III

Gloria no espera un novio, sino un obispo.

—Son ya las diez, papá—dijo la señorita con impaciencia.—Desde la

estación de Villamojada aquí no se tardan más de dos horas.

—Sí; pero sabe Dios á que hora habrá llegado el tren—repuso el

padre.—Esta fórmula abreviada de la civilización se toma unas

libertades... No hay que impacientarse. Desde que llegue el coche al

ventorrillo de Tres casas nos lo avisará el tío Gregorio disparando

un buen puñado de cohetes que alegrarán con sus estallidos la

comarca. Caifás está en la torre aguardando el primer chispazo

para echar á vuelo las campanas. Descuida, que no podrá darnos una

sorpresa; habrá demasiado ruído.

Gloria se asomó de nuevo para mirar á la torre de la Abadía que

por encima de los tejados alzaba su caduco campanario, y dijo con

alborozo:

—Sí; allí está Caifás con todos sus chiquillos, esperando para

repicar á que reviente en los aires el primer cohete... Bien,

muchachos, bien Paco, bien Sildo y Celinina: tocad fuerte, muy fuerte

para que se oiga en toda la provincia.

El padre sonrió con dulzura, demostrando el apacible contento de su

alma en aquel instante.

—Papá—añadió Gloria poniéndosele delante con resolución:—¿apostamos

á que Francisca no ha espumado las cuatro gallinas, ni puesto en el

horno la dorada, ni arreglado los platos de leche?... Francisca es

así: dos horas para mover cada brazo y otras dos para pensarlo... y

nada, llegarán los viajeros y estarán todo el santo día esperando la

comida.

Luégo que esto dijo marchó á la carrera hacia la puerta.

—Gloria, Gloria—indicó el padre obligándola á detenerse.—Ven acá; no

salgas de aquí. Siéntate...

—¡Ay! no puedo, no puedo ver que en un día de tanto apuro se les

pasee el alma por el cuerpo—exclamó la joven sentándose.—Yo me abraso

la sangre. Llegarán y no habrá nada preparado.

—Mira, hija—dijo el buen señor riendo:—es preciso que aprendas á

no ser tan vehemente, á no tomar tan á pechos cosas nimias y de

escaso interés para el cuerpo y para el alma. ¿Cuándo te enseñaré

la serenidad y el aplomo que debe tener la persona en presencia de

los actos comunes de la vida? Díme, si pones esa exaltación y esa

fuerza inusitada de la atención en negocios triviales, ¿qué piensas

hacer cuando te encuentres en alguno de los mil graves lances que

ofrece la vida? Reflexiona en esto, hija mía, y modera tu arrebatado

temperamento. Mira, la pobre Francisca á quien tú acusas, te podrá

dar buenas lecciones. Observa con qué admirable método y previsión

y reposado estudio hace las cosas de la casa. Parece que tarda, y

sin embargo, todo lo hace con prontitud, porque todo lo hace bien.

En cambio, tú con tu impaciencia y ligereza te equivocas á menudo

y ó no concluyes nada, ó si concluyes algo, es preciso volverlo á

empezar. Yo he visto muchachas atolondradas, ligeras como el aire, y

vivas y deslumbrantes como la luz; pero tú, hija mía, á todas les das

palmetazo. Agradece á Dios que te hizo buena, piadosa, honesta, que

te dió natural honrado y generoso, que puso en tu alma las maravillas

de la fe, todos los sentimientos puros y nobles y el don de la gracia

inefable, dejando las agitaciones para la superficie.

—Si Dios me dió tantas cosas buenas—dijo Gloria con la convicción de

un Padre de la Iglesia,—también es El quien me ha dado este genio

vivo, esta impaciencia porque pase pronto la vida, y este afán de

llegar á mañana.

—Vamos á ver. ¿Qué motivo hay para que la próxima llegada de mi

hermano te haya puesto en ese sobresalto calenturiento?

—Como que hace tres noches que no duermo—repuso ella.—A fe que hay

poco que hacer... ¿A un señor obispo se le puede recibir como á

cualquier persona? Mi tío traerá consigo á su secretario el doctor

Sedeño, y quizás quizás á dos de sus pajes, ó cuando menos á uno; ¿y

no se han de disponer las cosas para tantos y tan dignos huéspedes?

Si me fiara de Francisca, ya había que tener paciencia hasta el año

que viene. ¿Cree usted que hay poco que hacer? Pues nada: todo el

piso bajo de la casa es poco para la gente que viene. Y no se les va

á poner en la mesa pan, vino y aceitunas. Tres viajes ha dado Roque

para traer lo necesario. ¿Pues y la capilla?

—Vamos á ver, ¿qué tiene la capilla?

—Nada; que Su Ilustrísima querrá decir misa en ella como la otra vez.

¡En bonito estado se hallaba la capilla! Ha sido preciso dar tres

jabonaduras al Cristo, en cuyo santo cuerpo las moscas habían hecho

más desperfectos que los judíos. El manto de la Virgen, perdido:

he tenido que quemarlo y hacer otro nuevo con el terciopelo que

compré para mí. Yo creí que no saldrían con toda la tiza que hay en

la casa las manchas de los candeleros. Afortunadamente Caifás y yo

fregoteamos bien, y todo ha quedado como un oro... Pero ¡ay! ¡si

supiera usted que los ratones se habían empezado á comer los piés de

San Juan!...

—¡Pícaros animalejos!—exclamó D. Juan riendo.

—¡No sé qué les haría! Gracias á que Caifás, que es tan habilidoso,

le puso al santo en las heridas de los piés no sé qué pastas y

rellenos, con lo cual y una mano de pintura, ha quedado muy bien...

Ya no harán más picardías estos tunantes que nada respetan. En

tres días que van de armada la ratonera han caído once, todos como

lobos... ¿Todavía le parece á usted poco trabajo el mío?

—Me parece demasiado.

—¿Pues y las camisas que he tenido que hacer á los hijos de Caifás

para que puedan salir á recibir decorosamente á mi tío? ¡Y se asombra

usted de que entre y salga y suba sin cesar! Yo soy así, papá querido.

—Tú eres así... lo sé. Dios te bendiga.

—Adoro á mi tío, que es un santo, y me siento tan felíz al considerar

que va á vivir bajo el mismo techo que yo; me parece tan poco lo que

tenemos para obsequiarle, que quisiera traer aquí las maravillas

de los palacios de un rey, y no teniéndolas, me doy á inventar

mil agasajos para albergar dignamente á quien tanto se parece á

Dios... No vivo, no puedo tener calma, me desvelo y me consumo...

Paso las noches sin dormir pensando en la pachorra de Francisca,

en la capilla, en el pobrecito San Juan roído, en los candelabros

manchados, en los ratones, en la pequeñez de la casa para tales

huéspedes...

—¿Has creído—dijo con bondad cariñosa el padre,—que mi hermano

necesita palacios y lujo y ostentación? No, hija mía. Mi hermano,

como discípulo de Jesucristo, es humilde. Si esta casa fuera una

choza, no sería menos digna de albergarle. Ofrezcámosle corazones

puros, ardiente fe y admiración profunda de sus virtudes;

regocijémonos al calor de su compañía para ver de imitarle;

apropiémonos parte de los inmensos tesoros de su corazón, lleno de

Dios, y no nos cuidemos de lo demás...

—Eso es lo primero; pero también...

—Pobre ó resplandeciente de riqueza, la capilla será siempre un

recinto sagrado, pues mi hermano ha celebrado y volverá á celebrar

en ella cuando los albañiles compongan el techo que se ha caído.

Si los ratones se atrevieron con los piés de San Juan, fué porque

esos infelices, también criados por Dios, no encontraron bocado

más exquisito con que regalarse. Ni la estátua dejará por eso de

ser imagen de un bienaventurado, ni éste dejará de interceder por

nosotros, aunque no llamemos al industrioso Caifás para que remiende

el retrato. Hija mía: que tu alma no atienda tanto á la superficie de

las cosas; elévese á las alturas de lo que no ven los sentidos; no

se inquiete tanto de los asuntos que la encadenarán demasiado á lo

terrestre. Y sobre todo, ese ardor tuyo por cualquier insignificante

suceso de un día, no me hace gracia.

Apenas pronunciada la última palabra de este discursillo, oyóse un

estallido lejano en los aires, luégo otro y otro, como si los ángeles

estuvieran cascando nueces en el cielo.

—¡Ya... ya!...—gritó Gloria poniendo toda su alma en los ojos.

—Ya está ahí mi hermano—dijo Lantigua con calma, acercándose á la

ventana.—Bien venido sea.

Gloria (primera parte) · 第 9 / 54 题