de _Calila e Dimna_, cuyos orígenes orientales con tanta documentación
ha explicado en un sabio estudio el famoso don Pascual de Gayangos.
_Calila e Dimna_ no es otra cosa que las fábulas de Pilpay, el poeta de
la India. Pilpay o Bidpay y Esopo, son los primeros que ponen talento y
discurso a la humana, en los animales. Cierto es que ambas cosas posee
en la narración bíblica la Serpiente del Paraíso, y después la pollina
de Balaam; y que Júpiter, bajo aspectos de irracionales, hizo muchas
de sus mitológicas hazañas. En las fabulaciones y poemas orientales
los animales suelen hablar como personas, como se puede ver en los
mismos cuentos de las _Mil y una noches_, los cuales se asemejan a los
apólogos de _Calila e Dimna_, en la manera de trabar el final de un
sucedido con el comienzo de otro.
Después del libro de _Calila e Dimna_, del Arcipreste de Hita y de
algunos otros pocos escritores se encuentra algo notable respecto a la
inteligencia de los animales en la _Antoniana Margarita_, del filósofo
Gómez Pereira, de quien se ha desmostrado tomara Descartes algunas
ideas y hasta el famoso _Pienso, luego soy_. Respecto al alma de los
animales, para defender a Descartes de plagio, escribía en su tiempo
Bailler, su biógrafo: «Muchos han creído que Descartes había tomado del
libro de Gómez Pereira la famosa opinión del alma de las bestias. Mas
hay una gran razón para dudar que Descartes haya jamás oído hablar de
este Pereira; que su obra (hoy muy rara), haya ido a parar a manos de
un hombre tan poco curioso de libros y de leer como nuestro filósofo.
Esto quita toda duda en el asunto, pues Descartes no vió el libro de
Pereira hasta un año después de la publicación de sus _Meditaciones
Metafísicas_». Sin embargo, otros autores continuaron sosteniendo ser
Pereira el primero que afirmara la idea cartesiana de que las bestias
no son otra cosa que máquinas vivientes. Raimundo Lulio había dicho a
su manera: _De la sensitiva_: La «sensitiva» es, la potencia con la
cual el animal siente lo sensible; es a saber: lo sensible, oíble,
etc.; y tiene esencial y natural «bondad, grandeza», etc.; y tiene seis
sentidos particulares: la vista, oído, gusto, tacto, olfato y habla,
en los cuales está diversificada. «Es cierto que él abarca asimismo al
hombre o como gráficamente le designa, «animal hombrificante».
A propósito de la «sensitiva», doña Olivo Sabuco de Nantes, ilustre
virago, que sabía mucho para su tiempo, entre las muchas cosas que dice
de los animales inteligentes, manifiesta en uno de sus diálogos: «...
Pues quiero contar de otros animales, para que veáis cuánto obran los
afectos de la sensitiva para vivir o morir. Plinio dice que un pescado
langosta teme tanto al pulpo, que en viéndose cerca de él muere. Y si
el congrio ve cerca de sí la langosta, hace lo mismo. Y cuenta el mismo
Plinio del delfín que es muy amigo de la conversación del hombre, y que
uno de ellos tomó amistad y conversación con un niño que vivía cerca
de un lugar marítimo, de manera que muchas veces llegaba el niño a la
ribera del mar y lo llamaba por este nombre, Simón, y luego venía, y el
niño le daba pedazos de pan y otras muchas cosas; el delfín se ponía de
manera que el niño subía encima, y lo llevaba y paseaba por la mar,
y lo volvía a tierra. Continuando, pues, esta conversación y amistad,
dióle una enfermedad al niño, de que murió. El delfín, viniendo un día
y otro al puesto donde ejercitaba su amistad, como no acudía el niño,
siempre lo veían en aquel lugar, gimiendo en semejanza de lloro, hasta
tanto que allí mismo lo hallaron muerto. Cuenta también Eliano...» Y
así prosigue la sabia narrando sucedidos de animales, a punto de que
se advierte lo fácil de encontrar argumentos a lo _Chantecler_ sin
necesidad de meditaciones en un corral de Cambo. Todo autorizado por
Eliano, o por ese delicioso gran embustero de Plinio, que habría hecho
el encanto del Ursus de Víctor Hugo.
Hay que recordar asimismo al célebre doctor Juan Huarte de San Juan
en su _Examen de ingenios_, en el capítulo «Donde se prueba que del
alma vegetativa, sensitiva y racional son sabias, sin ser enseñadas
de nadie, teniendo el temperamento conveniente que piden sus obras».
Allí, con apoyos de Hipócrates, de Platón, de Galeno, se anticipa a los
Maeterlink, Heara, Gourmont y demás contemporáneos que se han ocupado
en bestias y bestezuelas.
Mas, pasemos a lo concreto de este artículo, que son los animales en el
teatro.
* * * * *
Cervantes, por su alto nombre, podría pedir primacía diciendo que sus
perros dialogan como gentes; y que Cipión y Berganza, acortando los
parlamentos, y presentados en coloquio a la manera, como se hacen las
cosas en la Porte-Saint-Martin, serían tan aceptables como el can que
hace Jean Coquelin, si no más discretos e ingeniosos, y en una prosa
que bien vale los alejandrinos rostanescos. Es el caso que hablan los
perros. Y como dice el final: «El acabar el coloquio al licenciado, y
el despertar el alférez, fué todo a un tiempo, y el licenciado dijo:
Aunque este coloquio sea fingido, y nunca haya pasado, paréceme que
está tan bien compuesto que puede el señor alférez pasar adelante
con el segundo. Con este parecer, respondió el alférez, me animaré y
dispondré a escribirle, sin ponerme más en disputas con vuesa merced,
si hablaron los perros, o no. A lo que dijo el licenciado: señor
alférez, no volvamos más a esa disputa; yo alcanzo el artificio del
coloquio y la invención, y basta: vámonos al Espolón a recrear los ojos
del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento. Vamos en buen
hora, dijo el alférez, y con esto se fueron».
Mas el gran Calderón aparece con piezas representables que con la
_mise en scène_ actual serían de gran efecto. No solamente pone en las
tablas monstruos mitológicos como sirenas, sátiros, etc., sino que,
cual en el _Chantecler_, animales. Las «memorias de las apariencias»,
acotaciones o indicaciones escénicas, tan profusas que ni D'Annunzio
mismo las pone ahora, son verdaderamente notables. Para la loa que abre
la comedia _Fieras afemína amor_, y en la que los _dramatis personae_
son el águila, el fénix, el pavón, o pavo real, los doce signos, los
doce meses, y músicos, explica el autor, en una acotación cómo se
representó. Calcúlese lo que se hizo con los recursos escénicos de
entonces y lo que se haría ahora. «Fundóse el pórtico del teatro de
orden compuesta, entre cuatro columnas de bien imitada piedra lázuli,
cuyas cañas estaban adornadas a trechos de resaltados bollos de oro,
y en su correspondencia dorados sus capiteles y sus basas, con que
siguiendo el orden, corría la cornisa enriquecida a partes de los
mismos bollos, mascarones y cornucopias. En ellas descansaban unas
volutas, de quien pendían varios festones, que dando vuelta a los
modillones, recibían el cerramiento del frontis, de quien era clave
una medalla de relieve, guarnecida de hojas de laurel, con cuatro
mascarones y otros adornos que la dividían en igual compartimiento.
Dentro della estaba un caballo, cuya velocidad enfrenaba galán joven,
no sin algunas señas de Mercurio, dios del ingenio, así en el caduceo,
como en las plumas del capacete y los talares: geroglífico del que
osadamente vano intenta sofrenar al vulgo. A los lados del pórtico,
entre coluna y coluna, estaban en sus nichos dos estatuas, al parecer
de bronce, que haciendo viso al héroe de la fábula, halagando una
a un león y otra a un tigre, significaban el valor y la osadía.
Todo este frontispicio cerraba una cortina, en cuyo primer término,
robustamente airoso, se veía Hércules, la clava en la mano, la piel
al hombro, y a las plantas monstruosas fieras, como despojos de sus
ya vencidas luchas; pero no tan vencidas que no volase sobre él en
el segundo término Cupido flechando el dardo, que en el asunto de
la fiesta había de ser desdoro de sus triunfos. Bien desde luego lo
explicaba la inscripción, cuando en rotulados rasgos que partían entre
los dos el aire, decía a un lado el castellano mote: _Fieras afemína
amor_, y al otro el latino _Omnia Vincit amor_. Lo demás del campo
que restaba a la cortina ocupaban pendientes festones de trofeos
de guerra, que enlazados los unos de otros orlaban todo el lienzo,
sin perdonar pequeño espacio, que no llenase de hermosa variedad la
arquitectura en sus diseños y la pintura en sus dibujos. En habiendo
logrado la vista por breve rato ambos primores, empezó a lograr los
suyos el oído, primero en sonoras chirimías, y después en templados
instrumentos, a cuyo compás, desde lo más alto del frontis, por detrás
de la medalla empezó a descubrirse, hecha un ascua de oro, un águila
condal con imperial corona, sobre cuyas batidas alas venía una ninfa,
que rompiendo la cortina, sin romperla, dió principio a la loa, como en
voz de _El Águila_ (cantando)».
Ya veremos en otro artículo cómo cantan y hablan las aves y demás
animales parlantes de Calderón, tres siglos antes que los de Rostand.
La Francia de hoy.
Juan Jacobo Rousseau ha dicho en alguna parte: «Prefiero ser el hombre
de las paradojas que el hombre de los prejuicios». Tiene razón. El
prejuicio, en efecto, es una opinión recibida sin examen y participada
por el mayor número. No tiene efecto sobre los espíritus por su grado
de verdad, sino por la satisfacción que da a la pereza. Atrofia y
paraliza la actividad de la inteligencia, haciéndola incapaz de
distinguir lo verdadero y lo falso. El prejuicio es así una idea muerta
que es necesario arrancar.
En el hermoso libro que acaba de publicar monsieur Barrett-Wendell,
destruye prejuicios, pero cuida de no expresar ninguna paradoja. Se
puede decir que es un «libro vivido», en el cual las afirmaciones
se apoyan constantemente sobre hechos observados o verificados
directamente, prudentemente e inteligentemente, en el cual la
preocupación de la verdad no ahoga la simpatía y la admiración del
escritor para los hombres y las cosas: en el cual, en una palabra,
se reunen en grado supremo, y en la más bella armonía, los méritos
de la razón que examina y juzga, y del corazón que siente y ama.
Él constituye uno de los más admirables testimonios que jamás haya
habido en honor de Francia; y al leerlo, los franceses se emocionan
orgullosamente. Conozco, por mi parte, quienes exclaman, poco más o
menos, como Sócrates hablando sobre Platón, su discípulo: «¡Cuántas
cualidades este hombre nos encuentra, en las cuales nosotros no
habíamos pensado!»
Monsieur Barrett-Wendell estudia sucesivamente las universidades,
la estructura de la sociedad, la familia, el carácter francés, las
relaciones entre la Literatura y la vida, la cuestión religiosa, la
revolución y sus efectos, la República y la Democracia. Cualquiera
que sea el orden adoptado por el autor, cada capítulo es un estudio
muy compacto, muy interesante y que contiene para los extranjeros las
enseñanzas del más alto precio.
De la admirable intelectualidad de los franceses, de sus fuertes
costumbres dinámicas, de espíritu, M. Barrett-Wendell concluye que
la ciencia extranjera sería muy vivificada si un mayor número de
estudiantes viniesen a colocarse bajo la influencia francesa. Ésta
combatiría útilmente lo que las otras influencias tienen de excesivo;
ella daría a los conocimientos más riquezas y a las universidades una
actividad de mejor índole, una vida más fecunda.
No me place mucho la división que hace M. Barrett-Wendell de la
sociedad francesa en tres clases: la nobleza, la burguesía y los
artistas. Ella es tal vez cómoda para el estudio, pero temo mucho que
no corresponda muy exactamente a la realidad. Que haya, por ejemplo,
una especie de barrera entre la aristocracia y la burguesía, convengo
en ello, aunque esta barrera se aminore más cada día; pero no veo
que los artistas se distingan de los otros franceses por caracteres
fundamentales y permanentes bastante precisos para que constituyan
una clase aparte. ¿Y por qué no entonces la clase del clero? ¿Por
qué no, sobre todo, la clase del pueblo, que es la gran masa de los
franceses? El pueblo, con su robusto buen sentido, su incansable
actividad, su espíritu de orden y de economía, su apego profundo por lo
que es práctico, sólido y durable, el verdadero pueblo en la campaña,
que no hay que confundir con el obrero de la ciudad, el pueblo que
precisamente desconfía de todos los prestigios, de cualquier naturaleza
que sean.
Pero quizá me equivoco en hacer esas reservas. Monsieur Barrett-Wendell
nada, en efecto, ha olvidado; y, si él no da a cada cosa la importancia
que encierra, es por un plausible escrúpulo de escritor, que no quiere
dar su juicio sino con perfecto conocimiento de las causas. Las malas
lenguas extranjeras se complacen en esparcir la opinión de que la
sociedad francesa está moralmente enferma.
«Mientras más veis a los franceses _chez eux_--dice M.
Barrett-Wendell--, menos se fija nuestra atención en ese fenómeno
social mórbido. Al contrario, más y más os admira no solamente
la regularidad general de su existencia, sino aun de ese hecho
sorprendente: que esta regularidad general parece tener un punto de
apoyo muy sólido en sus afecciones.»
Ha logrado excelentemente analizar en los franceses la simplicidad
fácil de maneras, y la extremada franqueza de los hábitos
intelectuales; la manera incomparablemente natural y deliciosamente
amistosa con que acogen y reciben a sus huéspedes; su locuacidad llena
de franqueza, pero también el instintivo pudor de su espíritu; su
seriedad profunda, asombrosa, en la conversación mundana; la ausencia
de pedantería, su capacidad de dominarse cuando se trata del deber; su
culto del honor, su pasión por la sistematización que les conduce a
salir de su carácter de discutir asuntos abstractos; su amor por los
principios, que ellos cuidan con un celo intransigente e intolerable;
y, a pesar del exceso, el refinamiento, las estrecheces de sus virtudes
más poderosas, la fuerza maravillosa con que vanamente se conmueven por
los sentimientos humanos, cuando son grandes y profundos.
No era bueno igualmente probar y declarar a los extranjeros mal
informados, o mal intencionados, que la tan grande audacia de la
literatura en Francia, muy lejos de indicar que la inmoralidad sea
la regla de la vida francesa, tiende más a demostrar que no es sino
la excepción, demostrar que el ardor que los franceses ponen en sus
discusiones religiosas, proviene no precisamente de su apego íntimo a
tal o cual forma de la religión, sino sobre todo de su excesivo apego
a las fórmulas definidas; que la Francia prospera entre todos los
países, que en ninguna parte se experimenta una impresión más evidente
de bienestar sólido y sustancial, que en ninguna parte se ve menos
pobreza, menos miseria, que en el resto del mundo entero.
No quiero dejar de transcribir integralmente las últimas líneas del
excelente y hermoso libro del escritor norteamericano:
«A los franceses mismos aparece la república menos como un régimen
nacional que como un régimen de partido. Yo aspiro así como los
mejores de entre ellos, a ese tiempo en que no siendo el gobierno de
un partido, será el gobierno nacional; y este tiempo creo que vendrá.
Pero aun entonces, seremos más justos con la entera magnificencia
del pasado, si saludamos a la República como a la Francia, y no a la
Francia como a la República. No es demasiada la palabra mayor para
abarcar el alma total de esta nación.»
* * * * *
El régimen democrático actual de Francia tan magistralmente analizado
por M. Faguet en su último libro _El culto de la incompetencia_, no es
sino demasiado a propósito para hacer creer que la República, la que
ha hecho en todas sus partes a la Francia actual, que ha arrojado toda
miseria y toda opresión. Este régimen democrático parece querer hacer
tabla rasa de diez siglos de historia nacional, porque esos diez siglos
han visto otros regímenes que el de la soberanía popular.
Se diría verdaderamente que la República tiene miedo a los muertos.
Nada más curioso, más sugerente, a este respecto, que las recientes
querellas, que nacidas en las escuelas primarias y en los
establecimientos de enseñanza secundaria, han tenido su fin en la
Cámara de Diputados, querellas relativas a los manuales de historia de
Francia y de moral. Concluídos, desde hoy en adelante para los futuros
alumnos franceses, los excelentes libritos en que sus autores habían
enseñado que Juana de Arco es una santa heroína, que Luis XIV es un
gran rey, que la monarquía ha hecho bellas cosas, que la Iglesia ha
hecho en la Edad Media servicios eminentes, tendrán en cambio otros
manuales en los que el espíritu democrático habrá reducido a su talla
todo lo que fué potente y noble, y no se deberá considerar a los reyes
sino como déspotas corrompidos, y a los sacerdotes como siniestros
sectarios.
Conocéis la leyenda de aquel tirano griego que extendía a los viajeros
sobre un lecho, cortaba los pies a los que sobrepasaban y estiraba
los de los que no llegaban a la extremidad. El espíritu democrático
no estira: por poco, cortaría los pies como la Revolución cortaba las
cabezas.
Esta política de nivelación sistemática, ejerciéndose por todas partes,
en el pasado lo mismo que en el presente, inspirando todo, dominándolo
todo, atrofiando los hombres y las cosas, las ideas y las empresas, tal
es, a mi entender, el mal verdadero de que sufre la Francia actual.
Contado tengo yo también cómo el norteamericano francófilo firmemente
confía en el porvenir de este bello país. Primero, porque el buen
sentido, que siempre ha sido tan francés, concluye también por
triunfar, y luego, los franceses individualmente son sanos, razonables
e inteligentes, y con poco más pueden serlo colectivamente.
Bostock.
Ha vuelto Bostock a París, no ya al enorme _Hippodrome_, sino allá
lejos, por el Jardín de Plantas. Gran beluario, soberbio domador, de
los primeros del mundo. Bostock no gusta verter la sangre de las fieras
como su coterráneo Roosevelt, antes bien, las cuida, las ama y las
domina sin crueldad. Así logra penetrar en el alma extraña y misteriosa
de esos nuestros hermanos inferiores. Este norteamericano, fuerte y
sereno, está tan lejos de Nemrod como cerca de San Francisco de Asís.
Tras su cara de emperador Guillermo se oculta un espíritu dulce para
las bestias. Como el buen hombre de las _Mil y una noches_, que apaleó
cuerdamente a su mujer, sabe tanto del idioma de los animales como
no lo sospecha M. Rostand. Bien ha dicho la neoyorquina Ellen Velvin
al escribir sobre Bostock, a quien frecuentara, que no notó nunca
en él «el menor acto de crueldad». Ni en los empleados de su circo.
«Todos los domadores, todos los guardianes, estaban orgullosos de sus
animales y tuve mil pruebas de su bondad y de sus cuidados para con
sus discípulos. Los animales enfermos eran muy bien tratados. En el
caso, entre otros, en que un leoncillo se enfermó de convulsiones,
noté que muchos guardianes tenían las lágrimas en los ojos cuando la
pobre bestia se crispaba torturada por el dolor». ¿Dudáis de esto?
Es que no habéis visto como yo las aflicciones de mi querido Frank
Brown en Buenos Aires por las palpitaciones de corazón que le daban
a un perrillo al cual había enseñado el _gentleman-clown_ a voltear
para atrás. Más que los poetas que pintan a los brutos con los peores
defectos de los hombres, deberían esos hombres de los circos ser
nombrados socios honorarios de las Sociedades protectoras de los
animales.
Bostock ha contado su vida. De niño jugó con leones, pues sus
antecesores fueron también maestros de fieras. La frecuencia del
animal aguzó su inteligencia para comprender y hacerse comprender
de esos compañeros. Aprendió, según su decir, que la personalidad
de ellos es tan netamente manifiesta como la nuestra, y que ciertos
rasgos característicos suyos pueden ser fácilmente comparados con los
de la especie humana. «He conocido muchos leones y tigres tan malos
y tan indignos de confianza como ciertos humanos. He encontrado mil
otros que hubiesen desdeñado aprovecharse de una ventaja deslealmente
obtenida. He hallado que la mayor parte de ellos son honrados, amables
y sinceramente afectuosos». De todos modos es muy posible que entre
todos los lobos no se encuentre uno solo que sea el «hombre» de ellos y
que haga escribir un apotegma a algún Hobbes aullante.
Se precisa tener un fondo puro para, como en el caso de Bostock, llegar
a ser «comprendido» y «apreciado» por las criaturas que no hablan a la
humana. A menos de no ser el niño hindú, de Kipling, se necesita para
comunicar con ellos paciencia y constancia, y aprender a no mortificar
sus espíritus «lentos y rebeldes». Todo esto lo enseña Bostock. A
este hombre, que ama con pánica fraternidad a esos seres que tanto
en ciertos puntos se nos asemejan, preocupó un día la idea de ser un
opresor; pensó si no haría mal en mantener en jaulas a los nacidos para
la libertad de la floresta, del desierto o de la espesura, «si no era
ese un derecho imprescindible, un derecho que la equidad no permite
transgredir». Sufría con la duda. El lo dirá de bella manera: «Saber si
yo tenía o no razón de guardarlos prisioneros me atormentó por largo
tiempo, y estuve profundamente turbado mientras pesaba el pro y el
contra de la cuestión. Vi a esos seres indomados en su soledad natal;
les vi acurrucarse por la noche en sus retiros ocultos, atisbando una
presa; vi las tragedias del matorral; recordé sus frecuentes estragos
contra la vida humana, llevados ya por el hambre, ya por el simple
deseo. Sobre su terreno original, remonté hasta las fuentes antiguas
de los largos anales de esos amigos, encontrados muertos, o moribundos
de hambre, de sed, o por una bala tirada por algún cazador apasionado
de _sport_ o de lucro. En medio de esas reflexiones pensaba en el
elefante, en la cebra, en el caballo, todos libertados del estado
salvaje para su bien y el de la Humanidad. Poco a poco llegué a resumir
así mi problema: ¿debo devolver a mis pupilos a sus florestas natales
y cesar el estímulo de la captura de las fieras? ¿Debo continuar
protegiéndolos y manteniéndolos, y de este modo preservándolos a ellos
y a sus hermanos más débiles de las desgracias ciertas del desierto?»
A la última pregunta el domador se contestó afirmativamente. Él les
daba una felicidad relativa. Los nutría, los cuidaba, les evitaba la
probable muerte violenta. No les hacía sufrir. Luego, eran útiles,
prestaban un servicio a la educación, a la historia natural, y aun,
hubiera podido agregar, al arte.
Y Bostock entró plenamente en su heredada carrera.
Ante todo, apartó de sí todo procedimiento cruel. «La bondad es el
único azote empleado para hacerse obedecer de las fieras». Sin ella,
las fieras «no entienden». La fiera más terrible se dulcifica con la
bondad. Hay que inspirar con la bondad confianza. Es probable, dice
Bostock, que otras generaciones llevarán más adelante la doma de las
fieras, pero estoy contento con lo que yo he logrado. Comprender y
hacerse comprender. Esa es su victoria. Tal, más o menos, fué lo que
desarrollara en las páginas del _McClure's Magazine_, hace ya diez
años, en un estudio que consagró al beluario, y que éste aprovechó
después para su libro profesional, el escritor Samuel Hopkins Adams.
* * * * *
El libro autobiográfico y técnico del admirable norteamericano contiene
cosas en extremo interesantes. Su padre, hombre religioso, que
profesaba el anglicanismo, quiso dedicar a pastor al niño que jugaba
con cachorros. Lo fué, pero su rebaño ruge, huele a selva y come carne
cruda. No obstante, el futuro domador cultivó su espíritu. Estudió
primero en los Estados Unidos y luego en el Kelvedon College, en el
condado inglés de Essex. En una de las visitas que hacía en vacaciones
a su padre, volvió a ver los trabajos con las fieras en el circo. Y
aconteció que un domador, habiendo tratado mal a un león, no pudo
seguir en su ejercicio. Y el joven Bostock solicitó de la benevolencia
paternal ser el reemplazante. Negativa. Pero al día siguiente, mientras
Mr. Bostock, padre, recorría el circo, encuentra a su hijo metido en
la jaula del fiero león. «Hijo mío, le dijo todo asustado; si sales
vivo de allí te voy a pegar la paliza mayor que puedas recibir en tu
vida». Como el muchacho salió triunfante, la amenaza se volvió cariño
y el cariño pasó a consentimiento y el domador fué reemplazado por el
audaz joven. «Yo tenía quince años y me llamaban «el niño domador».
Comenzó así su peligrosa carrera. El no admite «nada de vulgar en
sus espectáculos»; se da en cuerpo y alma a sus tareas, siente la
fascinación de su trabajo. Comprende lo que hay en él de fabuloso y de
heroico. Sabe que hay que tener juicio fino y presencia de ánimo.