Si no en la escena hablan ya muy donosamente las bestias en el libro

de _Calila e Dimna_, cuyos orígenes orientales con tanta documentación

ha explicado en un sabio estudio el famoso don Pascual de Gayangos.

_Calila e Dimna_ no es otra cosa que las fábulas de Pilpay, el poeta de

la India. Pilpay o Bidpay y Esopo, son los primeros que ponen talento y

discurso a la humana, en los animales. Cierto es que ambas cosas posee

en la narración bíblica la Serpiente del Paraíso, y después la pollina

de Balaam; y que Júpiter, bajo aspectos de irracionales, hizo muchas

de sus mitológicas hazañas. En las fabulaciones y poemas orientales

los animales suelen hablar como personas, como se puede ver en los

mismos cuentos de las _Mil y una noches_, los cuales se asemejan a los

apólogos de _Calila e Dimna_, en la manera de trabar el final de un

sucedido con el comienzo de otro.

Después del libro de _Calila e Dimna_, del Arcipreste de Hita y de

algunos otros pocos escritores se encuentra algo notable respecto a la

inteligencia de los animales en la _Antoniana Margarita_, del filósofo

Gómez Pereira, de quien se ha desmostrado tomara Descartes algunas

ideas y hasta el famoso _Pienso, luego soy_. Respecto al alma de los

animales, para defender a Descartes de plagio, escribía en su tiempo

Bailler, su biógrafo: «Muchos han creído que Descartes había tomado del

libro de Gómez Pereira la famosa opinión del alma de las bestias. Mas

hay una gran razón para dudar que Descartes haya jamás oído hablar de

este Pereira; que su obra (hoy muy rara), haya ido a parar a manos de

un hombre tan poco curioso de libros y de leer como nuestro filósofo.

Esto quita toda duda en el asunto, pues Descartes no vió el libro de

Pereira hasta un año después de la publicación de sus _Meditaciones

Metafísicas_». Sin embargo, otros autores continuaron sosteniendo ser

Pereira el primero que afirmara la idea cartesiana de que las bestias

no son otra cosa que máquinas vivientes. Raimundo Lulio había dicho a

su manera: _De la sensitiva_: La «sensitiva» es, la potencia con la

cual el animal siente lo sensible; es a saber: lo sensible, oíble,

etc.; y tiene esencial y natural «bondad, grandeza», etc.; y tiene seis

sentidos particulares: la vista, oído, gusto, tacto, olfato y habla,

en los cuales está diversificada. «Es cierto que él abarca asimismo al

hombre o como gráficamente le designa, «animal hombrificante».

A propósito de la «sensitiva», doña Olivo Sabuco de Nantes, ilustre

virago, que sabía mucho para su tiempo, entre las muchas cosas que dice

de los animales inteligentes, manifiesta en uno de sus diálogos: «...

Pues quiero contar de otros animales, para que veáis cuánto obran los

afectos de la sensitiva para vivir o morir. Plinio dice que un pescado

langosta teme tanto al pulpo, que en viéndose cerca de él muere. Y si

el congrio ve cerca de sí la langosta, hace lo mismo. Y cuenta el mismo

Plinio del delfín que es muy amigo de la conversación del hombre, y que

uno de ellos tomó amistad y conversación con un niño que vivía cerca

de un lugar marítimo, de manera que muchas veces llegaba el niño a la

ribera del mar y lo llamaba por este nombre, Simón, y luego venía, y el

niño le daba pedazos de pan y otras muchas cosas; el delfín se ponía de

manera que el niño subía encima, y lo llevaba y paseaba por la mar,

y lo volvía a tierra. Continuando, pues, esta conversación y amistad,

dióle una enfermedad al niño, de que murió. El delfín, viniendo un día

y otro al puesto donde ejercitaba su amistad, como no acudía el niño,

siempre lo veían en aquel lugar, gimiendo en semejanza de lloro, hasta

tanto que allí mismo lo hallaron muerto. Cuenta también Eliano...» Y

así prosigue la sabia narrando sucedidos de animales, a punto de que

se advierte lo fácil de encontrar argumentos a lo _Chantecler_ sin

necesidad de meditaciones en un corral de Cambo. Todo autorizado por

Eliano, o por ese delicioso gran embustero de Plinio, que habría hecho

el encanto del Ursus de Víctor Hugo.

Hay que recordar asimismo al célebre doctor Juan Huarte de San Juan

en su _Examen de ingenios_, en el capítulo «Donde se prueba que del

alma vegetativa, sensitiva y racional son sabias, sin ser enseñadas

de nadie, teniendo el temperamento conveniente que piden sus obras».

Allí, con apoyos de Hipócrates, de Platón, de Galeno, se anticipa a los

Maeterlink, Heara, Gourmont y demás contemporáneos que se han ocupado

en bestias y bestezuelas.

Mas, pasemos a lo concreto de este artículo, que son los animales en el

teatro.

* * * * *

Cervantes, por su alto nombre, podría pedir primacía diciendo que sus

perros dialogan como gentes; y que Cipión y Berganza, acortando los

parlamentos, y presentados en coloquio a la manera, como se hacen las

cosas en la Porte-Saint-Martin, serían tan aceptables como el can que

hace Jean Coquelin, si no más discretos e ingeniosos, y en una prosa

que bien vale los alejandrinos rostanescos. Es el caso que hablan los

perros. Y como dice el final: «El acabar el coloquio al licenciado, y

el despertar el alférez, fué todo a un tiempo, y el licenciado dijo:

Aunque este coloquio sea fingido, y nunca haya pasado, paréceme que

está tan bien compuesto que puede el señor alférez pasar adelante

con el segundo. Con este parecer, respondió el alférez, me animaré y

dispondré a escribirle, sin ponerme más en disputas con vuesa merced,

si hablaron los perros, o no. A lo que dijo el licenciado: señor

alférez, no volvamos más a esa disputa; yo alcanzo el artificio del

coloquio y la invención, y basta: vámonos al Espolón a recrear los ojos

del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento. Vamos en buen

hora, dijo el alférez, y con esto se fueron».

Mas el gran Calderón aparece con piezas representables que con la

_mise en scène_ actual serían de gran efecto. No solamente pone en las

tablas monstruos mitológicos como sirenas, sátiros, etc., sino que,

cual en el _Chantecler_, animales. Las «memorias de las apariencias»,

acotaciones o indicaciones escénicas, tan profusas que ni D'Annunzio

mismo las pone ahora, son verdaderamente notables. Para la loa que abre

la comedia _Fieras afemína amor_, y en la que los _dramatis personae_

son el águila, el fénix, el pavón, o pavo real, los doce signos, los

doce meses, y músicos, explica el autor, en una acotación cómo se

representó. Calcúlese lo que se hizo con los recursos escénicos de

entonces y lo que se haría ahora. «Fundóse el pórtico del teatro de

orden compuesta, entre cuatro columnas de bien imitada piedra lázuli,

cuyas cañas estaban adornadas a trechos de resaltados bollos de oro,

y en su correspondencia dorados sus capiteles y sus basas, con que

siguiendo el orden, corría la cornisa enriquecida a partes de los

mismos bollos, mascarones y cornucopias. En ellas descansaban unas

volutas, de quien pendían varios festones, que dando vuelta a los

modillones, recibían el cerramiento del frontis, de quien era clave

una medalla de relieve, guarnecida de hojas de laurel, con cuatro

mascarones y otros adornos que la dividían en igual compartimiento.

Dentro della estaba un caballo, cuya velocidad enfrenaba galán joven,

no sin algunas señas de Mercurio, dios del ingenio, así en el caduceo,

como en las plumas del capacete y los talares: geroglífico del que

osadamente vano intenta sofrenar al vulgo. A los lados del pórtico,

entre coluna y coluna, estaban en sus nichos dos estatuas, al parecer

de bronce, que haciendo viso al héroe de la fábula, halagando una

a un león y otra a un tigre, significaban el valor y la osadía.

Todo este frontispicio cerraba una cortina, en cuyo primer término,

robustamente airoso, se veía Hércules, la clava en la mano, la piel

al hombro, y a las plantas monstruosas fieras, como despojos de sus

ya vencidas luchas; pero no tan vencidas que no volase sobre él en

el segundo término Cupido flechando el dardo, que en el asunto de

la fiesta había de ser desdoro de sus triunfos. Bien desde luego lo

explicaba la inscripción, cuando en rotulados rasgos que partían entre

los dos el aire, decía a un lado el castellano mote: _Fieras afemína

amor_, y al otro el latino _Omnia Vincit amor_. Lo demás del campo

que restaba a la cortina ocupaban pendientes festones de trofeos

de guerra, que enlazados los unos de otros orlaban todo el lienzo,

sin perdonar pequeño espacio, que no llenase de hermosa variedad la

arquitectura en sus diseños y la pintura en sus dibujos. En habiendo

logrado la vista por breve rato ambos primores, empezó a lograr los

suyos el oído, primero en sonoras chirimías, y después en templados

instrumentos, a cuyo compás, desde lo más alto del frontis, por detrás

de la medalla empezó a descubrirse, hecha un ascua de oro, un águila

condal con imperial corona, sobre cuyas batidas alas venía una ninfa,

que rompiendo la cortina, sin romperla, dió principio a la loa, como en

voz de _El Águila_ (cantando)».

Ya veremos en otro artículo cómo cantan y hablan las aves y demás

animales parlantes de Calderón, tres siglos antes que los de Rostand.

La Francia de hoy.

Juan Jacobo Rousseau ha dicho en alguna parte: «Prefiero ser el hombre

de las paradojas que el hombre de los prejuicios». Tiene razón. El

prejuicio, en efecto, es una opinión recibida sin examen y participada

por el mayor número. No tiene efecto sobre los espíritus por su grado

de verdad, sino por la satisfacción que da a la pereza. Atrofia y

paraliza la actividad de la inteligencia, haciéndola incapaz de

distinguir lo verdadero y lo falso. El prejuicio es así una idea muerta

que es necesario arrancar.

En el hermoso libro que acaba de publicar monsieur Barrett-Wendell,

destruye prejuicios, pero cuida de no expresar ninguna paradoja. Se

puede decir que es un «libro vivido», en el cual las afirmaciones

se apoyan constantemente sobre hechos observados o verificados

directamente, prudentemente e inteligentemente, en el cual la

preocupación de la verdad no ahoga la simpatía y la admiración del

escritor para los hombres y las cosas: en el cual, en una palabra,

se reunen en grado supremo, y en la más bella armonía, los méritos

de la razón que examina y juzga, y del corazón que siente y ama.

Él constituye uno de los más admirables testimonios que jamás haya

habido en honor de Francia; y al leerlo, los franceses se emocionan

orgullosamente. Conozco, por mi parte, quienes exclaman, poco más o

menos, como Sócrates hablando sobre Platón, su discípulo: «¡Cuántas

cualidades este hombre nos encuentra, en las cuales nosotros no

habíamos pensado!»

Monsieur Barrett-Wendell estudia sucesivamente las universidades,

la estructura de la sociedad, la familia, el carácter francés, las

relaciones entre la Literatura y la vida, la cuestión religiosa, la

revolución y sus efectos, la República y la Democracia. Cualquiera

que sea el orden adoptado por el autor, cada capítulo es un estudio

muy compacto, muy interesante y que contiene para los extranjeros las

enseñanzas del más alto precio.

De la admirable intelectualidad de los franceses, de sus fuertes

costumbres dinámicas, de espíritu, M. Barrett-Wendell concluye que

la ciencia extranjera sería muy vivificada si un mayor número de

estudiantes viniesen a colocarse bajo la influencia francesa. Ésta

combatiría útilmente lo que las otras influencias tienen de excesivo;

ella daría a los conocimientos más riquezas y a las universidades una

actividad de mejor índole, una vida más fecunda.

No me place mucho la división que hace M. Barrett-Wendell de la

sociedad francesa en tres clases: la nobleza, la burguesía y los

artistas. Ella es tal vez cómoda para el estudio, pero temo mucho que

no corresponda muy exactamente a la realidad. Que haya, por ejemplo,

una especie de barrera entre la aristocracia y la burguesía, convengo

en ello, aunque esta barrera se aminore más cada día; pero no veo

que los artistas se distingan de los otros franceses por caracteres

fundamentales y permanentes bastante precisos para que constituyan

una clase aparte. ¿Y por qué no entonces la clase del clero? ¿Por

qué no, sobre todo, la clase del pueblo, que es la gran masa de los

franceses? El pueblo, con su robusto buen sentido, su incansable

actividad, su espíritu de orden y de economía, su apego profundo por lo

que es práctico, sólido y durable, el verdadero pueblo en la campaña,

que no hay que confundir con el obrero de la ciudad, el pueblo que

precisamente desconfía de todos los prestigios, de cualquier naturaleza

que sean.

Pero quizá me equivoco en hacer esas reservas. Monsieur Barrett-Wendell

nada, en efecto, ha olvidado; y, si él no da a cada cosa la importancia

que encierra, es por un plausible escrúpulo de escritor, que no quiere

dar su juicio sino con perfecto conocimiento de las causas. Las malas

lenguas extranjeras se complacen en esparcir la opinión de que la

sociedad francesa está moralmente enferma.

«Mientras más veis a los franceses _chez eux_--dice M.

Barrett-Wendell--, menos se fija nuestra atención en ese fenómeno

social mórbido. Al contrario, más y más os admira no solamente

la regularidad general de su existencia, sino aun de ese hecho

sorprendente: que esta regularidad general parece tener un punto de

apoyo muy sólido en sus afecciones.»

Ha logrado excelentemente analizar en los franceses la simplicidad

fácil de maneras, y la extremada franqueza de los hábitos

intelectuales; la manera incomparablemente natural y deliciosamente

amistosa con que acogen y reciben a sus huéspedes; su locuacidad llena

de franqueza, pero también el instintivo pudor de su espíritu; su

seriedad profunda, asombrosa, en la conversación mundana; la ausencia

de pedantería, su capacidad de dominarse cuando se trata del deber; su

culto del honor, su pasión por la sistematización que les conduce a

salir de su carácter de discutir asuntos abstractos; su amor por los

principios, que ellos cuidan con un celo intransigente e intolerable;

y, a pesar del exceso, el refinamiento, las estrecheces de sus virtudes

más poderosas, la fuerza maravillosa con que vanamente se conmueven por

los sentimientos humanos, cuando son grandes y profundos.

No era bueno igualmente probar y declarar a los extranjeros mal

informados, o mal intencionados, que la tan grande audacia de la

literatura en Francia, muy lejos de indicar que la inmoralidad sea

la regla de la vida francesa, tiende más a demostrar que no es sino

la excepción, demostrar que el ardor que los franceses ponen en sus

discusiones religiosas, proviene no precisamente de su apego íntimo a

tal o cual forma de la religión, sino sobre todo de su excesivo apego

a las fórmulas definidas; que la Francia prospera entre todos los

países, que en ninguna parte se experimenta una impresión más evidente

de bienestar sólido y sustancial, que en ninguna parte se ve menos

pobreza, menos miseria, que en el resto del mundo entero.

No quiero dejar de transcribir integralmente las últimas líneas del

excelente y hermoso libro del escritor norteamericano:

«A los franceses mismos aparece la república menos como un régimen

nacional que como un régimen de partido. Yo aspiro así como los

mejores de entre ellos, a ese tiempo en que no siendo el gobierno de

un partido, será el gobierno nacional; y este tiempo creo que vendrá.

Pero aun entonces, seremos más justos con la entera magnificencia

del pasado, si saludamos a la República como a la Francia, y no a la

Francia como a la República. No es demasiada la palabra mayor para

abarcar el alma total de esta nación.»

* * * * *

El régimen democrático actual de Francia tan magistralmente analizado

por M. Faguet en su último libro _El culto de la incompetencia_, no es

sino demasiado a propósito para hacer creer que la República, la que

ha hecho en todas sus partes a la Francia actual, que ha arrojado toda

miseria y toda opresión. Este régimen democrático parece querer hacer

tabla rasa de diez siglos de historia nacional, porque esos diez siglos

han visto otros regímenes que el de la soberanía popular.

Se diría verdaderamente que la República tiene miedo a los muertos.

Nada más curioso, más sugerente, a este respecto, que las recientes

querellas, que nacidas en las escuelas primarias y en los

establecimientos de enseñanza secundaria, han tenido su fin en la

Cámara de Diputados, querellas relativas a los manuales de historia de

Francia y de moral. Concluídos, desde hoy en adelante para los futuros

alumnos franceses, los excelentes libritos en que sus autores habían

enseñado que Juana de Arco es una santa heroína, que Luis XIV es un

gran rey, que la monarquía ha hecho bellas cosas, que la Iglesia ha

hecho en la Edad Media servicios eminentes, tendrán en cambio otros

manuales en los que el espíritu democrático habrá reducido a su talla

todo lo que fué potente y noble, y no se deberá considerar a los reyes

sino como déspotas corrompidos, y a los sacerdotes como siniestros

sectarios.

Conocéis la leyenda de aquel tirano griego que extendía a los viajeros

sobre un lecho, cortaba los pies a los que sobrepasaban y estiraba

los de los que no llegaban a la extremidad. El espíritu democrático

no estira: por poco, cortaría los pies como la Revolución cortaba las

cabezas.

Esta política de nivelación sistemática, ejerciéndose por todas partes,

en el pasado lo mismo que en el presente, inspirando todo, dominándolo

todo, atrofiando los hombres y las cosas, las ideas y las empresas, tal

es, a mi entender, el mal verdadero de que sufre la Francia actual.

Contado tengo yo también cómo el norteamericano francófilo firmemente

confía en el porvenir de este bello país. Primero, porque el buen

sentido, que siempre ha sido tan francés, concluye también por

triunfar, y luego, los franceses individualmente son sanos, razonables

e inteligentes, y con poco más pueden serlo colectivamente.

Bostock.

Ha vuelto Bostock a París, no ya al enorme _Hippodrome_, sino allá

lejos, por el Jardín de Plantas. Gran beluario, soberbio domador, de

los primeros del mundo. Bostock no gusta verter la sangre de las fieras

como su coterráneo Roosevelt, antes bien, las cuida, las ama y las

domina sin crueldad. Así logra penetrar en el alma extraña y misteriosa

de esos nuestros hermanos inferiores. Este norteamericano, fuerte y

sereno, está tan lejos de Nemrod como cerca de San Francisco de Asís.

Tras su cara de emperador Guillermo se oculta un espíritu dulce para

las bestias. Como el buen hombre de las _Mil y una noches_, que apaleó

cuerdamente a su mujer, sabe tanto del idioma de los animales como

no lo sospecha M. Rostand. Bien ha dicho la neoyorquina Ellen Velvin

al escribir sobre Bostock, a quien frecuentara, que no notó nunca

en él «el menor acto de crueldad». Ni en los empleados de su circo.

«Todos los domadores, todos los guardianes, estaban orgullosos de sus

animales y tuve mil pruebas de su bondad y de sus cuidados para con

sus discípulos. Los animales enfermos eran muy bien tratados. En el

caso, entre otros, en que un leoncillo se enfermó de convulsiones,

noté que muchos guardianes tenían las lágrimas en los ojos cuando la

pobre bestia se crispaba torturada por el dolor». ¿Dudáis de esto?

Es que no habéis visto como yo las aflicciones de mi querido Frank

Brown en Buenos Aires por las palpitaciones de corazón que le daban

a un perrillo al cual había enseñado el _gentleman-clown_ a voltear

para atrás. Más que los poetas que pintan a los brutos con los peores

defectos de los hombres, deberían esos hombres de los circos ser

nombrados socios honorarios de las Sociedades protectoras de los

animales.

Bostock ha contado su vida. De niño jugó con leones, pues sus

antecesores fueron también maestros de fieras. La frecuencia del

animal aguzó su inteligencia para comprender y hacerse comprender

de esos compañeros. Aprendió, según su decir, que la personalidad

de ellos es tan netamente manifiesta como la nuestra, y que ciertos

rasgos característicos suyos pueden ser fácilmente comparados con los

de la especie humana. «He conocido muchos leones y tigres tan malos

y tan indignos de confianza como ciertos humanos. He encontrado mil

otros que hubiesen desdeñado aprovecharse de una ventaja deslealmente

obtenida. He hallado que la mayor parte de ellos son honrados, amables

y sinceramente afectuosos». De todos modos es muy posible que entre

todos los lobos no se encuentre uno solo que sea el «hombre» de ellos y

que haga escribir un apotegma a algún Hobbes aullante.

Se precisa tener un fondo puro para, como en el caso de Bostock, llegar

a ser «comprendido» y «apreciado» por las criaturas que no hablan a la

humana. A menos de no ser el niño hindú, de Kipling, se necesita para

comunicar con ellos paciencia y constancia, y aprender a no mortificar

sus espíritus «lentos y rebeldes». Todo esto lo enseña Bostock. A

este hombre, que ama con pánica fraternidad a esos seres que tanto

en ciertos puntos se nos asemejan, preocupó un día la idea de ser un

opresor; pensó si no haría mal en mantener en jaulas a los nacidos para

la libertad de la floresta, del desierto o de la espesura, «si no era

ese un derecho imprescindible, un derecho que la equidad no permite

transgredir». Sufría con la duda. El lo dirá de bella manera: «Saber si

yo tenía o no razón de guardarlos prisioneros me atormentó por largo

tiempo, y estuve profundamente turbado mientras pesaba el pro y el

contra de la cuestión. Vi a esos seres indomados en su soledad natal;

les vi acurrucarse por la noche en sus retiros ocultos, atisbando una

presa; vi las tragedias del matorral; recordé sus frecuentes estragos

contra la vida humana, llevados ya por el hambre, ya por el simple

deseo. Sobre su terreno original, remonté hasta las fuentes antiguas

de los largos anales de esos amigos, encontrados muertos, o moribundos

de hambre, de sed, o por una bala tirada por algún cazador apasionado

de _sport_ o de lucro. En medio de esas reflexiones pensaba en el

elefante, en la cebra, en el caballo, todos libertados del estado

salvaje para su bien y el de la Humanidad. Poco a poco llegué a resumir

así mi problema: ¿debo devolver a mis pupilos a sus florestas natales

y cesar el estímulo de la captura de las fieras? ¿Debo continuar

protegiéndolos y manteniéndolos, y de este modo preservándolos a ellos

y a sus hermanos más débiles de las desgracias ciertas del desierto?»

A la última pregunta el domador se contestó afirmativamente. Él les

daba una felicidad relativa. Los nutría, los cuidaba, les evitaba la

probable muerte violenta. No les hacía sufrir. Luego, eran útiles,

prestaban un servicio a la educación, a la historia natural, y aun,

hubiera podido agregar, al arte.

Y Bostock entró plenamente en su heredada carrera.

Ante todo, apartó de sí todo procedimiento cruel. «La bondad es el

único azote empleado para hacerse obedecer de las fieras». Sin ella,

las fieras «no entienden». La fiera más terrible se dulcifica con la

bondad. Hay que inspirar con la bondad confianza. Es probable, dice

Bostock, que otras generaciones llevarán más adelante la doma de las

fieras, pero estoy contento con lo que yo he logrado. Comprender y

hacerse comprender. Esa es su victoria. Tal, más o menos, fué lo que

desarrollara en las páginas del _McClure's Magazine_, hace ya diez

años, en un estudio que consagró al beluario, y que éste aprovechó

después para su libro profesional, el escritor Samuel Hopkins Adams.

* * * * *

El libro autobiográfico y técnico del admirable norteamericano contiene

cosas en extremo interesantes. Su padre, hombre religioso, que

profesaba el anglicanismo, quiso dedicar a pastor al niño que jugaba

con cachorros. Lo fué, pero su rebaño ruge, huele a selva y come carne

cruda. No obstante, el futuro domador cultivó su espíritu. Estudió

primero en los Estados Unidos y luego en el Kelvedon College, en el

condado inglés de Essex. En una de las visitas que hacía en vacaciones

a su padre, volvió a ver los trabajos con las fieras en el circo. Y

aconteció que un domador, habiendo tratado mal a un león, no pudo

seguir en su ejercicio. Y el joven Bostock solicitó de la benevolencia

paternal ser el reemplazante. Negativa. Pero al día siguiente, mientras

Mr. Bostock, padre, recorría el circo, encuentra a su hijo metido en

la jaula del fiero león. «Hijo mío, le dijo todo asustado; si sales

vivo de allí te voy a pegar la paliza mayor que puedas recibir en tu

vida». Como el muchacho salió triunfante, la amenaza se volvió cariño

y el cariño pasó a consentimiento y el domador fué reemplazado por el

audaz joven. «Yo tenía quince años y me llamaban «el niño domador».

Comenzó así su peligrosa carrera. El no admite «nada de vulgar en

sus espectáculos»; se da en cuerpo y alma a sus tareas, siente la

fascinación de su trabajo. Comprende lo que hay en él de fabuloso y de

heroico. Sabe que hay que tener juicio fino y presencia de ánimo.

Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII · 第 11 / 14 段