Nació en Nápoles, cuyas armas tienen una sirena. Cardenal de San

Eustaquio, el del ciervo milagroso.

51--1431.--Martín V.--«Columna veli aurei»--La columna del velo de oro.

Su apellido, Colonna. Columna en sus armas, cardenal de San Jorge, del

velo de oro.

52--1439.--Eugenio IV.--«Lupa coelestina»--La loba celestina.

Se llamaba Celestino y tenía una loba en su escudo.

53--1452.--Félix V.--«Amator cruni»--Amador de la cruz. Tenía la cruz

de Saboya en sus armas, y se llamaba Amado.

54--1455.--Nicolás V.--«De modicitate lunae»--De la bajeza de la luna.

Era de la diócesis de Luna y de baja extracción.

55--1458.--Calixto III.--«Bos pacens»--El buey que pace.

Era de la familia de los Borgia, que portan un buey pastando en su

escudo.

56--1464.--Pío II.--«De capra et alberga»--De la cabra y de la posada.

Fué secretario de los cardenales Capránico y Albergati.

57--1471.--Pablo II.--«De cervo et leone»--Del ciervo y del león.

Fué obispo de Cervo y cardenal de San Marcos.

58--1584.--Sixto IV.--«Piscator minorita»--El pescador cordelero.

Era hijo de un pescador cordelero y nacido en Celles, ciudad poblada de

pescadores.

59--1492.--Inocente VIII.--«Proecusor Siciloe»--El procursor de la

Sicilia.

Se llamaba «Juan Bautista». Gozaba de la estimación de los reyes de

Sicilia, Alfonso y Fernando.

60--1503.--Alejandro VI.--«Bos Albanus, in portu»--El buey de Alba en

la puerta.

Tenía un buey en sus armas. Fué sucesivamente cardenal de Alba y de

Porto.

61--1513.--Pío III.--«De parvo homine»--El hombrecito.

Se llamaba Picolomini, que en italiano quiere decir el hombrecito. Y su

pontificado duró solamente veintiséis días.

62--1513.--Julio II.--«Fructus jovis jubavit»--El fruto de Júpiter

ayudará.

Tenía en sus armas una encina, árbol consagrado a Júpiter.

63--1521.--León X.--«De craticula politiana»--De la parrilla de

Policiano.

Era hijo de Lorenzo de Médicis, y la parrilla, en latín «craticula» es

el emblema de San Lorenzo.

64--1523.--Adriano VI.--«Leo Florentius»--El león de Florencio.

Se llamaba Florencio y tenía un león en su escudo.

65--1534.--Clemente VII.--«Floes Piloe aut piluloe»--La flor del

mortero, o de la píldora.

Era de la casa Médicis, en cuyas armas hay seis roles o píldoras, de

las cuales una tiene lises.

66--1546.--Pablo III.--«Hyacinthus medico»--El jacinto al médico.

Era de la familia Farnesio, que porta en su escudo seis jacintos.

67--1555.--Julio III.--«De corona montaña»--De la corona del monte.

Se llamaba Del Monte y tenía en su escudo dos coronas de laurel.

68--1555.--Marcelo II.--«Frumentum floccidum»--El trigo pasajero.

Tenía en su escudo dos espigas de trigo, y su Pontificado duró

solamente veintiún días.

69--1559.--Pablo IV.--«De fide Petri»--De la fe de Pedro.

Se llamaba Pedro Carafe, esto es, fe cara.

70--1565.--Pío IV.--«Aesculapil pharmacum»--El médico de Esculapio.

Llamábase Medichine y estudió medicina en Bolonia.

71--1572.--San Pío V.--«Angelus memorosus»--El ángel de los bosques.

Se llamaba Miguel y nació en Boschi, que significa «bosques» en

italiano.

72--1585.--Gregorio XIII.--«Medium corpus pilarum»--La mitad del cuerpo

de las píldoras.

Portaba en su escudo medio cuerpo de dragón. El papa Pío IV, que le

hizo cardenal, llevaba en el suyo seis soles.

73--1590.--Sixto V.--«Axis inmedietati signi»--El axa en medio del

signo.

Había en su escudo un león, que es uno de los signos del zodíaco, y

sobre él el axa del mundo.

74--1590.--Urbano VII.--«De rore coeli»--Del rocío del cielo.

Fué arzobispo de Rossano, donde se coge el maná. Tuvo trece días de

pontificado. Pasó, pues, como el rocío del cielo.

75--1591.--Gregorio XIV.--«De antiquitate urbis»--De la antigüedad de

la ciudad.

Nació en Orrieto, cuyo nombre latino es «Ures vetus», ciudad antigua.

76--1591.--Inocencio IX.--«Pia civilitas in bello»--La ciudad piadosa

en la guerra.

Era de Bolonia, ciudad en cuyo escudo se lee «Bononia docta» carácter

de sapiencia que conservó a través de sus guerras. Sobre todo, fué

horror a guerra lo que la hizo entregarse a la Santa Sede.

77--1605.--Clemente VIII.--«Crux Romulea»--La cruz romana.

Tenía en su escudo una cruz semejante a la cruz «romulea» o papal.

78--1606.--León XI.--«Undous vir»--El hombre como las ondas.

En pleno vigor, a los veintisiete días de su pontificado, un

enfriamiento le causó la muerte. Su reinado pasó como una onda.

79--1621.--Pablo V.--«Gleus perversa»--La raza perversa.

Bajo el pontificado, en el Japón, instigado por los protestantes de

Inglaterra y Holanda, estalló la persecución general.

80--1623.--Gregorio XV.--«Intribulatione pacis»--En la tribulación de

la paz.

El amor de la paz causó la tribulación de su reino.

81--1644.--Urbano VIII.--«Lilium et rosa»--El lirio y la rosa.

Tenía en sus armas abejas que libaban en esas dos flores.

82--1655.--Inocente X.--«Incundito crucis»--El regocijo de la cruz.

Fué elegido el día de la Exaltación de la Santa Cruz.

83--1667.--Alejandro VII.--«Montium custos»--El guardián de las

montañas.

En sus armas hay una montaña de seis lados, sobre la cual una estrella

brilla y la ampara.

84--1669.--Clemente IX.--«Sidus olorum»--El astro de los cisnes.

En el conclave, la suerte le dió el cuarto de los cisnes. Además, era

poeta.

85--1676.--Clemente X.--«De flumine magno»--Del gran río.

Nació en momentos en que el Tíber, desbordado, inundó a Roma e hizo

flotar su cuna, pues su casa estaba situada en las orillas del gran

río.

86--1689.--Clemente XI.--«Bellum insatiabilis»--La bestia insaciable.

Tenía en sus armas un león aleopardado y un águila.

87--1691.--Alejandro VIII.--«Poenitentia gloriosa».

Se llamaba Pedro, nombre de un gran arrepentido. Fué elegido el día

de San Bruno, ángel de la Penitencia, al cual dedicó monedas con esas

palabras: «Penitentia gloriosa».

88--1700.--Inocente XII.--«Rastrum in porta»--Rastrillo en la puerta.

Pertenecía a la Casa de Pignatelli, del Rastello, a las puertas de

Nápoles.

89--1721.--Clemente XI.--«Flores circundati»--Las flores circundadas o

circundantes.

Urbino, su patria, tenía por armas una corona de flores.

90--1724.--Inocente XIII.--«De bona religione»--De buena religión.

Pertenecía a la familia de los Conti, de la cual han salido diez de los

mejores papas.

91--1730.--Benito XIII.--«Milex in bello»--Soldado en la guerra.

En su pontificado comienza la primera de las tres grandes guerras que

ensangrentaron Alemania y Europa.

92--1740.--Clemente XII.--«Columna excelsa»--Columna elevada.

La capilla que él levantó en San Juan de Letrán, para ser allí

enterrado, contiene dos columnas de pórfido, sacadas del pórtico del

Pantheon.

93--1758.--Benito XIV.--«Animale rurale»--El animal rural.

La interpretación del abad se reduce aquí a aplicar a su manera a este

pontífice la célebre frase de Alberto _el Grande_ sobre Santo Tomás de

Aquino.

94--1769.--Clemente XIII.--«Rosa umbría»--La rosa de la umbría.

Bajo su pontificado tuvo gran esplendor la Orden franciscana, y se sabe

bien que a San Francisco se le llama la «rosa de la umbría».

95--1774.--Clemente XIV.--«Visus velox»--La vista penetrante, o bien,

«ursus velox», pronto, veloz.

Aquí el abad Noé hace una digresión, refiriéndose a la explicación de

los jesuítas, disueltos por este papa, dan al lema de San Malaquías,

prohijando el acuerdo del pontífice tomado a la ligera...

96--1799.--Pío VI.--«Peregrinus apostolicus»--Peregrino apostólico.

Hizo a Viena un viaje por ver al emperador apostólico José II.

97--1823.--Pío VII--«Aguila rapax»--Águila rapaz.

Bien sabido es cómo el emperador Napoleón, que puso el águila en

sus banderas, arrancó de Roma al papa para llevarle a Sabona y a

Fontainebleau.

98--1829.--León XII.--«Canis et coluber»--Perro y serpiente.

Tenía en sus armas estos animales.

99--1840.--Pío VIII.--«Vir religiosus»--El hombre religioso.

Pertenecía a la Casa de Gastiglione, famosa por sus virtudes, y es, al

decir del abate de Noé, a quien más conviene el dictado entre los papas.

100--1840.--Gregorio XVI.--«De balneis Etrurioe»--De los baños de

Etruria.

Era etrusco o toscano y llevaba el escudo de Etrurión. Fué superior de

los camandulenses, en cuya casa principal se llamaba Bolneaum, a causa

de unos baños cercanos.

101--1878.--Pío IX.--«Crux de Cruce»--La cruz de la cruz, o el

crucificado de la cruz.

Refiérese aquí el abate a las pérdidas del poder temporal, bajo Víctor

Manuel, en cuyo escudo está la cruz de Saboya.

102--León XIII.--«Lumen in celo»--Luz en el cielo.

En las armas de este pontífice, sobre fondo azul de cielo hay un arco

iris y un cometa.

103--Pío X.--«Ignis ardens»--Fuego ardiente.

El abate hace observar que en el blasón de este Papa hay una estrella

de cinco puntas, de plata, y en la fecha en que escribía estos últimos

comentos le auguraba al venerable pontífice veneciano, que no miraría

la cosa con mucha satisfacción, muy corta vida. Estas son sus palabras:

«Ignis ardens». El fuego ardiente, después de haber vivido poco, pero

santamente, morirá de la muerte de los justos, según la profecía del

santo Abad Berdín, muerto en 1279.

Faltan las emblemas de los nueve papas futuros y del fin del mundo de

la profecía de San Malaquías. Pero de esto me ocuparé en otro artículo,

pues este va ya largo, a pesar de que he únicamente extractado lo

fundamental de las interpretaciones.

II

Para los nueve papas futuros diré que nuestro buen abate colabora con

San Malaquías, puesto que al interpretar los lemas entra en el terreno

de lo profético.

1.°--«Religion depopulata»--La religión despoblada.

Juzga el abate Eugenio de la Tour de Noé, que bajo este pontífice

la catolicidad entera, en paz y en riquezas por el comercio y la

industria, se olvidará de Dios, y creerá que todo es obra de ella.

Basado en Santa Hildegarda y en Holzhauser, cree segura otra invasión

de bárbaros lejanos; de otro modo, en el peligro amarillo. Los

asiáticos vendrán y he aquí por qué la religión será despoblada.

2.°--«Fides intrepidos»--La fe intrépida.

Algunos intérpretes--dice--creen que será la persecución a ultranza, y

mucha sangre y mártires, como en los primeros tiempos del cristianismo.

Pero el príncipe del Aguilón, gran rey francés, conquistará Turquía, y

más feliz que Bonaparte, imperará en Oriente y en Occidente.

Se realizaría la unión de las iglesias, y muchísimos paganos se

convertirían. Para todo esto se apoya en la vidente Santa Hildegarda.

3.°--«Pastor angelicus»--El pastor angélico.

He aquí el Pontífice, que será por cierto, conforme a Cristo. Será

humilde, practicará a las gentes, andará descalzo, y a quien el ya

nombrado príncipe del Aguilón secundará.

4.°--«Pastor et naufa»--Pastor y piloto.

Cuando el papa anterior muere, se ha apaciguado la tierra. Hay un

cristianismo universal. A este príncipe, pastor y piloto, le toca

pilotear la barca de Pedro sobre aguas absolutamente tranquilas.

Será preciso--dice el abate--que el pastor sea un famoso piloto para

gobernar bien el arca Santa de la Iglesia en los días horribles del

combate decisivo que el «hombre de pecado se apresta a presentarle

sobre este gran mar del mundo, cuyo imperio ambiciona».

5.°--«Flor florum»--La flor de las flores.

En este tiempo, la humanidad convertida volverá a Dios y la virtud

llenará el mundo como un aroma intenso. Jerusalén, cumpliendo la

profecía de Orval, resurgirá con su templo reedificado, y el pueblo de

Israel se ofrecerá al Señor como en un ramo oloroso de almas.

6.°--«De mediate lunae»--De la mitad de la luna.

Este lema terrible hace ya alusión al cercano final del mundo, pues en

el tiempo del pontífice, a que corresponde, la luna comenzará a mostrar

a la tierra la mitad de su disco, el Anticristo aparecerá en el mundo.

Los turcos se convertirán, y tal vez será turco el mismo papa, según

algunos intérpretes, aunque el abate Noé protesta contra tal hipótesis.

Cuando el Anticristo comience a triunfar, este pontífice lanzará una

encíclica señalando las dos sangres impuras de sus venas, que son la

mahometana y la judía. De aquí lo de la media luna.

7.°--«De laboris solis»--El trabajo del sol.

Esto anuncia, según el abad, la descomposición planetaria, los

fenómenos raros que producirá el «trabajo del sol», de un astro que se

oscurece.

8.°--«Gloria olivae»--La gloria de la oliva.

En esto ve nuestro presbítero como la extremaunción del mundo, que está

para morir. Bajo el reinado del papa, cuyo emblema es la humanidad,

estará humillada después de un gran combate entre los malos y San

Miguel Arcángel. Desde hace algún tiempo, los pontífices reinan, no

ya en Roma, sino en Jerusalén, y este papa fallecerá orando, como

Jesucristo en el jardín de los olivos.

9.°--«Petrus romanus»--Pedro de Roma o romano.

Este es el último papa de la profecía de San Malaquías. Pedro Romano

pastoreará su rebaño entre las más terribles tribulaciones. Entre los

argumentos de que se vale el abate para afirmar con San Malaquías que

Pedro Romano será el último pontífice, hay uno modernísimo, y es el de

que en Roma, en la iglesia de San Pablo, fuera de los muros, en donde

se encuentran todos los retratos en mosaico de los papas, desde San

Pedro hasta León XIII, hay diez medallones vacíos. He aquí el final de

la famosa profecía: «_In persecutione extremâ sacrae Romanae Ecclesiae

sodevit Petrus Romanus; qui pascet oves in multis tribulationibus;

quibus transactis, olvitas septicolis disuctur, et judex tremendus

judicabit populum._

«_Postea, finis_».

En la última persecución de la Santa Iglesia Romana habrá un Pedro

Romano elevado al pontificado, que apacentará su rebaño entre grandes

tribulaciones; pasados esos tiempos arduos, la ciudad de las siete

colinas será destruida y el Juez tremendo juzgará al pueblo.

«Después el fin».

III

La profecía ha tenido algunos adversarios, entre ellos el abate

de Vallmonnt y el padre Ménestrier. Al primero le recusa nuestro

comentarista como protegido de Voltaire, y al segundo, como plagiario.

Se han hecho de la profecía de San Malaquías negaciones que el abad

refuta con argumentos, cuya exposición haría interminables estos

artículos.

Además de San Malaquías, ha habido numerosos profetas que vaticinaron

el fin del mundo. Por ejemplo, San César de Arlés, obispo, muerto el

año 542, el cual anunció que de los restos de la Iglesia perseguida

un papa hará, con ejemplo de sus virtudes, la reconstrucción de la

cristiandad, ayudado por un rey de Francia, dechado de religiosidad.

Después de él, los crímenes del hombre serán tan grandes que Dios

decidirá el fin del mundo. Este papa, según el abad Noé, será el cuarto

de los futuros, el «Pastor angelicus», y el rey piadoso, colaborador

suyo, el príncipe del «Aguilón», de que hablamos antes.

Otro profetizador de la terminación del mundo fué Pierre d'Aylly,

nacido el año 1350, doctor de la Sorbona, cardenal y legado del papa.

Este sabio, teólogo y astrólogo, dijo que las conjunciones de Saturno

y Júpiter resultarían grandes perturbaciones astrales, seguidas de

revoluciones políticas por el año 1789. Después de él, afirmaba, el

Anticristo no tardaría en llegar.

Está la célebre profecía de Orval, atribuída a muchos, entre ellos a

Philippe Dieudonné, monje. Sabido es que ella fué también arreglada a

propósito por mademoiselle Lenormand para adular a Bonaparte. En su

versículo 47 dice: «_Et voila déjà six fois trois lunes et quatre fois

cinq lunes que tout se sépare; et la siècle de fin commencé._»

Haciendo el cómputo de todas las lunas, según lo ha hecho el abate

Noé, resulta que el siglo del fin es el nuestro, el siglo XX. Hay

que advertir que las tres profecías anteriormente citadas están de

acuerdo respecto a un próximo fin del mundo, y un sabio americano,

autor de _La creación y sus misterios descubiertos_, obra publicada en

París en 1858, M. Snider, apoya aquellas conclusiones con argumentos

científicos.

Por otra parte, son muchas las tradiciones que señalan la terminación

del mundo para los seis mil años después de la formación de Adán. Entre

los judíos existía ya la idea, y el doctor de la ley, Elías, muerto

trescientos cincuenta años antes de Jesucristo, hizo alusión a ello.

Sabido es que la leyenda católica está de acuerdo en esto con la

tradición israelita, y muchos padres de la Iglesia se han ocupado del

asunto. El vidente Holzhauser señala el 1911 como la fecha fatal.

Otros, en cambio, no se acercan tanto como él a nuestros días, en

sus predicciones. Así, fray Bucelín, que llega hasta 6004. Sor de la

Natividad, clarisa bretona, dice a la letra: «El siglo 2000 no pasará

sin que el fin no llegue». El abate D'Arzano señala el año 2000. Por

fin, nuestro autor, después de cotejar profecías sucesivas desde

Nostradamus hasta profetas yanquis, lo cual es un colmo, ratifica su

opinión de que será en 1953.

Además, el _Secreto de la Saleta_ da apoyo al abate Noé. Demás decir

que su erudición bíblica le sirve a cada paso sobre el asunto desde

Esotras hasta el Apocalipsis. Tiene en su libro un capítulo en que

señala el triunfo de la francmasonería como precursor inmediato de

la aparición del Anticristo. Habla en otro capítulo de los signos

anunciadores del fin del mundo, a que se refiere el Evangelio: hambres,

pestes, terremotos y extinción de la fe. No hay duda de que tiene razón

al señalar todas esas cosas como sucedidas en nuestro tiempo, sobre

todo en lo que se refiere al acabamiento de la fe.

En otro, relaciona con la extinción universal los asuntos de la

política francesa.

Trata luego de la significación del Anticristo, y recuerda que San

Juan aseguró que habría un gran número de ellos, como en efecto los ha

habido, en Nerón, Mahoma, Juliano, Lutero y otros.

El vidente Holzhauser anuncia el nacimiento del Anticristo para el año

1855. Nicolás, en 1859. Por su parte el abate Noé afirma rotundamente

que ha nacido en Europa el año 1863, que fué educado militarmente en

una conocida escuela. Ignora su residencia, pero sabe que su opresión

será corta, aunque terrible. La madre, judía conversa y ex monja,

habita Londres, o estaba por lo menos allí en 1904.

Ahora, los que presten fe al excelente abate, puesto que no

han sucedido muchas cosas que tienen que suceder, pueden estar

perfectamente tranquilos por lo del colazo del Halley.

La comedia de las urnas.

En el momento en que escribo estas líneas Francia se prepara a nombrar

sus diputados, como sabéis, por un período de cuatro años. En todas

las ciudades, en las más humildes aldeas de los campos más lejanos,

los carteles electorales manchan los muros y los discursos de los

candidatos desgranan sus rosarios de lugares comunes. Muy pronto el

«pueblo soberano» designará por sus votos aquellos que deberán ejercer

el mandato y conducir los destinos del país.

* * * * *

Podréis, pues, creer que en un momento tan crítico hay en la atmósfera

francesa como un olor a pólvora; que al acercarse el instante de la

lucha los batallones se estremecen de impaciencia: que la nación entera

está sacudida por un estremecimiento de espera y en la angustia de lo

que resultará. Así debería ser, pero no es así.

La vida nacional, lejos de estar suspensa o turbada, sigue su curso

normal. Los hombres y las cosas guardan su calma y su serenidad

ordinarias. ¿Es esto sangre fría, corrección o dignidad?

He interrogado sobre este punto a algunos franceses amigos míos, cuyo

buen sentido y sinceridad conozco. Les he preguntado:

--¿Qué hará usted el próximo domingo 24 de abril?

--¿Lo que haré?--me contestó uno--Si el tiempo está bueno, iré a pasar

el día por los alrededores de París: será mi fiesta de la primavera.

--El 24 de abril--me responde otro, con un aire cuidadoso y tocándose

la frente con el índice--es probable que mi mujer dé a luz, a menos que

se equivoque en su cálculos.

--El 24 de este mes--dice un tercero--alojaré y pasearé por la capital

a toda una familia de parientes del campo que han creído darme un gran

placer viniendo a visitarme.

Nadie me ha respondido:

--El 24 de abril próximo, como es el día de las elecciones, cumpliré

con mi deber de elector. Iré a depositar mi papeleta en la urna. El 24

de abril seré verdaderamente ciudadano y nada más que ciudadano.

Apostaría que a los millares de electores franceses, semejantes a

esos amigos míos, les importa un comino el asunto de las elecciones.

Por otra parte, las estadísticas lo demuestran. Veo, por ejemplo, que

en 1906 hubo en ciertas circunscripciones hasta una tercera parte de

electores que no votaron, y que el promedio general de las abstenciones

es de un cuarto o de un quinto del número de los inscritos.

Esos indiferentes son ordinariamente, nótese bien, hombres de

ideas sanas, igualmente alejados de todo exceso reaccionario o

revolucionario, y cuyo voto, sobre todo cuando los candidatos rivales

tienen probabilidades más o menos iguales, podría modificar el

resultado. Pero estiman más la libertad de hablar o de escribir que el

derecho de elegir. Están convencidos de que un voto más o menos en uno

de los platos de la balanza no podría inclinarse a tal o cual lado. Y

creen también que la lucha es inútil y que hay que conformarse con lo

inevitable, o que las cosas no irán ni mejor ni peor con el socialista

Ribouldingue, que con el conservador Duriflard, tartampiones notorios.

Llevando un poco más adelante mi pequeña encuesta sobre la mentalidad

de los lectores, he llegado a convencerme que no son sólo los

abstencionistas los indiferentes. Podría afirmar que la masa de

los franceses no concede mucha importancia a las elecciones. Las

consideran como una simple formalidad administrativa que se efectúa

periódicamente, como los discursos de apertura, o los concursos en las

Facultades. Votando, hacen un esfuerzo, un ademán; pero no tienen en el

corazón, ni fe ni entusiasmo: no van a una batalla.

En verdad, este pueblo tiene, en su complicidad, algo de

desconcertante. Está poseído, como ninguno, de ansia de novedad y de

progreso, y ninguno se advierte, desde ciertos puntos de vista, más

carneril.

Tiene la pasión de la independencia; pero con tal que pueda burlarse

de la autoridad--¡desde el Guignol!--y gozar de libertad de espíritu,

no se cura de la tiranía que le rodea. Se queja sonoramente y muy a

menudo, no del régimen político mismo, sino de los politicastros que

lo deforman, y no intenta echarlos del Palais Bourbon, en donde se

han fijado cómo el Doctor de la Dulzura, una vez enojado, echó a los

mercaderes del templo. Deplora la ruina de la marina y vuelve a colocar

en la cámara a los mismos hombres que han deteriorado la Armada. Se

lamenta de la contaminación del Ejército, infectado por los sin patria,

y no hará nada para reducir a la impotencia a los cultivadores de esos

gérmenes mórbidos. Se encorva bajo el fardo cada vez más aplastante de

los impuestos, y, con todo y que puja, queda como bajo la monarquía,

_taillable et corvéable à merci_.

* * * * *

Esta indiferencia de la mayoría de los electores la conocen los

candidatos y la aprovechan.

La literatura ligera y los caricaturistas explotan el asunto. Diálogo

entre un candidato y su mujer:

--He encontrado mis circulares electorales de hace cuatro años.

--Pero ¿pueden servir todavía?

--¡Ya lo creo! ¡Como prometo siempre las mismas cosas!...

No querría que se creyese por esto que todos los candidatos son

farsantes. Pero juzgo que a la mayor parte les falta sinceridad. Pues

yo llamo sincero a aquel que, dándose cuenta de lo que significa su

mandato, no disfraza la verdad exagerando el bien, paliando y velando

el mal; a aquel que no promete sino lo que puede cumplir y que no lo

promete sino porque está resuelto a ponerlo en práctica en seguida;

a aquel que lucha por un ideal. Llamo sincero, en fin, al candidato

que habiendo buscado y encontrado en la rectitud de su conciencia la

manera de hacer el bien verdadero al país en general y no sólo a su

circunscripción, pone toda su voluntad, toda su alma, todo su sér, en

transformar su programa en actos, y que si no ha hecho todo lo que ha

querido, ha hecho, de todas maneras, lo que ha podido.

Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII · 第 9 / 14 段