II

Gloria y su papá.

Estaban los dos en una sala del Mediodía, con ventana al jardín, por

la cual éste prestaba gratísima vista y olores al sentido. Parecía

despacho más que otra cosa la tal pieza, por la regular balumba de

libros y papeles que en diversos lugares de ella había; y las paredes

se vestían con mapas, láminas de santos, el busto del Sumo Pontífice

y un gran cuadro que contenía el retrato al óleo de un obispo,

representado con pluma en la mano.

Sentado en ancho sillón estaba allí don Juan de Lantigua, hombre

que iba ya mucho más allá de los cincuenta, serio, muy simpático

á la vista y de fisonomía harto inteligente. Su frente y perfil

no carecían de majestad, sin ofrecer bellezas académicas; pero lo

dominante en todas las partes de su rostro era la expresión patente

de una tenacidad acerada, como debió de ser aquella que hizo los

héroes cuando había héroes y los mártires cuando había mártires. Así

es que si pasó su vida sin ser ni una cosa ni otra, no consistió en

él. Parecía la naturaleza corporal de aquel hombre quebrantada ó

por estudios ó por penas. Podía también observarse en su semblante

una tristeza serena, muy distinta de la teatral misantropía de los

escépticos. Cuando le conozcamos mejor, veremos que aquel melancólico

sentimiento, que tan claramente salía de lo hondo á la superficie de

su persona, era más que descontento y hastío de sí mismo, una como

lástima profundísima de los demás.

Contemplando á su hija, que por centésima vez se asomaba á la

ventana, le dijo con afable tono:

—Gloria, por más que te muevas y mires, y esperes y tornes á mirar,

nuestro querido viajero no viene todavía. Ten calma, que ya llegará.

Gloria volvió al lado de su padre. Andaba en los dieciochos años y

era de buena estatura, graciosa, esbelta, vivísima, muy inquieta.

Su rostro, por lo común descolorido en las mejillas, revelaba un

desasosiego constante, como de quien no está donde cree deber estar,

y sus ojos no podían satisfacer con nada su insaciable afán de

observación. Allí dentro había un espíritu de enérgica vitalidad

que necesitaba emplearse constantemente. ¡Encantadora joven! A

todo atendía, cual si nada ocurriese en la creación que no fuese

importantísimo; atendía á la hoja desprendida del árbol, á la mosca

que pasaba zumbando, á cualquier ruído del viento ó bullanga de los

chicos en el camino.

Su fisonomía, parlante y expresiva como ninguna, no carecía de

defectos; mas eran de esos que no sólo se perdonan, sino que se

admiran. Era su boca un poquito grande y su naríz casi más pequeña

de lo regular: pero el conjunto no podía ser más hechicero. Sus

labios encendidos eran la más hermosa y dulce fruta que puede

ofrecerse en el árbol de la belleza á los hambrientos antojos del

amor. Contrastaba con la frescura de esta golosina la exaltación,

la flamígera viveza de sus ojos negros, que tan pronto resplandecían

con súbito rayo, tan pronto se abatían con lánguida pereza. Sobre

estos dos astros aleteaban sus grandes pestañas. Mirando como miraba,

ponía en sus ojos el reflejo de una conciencia pura. Aquella profunda

sensibilidad, dispuesta á desarrollarse á tiempo, y que, no encendida

todavía con verdadero fuego, á todas horas echaba chispas; aquel

claro afán de sentir fuerte estaba tan lleno de honestidad, como el

de algunas que por este medio han llegado á la canonización. El que

no lo quiera creer que no lo crea.

Vestía la preciosa criatura á la moda, con elegancia no afectada.

Todo participaba en ella de la gracia de su persona, y ningún

pormenor de su peinado y de su ropa podía estar de otra manera que

como estaba.

En el instante en que la vemos, la inquietud de Gloria era tan

grande, que no existía rasgo alguno en su semblante en el cual no se

mostrara la impaciencia. Cuando se apartaba de la ventana, recorría

la estancia de un punto á otro, tomando un objeto de este sitio

para ponerlo en aquél, moviendo las sillas sin motivo alguno que

justificase las ventajas del cambio de colocación, observando los

cuadros que había visto mil veces en su vida. Podía decirse de ella

lo del poeta: «Hasta cuando el pájaro anda, se le conoce que tiene

alas.»

Gloria (primera parte) · 第 8 / 54 题