habitantes de la capital, y Valparaíso, la britanizada, y Concepción
y Talca y tantas otras poblaciones de trabajo y de belleza, como ese
encanto de Lota, feudo económico de los opulentos Cousiños. Y una
profusión de grabados más que explica objetivamente el texto.
Los monumentos hablan de la historia gloriosa de la Nación. Tal cual
pintura de artista nacional expone escenas de la vida popular, como
la Cueca. Y la fotografía hace admirar la tradicional hermosura de
la mujer de Chile, perpetuada en la inmortalidad del arte por el
célebre busto de Rodin que es joya del Luxembourg y cuyo modelo
Arsene Alexandre asegura ser una dama peruana, habiéndolo sido, según
entiendo, la esposa del ministro chileno en Francia, señor Moria Vicuña.
Al leer ese tomo no se puede menos que reconocer el entusiasmo y
el afecto que por su patria tiene el autor, entusiasmo y afecto
muy naturales y justos. Queda afirmado que Chile es un país serio,
laborioso, bien constituído y lleno de cualidades bélicas y que
comprenden bien el lema de su escudo «por la razón o la fuerza».
Durante mucho tiempo ha sido el modelo gubernamental para las
repúblicas hispanoamericanas y su buen sentido ha sido señalado como
un ejemplo y una norma. Ha tenido siempre envidiable renombre en sus
asuntos económicos, y en la formación del tipo propio no en balde ha
querido imitar a los hijos de la Gran Bretaña. Además, el chileno ama
la expansión de la vida y el gozo de vivir, aunque parezca en veces
seco o brusco. Así, bien puede decir con razón un observador como W. H.
Koebel: «The chilean of the educated classes bears a marked resemblance
to the Englishman both in outward appearance and habits. A young naval
cadet at Valparaiso might have stepped straight from out of the doors
at Osborne. A similar Anglicised appearance prevails throughout in the
world of commerce, officialdom, and sport. Amongst others, hospitality
and a marked «joie de vivre» are their attributes». Durante tres años
que pasé en las ciudades de Valparaíso y Santiago, hace ya más de
veinte, pude comprobar tales aserciones.
Los datos sobre el movimiento intelectual dan idea de una copiosa
producción. Se encuentra larga lista de escritores y poetas, hechos
a la manera de aquel incansable obrero de la publicidad chilena,
tan lleno de buenas intenciones, que fué el finado don Pedro
Pablo Figueroa. Quizá hubiera sido de desear un estudio sobre las
tendencias del pensamiento nacional y un cuadro expositivo de la
evolución literaria en ese centro de pensadores estrictos, de hábiles
constitucionalistas, de eminentes jurisconsultos y filólogos. Y
mostrar cómo allí en donde el ilustre venezolano don Andrés Bello dejó
como herencia imperecedera el Código y la Gramática, hay también una
juventud que ama la Belleza y siente el Arte y que saluda con respeto
la figura de mármol de aquel antecesor, aun siguiendo los rumbos que el
espíritu de su época le ha señalado.
Mucho más hay que alabar en la obra del señor Poirier. Su prosa es
clara, amena, distinguida. Se ha librado de los excesos líricos que en
trabajos semejantes se encuentran en otros países hispanoamericanos. De
este modo él ha llenado su objeto de escribir para «hombres de estudio
y de ciencia, para quienes ninguna utilidad ni prestigio revestiría
una de esas adocenadas y calidoscópicas exhibiciones de maravillas en
que se pinta a estos países nuevos de la América, no como ellos son,
sino como los quisiera el optimismo interesado, cuando no la quimera
patriótica de sus autores». Libro útil, lectura provechosa para su
tierra, labor de propaganda merecedora de estímulo, eso es lo que ha
realizado el señor Poirier. Ya había él, de otras maneras, hecho lo
mismo en Chile para bien de otros estados hispanoamericanos.
Dícenme que un miembro del cuerpo diplomático fué separado de su puesto
en París por el Gobierno chileno por publicar un libro que él creía
excelente y que no hacía sino poner a su país en ridículo. En este caso
el Gobierno debía hacer todo lo contrario.
Las memorias de la señora Daudet.
Hay un escritor a quien injustamente los excesivos del intelectualismo
han querido poner _à coté_, en estos últimos años; quiero hablar de
Alfonso Daudet. Este era un artista cordial, un sensitivo, con el
don del humor y de la claridad. Mucho de su obra, hoy poco atendida,
revivirá más tarde.
Ahora viene a mi mente lo que de él leyera antaño, al acabar de
acompañar a Mme. Daudet en sus _Recuerdos_, recientemente publicados.
Ellos forman un volumen que generalmente interesa y en muchas de sus
partes conmueve. Vemos desfilar unas cuantas figuras de las letras
francesas, cuyos nombres son famosos y cuya obra no es conocida. Y
ellas pertenecen no solamente al grupo literario que frecuenta el
«diván» de los Goncourt y visitara la casa de Daudet, sino a una
generación anterior, pues la autora se complace en rememorar a tales
o cuales personajes de letras que conociera desde sus primeros años,
cuando sintiera su inicial impulso hacia la literatura, teniendo, como
tenía, padre y madre poetas.
Conoció a Mme. Desbordes-Valmore, al grupo provenzal de los felibres,
amigos de su marido Mistral, Aubanel, Roumanille, Anselme Mathieu,
Félix Gras, Paul Arène. Recién casada en su morada del hotel Lamoignon,
en el Marais, vió desfilar a Sarcey, Ranc, Mittchel, Dusolier--nombres
que fuera del «tío», no dicen nada en la actualidad. Y llegaba
allí también Barbey, el condestable de las letras, como Edmond de
Goncourt fué más tarde el mariscal. De Barbey traza en estas páginas
un pintoresco retrato, y publica una carta suya inédita. Habla con
simpatía de Cladel, _presque génial celui-là_, de Paul Feval, de
Flaubert. De algunos de ellos reproduce cartas interesantes, sobre todo
de Mme. Desbordes-Valmore.
Luego, los recuerdos se van anotando en forma de diario. No en vano su
intimidad fué tan grande con los hermanos Goncourt. Pero antes, pinta
gráficamente figuras como la de Catulle Mendes, y dedica al dios Hugo,
entre admiración y admiración, algunas acres observaciones. Ya sabemos
que esos son asuntos de familia. Con Zola no hay mucho afecto. En
cambio, éste es vivo y agradecido con M. y Mme. Georges Charpentier.
En todo el libro, naturalmente, por afecto casi familiar y por razones
intelectuales el nombre que se diría siempre adornado por un _bouquet_
de rosas, es el de los Goncourt.
No deja de hacer advertir, como su marido al final de sus _Trente ans
de Paris_, la literaria ingratitud de Tourgueneff, a quien Flaubert
llamara el _bon moskove_. Y he aquí a Huysmans, Céard, Edouard Drumont,
Anatole France, Bourget en sus primeras obras. En el fondo de su Nohant
la vieja George Sand escribe una carta de felicitación a Daudet por su
_Jack_. Hay una descripción del salón de la princesa Matilde, con sus
diplomáticos y literatos, y de las reuniones en casa de Mme. Adam, tan
llenas de hombres políticos y de hombres de letras. El verdadero diario
empieza, por fin, con la fecha 21 de mayo de 1880.
Y la página escrita ese día relata una visita a la casa de Auteuil
en que moraba Edmond de Goncourt, «el único hombre de letras que yo
conozca en un hogar digno de él», dice la autora.
El hotel es elegante. Un lujo refinado y exótico armoniza las
preferencias del espíritu de un sedentario, con las raras filigranas
del arte japonés. En la biblioteca los libros tapizan los muros, y
en una parte de ella se encuentran las obras de los dos hermanos en
especiales encuadernaciones. _La Manette Salomon_ en un esmalte de
Popelín; yo no sé cuál otra de sus novelas con un dibujo de Gavarni que
será después su ex libris: _les deux doigts de la main_.
Madame Daudet pide ver la habitación descrita en _La maison d'un
artiste au dix-huitième siècle_. Y al acompañar a la visitante,
Goncourt hace observar:
--Faltan aún diez mil francos de cortinajes en el lecho y en los
balcones para que esto esté completo.
La autora llega, en fin, al gabinete japonés en que, guardadas en
vitrinas, están las exóticas maravillas que forman la colección de
Edmond de Goncourt. Este las hace examinar a Mme. Daudet y ella nos
refiere que «si una mano de mujer se tiende hacia el delicado objeto
para apreciar mejor su rareza, su ligereza, es preciso ver el aire
inquieto del gran escritor, atenuado por su extrema cortesía, y el leve
estremecimiento con que vuelve a su sitio el bello plato transparente y
frágil o el estuche de nácar historiado como un encaje».
Sigo con complacencia el relato de la visita a Edmon de Goncourt.
Flotan sobre el decir de la mujer artista y curiosa todo el afecto
y la cariñosa admiración que la viuda de Alfonso Daudet profesó a
los hermanos Goncourt. «Desde el día en que lo conocí--esto data de
1874--mi admiración ha crecido, se ha afirmado; y con los hombres
célebres la inversa se produce casi siempre».
A lo largo se suceden recuerdos de reuniones, fiestas, banquetes a que,
acompañando a su esposo, asistió la autora de este libro cordial y
evocador. Casi en el mismo mes anota el diario que recorro, _soirées_
en el taller del primer Nittis; en el palacio de la princesa Matilde,
«la alteza aún imponente y bella»; en casa de la interesante Mme.
Juliette Adam. Esta última, una escena de artistas. Se sientan a la
mesa el gran duque Constantino de Rusia, el conde de Beust, después
Carolus Durán, Dumas hijo, Dérouléde, Tourgueneff, Munkcaczy y Alfonso
Daudet. Y solas dos mujeres: Mme. Daudet y la dueña de la casa.
Después de un claro de fiestas bastante grande, en abril de 1882,
encuéntrase una bella descripción de la reunión que se congregó con
objeto de escuchar la lectura del arreglo para el teatro de _Los
reyes en el destierro_. Eran los autores P. Delair y C. Coquelin. Y
el areópago lo formaban Gambetta, Henry Céard, el doctor Charcot;
Banville, Burti, Goncourt, Edouard Drumont y los esposos Charpentier.
La autora expresa, al pasar, su opinión sobre la conveniencia de la
lectura de las obras en preparación a un pequeño círculo de hombres de
letras. Así conoció ella la pieza de teatro sacada de _Renée Mauperin_,
por Henry Céard, y puesta en escena en el Odeón de París, por el
director Porel, artista al propio tiempo.
Y la escritora evoca en su recuerdo la lectura de la _Fille Elisa_ a
que ella asistió. Tienen sus palabras el grato perfume desvanecido de
las horas dichosas que pasaron.
«Nos vemos en la casa de Auteuil una tarde de junio, en el gabinete
de trabajo bien cerrado y discreto, la pieza de al lado abierta sobre
los rododendros en flor, a M. de Goncourt leyendo con su voz corta,
emocionada, cayendo al final de las frases que en sus más bellas
páginas guardan, para mí, en la relectura, la entonación primitiva.
»La lectura terminada, descendíamos al jardín, volvíamos a ver el
pequeño surtidor, coronado por un delfín de Saxe en piedras, avanzando
su garganta abierta por encima de las idas y venidas de los peces rojos
vigilados por la gata familiar; encontrábamos de nuevo esta plaquita
en tierra cocida, con efigies infantiles, entre los árboles verdes, y
la cigüeña de la entrada, de largo cuello enhiesto, con el plumaje tan
ligeramente grabado en el bronce. Por testamento y delicado recuerdo
del amigo desaparecido, estos dos últimos objetos se encuentran ahora
en mi poder, adornando, _in memoriam_, mi jardín y mis paseos. Y estas
manifestaciones de arte, muy distintas entre el césped y las flores,
engrandeciendo el reducido espacio, hacían aspirar allí ese gusto de
rareza, de vestigios exóticos o antiguos, cuya elocuencia saboreaba
también Edmond de Goncourt. ¡Deliciosa jornada, que siempre ha
corregido para mí el _navrementt_ del libro!»
Dos meses después de esta agradable reunión, que con deleite anotaba
la autora, el 11 de junio, consagra las páginas de su diario a recordar
la muerte de uno de los dos hermanos bien queridos por Daudet. Julio,
herido en la razón antes, sucumbe al fin después de un lamentable
año cuyas amarguras se adivinan a través de la cariñosa y doliente
discreción del buen Edmundo de Goncourt.
Y en este punto están reproducidas en el diario de recuerdos dos cartas
interesantísimas de Edmundo a Flaubert y al marido de la escritora.
La primera es de días después de agravarse la enfermedad de Julio.
En ellas hace el hermano enfermero a Flaubert confidencias de su
desesperación ante la desgracia del compañero, del amigo perdido para
la vida intelectual al entrar en la madurez del talento. La segunda
es para encargar a Alfonso Daudet que reserve sin dar a conocer la
anterior hasta la muerte suya.
Ambas muestran el entrañable compañerismo de los hermanos Goncourt y
Mme. Daudet; al reproducirlas, consagra un pequeño y tierno homenaje a
«esta colaboración fraternal única en las letras».
* * * * *
De las más interesantes anotaciones que contiene el libro son los
juicios que a la autora merecen los grandes políticos que encontró en
los salones políticos-literarios del tiempo. Pasan rápidamente por
los rincones de esta agenda de una dama artista los célebres oradores
del imperio, los famosos jefes de partido. En la mezclada sociedad
de artistas y políticos, madame Daudet encuentra a Gambetta en un
salón, rodeado, acorralado por los hombres que, olvidando a las damas
presentes, escuchan, «literalmente de rodillas» ante su sillón, al
gran tribuno. «Plácido, rosado, de cabellos grises pegados en las
sienes, tendiendo a la obesidad pálida de un Napoleón I y de su misma
nacionalidad, pero de ambición menos amplia, parece a punto para la
derrota».
En las reuniones de la princesa Matilde no faltan ocasiones de codear
a todo el mundo político, que allí, a su vez, codea al mundo literario
en un terreno neutral. Y no faltan a la escritora comentarios, cuando
no acres, teñidos de un vago y tenue desdén para los estadistas más o
menos en auge a la sazón.
El batallador Georges Clemenceau, que lleva ahora los ardores de su
verbo de viejo luchador por la capital argentina, no le presenta más
rasgo típico que la brutalidad: brutalidad en el acento, brutalidad en
el rostro. «Nada más que brutal--dice--, y del hombre político y del
hombre privado, este rasgo decisivo da la medida, sin razonamientos ni
pruebas complementarias.»
Más benévola con el veterano Rochefort--que entonces no lo era tanto,
naturalmente--dice de él, al encontrarlo a fines de 1895 de regreso
de Londres: «No ha envejecido ni cambiado, si no es por su raro
mechón de _clown_, más blanco, más prominente y más frondoso que
nunca.» Y expresa toda la admiración que siente por el encanto de la
conversación bulevardera de este gran parlante que con el inapreciable
Aurélien Scholl, tiene el don de hacer _esprit_ de todas las pequeñas
ocurrencias de París y reunir a la más bella ironía una _bonhomie_
sonriente, camaradería difícil.
Y también hay en las hojas del diario recuerdos de artistas, pintores
afamados, literatos extranjeros, músicos de reputación universal pasan,
dejando en nuestro ánimo la visión rápida de una cinta cinematográfica
que revolviera el tiempo en que Mme. Daudet escribió sus recuerdos.
A más del ruso Turgueneff, a quien no perdona la autora su póstuma
crítica de las reuniones de su marido, a las que asistiera aquél como
amigo de la casa, desfilan ante el lector las mil y mil figuras de
relieve en aquella época. Zola, hosco, replegado en sí mismo, con su
cohorte de discípulos mediocres y exclusivos. El gran pintor Munkaczy,
«de figura característica, salvaje y buena, cuya esposa hace los
honores realmente vestida como para un cuadro del maestro». Pasa Lizst,
que viene a París a escuchar de nuevo los aplausos parisinos, que dice
Mme. Daudet, no deben ya parecerle los mismos que antaño cuando su
seducción proverbial hizo tantas víctimas.
Y pasan aún Leconte de Lisle y Flaubert. «Hay tanta grandeza en uno
como en otro». Y Heredia el gran conquistador de la poesía francesa;
y Maurice Barrés; y Prévost, que llegó no ha mucho a sentarse en
la Academia, y el intenso Huysmans, y Mirbeau y Toudoure y cien
más. Cuanto brillaba entonces en el mundo político, cuanto la
intelectualidad contaba en los años que han corrido sobre el diario
evocador, el sutil espíritu de la esposa del excelente Alfonso Daudet
lo reflejó con la frase precisa en este libro amable que distrae e
interesa con sus llamamientos al pasado.
Y de entre sus recuerdos de amigos extranjeros, hay aquí citas de
algunos nombres que no nos son ajenos. A continuación de los ingleses
Child y Georges Moore, viene el italiano Vittorio Pica. Algunas
excepciones femeninas: «Mme. Pardo-Bazán», inteligente y exuberante
entre ellas...
Y así corren los años. Comienza el diario el 21 de mayo de 1880 y
termina en 1898. El libro de recuerdos que comienza evocando uno tierno
y triste, termina con la lamentación de un alma herida. Madame Daudet
no tiene ya a su lado al compañero de su existencia. Sus días de
felicidad no pasan ya. Alfonso Daudet ha muerto. Los recuerdos de la
vida del artista, que era la vida de su esposa, no van ya a dejar en
las páginas de un libro la huella de las impresiones que en el ánimo de
su autora produjeron.
Y la viuda, veneradora de la memoria del marido, del «asociado»,
escribe estas palabras que quizá más que el deseo y la expresión de la
devoción de un alma amante, son una profecía sobre el revivir de la
obra del artista cordial, estos últimos años olvidado:
«Todo lo que el hombre produce, libro, cuadro, una obra cualquiera
material o genial, vive más que él: efímero, crea lo duradero».
Lo trágico del progreso.
LA CATÁSTROFE DEL «PLUVIÔSE»
A cada paso se dice: El hombre va conquistando la Naturaleza, dominando
las cosas y los elementos. El hombre realiza el milagro. El hombre es
como los semidioses de los fabulosos tiempos paganos. Pero a cada paso
las fuerzas ocultas se vengan, o el demonio llamado casualidad hace su
obra.
Al hombre que trabaja en el centro de la tierra, los malos gnomos del
grisú le fulminan, u otros le aplastan cuando menos lo piensa. A Newton
el enemigo le quema los papeles. A cien aeronautas les echa abajo la
ráfaga. A cien penetradores del infinito les lanza a la locura. A Curie
le aplasta un camión. Y a quien ha logrado navegar debajo de las olas
tiene en su contra las sorpresas del abismo, como el que navega sobre
ellas tiene las sorpresas de la tempestad.
Cuando se construyó el primer submarino, después de la novelesca
invención de Verne, todo el mundo creyó conquistado el seno hondo del
océano, como cuando ha volado el primer aviador todo el mundo ha creído
conquistado el imperio del viento. En efecto, han sido conquistas,
pero conquistas llenas de traiciones. A cada paso surge la catástrofe,
a cada instante se impone la fatalidad. El hombre es el dominador del
elemento, pero no es un rey absoluto. Vuela, pero no es ave; se hunde
y va entre las aguas, pero no es pez. Sus grandes pájaros mecánicos se
vienen a tierra y le dan la muerte; se repite constantemente el mito
de Icaro. Sus enormes peces de metal nadan como ciegos, y de pronto
cualquier obstáculo o cualquier deficiencia les deja en lo hondo del
mar, de donde son sacados cuando hay buena suerte, como enormes ataúdes
llenos de podredumbre.
Tal ha sido el caso del _Pluviôse_, que, como otros submarinos
anteriores, se ha sumergido con todos los marinos que llevaba en su
seno, los cuales han tenido la más horrible de las muertes.
Imprudencia primero de quien ordenara ejercicios de submersión en una
rada como la de Calais, de continuo surcada por tantos barcos, entre
los cuales, y principalmente, el correo de Inglaterra; desventura
después, que no viese el comandante del barco causante del desastre,
sino muy tarde, emerger ante su vista el asta señaladora del submarino,
por lo cual, aun cuando diera la orden de «máquina atrás», ya no fué
posible evitar el choque. Insuficiencia, por otra parte, de medios
visuales o preventivos en el peligroso cachalote metálico. No existe,
pues, todavía, tal como Julio Verne lo concibiera, el maravilloso
_Nautilus_. La desgracia acaecida a Francia la ha sufrido ya Inglaterra
y recientemente el Japón. Por cierto que en esta última circunstancia
se vió el sin igual heroísmo de uno de los oficiales que perecieron,
quien sintiendo poco a poco llegar la muerte, escribió excusas,
recomendaciones e impresiones a sus jefes, hasta que la pluma se le
cayó de la mano a causa de la asfixia.
Y en Francia no es la primera vez que horroriza un caso semejante,
pues antes del _Pluviôse_, el _Lutin_ se convirtió también en un gran
féretro de acero. Y lo más desconsolador es que poseyendo barcos
semejantes, no haya aparatos que con prontitud y seguridad puedan
ponerlos a flote en caso de una paralización o de un irremediable
hundimiento. No han inventado aún algo como una gran mano o pinza de
acero que coja la concha hundida, como se coge un crustáceo, y la ponga
en condiciones de salvamento.
Ni siquiera medios para, en medio de la angustia, poder salir de su
prisión de acero los tripulantes, y así llegar a la superficie y
librarse de morir sin siquiera en la agonía de su encierro tener una
sola esperanza de liberación.
Grandísimos trabajos ha costado el poder sacar del fondo, mal
encadenado, al _Pluviôse_, después de más de quince días de permanecer
en el fondo del mar a una profundidad de más de veinte metros.
Han laborado buzos marineros con verdadera heroicidad y toda Francia ha
estado fija en ellos. Almirantes y altos dignatarios del ministerio de
Marina han estado incansables presenciando la dolorosa y dificultosa
tarea. Varias veces las cadenas se rompieron; pero venció por fin la
constancia. Y pudo verse fuera del agua el desventurado submarino.
Calais de duelo es en estos momentos una ciudad trágica. Se ha logrado
abrir la caparazón del submarino y se ha comenzado a extraer los
cuerpos ya inconocibles y putrefactos de las víctimas.
Y lo doloroso es lo que cuentan los periodistas de los coros enlutados
de las familias sollozantes, que van al depósito de cadáveres y
no pueden sino con gran dificultad reconocer a sus deudos en esos
macabros despojos que realizan visiones de pesadilla en un relente de
_morgue_. Cada vez que aparece un cuerpo extraído del casco, «todos
los hombres--dice un testigo--se descubren y una cortina de marineros
alineados disimula, a los privilegiados que tienen acceso al muelle, el
horror del espectáculo.
»En seguida se deposita el cadáver en la barca sanitaria que está al
lado del submarino, se le cubre con una espesa tela y se le lleva
al depósito mortuorio. Durante los dos o tres minutos que eso ha
durado, el trabajo se ha detenido. Todos, marineros, contramaestres,
oficiales, están inmóviles gorra o birrete en la mano. Monsieur Cherón,
el subsecretario de Marina, presente sobre el submarino, contempla,
descubierto, el fúnebre desfile. Los cinco o seis marineros de guardia
sobre el _Ventôse_, ese hermano gemelo del _Pluviôse_, que está allí y
que ha erigido en su popa, en signo de duelo fraternal, una simple cruz
de madera, se han alineado como en la parada, y, sobre el muelle, los
oficiales saludan, los gendarmes rinden los honores, los concurrentes
se quitan el sombrero. Todos esos gestos son imprevistos y espontáneos.
Es conmovedor y grande, porque es sencillo.
»Ninguna pompa oficial, ninguna música, ninguna actitud intercepta
la emoción. No hay sino hombres que, saludando a la muerte, afirman
oscuramente su solidaridad». ¡Pero las madres, las esposas, las hijas,
los hijos! ¡Los velos negros por los oficiales, y las cofias enlutadas
por los marineros!