Gloria y su papá.
Estaban los dos en una sala del Mediodía, con ventana al jardín, por
la cual éste prestaba gratísima vista y olores al sentido. Parecía
despacho más que otra cosa la tal pieza, por la regular balumba de
libros y papeles que en diversos lugares de ella había; y las paredes
se vestían con mapas, láminas de santos, el busto del Sumo Pontífice
y un gran cuadro que contenía el retrato al óleo de un obispo,
representado con pluma en la mano.
Sentado en ancho sillón estaba allí don Juan de Lantigua, hombre
que iba ya mucho más allá de los cincuenta, serio, muy simpático
á la vista y de fisonomía harto inteligente. Su frente y perfil
no carecían de majestad, sin ofrecer bellezas académicas; pero lo
dominante en todas las partes de su rostro era la expresión patente
de una tenacidad acerada, como debió de ser aquella que hizo los
héroes cuando había héroes y los mártires cuando había mártires. Así
es que si pasó su vida sin ser ni una cosa ni otra, no consistió en
él. Parecía la naturaleza corporal de aquel hombre quebrantada ó
por estudios ó por penas. Podía también observarse en su semblante
una tristeza serena, muy distinta de la teatral misantropía de los
escépticos. Cuando le conozcamos mejor, veremos que aquel melancólico
sentimiento, que tan claramente salía de lo hondo á la superficie de
su persona, era más que descontento y hastío de sí mismo, una como
lástima profundísima de los demás.
Contemplando á su hija, que por centésima vez se asomaba á la
ventana, le dijo con afable tono:
—Gloria, por más que te muevas y mires, y esperes y tornes á mirar,
nuestro querido viajero no viene todavía. Ten calma, que ya llegará.
Gloria volvió al lado de su padre. Andaba en los dieciochos años y
era de buena estatura, graciosa, esbelta, vivísima, muy inquieta.
Su rostro, por lo común descolorido en las mejillas, revelaba un
desasosiego constante, como de quien no está donde cree deber estar,
y sus ojos no podían satisfacer con nada su insaciable afán de
observación. Allí dentro había un espíritu de enérgica vitalidad
que necesitaba emplearse constantemente. ¡Encantadora joven! A
todo atendía, cual si nada ocurriese en la creación que no fuese
importantísimo; atendía á la hoja desprendida del árbol, á la mosca
que pasaba zumbando, á cualquier ruído del viento ó bullanga de los
chicos en el camino.
Su fisonomía, parlante y expresiva como ninguna, no carecía de
defectos; mas eran de esos que no sólo se perdonan, sino que se
admiran. Era su boca un poquito grande y su naríz casi más pequeña
de lo regular: pero el conjunto no podía ser más hechicero. Sus
labios encendidos eran la más hermosa y dulce fruta que puede
ofrecerse en el árbol de la belleza á los hambrientos antojos del
amor. Contrastaba con la frescura de esta golosina la exaltación,
la flamígera viveza de sus ojos negros, que tan pronto resplandecían
con súbito rayo, tan pronto se abatían con lánguida pereza. Sobre
estos dos astros aleteaban sus grandes pestañas. Mirando como miraba,
ponía en sus ojos el reflejo de una conciencia pura. Aquella profunda
sensibilidad, dispuesta á desarrollarse á tiempo, y que, no encendida
todavía con verdadero fuego, á todas horas echaba chispas; aquel
claro afán de sentir fuerte estaba tan lleno de honestidad, como el
de algunas que por este medio han llegado á la canonización. El que
no lo quiera creer que no lo crea.
Vestía la preciosa criatura á la moda, con elegancia no afectada.
Todo participaba en ella de la gracia de su persona, y ningún
pormenor de su peinado y de su ropa podía estar de otra manera que
como estaba.
En el instante en que la vemos, la inquietud de Gloria era tan
grande, que no existía rasgo alguno en su semblante en el cual no se
mostrara la impaciencia. Cuando se apartaba de la ventana, recorría
la estancia de un punto á otro, tomando un objeto de este sitio
para ponerlo en aquél, moviendo las sillas sin motivo alguno que
justificase las ventajas del cambio de colocación, observando los
cuadros que había visto mil veces en su vida. Podía decirse de ella
lo del poeta: «Hasta cuando el pájaro anda, se le conoce que tiene
alas.»