He seguido día por día, se puede decir, la vida parlamentaria francesa

en el curso de los últimos cuatro años. Y me he preguntado más de

una vez, cómo los diputados de la mayoría, después de las numerosas

y garrafales faltas que habían cometido, se presentarían y se

justificarían ante sus electores al acabarse la legislatura. He leído

en estos días muchos carteles y aun he asistido a algunas reuniones

electorales. Y bien. Esos señores están completamente tranquilos.

Fijáos. Se han votado las leyes complementarias de la separación de

la Iglesia y del Estado. Se ha afirmado la defensa del Estado laico

protegiendo la neutralidad escolar. Se ha proseguido la obra social

poniendo en vigor la plausible ley de asistencia a los ancianos,

protegiendo la infancia, ayudando a la asistencia privada, mejorando

la higiene. Las poblaciones rurales aprovechan una gran parte en la

actividad reformadora de la última legislatura; se ha extendido y

generalizado el sistema de la mutualidad agrícola. Se ha favorecido

igualmente a las poblaciones marítimas, reorganizando el crédito

marítimo y mejorando la suerte de los inscritos. ¿Qué decir de las

leyes en favor de los obreros y empleados? Sobre todo, de la ley de

5 de abril de este año, sobre el retiro de los obreros y labriegos,

que quedará como la obra esencial y duradera de estos últimos años de

república social. ¿Qué no se ha hecho también por el comercio y la

industria?

Se han perfeccionado correos y telégrafos. Se han rebajado las tarifas

postales, se ha revisado la tarifa aduanera de modo que ha hecho

prosperar un gran número de industrias francesas; se ha rescatado,

en condiciones excepcionalmente favorables, la red ferroviaria del

Oeste. Se han aumentado los sueldos de los funcionarios y se han

dado garantías contra el favoritismo. Se ha democratizado el Jurado

y se ha dilatado la estrechez del viejo código napoleónico. No se ha

descuidado la defensa nacional; se ha reorganizado la artillería;

se han construído barcos de guerra; se ha mejorado la condición del

soldado. La prosperidad financiera ha crecido. La política exterior se

ha hecho el instrumento eficaz de la paz nacional. Y se ha hecho más. Y

más. Y más. Y diré como un candidato, recientemente, a sus electores:

«No concluiría, mis queridos conciudadanos, si quisiera enumerar todo

lo que se ha hecho de bueno, de bello y de grande, por la Francia».

En fin--_tout à été pour le mieux dans le meilleur des mondes_--tal

podría ser «cándidamente» hablando la fórmula sintética y estereotípica

que resume y fija lo que ha hecho la última legislatura. El difunto

Alphonse Allais, de hilarante memoria, cuenta en una de sus «cosas»

que durante un viaje por Egipto encontró una inscripción grabada

sobre un bloque enorme de granito, del tamaño de los que sirvieron

para construir las pirámides. La traducción para él fué la cosa más

sencilla. Pero cuando llegó a la parte baja de la piedra, encontró

escrito: «Tenga la bondad de dar vuelta a la página».

Los carteles electorales se parecen un poco al famoso granito de

Alphonse Allais: no se les puede dar vuelta para conocer el fin de

la historia. Pero estad seguros, en todo caso, de que no es toda la

verdad lo que contiene la parte que podéis leer. No he encontrado allí

la píldora de los 15.000 francos por diputado, tan difícil de hacer

tragar a los electores. No he leído que se amenacen las libertades y

los derechos más sagrados; que se aumenten cada año, por la superchería

y el derroche, los gastos, la deuda y el déficit; que por el abandono

y por la incuria se desorganice la defensa nacional; que se tenga toda

suerte de complacencias con los directores de huelgas y agitadores

revolucionarios; que haya impotencia para reprimir en la administración

el desorden y la anarquía; que se va, por pretendidas reformas, contra

todos los intereses, como si la prosperidad nacional, el comercio y la

industria pudieran resistir por siempre a tan repetidos golpes.

En cuanto a los candidatos nuevos, a cualquier partido a que

pertenezcan, sus franquezas me son sospechosas. Los unos, en efecto,

conservadores o nacionalistas, exponen programas que radicales

completos no desaprobarían. Llevados por una manera de respeto humano,

hacen concesiones a aquéllos mismos cuyos principios rechazan, con tal

de lograr los votos. Los otros, los del socialismo, prometen al pueblo,

que en el fondo no pide tanto, una libertad tan completa, una justicia

tan perfecta, una felicidad tan grande, que no se ve del todo, pues no

saben los mismos parlanchines de esas verbales añagazas cómo van a

edificar ese paraíso en donde los franceses de mañana van a danzar, en

un placer sin límites, un delicioso perpetuo _cake-walk_.

* * * * *

Esa falta de sinceridad de parte de los candidatos, no va, en último

análisis, sin su falta de respeto para el elector. No os diré una

novedad si os digo que el respeto no consiste en muestras exteriores

de deferencia, o en la expresión de fórmulas de urbanidad. Respetar

a alguien, es, ante todo, suponerle un buen sentido, un juicio por

lo menos cercano al nuestro. Es, en segundo lugar, tratarle como una

personalidad moral a la que no se procura el engaño o el daño. De modo

que no decir la verdad y nada más que la verdad, a los electores, es

ya reconocer su falta de inteligencia. Pero decirles tonterías, es

tomarles por incurables imbéciles.

Véase esta muestra, entre otras, de esas tonterías a que me refiero:

1.° Supresión de todos los impuestos y voto del presupuesto facultativo.

2.° Jubilación a todo ciudadano de cincuenta años, con 60 francos

mensuales.

3.° Aumento de sueldo de los empleados que no ganan 3.500 francos.

4.° Respeto a la libertad de trabajo con aplicación radical.

5.° Estímulo de la repoblación (prima de 500 francos por cada hijo que

nazca).

6.° Supresión de los empleos inútiles.

7.° Matrimonio obligatorio a los treinta años, para ambos sexos.

8.° Derecho de elección para las mujeres que tengan cuatro hijos.

9.° Supresión de los monopolios del Estado y de los impuestos sobre el

alcohol.

10.° Libertad del Comercio y del ejercicio de la Medicina.

Otro candidato, no menos faccioso, reclama en primer lugar la revisión

del tratado de Francfort. (¿Por qué no la confinación de Roosevelt en

el polo Norte?)

Yo no sé si esas gentes se forman alguna ilusión sobre las

probabilidades de triunfo de su candidatura; por mi parte, yo no tengo

ninguna duda sobre su mentalidad. Es verdad que aquí se está en el país

en que se ríe de todo, en que la exageración misma de los rasgos del

programa nos advierte que hay que considerarlo como una _charge_, como

una caricatura.

La lucha electoral es únicamente una lucha de ideas. Un candidato tiene

su temperamento, su carácter, su talento, su profesión. Mas el lector

no puede juzgarlo, aparte la honradez, sino por sus ideas. Al comienzo,

parece que es así. Sin embargo, a medida que el período avanza, y que

el día fatídico se acerca, los candidatos llegan, o más bien descienden

a una polémica indigna de ellos, y sobre todo de sus electores. Se

escarba en la vida privada del adversario. De sus debilidades, si las

tiene, se hacen tachas enormes. De su evolución política se hace una

serie de contradicciones y de traiciones. De sus discursos se hacen

extractos, que, hábilmente aislados, presentan un sentido absolutamente

distinto del pensamiento integral del autor. Se lanzan mentises

inicuos, y se tiene cuidado de agregar: «Los electores juzgarán». ¡Ah!

si el lector juzgase convenientemente el ultraje hecho a su dignidad,

enviaría a ambos contendientes con cajas destempladas.

Hay hombres contra los cuales nada pueden los adversarios. Su

personalidad se impone tan sólidamente que los contrarios se quiebran

en ella pico y uñas. Sin embargo, los atacan a pesar de todo. Ved este

cartel:

«Comité de concentración republicana

Dos hombres

M. Maurice Barrés, M. Paul Cloarec,

Novelista Economista

Agitador Hombre de orden

Sin programa Programa preciso

¡Electores, escoged!»

Los electores han escogido ya y pronto verá el insólito y excelente

hombre de orden, M. Cloarec, cuál es el elegido. Pero, ¿qué me decís de

este pistonudo paralelo?

* * * * *

Todo esto, en conclusión, es tan humano como francés, y no he de ir yo

a revelar a mis lectores argentinos lo que son elecciones. La ambición,

como el amor, es mala consejera, aun para las mas firmes cabezas. Ser

diputado es para todos una honra; para algunos una honra y un provecho;

para muchos, una agradable sinecura. ¿Cómo, habiéndolo probado no se

va a querer repetir? Ser candidato, aun derrotado, es haber gozado en

su circunscripción, durante el período electoral, de una celebridad

capaz de inquietar a Rostand mismo. Y hay candidatos que aun de la

derrota sacan provecho. Así este épico, este incomparable M. Valantin

Moyse _candidat malheureux dans le neuvième arrondissement_, como

dice una gaceta. Este sujeto, que es filósofo, da las gracias a los

6.852 electores que no votaron por él, de la siguiente manera: «Vous

m'avez éclairé, vous m'avez clairement fait voir que je n'avait rien à

faire dans la politique. Je continuerai, donc, comme pour le passé, à

m'occuper de la publicité des magasins de nouveautés.»

¡Ni en Nueva York!

La hija de Verlaine.

REALIDAD Y LEYENDA

Monsieur Edmond Lepelletier fué amigo íntimo de Paul Verlaine,

desde los años del colegio. Acaba de publicar un libro sobre la

vida y la obra de aquel melodioso mártir. Para la vida es un libro

de rehabilitación, en parte, aclaración de hechos por irrecusables

documentos; para la obra una especie de proceso mental y certificación

del iniciarse o tomarse tales tendencias o deliberaciones. Lepelletier

cumple con cordialidad una como disposición testamentaria de hace

largos años. No se enfría con la nieve de la muerte y la piedra tumbal

el afecto del más «viejo amigo», como se le llamó en un soneto dirigido

de uno de tantos hospitales, el Cochin:

Mon plus vieil ami survivant

d'un groupe déjà de fantômes

qui dansent comme des atomes

dans un rais de lune devant.

Nos yeux assombris et rêvant

sous les ramures polychromes

que l'automne assouplit en dômes

funèbres ou gémit le vent.

Bah! la vie est si courte, en somme!

un sot réveil après un somme!

qu'il ne faut plus songer aux morts

que pour les plaindre et pour les oindre

de regrets exempts de remords,

car n'allons-nous pas les rejoindre?

Y en una carta a su madre, dice Verlaine, desde la prisión de Mons...

«Que Lepelletier defienda mi reputación. Podría ser que fuese, antes

de poco, mi memoria. Cuento con él para hacerme conocer mejor, cuando

ya no exista, allí...» Lepelletier, buen escritor, alejado de la

literatura quizá por asco de la vida literaria, aunque no hay mucha

algalia en los muladares de la política, su preferida, vuelve a tomar

su vieja pluma, y hace un volumen sereno, justo, fraternal, sin

retórica, firme, exento de sentimentalismo y claro de verdad. El Pobre

Lélian queda limpio, hasta lo posible, del maligno lodo legendario que

él mismo recogió y aumentó, gamin excesivo, para su propia maculación.

No que el sin ventura resulte ahora un bienaventurado, sino una pobre

víctima de «la lógica de una influencia maligna» como él mismo diría:

teniendo no poca culpa del derrumbamiento de ese espíritu superior,

de ese gran poeta, la sociedad misma. Al hombre lo hace conocer el

biógrafo desde la niñez. «En lo que se refiere a la infancia, las

primeras impresiones de Verlaine, sus aspiraciones, sus lecturas, el

despertamiento de su genio poético, sus comienzos literarios, he de

informar al público que se interesa en la génesis de un cerebro como

el del autor de _Sagesse_. Compañero de juventud, confidente de sus

pensamientos, de sus ensueños, de sus ensayos, desde la adolescencia

hasta la plena edad madura, he asistido, por decirlo así, a la

ascensión de la savia, a la floración y al desarrollo de su intelecto».

Los amigos de asuntos tortuosos se encontrarán desilusionados al ver

que lo referente a la famosa cuestión Rimbaud se precisa con documentos

en que toda perspicacia y malicia quedan en derrota, hallándose, en

último resultado, que tales o cuales afirmaciones o alusiones en prosa

o verso no representan sino aspectos de simulación, tan bien estudiados

clínicamente por Ingegnieros. Los testimonios son fehacientes en una

correspondencia escrita a raíz de los sucesos que provocan señaladas

cartas de toda intimidad y franqueza, en que se ve el alma desnuda y

toda ausencia de _pose_, o de mentirosa urdimbre. Otros libros se han

publicado sobre Paul Verlaine antes de este piadoso y definitivo.

No hay en ellos, en suma, sino el propósito de revelaciones que

interesan a un público de curiosos de intimidades literarias, y de

aficionados a cuentos de café y cervecería. Están en la misma línea que

esa malhadada fotografía de la serie _nos contemporaines chez soi_,

que se ha reproducido en _magazines_ e ilustraciones extranjeras,

y en la cual aparece «en su casa» el infeliz gran poeta, ante una

mesa tabernaria en que se ve el brebaje fatal a su existencia y a su

reposo espiritual, por tantos años. Tal crueldad iconográfica hace,

con justicia, estallar la cólera fraternal de Lepelletier. Este de

ningún modo acepta la usada comparación entre Verlaine y Villon, como

no sea en ser ambos dos portaliras en extremo amados de las musas y de

los dolores, y en ser cofrades en la devoción y la plegaria, podría

agregarse.

Sistema opuesto, el del Pílades literario, al de tantos plumíferos

parisienses e internacionales, cuyos recuerdos barriolatinescos y

báquicos no han contribuído sino a la universal transformación del

Fauno místico en una especie de tipo lastimoso y mendicante, saturado

de todos los alcoholes y roído por toda suerte de bajos vicios.

Mucho pesará a los adoradores de la _soucoupe_ el saber que Verlaine

era un hombre de ideas burguesas, que si vivió la vida de bohemia,

fué forzado por las durezas de la suerte, por las caprichosas

circunstancias que amontona la casualidad, esto es, de todas maneras,

la ley del destino, para hacerles torcer su dirección, y cambiar la

tranquilidad de una existencia que hubiese sido honestamente apacible,

por las tormentas pasionales y las noches borrascosas a que conducen

los desatados instintos y las ponzoñas de la voluntad.

Una mujer de poca comprensión y escasa paciencia y un puesto

modestísimo que, en la administración municipal de París no pudo volver

a ocupar después de la Comune--pequeñas miserias--, decidieron el

destino, tal el diablo hace esas cosas, del futuro verleniano. Para

la gloria, gloria amargada, y para el arte, propicio encadenamiento

de hechos; más terremoto sentimental y mental en el mal herido de

desesperanza que, antes que el paraíso católico, dignamente ganado a

son de tiorba y salterio, tuvo que pasar largos años en el, más que

purgatorio, infierno del alcohol.

* * * * *

Al por siempre niño no fueron sino fatalmente dañosas las malas

frecuentaciones; así la de ese terrible Arthur Rimbaud, que pudo

librarse de su demonio intelectual poderoso y perverso, transmutando

su vida en el hierro de una acción que hizo del poeta desorbitado un

mercader de Oriente, explorador de lejanas Áfricas, un negociante

entre negros, cuya labor colonial no supo a tiempo aprovechar su

patria. Muerto antes que Verlaine, cuya vida acibaró de locuras y

mala influencia, él tiene su monumento en la villa natal, en tanto

que todavía no se ha podido conmemorar en bronce o mármol al autor de

_Sagesse_.

Hase pretendido en lo referente a familia, que Verlaine descendía de

noble origen, según los manuscritos genealógicos de Le Fort. Vendría de

los señores de Verlaine en el Luxembourg. Lepelletier no juzga exacta

la ascendencia, antes bien, cree muy aceptable la eclógica parentela de

que ha hablado Saint-Pol-Roux en uno de sus magníficos libros. «Un mi

camarada, viejo pastor que apacentaba cotidianamente su ternera y sus

dos vacas delante de mi morada, me dijo, un día, llamarse Verlaine. Me

estremecí. Conversamos. Me contó su raza. Intrigado, intenté rebuscar.

Pronto pude asegurar al pastor belga que un gran poeta de Francia era

su pariente, de él, tan chico; lo que le hizo relinchar de alegría.

Anudando entonces sus cejas, como si hubiese cruzado los finos brazos

velludos de su memoria, sondó este rincón para, a la larga, extraer un

encuentro, antes, en los alrededores de Paliseul, en casa del coronel

Grandjean, con un colegial de dieciséis años. ¡Y, bien! Ese Pablo

olvidado, de quien me enseñáis la fama, es mi primo hermano segundo,

declaró el pastor de Arville. Resumamos sus decires: El bisabuelo de

Verlaine, después de haber seguido a los ejércitos franceses, como

jefe de convoy militar, se estableció en Arville, viniendo de Braz,

aldea vecina, elegido _franc-fied_ por el abad de San Humberto.

Dispensado del diezmo, su función consistía en asistir de uniforme,

y con el sable desenvainado, a las misas solemnes de la abadía. De su

matrimonio con una Henrion nacieron Miguel y Enrique. Enrique tuvo

dos hijas y un hijo, el capitán de ingenieros, padre de Pablo»...

Esos rústicos entroncamientos demuestran lo justo en Verlaine de

sus inquietudes sílvicas de corzo, su natural arisco, su estirpe

pánica. No pueden más que interesar vivamente sus despertamientos

sentimentales, más sensuales en él que otra cosa, y los primos deseos

en el alma del lírico sátiro que naciera tan mal dotado de físicos

atractivos, pudiendo ser su rostro de adolescente, argumento de la

teoría darwiniana, antes que clasificada de mongoloide su fatigada

testa socrática, por un doctor escandaloso que tuvo, a causa de su

seudo-ciencia periodística, cierta boga hace ya algunos años. Mas

después habrá que considerar cuán buena estofa de _páter familias_

había en quien ha dejado para su hijo--educado lejos de él y a quien

nunca pudo ver--en prosa y verso, los consejos más cristiana y

tradicionalmente morales, y patrióticos además, a despecho de todas

las demoledoras modas. Verlaine, aparte de su genio y de sus caídas,

dañosas tan sólo para sí mismo, fué en el fondo, y quizá siempre, eso

que «para algunos todavía es de valor»: hombre honrado. Jamás se ha

visto furia dolorosa igual a la de ese desdichado por la pérdida de su

hogar, por la separación de su mujer, quien, en verdad no le merecía

tanta llama inadecuada. Con una mujer paciente, dulce, una familia

constituída, y la vida asegurada en su papel de funcionario, habríase

destruído en él, sin duda, el veneno de las fatales amistades, y,

excelente ciudadano, rodeado de hijos, tuviera un fin apacible en la

honestidad de su retiro. Claro es que el arte humano habría perdido

tanto sollozo incomparable y la católica poesía tanto gemido místico y

tanta oración temblorosa de viva fe, de piedad infinita.

* * * * *

Lo único en que Lepelletier deja sospechar la influencia sectaria, en

su manera de exponer el alma de su glorioso y desolado amigo, es en

no ver en Verlaine convertido un poeta más lleno de la gracia suprema

que de propósitos más o menos literarios; y el querer disimular

la ferviente sinceridad de las «Confesiones» en lo relativo al

holocausto de aquella pobre ánima, anímula abatida, en honor de Dios

y arrepentimiento de sus incontenibles yerros. Nada tienen que ver el

Jesucristo y la Virgen verlainianos, que no son otros que los de los

niños de primera comunión y los del creer del carbonero, con los Odin

y Teutates parnasianos, y toda la védica teogonía y toda la soberbia y

logolítica erudición de la poesía de Leconte de Lisle. El catecismo,

sí, era su libro. Y hay en él también algo franciscano. Entre sus ramos

de claveles, rosas, hojas de viña, y tal o cual orquídea, respiráis

perfumes de _fioretti_.

¡Ah, la leyenda verlainiana y la realidad de las cosas! Yo quisiera que

todos aquellos cerrados criterios, que todas aquellas mal informadas

personas para quienes el nombre del _pauvre Lélian_ es una dicción

sospechosa, leyeran, apartando por un instante las vulgares y repetidas

informaciones caras a los cronistas ligeros y desvergonzados escribas,

leyeran y meditaran con calma los conceptos de este volumen fidedigno.

Hace no mucho tiempo se publicó en Francia--Francia tiene estos

arranques generosos--una rehabilitación también muy documentada de la

vida de Poe, otro tan mordido y enlodado desde los días del odioso

Grissmold. Tales obras honran a los que las emprenden y consuelan a los

que no aspiran a ver en el mundo tan solamente el lado oscuro o rojo de

la Perversidad. Coincide con la publicación del libro de Lepelletier la

de una obra póstuma y antigua, paralela a _Sagesse: Voyage en France

par un Français_. Se ha dicho con sobra de superficialidad que dicho

_bouquin_ no agrega nada a la personalidad intelectual del autor.

Quizás. Mas hay una cosa cierta, y es que, dichosamente, ella ayuda a

conocer el oro cordial del hombre. Del buen hombre por siempre niño.

A propósito de «Chantecler»

LOS ANIMALES

EN EL TEATRO CLÁSICO ESPAÑOL

Con motivo del famoso gallo, _Le Temps_, de París, habló recientemente

de una obra estrenada en Madrid hace algún tiempo, y en la cual los

personajes son animales. Se refiere a _El caballero Lobo_, del Sr.

Linares Rivas, notable ingenio de esta Corte que tomó la antera a M.

Rostand, años después, sin embargo, de anunciada la pieza francesa tan

cacareada.

Los trabajos teatrales en que aparecen animales en la escena, tienen

antecesores en el teatro clásico castellano, si no en el francés,

puesto que el curioso autor de las _36 Situations dramatiques_

puede escribir hoy: «Allons, il ne me vint pas une mauvaise idée

lorsqu'en 1900 j'ouvris la carrière dramatique aux personnages du

vieux «Roman du Renart». Depuis mille ans, mil n'y songeait. Quelle

cohue aujourd'hui!...» En efecto, M. George Polti hizo aparecer en el

_Mercure du France_ de 15 de agosto de 1905 una obra titulada _Compère

le Renard_, acompañada de una carta al director del _Mercure_ M.

Vallette, en la que decía entre otras cosas: «Los diarios anuncian que

M. Edmond Rostand va a poner en escena «Chantecler» el gallo y otros

animales del _Roman du Renart_. Alaban con emulación su idea original,

que será, según anuncian, el «punto de mira de la curiosidad parisiense

este invierno». Esto me decide a publicar _Compère le Renard_, escrito

por mí «desde 1909», época en que lo leí a algunos amigos, como pueden

atestiguarlo desde luego, M. Louis Wéber, caballero de la Legión de

Honor, redactor de la _Revue Philosophique_, de la _Revue Métaphysique_

y del mismo _Mercure_, M. Henri Lasvingnes, el traductor de Stirner,

y un hermano Julien Polti, miembro del Jurado de la Société Nationale

des Beaux Arts. Después de la lectura de mi pieza--en la cual figuran,

como pueden verse, junto a Goupil, «Chantecler» el gallo, el perro,

Morhou, Noble el león, Insengrin el lobo, Beaucent el jabalí, Bellyn el

carnero, etc., he enviado copias al Odeón al Gran Guignol, al Théâtre

Antoine, a Cluny, al Chatelet, como pueden demostrarlo, a más de los

registros de esos teatros, las cartas que me han dirigido rehusando en

la forma ordinaria y después de lectura, supongo».

Monsieur Polti, quería, pues, dejar establecida su prioridad. Él

se había decidido a escribir una comedia de animales, basada en el

viejo _Roman du Renard_, inducido, según cuenta en otra parte, por

el teatro de Gozzi. Y va un antecesor. El autor del _Compère le

Renard_, cuya erudición en asuntos de teatro es conocidísima, pensó

seguramente también en Aristófanes, y en la comedia china _Tao-sse_,

_Las transmigraciones de Yo-Théou_ adaptada del chino al francés, por

M. León Charpentier. En esta pieza figuran y hablan diablos con cabeza

de buey, de mono, de ratón, de pato; un ternero y el mismo Yo-Théou en

forma de burro. Y otro antecesor.

Mas en el teatro español, que M. Polti ha demostrado conocer en

ocasiones, hubiera podido recordar los ejemplos que señalaré luego.

* * * * *

Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII · 第 10 / 14 段