperamento. Mira, la pobre Francisca á quien tú acusas, te podrá
dar buenas lecciones. Observa con qué admirable método y previsión
y reposado estudio hace las cosas de la casa. Parece que tarda, y
sin embargo, todo lo hace con prontitud, porque todo lo hace bien.
En cambio, tú con tu impaciencia y ligereza te equivocas á menudo
y ó no concluyes nada, ó si concluyes algo, es preciso volverlo á
empezar. Yo he visto muchachas atolondradas, ligeras como el aire, y
vivas y deslumbrantes como la luz; pero tú, hija mía, á todas les das
palmetazo. Agradece á Dios que te hizo buena, piadosa, honesta, que
te dió natural honrado y generoso, que puso en tu alma las maravillas
de la fe, todos los sentimientos puros y nobles y el don de la gracia
inefable, dejando las agitaciones para la superficie.
—Si Dios me dió tantas cosas buenas—dijo Gloria con la convicción de
un Padre de la Iglesia,—también es El quien me ha dado este genio
vivo, esta impaciencia porque pase pronto la vida, y este afán de
llegar á mañana.
—Vamos á ver. ¿Qué motivo hay para que la próxima llegada de mi
hermano te haya puesto en ese sobresalto calenturiento?
—Como que hace tres noches que no duermo—repuso ella.—A fe que hay
poco que hacer... ¿A un señor obispo se le puede recibir como á
cualquier persona? Mi tío traerá consigo á su secretario el doctor
Sedeño, y quizás quizás á dos de sus pajes, ó cuando menos á uno; ¿y
no se han de disponer las cosas para tantos y tan dignos huéspedes?
Si me fiara de Francisca, ya había que tener paciencia hasta el año
que viene. ¿Cree usted que hay poco que hacer? Pues nada: todo el
piso bajo de la casa es poco para la gente que viene. Y no se les va
á poner en la mesa pan, vino y aceitunas. Tres viajes ha dado Roque
para traer lo necesario. ¿Pues y la capilla?
—Vamos á ver, ¿qué tiene la capilla?
—Nada; que Su Ilustrísima querrá decir misa en ella como la otra vez.
¡En bonito estado se hallaba la capilla! Ha sido preciso dar tres
jabonaduras al Cristo, en cuyo santo cuerpo las moscas habían hecho
más desperfectos que los judíos. El manto de la Virgen, perdido:
he tenido que quemarlo y hacer otro nuevo con el terciopelo que
compré para mí. Yo creí que no saldrían con toda la tiza que hay en
la casa las manchas de los candeleros. Afortunadamente Caifás y yo
fregoteamos bien, y todo ha quedado como un oro... Pero ¡ay! ¡si
supiera usted que los ratones se habían empezado á comer los piés de
San Juan!...
—¡Pícaros animalejos!—exclamó D. Juan riendo.
—¡No sé qué les haría! Gracias á que Caifás, que es tan habilidoso,
le puso al santo en las heridas de los piés no sé qué pastas y
rellenos, con lo cual y una mano de pintura, ha quedado muy bien...
Ya no harán más picardías estos tunantes que nada respetan. En
tres días que van de armada la ratonera han caído once, todos como
lobos... ¿Todavía le parece á usted poco trabajo el mío?
—Me parece demasiado.
—¿Pues y las camisas que he tenido que hacer á los hijos de Caifás
para que puedan salir á recibir decorosamente á mi tío? ¡Y se asombra
usted de que entre y salga y suba sin cesar! Yo soy así, papá querido.
—Tú eres así... lo sé. Dios te bendiga.
—Adoro á mi tío, que es un santo, y me siento tan felíz al considerar
que va á vivir bajo el mismo techo que yo; me parece tan poco lo que
tenemos para obsequiarle, que quisiera traer aquí las maravillas
de los palacios de un rey, y no teniéndolas, me doy á inventar
mil agasajos para albergar dignamente á quien tanto se parece á
Dios... No vivo, no puedo tener calma, me desvelo y me consumo...
Paso las noches sin dormir pensando en la pachorra de Francisca,
en la capilla, en el pobrecito San Juan roído, en los candelabros
manchados, en los ratones, en la pequeñez de la casa para tales
huéspedes...
—¿Has creído—dijo con bondad cariñosa el padre,—que mi hermano
necesita palacios y lujo y ostentación? No, hija mía. Mi hermano,
como discípulo de Jesucristo, es humilde. Si esta casa fuera una
choza, no sería menos digna de albergarle. Ofrezcámosle corazones
puros, ardiente fe y admiración profunda de sus virtudes;
regocijémonos al calor de su compañía para ver de imitarle;
apropiémonos parte de los inmensos tesoros de su corazón, lleno de
Dios, y no nos cuidemos de lo demás...
—Eso es lo primero; pero también...
—Pobre ó resplandeciente de riqueza, la capilla será siempre un
recinto sagrado, pues mi hermano ha celebrado y volverá á celebrar
en ella cuando los albañiles compongan el techo que se ha caído.
Si los ratones se atrevieron con los piés de San Juan, fué porque
esos infelices, también criados por Dios, no encontraron bocado
más exquisito con que regalarse. Ni la estátua dejará por eso de
ser imagen de un bienaventurado, ni éste dejará de interceder por
nosotros, aunque no llamemos al industrioso Caifás para que remiende
el retrato. Hija mía: que tu alma no atienda tanto á la superficie de
las cosas; elévese á las alturas de lo que no ven los sentidos; no
se inquiete tanto de los asuntos que la encadenarán demasiado á lo
terrestre. Y sobre todo, ese ardor tuyo por cualquier insignificante
suceso de un día, no me hace gracia.
Apenas pronunciada la última palabra de este discursillo, oyóse un
estallido lejano en los aires, luégo otro y otro, como si los ángeles
estuvieran cascando nueces en el cielo.
—¡Ya... ya!...—gritó Gloria poniendo toda su alma en los ojos.
—Ya está ahí mi hermano—dijo Lantigua con calma, acercándose á la
ventana.—Bien venido sea.