una alcantarilla, le hizo realizar un trabajo hercúleo y habilidoso
para capturarlo. Su historia está llena de cosas impresionables. Varias
veces ha estado a la muerte, por la garra o por el colmillo. Llegó
a maestro. Muchos discípulos suyos son hoy famosos en los modernos
fastos circenses. Habla de su arte, o si gustáis, de su ciencia, con
pasión, pero en él impera siempre la serenidad. Conoce los animales
de la historia y la historia de los animales. Proclama la modernidad
de su arte, pues ninguna fiera fué industriada por los antiguos,
a pesar de anécdotas de eruditos. Tiene a orgullo el descender de
Georges Wombwell, que inició de los primeros el _dressage_ tal como
hoy se comprende. Antes de que la _menagerie_ del abuelo Wombwell se
estableciese en Inglaterra, a comienzos del siglo pasado, se habían
amaestrado monos y perros, pero nunca leones y tigres. Por la dulzura
de un hombre con dos leoncillos enfermos y la amistad continuada
pudo ver el público por primera vez juntos al león y al hombre, sin
hacerse daño. Así se iniciaron las enseñanzas de hoy. «Un hombre y dos
leoncillos», dice Bostock. Eso asombraba hace más de cien años. Hoy
vemos entrar a un hombre en la arena «rodeado de veintisiete leones».
Y se va más adelante: se ha ido poco a poco. Recuerda a Ellen Bright
famosa, que murió por imprudente desgarrada por un tigre; a Herman
Weedon, que ha realizado grandes progresos, y a otros tantos, entre
los cuales el soberbio capitán Bonavita, Daniel, con látigo y botas.
Y la Morelli, circundada de panteras, jaguares y leopardos, todos
menos nobles que el real león; la Aurora, de humilde aire efébico,
haciendo evolucionar sus osos blancos; Miller, con sus enormes
tigres bengaleses; la Pianka, Weedon y el valerosísimo Richard de
Kenso. Y luego los secretos para lograr el éxito en la enseñanza de
los terribles alumnos. A más de la paciencia y la constancia, saber
penetrar en la psicología zoológica. Estudiar los temperamentos y las
idiosincrasias y velar por el aseo, la buena nutrición y el ejercicio,
pues la pereza hace tan malas a las fieras como a los hombres. Sabed
que los leones son enfermizos; que cuando examinan una cosa y no la
comprenden, se agitan y rugen; que son delicados como los niños; que
una leona preñada es tan nerviosa como una mujer en estado interesante,
y que por causa de sus nervios es difícil que sea una buena madre,
llegando hasta devorar sus hijos: sabed que hay a veces entre las
fieras traiciones y perversos sentimientos. Luchan entre ellos, se
muerden, se dan zarpazos. ¡Cuánta atención, pues, habilidad y firmeza
para adiestrarlos, para relacionarse con ellos! Los que creen en que
se les da opio, bromuro u otras pócimas no saben que eso no puede ser.
Pues afirma Bostock, dar drogas a las fieras podría ocasionar pérdidas
serias, sin contar con que el efecto final de las drogas disminuiría
sensiblemente el valor comercial de los animales. Igualmente, el buen
domador no usa jamás de crueldad. No se deteriora una bestia que vale
tanto, primeramente. Y luego, el mal trato hace mala a la fiera. Hay
que escoger los alimentos. «El único medio de mantener las fieras en
buen estado y sin mal olor, es darle carne fresca y de buena calidad.
El carnero o el buey recién estazado y a veces una cabeza de cordero,
que les gusta mucho, es el alimento que conviene más a los leones y
a los tigres». Y hay otros cuantos detalles sobre la comida de esos
bien nutridos y considerados prisioneros, como el darles un hueso con
cada trozo de carne y el hacerles ayunar un día a la semana. Si hay
desgano, pues un aperitivo. Mas no creáis que se les emponzoña con
bíters, gencianas, ajenjos o vermutes, sino que se les da un pedazo
de hígado; o bien un conejo, un pollo o un pichón. Al oso, poca carne
cruda; se le da cocida, y pescado y pan con leche. Y si el oso es
polar, sabed que ese _gourmet_ se chupa labios y patas si le brindáis
un buen plato de aceite de pescado. «Esto es algo que vale la pena de
ser visto», afirma el buen Bostock.
Las grandes serpientes son difíciles de alimentar y hay que emplear con
ellas a veces la fuerza. Cuando un elefante está resfriado, hay que
regalarle con whisky y cebollas calientes, pues «parece no solamente
aceptarlas, sino querer más». Pero esa pagoda viviente es por lo
general muy sana, como no se cuele una pneumonía. Duermen sobre el
lado izquierdo, replegada la trompa «hacen a intervalos regulares un
ruido singular, semejante al de una caldera que deja escapar vapor. No
tienen el sueño profundo. No prestan mucha atención a su guardián que
les hace ronda toda la noche; pero si algo de insólito se produce, el
silbido de su respiración se para: dos lucecitas rojas aparecen en la
cabeza de cada elefante; y todos se despiertan y se ponen en guardia. A
la primera señal de peligro trompetean sonoramente y lanzan la alarma
cuando ningún otro sér vivo, salvo ellos, sospecha nada de anormal».
Aquí sí que el vigía está en la torre.
* * * * *
Bostock enseña las características de cada animal. «Los leones no
tienen afecto; se acostumbran a su domador y lo toleran; pero su
obediencia y su docilidad son debidas en parte, sino enteramente, a
su ignorancia y a su terror por todo lo que no comprenden». Es lo
que a los humanos aconteció con los elementos y con las potencias
desconocidas que causaron la idea de los dioses.
Mas en el animal hay también misterio, y hay que recordar la opinión
de los que juzgan que la inteligencia de ellos no difiere de la de los
hombres sino por la calidad. Buffon nos ha enseñado su abecedario;
Welss nos ha iniciado en su teología... Bostock nos dice: «No es el
ojo--aunque en él se contengan resolución, prudencia y paciencia--, es
«el espíritu» el que domina a un tiempo mismo una veintena y aun mayor
número de animales».
Y es que en este norteamericano que contiene a Sansón y a Androcles, se
encierra un buen lastre de la mejor filosofía.
París y Eduardo VII.
París lamenta la desaparición de su rey Eduardo, de su antiguo príncipe
de Gales. La Prensa, que siempre tiene sus desentonos, ha estado
ahora unánime al hacer el elogio del difunto monarca de Inglaterra.
No pasó así con Leopoldo de Bélgica, que también creía haber ganado
su ciudadanía parisiense. Es verdad que había su diferencia entre
el rey gentlemen y el rey bolsista y negociante. Hasta en la misma
vida galante hay una y otra _manière_. Además, el britano procuró
siempre hacerse simpático a Lutecia. Y una de sus frases íntimas, es
la que dijo el alcalde de Biarritz: «Dicen que todo hombre tiene dos
patrias: la suya y la Francia. Es posible. Lo que sí es seguro es que
todo hombre tiene dos placeres: primero vivir en su patria y luego
vivir en Francia». Así, París ha sentido tanto como Londres la muerte
del soberano; el príncipe no podría nunca olvidar y dejar de ver con
cariño al país que le fuera tan grato: a la ciudad de sus expansiones
juveniles y en donde su elegancia y su gentileza tuvieron más influjo
que Su Majestad. Así, de París, él gustaba sobre todo, y como hombre
de fino gusto, de los parisienses. El normando, como decía Paul
Adam, se complacía con la vivacidad y la alegría de las lutecianas.
Como después, y ya un poco tarde, su sobrino de Alemania; apreciaba
la gracia singular de una Jeanne Gravier, y el sutil talento de una
Réjane. Cómicas y cómicos de renombre conservaron regalos suyos. El
broche de Réjane y el bastón de M. Fébre son famosos entre bastidores.
Su persona era familiar a los habitantes de París. «Ahora mismo,
dice un parisiense, nos parece a todos que sobre el andén de una de
nuestras estaciones, o sobre la acera de una de nuestras avenidas,
vamos a ver aparecer esa curiosa fisonomía, la más curiosa tal vez que
hayan producido las líneas soberanas: ese paso que era sonoro, pero
que no hizo nunca temblar el suelo; esa oreja que era pequeña, pero
anchamente abierta a los mil ruidos de los cuatro puntos del globo;
ese ojo azul, muy dulce y sonriente, que bajo la pestaña perspicaz
parecía detenerse siempre sobre los objetos más inmediatamente
cercanos, pero que en el fondo buscaba, sobre todo, mirar lejos, más
allá del horizonte visible; ese cuerpo que parecía tener la robustez
de un gigante y que no había dejado la gracilidad de un niño; esa mano
que parecía tener la fuerza de deshacerlo todo y que se contentaba
con tener la fuerza de estrechar; esa sonrisa, muy bondadosa y muy
indulgente, que los labios dejaban pasar, plegándose con un poco de
amargura...» El retrato es justo, bien hecho y demuestra el cariño. El
pesar parisiense no es ficticio. En los balcones de algunas calles
se ven banderas de duelo, como en Londres. Y la rue de la Paix tiene
crespones y cintas negras por el rey de las elegancias masculinas y
el estimulador de las elegancias femeninas. Es para él, dice alguien,
que nosotros hubiéramos querido inventar la tradicional expresión: Su
graciosa majestad. Se habla de su afabilidad, que no menoscabó nunca su
real distinción. El príncipe anecdótico interesa más a París que el rey
político. Árbitro de la _ténue_, se enumeran sus prendas indumentarias,
sus sastres, sus proveedores. Se le celebra como _gourmet_, como
_sportsman_, como _gentleman_ generoso. Un escritor que recordara
sus antiguas horas alegres, no deja de apoyar que «a los que le han
conocido cuando era príncipe de Gales hacía pensar en el nombre de otro
príncipe de su país, el famoso Enrique IV de Shakespeare, compañero de
Falstaff», y que «la juventud de Eduardo, como la de Enrique, estaba
tan consagrada a los placeres, que, así como con Enrique, se dudaba
mucho que llegase a revestir la majestad real, pero que tanto para
uno como para otro los temores fueron injustificados, y ambos, una
vez soberanos, se pusieron a reinar como si no hubiesen hecho otra
cosa durante toda su vida». Los que recuerden las escenas finales de
la pieza shakespeareana tendrán presente cómo a Falstaff le da una
enérgica lección Enrique IV. Y se cuenta que, con gentileza de forma
y gentileza de potentado, dió otra lección Eduardo VII a una actriz
francesa que, estando en Londres, no supo comprender en cierta ocasión
que el príncipe de Gales había desaparecido ante el rey de la Gran
Bretaña, y emperador de la India.
* * * * *
En una casa parisiense admiro la iconografía casi completa del
lamentado soberano. Dibujo que representa al niño recién nacido, cuya
masculinidad alegró al viejo Wellington.
--«¡Un barón!--exclamó éste,--¡Un príncipe!--respondió escamada la
nodriza míster Broug». El pequeño duque de Cornouailles, con su cofia
fina, bebé, _bebé jumeau_, en compañía de la princesita Victoria. El
niño, más crecido, trajeado de claro, con sus anchos pantalones y su
blusita ceñida con cordón a borlas; de la mano de su madre, que tiene
tan lindos brazos y tan lindo escote, a ambos lados del rostro blanco
y bello, los cabellos lisos y oscuros que caen hasta los hombros. La
litografía en que está con las princesas niñas Alicia y Victoria--y
una muñeca--; y otra en que se ejercita en el _rowing_ en el lago
del castillo de Windsor, ante el príncipe Alberto, de su madre y
hermanitos. Un marinerito de _keepsake_, cabellera rizada, bello como
un amor; luego, jugando con otros niños, en el parque del castillo,
mientras sus padres están en una ventana. Luego otro retrato infantil
en un paisaje de Escocia y otro con toda la familia real, en un salón
palaciego.
Ha crecido algo más, y hele aquí en unión del duque de Coburgo. Tiene
ya ocho años; viste el traje escocés que le deja las rodillas desnudas.
Después, del brazo con su hermana Victoria, como jugando a marido y
mujer, él con el casaquín desabotonado de cintura abajo, la gorra
de visera acharolada, ella con la falda acampanada y a vuelos, y el
sombrero de alas anchas algo echado atrás. Ya veremos cuando le apunta
el bozo al príncipe de levita, capa y la especial gorra universitaria,
no sin antes admirarle adolescente en un dibujo de Richmond. Así cuando
la boda de la princesa real, en el 58, entre los generales y los lores,
los príncipes y las princesas. Un retrato le representa con el uniforme
de los guardias. Y luego, ya la barba aparecida, está inclinado, de
rodillas, bajo la capa de la ceremonia de caballero de San Patricio.
Y la dueña de casa me le hace ver en otros cuadros, planchas y grabados
más, que sirviera para documentar gráficamente un libro sobre el
monarca íntimo. Ya está en la India, cuando su célebre viaje, en la
caza del tigre, sobre el lomo de un elefante, en una escena de _tour
de monde_, ya acogiendo afectuoso a los tributarios maradjahs; y
prosiguiendo su jira de _conmisvoyageur_ de lealismo, martillando el
último remache en el puente Victoria sobre el San Lorenzo canadiense.
Un grupo del año 62. Las damas visten unos trajes que hoy parecen
imposibles. La crinolina forma su embudo; los tocados son sencillos;
la moda poco exigente. Del lado de los hombres el futuro árbitro de
las elegancias no se distingue mayormente; en cambio, en la cabeza del
duque de Edimburgo está pintado un sombrero de copa claro que ha de
renovarse de manera triunfante, más tarde, en la cabeza del príncipe de
Gales. De ese mismo año hay un retrato del príncipe imberbe, sentado
cerca de un jarrón, con un junco en la mano. Ya se nota la preocupación
del vestir bien; son los comienzos del _arbiter_. Un año después se
inician unas vagas patillas; así está, con su uniforme de brandeburgos
y su gorra de pelo con plumero blanco. Es el tiempo del enamoramiento
y del matrimonio. La bella princesa de Dinamarca en la corte viste a
la sazón como una dama de Winterhalter. Hay un grabado del día mismo
del matrimonio, en que la reina Victoria y los recién casados parecen,
junto a un busto del príncipe Alberto, unos buenos burgueses de Francia.
En un retrato de 1873, en compañía de su hermana Alicia, el príncipe
está ya barbado. Viste de americana, no por cierto famosa, y tiene
en la diestra el cigarrillo, que ha de ser sustituído después por
los célebres habanos a diez francos cada uno. Por el mismo tiempo
está retratado en Balmoral con la real familia; y no tiene, a la
verdad, del inglés convencional más que el traje a grandes cuadros
y la gorrita escocesa. En esa época le pintó Angeli, de uniforme y
con aire marcial. Hay una figura del 76; está hermoso y grave. Y la
serie iconográfica continúa: con su bulldog favorito; llevando de
las riendas a _Pergiminon_ el día de la victoria en el gran Derby de
Epsom, entre las explosiones de entusiasmo de miles de _sportsmen_; en
un concurso de _tennis_ en Homberg; de chaquet, en Marborough-House;
con gabán, saliendo de la capilla; de zapatos ferrados y polainas en
sus cacerías de ciervos de Balmoral; de gran uniforme, junto con su
hermano el duque de Connaught, entre la muchedumbre, en el _pesage_; de
hongo, en un box, en una venta de caballos; con collar y mandil, como
gran dignatario masón, y con el traje de gran maestre de San Juan de
Jerusalén.
Aquí lleva de la mano a la reina en la ceremonia de la apertura
del Parlamento, pendiente de sus hombros el gran manto real, cuya
cola sostienen pajes arcaicos. O está sentado en el trono, rodeado
de túnicas, espadas, varas y pelucas; o en el instante de firmar
el juramento que afirma la seguridad de la iglesia escocesa; o
presidiendo, entre muchas calvas y pocos toisones, un consejo de
gabinete; o junto a su mesa de labor, con el habano encendido; en
carruaje de gala, en automóvil, a pie, príncipe, monarca, turista,
bulevardero, en apoteosis y en caricatura, así conoce París, tanto como
Londres, la figura indiscutiblemente simpática de quien fué llamado el
rey de los _gentlemen_ y el _gentlemen_ de los reyes.
* * * * *
Aun no se han verificado los funerales y ya la municipalidad parisiense
resolvió dar su nombre a una calle, y como la calle elegida no
correspondiese a la magnitud de la intención, los vecinos de la calle
Royal han pedido que sea esa la favorecida con el nombre de Eduardo
VII. Ello estará bien, por ser _royale_ y por ser de elegancias y
lujos. Los risueños agregan que en ella está el establecimiento de
Maxim's.
Un parisiense de distinción, que fué amigo íntimo del rey Eduardo,
contaba días pasados que muchas de las leyendas que circulan no están
completamente conformes con la verdad. Y hace un buen «croquis» del
egregio difunto. «No era ni familiar ni estirado. Tenía para todos
una palabra precisa, una frase que no se podía olvidar; y, dígase lo
que se diga, del rey de Inglaterra quedó siempre la verdadera; era el
príncipe de Gales: un gran señor sin finchamientos, sin fanfarronería,
pero también sin ninguna condescendencia con los importunos y con
los aduladores. Permitía gustoso que, a pesar del protocolo, se le
dirigiese la palabra sin ser interrogado su interlocutor; pero si se
trataba de una adulación, de una _flagornerie_, cortaba la conversación
con una impertinencia altiva». Y estas palabras significativas: «Tenía
igual medida en sus afectos deportivos que en sus afectos artísticos,
que en su gusto por los placeres, que tanto le fué reprochado; y que no
eran en él más que la expansión generosa, ardiente, comprimida por la
flema británica y la noción exacta de su grandeza». Así habla alguien,
que como he dicho, fué su amigo íntimo y su antiguo compañero de vida
parisiense. Así habría hablado Gallifet, si hubiera vivido hasta ahora.
Sayán su émulo y otros que ya no existen. Le lloran otros amigos, entre
ellos el pintor Detaille, que deja a medio concluir su último retrato.
Y las anécdotas abundan, todas, sí algunas picantes, cariñosas. Ninguna
más gráfica, aunque seguramente falsa, a pesar de ser _ben trovata_,
que ésta de que he hablado en otra ocasión. En la función de gala que
se dió en la Comedie Française en honor del nuevo Rey de Inglaterra,
se encontraban en el palco presidencial el rey Eduardo y M. Loubet.
La bella Otero, que había logrado un asiento de platea, gracias a
un amigo senador, pues la fiesta era de invitación, fué con buenas
maneras instada por la policía para dejar su _fauteuil_. Como se oyese
un vago rumor--¿qué pasa?--dijo el presidente.--Y al explicársele lo
acontecido, al mismo tiempo que el honesto Loubet preguntaba:--_Qui
est cette demoiselle?_ el antiguo príncipe de Gales exclamaba por lo
bajo:--_Pauvre Caroline!_ Estas son las sonrisas de París.
Un libro sobre Chile.
_Chile en 1908_, por Eduardo Poirier, es un libro recién aparecido,
lleno de datos y de juicios, que llamará la atención sobre ese
país importante. El efecto será naturalmente mayor si a la edición
castellana se uniesen otras inglesa y francesa que, según tengo
entendido, se preparan. En Europa, escribe J. H. Webster, citado por
Poirier, en su obra _The American Republics_, los numerosos libros que
circulan sobre las fantásticas maravillas de las naciones latinas de
América, son libros que desprecia todo el mundo, comenzando por los que
escriben y los reparten. Míster Webster exagera. En Europa nadie puede
despreciar esos libros, porque nadie los lee y nadie los reparte. Hay,
en efecto, una verdadera bibliografía a nuestro respecto en la sección
de viajes de estas librerías. Generalmente se encuentran esos volúmenes
entre los libros de _étrennes_, muy bonitos, con muchos grabados, que
se regalan a los muchachos. Son libros caros. Sus autores son por lo
común exploradores y geógrafos, colaboradores de _Le tour du monde_, o
turistas ocasionales, hombres o mujeres, que han llevado su cuaderno
de apuntes y que no han podido después resistir a la tentación de la
publicidad. Hay también los enviados de los periódicos, entre los
cuales enviados se encuentran de la clase de los terribles. Ejemplo,
Th. Childe, Barzini. Todos esos libros tienen un público limitado.
Así, los conocimientos del gran público respecto a esos países tienen
por base, cuando más, lo que el buen Julio Verne describió o dijo de
ellos en señaladas novelas de su colección. Ningún nombre glorioso, o
siquier famoso, ha escrito jamás un volumen sobre la América latina,
fuera de las páginas científicas a ella consagradas por un Darwin, o
un Humboldt. Loti, que ha recorrido casi todo el mundo, no ha puesto
nunca entre nosotros sus escenarios. Y vale más. Lo único de valor que
un europeo de nombre universal haya alguna vez publicado sobre una
nación hispanoamericana, es la conferencia de Anatole France sobre la
República Argentina.
Si Ferrero escribe el libro que se ha anunciado, será cosa excelente,
aunque insista en su romanismo comparado. Y si el señor Blasco Ibáñez
se dedica a la obra argentina de que se ha hablado, será también
plausible, porque su nombre es muy conocido y representa hoy a España
en la librería mundial.
Sobre Chile se hallan en Europa algunas monografías, de publicación
oficial, llenas de datos interesantes y obras como la _Histoire d'un
grand peuple_, del venezolano señor Arestigueta Montero, que es vendida
en París por su mismo autor. Libro corriente, libro que circule, libro
autorizado, no conozco ninguno. Por eso la propagación del señor
Poirier, en buenas condiciones no podrá sino ser utilísima para su
patria.
Ese nutrido trabajo es en menores proporciones, semejante al del señor
Lix Klet sobre la República Argentina. Demás afirmar que hay en la
tarea realizada la manifestación de un patriotismo ardiente. No es esto
sino plausible, pues si una labor como esa no se lleva a término con
amor, no valdría la pena de emprenderla. Tengo el gusto de conocer al
señor Poirier. Sé de su talento claro y ponderado, de su laboriosidad
infatigable y de su extensa cultura. Ha viajado y ha podido hacer, como
él dice en su proemio, «el consiguiente estudio comparativo y analítico
de otros pueblos, razas y civilizaciones». Como lo exige la índole de
su obra, hase ayudado con una documentación oficial, verídica y exacta.
Además, al final del grueso volumen ha agregado varias monografías
escritas por autoridades del país, y que ponen de manifiesto el
adelanto actual de la cultura chilena. Son esas autoridades los señores
Poenisch, para las matemáticas; Santa María, para la ingeniería;
Ducci, para las ciencias físicas; Díaz Ossa, para la química; Phlippi,
para la Zoología; Reiche, para la botánica; Sundt, para la geología
y mineralogía; Porter, para las ciencias antropológicas; Marín
Vicuña, para los ferrocarriles; Amunátegui Solar, para la medicina y
farmacia; Dávila Boza, para la higiene pública; Guerrero Bascuñán,
para la beneficencia pública; Amunátegui Reyes, para el código civil;
Ballesteros, para el derecho procesal; Galdámez, para la biblioteca
nacional, y Ramírez, para la instrucción primaria.
El señor Poirier trata en su libro, primero de la parte geográfica,
luego de la histórica, gobierno, intelectualidad y comercio. Es
una exposición maciza de la vida y movimiento del organismo de la
nación chilena. Las ilustraciones, mapas y planos son dignos de toda
recomendación. La parte gráfica es un utilísimo complemento del trabajo.
He aquí la viña Subercaseaux que produce los excelentes y famosos
vinos, que pueden competir con buenos _crus_ europeos.
He aquí el monumento a Juan Godoy, descubridor del mineral de
Chañarcillo. La esculpida figura de ese hombre del pueblo nos recuerda
que Chile es un país minero y que muchas de sus fortunas han salido de
las entrañas de la tierra.
Aquí vemos a un hacendado y sus hijos. Estos _gentlemen farmers_ llevan
el traje usual de los estancieros chilenos, el sombrero de anchas alas,
la bota y el poncho, que tan bien han sentado a huéspedes como el
difunto don Carlos de Borbón.
He aquí los baños de Canquenes en el valle pintoresco; y el río
Copiapó, crecido, y el Valdivia y la laguna negra, que se diría de un
paisaje suizo.
Se ven los puertos pintorescos; y Viña del Mar, la ciudad de lujo y
de alegría cercana a Valparaíso. Y las ciudades que están cercanas a
la cordillera, y las lejanas y los pueblos lindos. Vese un grupo de
araucanas con aspectos asiáticos; y una preciosa adolescente, hija de
cacique, que si no tuviese los pies desnudos e intactos, creeríase hija
de un mandarín o príncipe de China.