su justo valer por sabios de este continente la labor de un estudioso,
cuyo nombre se agrega a las listas de los eminentes argentinos a
quienes se refiere el doctor Comby cuando escribe: «Nuestros hermanos
latinos de la República Argentina, antes nuestros discípulos, y hoy
llegando a maestros a su vez».
Roosevelt en París.
Está ya en París, de vuelta de África, el yanqui extraordinario a quien
algunos quieren llamar el primero en la paz, el primero en la guerra y
el primero en el _bluff_ de sus conciudadanos.
Se le ha recibido en Europa como a un rey de raza, mejor que a un rey
del petróleo, o príncipe del algodón o de los embutidos. ¿Quién negará
su energía, su fuerza, su excelente humor, su decisión y su franqueza?
Es todo lo contrario de un tímido, y todo lo opuesto a un ceremonioso.
Él es el «hombre representativo» del gran pueblo adolescente que parece
hubiera comido el _food of gods_ wellsiano, y cuyo gigantismo y cuyas
travesuras causan la natural inquietud en el vecindario.
Ya sabía el parisiense de quién se trataba, y cómo el ex presidente,
y con seguridad casi seguro futuro presidente de la Unión, había sido
recibido por las monarquías italiana y austro-húngara. Los periódicos,
que habían dedicado largas columnas a las proezas del gran cazador
delante del Eterno y de la máquina fotográfica, estaban listos para la
vuelta del vencedor de las fieras de África y del enemigo formidable de
los trusters yanquis.
¡Maravilloso ejemplar de humanidad libre y bravía! Pueden los
escritores de humor y de malas intenciones presentarle como el
hombre-estuche, genuina encarnación del espíritu y de las tendencias de
su colosal país, así el autor del terrible y sarcástico librito inglés
_Abounding America_, en donde se analiza a un Roosevelt polifacial
y multiactivo, político, cazador, literato, militar, universitario,
ranchero, orador, diplomático, _cowboy_, pacificador, periodista,
_sportsman_, conferencista, y otras tantas cosas para las cuales sería
preciso enumerar el modo del boyante cura de Meudon.
Lo único que no ha llenado por completo el gusto del buen pueblo de
París es no haber podido gritar _¡Vive le roi!_ o _¡Vive l'empereur!_,
al paso del automóvil del americano, que saludó en la estación al
embajador Bacon, ante la gravedad del protocolo, de esta sabrosa
manera: _¡Hallo, Bob!_ Sin embargo, se sabe vagamente que es un rey, a
su manera, que hay en él carne de emperador y que es un gran admirador
del Bonaparte que duerme «a la orilla del Sena». Es un personaje, sobre
todo, _pas ordinaire_. Y con esto París está encantado. París, digo,
el buen pueblo de París, no sabe gran cosa de los Estados Unidos. Pero
sabe de los dólares y de las casas de cuarenta pisos; ha conocido a
Búffalo Bill y a Bostck, y ha oído en plena plaza de la Opera, en
ocasión memorable, tocar marchas y danzas a la banda de Sousa, «Sousa's
Band». Sabe que los Estados Unidos tienen mucho dinero y que cada año
viene a esta capital del placer un grupo de paseantes que deja un buen
por qué de millones. Y todo eso le parece excelente.
El jovial Nemrod ha tenido una buena prensa, sin faltar quienes le
hayan hecho notar la inmensa distancia que hay entre el «americanismo»
y el verdadero espíritu francés. Ciertamente, dicen unos, el personaje
es quizá _un peu trop poussé, trop «marqué», comme on dit et l'on a
pu sourire de cet américanisme qui touche par tant de côtés au bluff,
mais que cependant a une parenté qu'il faut retenir avec l'énergie
individuelle_. Levasseur encuentra en él «un hombre en toda la fuerza
del término y un carácter supereminente». Ve al hombre de acción;
pero hace la reserva de que «tal vez Mr. Roosevelt--que ha predicado
la acción y la elocuencia--ha comprendido menos el carácter de otra
clase de hombres de acción, muy numerosos en Francia y mucho más
raros en los Estados Unidos, que obran no menos enérgicamente que
aquellos cuyo prototipo es él, pero en el silencio del gabinete y en
la calma de los estudios abstractos». Y el sabio francés, a propósito
de las censuras de Roosevelt contra la causa de la despoblación,
observa que «la gran república de los Estados Unidos, por lo menos los
estados del Este, y en particular el de Massachusetts, no están menos
contagiados de semejante mal». De todas maneras, Roosevelt no es un
moralista para esta o aquella nación, sino para todas las naciones,
y hay que agradecer «a ese gran ciudadano, el haber consagrado algo
de su tiempo a esa apología de la honradez, de la energía y de la
labor incansable». El presidente Fallières, por su parte, expresa que
Roosevelt es a la vez un gran ciudadano, un grande amigo de Francia
y un grande amigo de la paz. Esto le sentará muy bien al antiguo
_roughrider_ que cobró el premio Nobel por hacerse bajo sus auspicios
el arreglo ruso-japonés.
Y Pichon, que hoy maneja las relaciones exteriores, manifiesta que
«los caracteres dominantes en esa curiosa fisonomía le parecen ser
la voluntad, la energía, el valor y la sinceridad». ¡Buen bagaje,
vive Dios! Roosevelt se le aparece «como un hombre sin miedo que no
consulta más que a su conciencia y sacrifica voluntariamente a las
inspiraciones que recibe, las consecuencias que pueden producir sus
actos, sea en lo que le concierne, sea en lo que concierne a los demás.
En su concepción de una vida sana, honrada y robusta, tal como a menudo
la ha definido, se ha propuesto mejorar las costumbres y elevar el
sentido moral en su país. Ha querido para los Estados Unidos una gran
fuerza material, porque sabe bien que es el mejor medio de ponerse al
abrigo de complicaciones y de conflictos. A él le debe su país poseer
una admirable y poderosa marina que ha llegado a ser la institución más
popular de la república, siendo tan atacada y negada cuando llegó al
poder». Y agrega: «Así es como este «pacifista» se dedica a servir la
causa de la paz, en la cual ha dado pruebas que nosotros los franceses
debemos recordar más que nadie. Pues Mr. Roosevelt es un amigo seguro
y fiel de la Francia. Nos ha probado su amistad en toda circunstancia
con un perfecto desinterés. Ha obrado como hombre de estado que
comprende que las dos grandes repúblicas se deben apoyar entre ellas,
puesto que obedecen a los mismos principios, prosiguen la misma obra y
tienen el mismo ideal.
Él ha encontrado muy natural que en caso de dificultades le tendiesen
una mano amiga. Hoy es a un amigo a quien recibimos, un amigo sincero,
justo y tenaz, _justum et tenacem_. Honrémosle. Amén». Así se ha hecho.
Y no ha dado Roosevelt un paso que no haya sido anotado por las
gacetas, aun aquellas que han querido emplear, inútilmente por cierto,
su ironía bulevardera, que no ha pasado de seguro sin ser notada por el
hipopotamicida y rinoceroctono.
* * * * *
¿Sobre qué les viene a hablar el gran yanqui en la vieja Sorbona a los
atenienses del siglo XX? Pericles hubiera aprobado, sobre «los deberes
de un ciudadano en una república». He aquí al hombre de la _strenuous
life_ enseñando en Lutecia los deberes, como él los entiende para con
la Patria. Se le aplaude, se le celebra. Y si hay quien recuerde lo del
_big stick_, es para explicar que, como sucede con muchas frases, se ha
cambiado en el público el sentido, y se ha tomado una cosa por otra. Y
se explica: de tanto hablar del _big stick_ se ha llegado a hacer creer
a muchas gentes, y no de las de poco más o menos, que por el más ligero
pecadillo, el primo Jonathan aplicaría a las naciones una paliza. Nada
más contrario a la verdad. La frase que ha causado tanto ruido, sobre
todo, _et pour cause_, entre los países hispano-parlantes, es ésta:
«Un viejo refrán familiar dice: habla con tono conciliador y lleva un
fuerte bastón; así irás lejos». Si la nación americana quiere hablar en
un tono conciliador y al mismo tiempo quiere resolverse a construir
y mantener en un alto grado de entrenamiento una marina poderosa, la
doctrina de Monroe irá lejos. La frase de Roosevelt no es, pues, sino
viejo decir latino arreglado a su manera: _Suavite in modo fortiter in
re_.
Nada más distinto que el alma francesa del alma americana. Al hablar
ante la parisiense, el norteamericano se quiso poner un diapasón lo más
cercano posible. El demócrata, perogrullando un poco, dijo muchas cosas
doctrinarias y no pocas utópicas. El pacifista afirmó la necesidad de
la guerra en ciertos casos; Francia fué, y no podía ser de otro modo,
cubierta de flores. Míster Barrett Wendell debe sentirse gozoso en
su cátedra de Harvard. Solamente, que hay que tener hijos. «No tener
hijos, si ello es por cálculo o por egoísmo, constituye una falta
capital. La riqueza de una nación no puede compensar la pérdida de sus
virtudes fundamentales y el poder de la raza, de perpetuar en su raza,
es una de las más grandes virtudes fundamentales». El discurso fué
largo, vigoroso, bien gesteado y dicho, en fin, de una manera que no
se ha usado nunca en el vetusto Instituto. El ex presidente no tiene
nada que ver con esa cosa tan francesa que aquí se llama buen gusto.
Ni le hace falta. Él es una fuerza de la Naturaleza. Y luego, aquí
se conocía, al menos por algunos, la frase de John Morley: «He visto
en los Estados Unidos dos prodigiosas fuerzas naturales: la catarata
del Niágara y el presidente Roosevelt. No sé cuál de los dos es más
fuerte.» Como sabéis, John Morley no es nativo de Andalucía.
¿Qué le van a hacer a esa potencia elemental, a esa fuerza de la
Naturaleza, a ese beluario que se las ha visto con leones, elefantes
y rinocerontes en África y con Rockefellers, Goulds y otras fieras
de oro en su tierra; qué le van a hacer, digo, las finas y bonitas
saetas de estos ironistas profesionales? ¿Qué le importa a él que M.
J. Ernest-Charles le comente en estilo acidulado, le parodie o le
señale contradicciones en su conferencia? Él sabe que aquí cuenta
con admiradores de fuste, aun entre los hombres de letras, como el
incontenible y ciclónico M. Paul Adam, como M. Jean Izouret, como otros
cuantos americanizantes o americanizados. Alguien demuestra en un
diario que en su libro sobre Cromwell, Roosevelt está contra Bossuet.
Se puede apostar, asegura ese alguien, que si alguna vez recibiera
monseñor Merry del Val en el Vaticano a Teodoro Roosevelt, el libro de
éste sobre Oliverio Cromwell no sería el tema principal y aun accesorio
de la conversación. ¡Ya lo creo! Como también puede afirmarse que una
tercera parte del entusiasmo oficial en París ha sido causada por la
negativa del Vaticano a la ya famosa y frustrada visita.
Los franceses han apreciado en su verdadero valor, algunos de los
principios rooseveltianos, y sobre todo éste: El hombre, el ciudadano,
como la Nación, lo primero a que debe dedicarse es a hacer dinero. Una
vez hecho el dinero, puede hacer lo que le venga en deseo. Y después,
la declaración contra los pocos audaces: «Nada se puede sacar de ese
tipo de ciudadano, del cual lo mejor que se puede decir es que es
inofensivo. No hay casi lugar en la vida activa para el buen hombre
tímido». Como aquí abunda mucho el tipo, como en todos los países
llamados latinos, el arranque ha caído bien. Un periodista explicará
que no se trata de una timidez puramente exterior, sino de esa falta
íntima de confianza que vuelve a las gentes indecisas, débiles y
prepara todas las derrotas. «Esta manera de neurastenia moral se
encuentra mucho en progresión en la sociedad moderna; y sobre todo,
preciso es reconocerlo, en Francia». Habráse sacado así práctico
provecho de la conferencia. Banquetes y banquetes, recepciones y
recepciones, hoy en el Elysée, mañana en el Quai d'Orsay, pasado mañana
en el Palacio de Justicia y honores de soberano. Una delegación en que
hay un ex presidente del Consejo, ministros, diplomáticos, estadistas,
llega a propósito de la cacareada e imposible idea del desarme a pedir
a Roosevelt su intervención, de tal manera, que ese varón listo tiene
que recordar a esos señores importantes que él es un simple particular
y que no puede tomar en tal sentido ninguna iniciativa ante ningún
Gobierno. ¿Qué dirá de todo esto Mr. Taft, cuyos comentados _twosteps_
y zapatetas no pudieron hacer el menor contrapeso a las formidables
performances de Teddy?
* * * * *
Este superhombre que está aplastando en París, por ahora, a D'Annunzio
y a Rostand, se conmovió ante la tumba de Napoleón. Tuvo en sus manos
el _petit chapeau_, la espada. Declaró su admiración fervorosa por el
Héroe, con quien se le compara jovialmente en los Estados Unidos, donde
se habla de la vuelta de la isla de Elba.
Y apenas ha habido aquí en los periódicos espacio para hablar de otra
gloria yanqui, que acaba de desaparecer: Mark Twain.
El fin del mundo.
I
En Tolosa de Francia vivía hasta hace poco tiempo, o vive aún, si es
cierto que tenía el don de profecía, un viejo abate de familia noble y
con títulos que él mismo ostentaba con ingenua vanagloria, sobrino de
un mártir, nieto del comandante del Ejército real victorioso del año
VII, descendiente directo de los antiguos condes de Noé. Llamábase, o
llámase, Gabriel María Eugenio de la Tour de Noé, «sacerdote de edad
de ochenta y seis años cumplidos, presbítero auxiliar de la iglesia
de San Jerónimo de Tolosa desde hace cuarenta y cuatro años justos»,
agregaba en 1904. Amable y venerable coquetería, en quien durante todo
ese transcurso acompañó al cementerio a todos los muertos tolosanos en
su calidad de _aumônier_.
Este hombre venerable, tan frecuentador de los difuntos, tuvo desde
hace más de cuarenta años la idea de calcular, pensando en la «Profecía
de los papas», de San Malaquías, la fecha más o menos aproximada del
fin del mundo. Lo hizo en un libro en que la señalaba para el año 1953.
No me negaréis que el cometa de Halley y compañeros dan una resaltante
actualidad a dicho libro.
¿Quién fué este inquietante profeta San Malaquías? Estoy muy seguro de
que la mayoría de los lectores de _La Nación_ no tienen ninguna noticia
de él ni de sus vaticinios. Fué un irlandés de Armagh, que nació en
1094, y tuvo gran fama por su intimidad con San Bernardo, su vida
ejemplar y los prodigios que realizó. Clemente III le canonizó medio
siglo después de su muerte, acaecida en la abadía de Clairbaux, a los
cincuenta y cuatro años, el 2 de Noviembre de 1148. Advertid lo curioso
y fatal de esa fecha de difuntos.
Puesto que ya sabéis quién fué el profeta, bien está que conozcáis
la profecía. Ésta consta de 112 lemas latinos, que caracterizan
alegóricamente a los 112 papas, desde Celestino II hasta Pedro II, que
será el último Pontífice de Roma. ¿Cómo calcula el abate de Noé? He
aquí su principal argumento. Siendo el papado inmortal, y concluyendo
éste con Pedro II, es, pues, innegable que con el último papa la
Humanidad acabará. Establecido este punto, dice un crítico suyo:
«El autor, conociendo el número de los papas que deben reinar hasta el
fin de los tiempos, busca la media de la duración del pontificado de
cada uno de los jefes de la Iglesia, y esta media, multiplicada por
el número de todos los pontífices romanos indicados en la historia
eclesiástica, y la profecía maláquica le da el número 1953, que, según
él, es la fecha aproximativa del fin del mundo.»
El abate examina e interpreta los lemas, y resultando que coinciden
con los papas del pasado, supone, no sin razón, que las divisas de
los pocos papas venideros justificarán sus cómputos, 1953 y 1910...
confesemos que si el Halley nos barre, la equivocación es ínfima en un
asunto que trata de la eternidad.
Adviértase que el libro de que nos ocupamos no ha entrado en el Index,
y no solamente esto, ha recibido la aprobación de León XIII, según
tengo entendido, y la del actual pontífice.
Por su extraño interés voy a transcribir los lemas y extractar las
explicaciones del presbítero de Tolosa. En la explicación de las
divisas dice el abate: «Dos cifras preceden el nombre de cada papa: la
una indica el nombre ordinal de cada pontífice y la otra el año de su
muerte».
1--1144.--Celestino II.--«Ex castro Tiberis»--De un castillo del Tíber.
Celestino II nació, en efecto, en Cittá di Castello, sobre el Tíber, en
Toscana. Su apellido particular era Dicastell.
La primera divisa se encuentra, pues, admirablemente justificada.
2--1145.--Lucio II.--«Inimicus expulsus»--El enemigo expulsado.
Era de la familia Caccianemici, que significa lo mismo que el lema.
Además, dice por pasiva el abate: Los romanos, fanatizados por el
famoso Heraldo de Brecia, le trataron como «enemigo» y le expulsaron de
la ciudad y aun del mundo, puesto que le mataron de una pedrada.
3--1150.--Eugenio III.--«Ex magnetudine Montis»--De la grandeza del
monte.
Este papa nació en el castillo de Graumont, en italiano monte magno.
4--1154.--Anastasio IV.--«Allax Suburraux»--Abad de la suburra.
Este papa se llamaba de apellido Subuni, y además nació en la calle de
la Suburra y fué abad de San Rufo en Avignon.
5--1159.--Adriano IV.--«De cune albo»--Del campo blanco, o del campo de
alba.
Este papa, único papa inglés, profesó en Saint-Albani, y llevaba el
hábito «blanco» como canónigo de San Rufo. Eugenio III le creó cardenal
y obispo de Albano o de Alba.
6--1164.--Víctor IV.--Antipapa.--«Ex tetro carcere»--De negra prisión.
Elegido por dos cardenales díscolos, arrojó al verdadero papa,
Alejandro III, en una «negra prisión». Este allí volvióse loco furioso,
todavía más negra prisión que la otra.
7--1168.--Pascual III.--Antipapa.--«Vía transtiberina»--Vía del otro
lado del Tíber.
Fué cardenal de San Calixto en Transvere, o sea, al otro lado del Tíber.
8--1178.--Calixto III.--Antipapa.--«De pannonia Tuscia»--De pannonio, o
sobre pannonio toscano.
Henos aquí--escribe el abad--en presencia de un espléndido giro
elíptico. La Biblia y el Apocalipsis no tienen inspiraciones más
sublimes. He aquí el sacerdocio triunfando del imperio, la Iglesia de
la tiranía, el «toscano» Alejandro III, papa legítimo, del pagnoniano
Calixto III, antipapa, sostenido por el César pagnoniano Barba Roja.
Todo eso es divino, termina...
9--1181.--Alejandro III.--«Ex ancere custode» De la gansa custodio.
Alusión poética y grandiosa a los gansos venerados del Capitolio
Alejandro III, «ancer» apostólico y vigilante, salvó a la Iglesia de
tres antipapas imperiales.
10--1185.--Lucio III.--«Lux in ostlo»--La luz en la puerta.
Este papa se llamaba Lucius, nació en Lucca, y fué cardenal, obispo de
Ostia.
11--1187.--Urbano III.--«Sus incribro»--El cerdo en la criba.
Se llamaba Cribelli. Cribelus es diminutivo de «cribama», criba. Tenía
en su blasón un cerdo.
12--1187.--Gregorio VIII.--«Ensis Laurientie» La espada de San Lorenzo.
Este papa fué cardenal de San Lorenzo «in encina», y portaba en su
escudo dos espadas.
13--1196.--Clemente III.--«Ex schola exiet»--Saldrá de la escuela.
En efecto, era de la familia Escholari, y nació en una casa de la plaza
de las Escuelas, del Escuole.
14--1198.--Celestino III.--«De rure bovensi»--Del campo de los bueyes.
Su nombre era Jacinto. Como el jacinto es el adorno de los «campos», el
buey es la riqueza de ellos.
15--1216.--Inocencio III.--«Comes signatus»--El conde sellado.
Este papa se llamaba Conti de Segni.
16--1227.--Honorio III.--«Canonicus ex latere»--Canónigo del lado. De
simple canónigo que era, Clemente III le llamó a su lado como camarero
íntimo, «ad latere». Le hizo intendente de los dineros de la Iglesia.
17--1241.--Gregorio IX.--«Avis ostiensis»--El ave de hostia.
Tenía en sus armas un ave, un águila, y fué cardenal, obispo de Ostia.
18--1241.--Celestino IV.--«Leo Sabinus»--El león sabino.
Tenía un león en su escudo. Fué cardenal de la Sabina.
19--1254.--Inocencio IV.--«Comes Laurentius» El conde Lorenzo.
Este pontífice era conde y fué cardenal de San Lorenzo «inten sucina».
20--1261.--Alejandro IV.--«Signus hostiense»--El signo de hostia.
Era de los condes de «Segni» y cardenal de Ostia.
21--1264.--Urbano IV.--«Jerusalem campaniae» Jerusalén de Champaña. Era
francés, de Champagne, y patriarca de Jerusalén.
22--1268.--Clemente IV.--«Dracco de presus».
Tenía en su escudo un águila dominando a un dragón.
23--1276.--Gregorio X.--«Anguineas VIX»--El hombre de la serpiente.
Era de los Visconti, de Milán, que portan una serpiente en su escudo.
24--1276.--Inocencio V.--«Concionator Gallur»--El predicador francés.
Fué fraile predicador, y aunque no nacido en Francia, arzobispo de
Lyón, doctor de París, profesor y provincial de la provincia de Francia.
25--1276.--Adriano V.--«Bonux comes»--Buen conde.
Se llamaba «Ottrobone», y era de los «condes» de la banne.
26--1277.--Juan XXI.--«Piscator Tuscus»--El pescador toscano.
Se llamaba Juan Pedro, como el pescador de Besaida, y fué enterrado en
Toscana.
27--1280.--Nicolás III.--«Rosa composita»--La Rosa compuesta.
Tenía una rosa en su escudo y le pusieron por apodo Compositor.
28--1285.--Martín IV.--«Ex telonio liliacel Martini»--De la banca de
Martín de los lirios.
Tenía lirios en su escudo y había sido tesorero de San Martín de Tours.
29--1287.--Honorio IV.--«Ex rosa leonino»--De la rosa del león.
Tenía en su escudo un león que llevaba una rosa.
30--1292.--Nicolás IV.--«Picus inter exas»--El pico verde entre
alimentos.
Era de Ascoli en el Picenun. Ascoli en latín se dice Asisculum o
Esculum. La palabra «escula» es diminutivo de «exa».
31--1294.--Celestino V.--«Ex eremo celsus»--Sacado de la ermita.
Se le sacó, en efecto, de su ermita para elevarlo al pontificado.
Además, celsus es casi sinónimo de Facelestis.
32--1303.--Bonifacio VIII.--«Ex undarum benedictione»--De la bendición
de las ondas.
Tenían sus armas fasces onduladas. Se llamaba Benedictus.
33--1304.--San Benito XI.--«Concionator Patareus»--El predicador de
Pátaro.--Era fraile predicador y se llamaba Nicolás como el santo
obispo de Pátaro.
34--1314.--Clemente V.--«De fascios Aquitanicis»--De las fases de
Aquitania.
Era de Aquitania. Su escudo tenía tres fases o bandas de gules en campo
de oro.
Hay respecto a este papa otras explicaciones que omito por no alargar
demasiado este artículo.
35--1334.--Juan XII.--«De tutore osseo»--Del zapatero de Ossa.
Se llamaba Deuse o Dosa, y era hijo de un zapatero.
36--1330.--Nicolás V.--Antipapa.--«Corous Schismatigus»--El cuervo
cismático.
Fué Pedro de Corberia.
37--1342.--Benito XII.--«Frigidos abbas».--Fué abad de Fontfroideo.
Fuente fría, en la diócesis de Narbona.
38--1352.--Clemente VI.--«Ex rosa Atrebatensi»--De la rosa de Arras.
Tenía rosas en sus armas y fué obispo de Arras.
39--1362.--Inocente VI.--«De montibus Pammachü»--De las montañas de
Palmaco.
Tenía montañas en su escudo y fué cardenal obispo de Ostia.
40--1370.--Urbano V.--«Gallus Vicecomes»--Francés Visconti.
Fué francés y subió al papado, siendo nuncio cerca de los Visconti
milaneces.
41--1378.--Gregorio IX.--«Novus de virgene fortis»--Fuerte por una
nueva virgen.
Fué nuevo por establecer el papado en Roma, impulsado por una virgen
fuerte, Santa Catalina de Sena.
42--1394.--Clemente VII.--«De cruce apostolica»--De la cruz apostólica.
La cruz de Saboya en sus armas y cardenal de los doce apóstoles.
43--1424.--Benito XIII.--Antipapa.--«Luna los medina»--Laluna en
cosmedium.
Fué Pedro de Luna, cardenal de Santa María en Cosmedin.
44--1429.--Clemente VIII.--«Schisma Barcinonicum»--El cisma de
Barcelona.--Era canónigo de Barcelona, y elegido durante el cisma de
Barcelona.
45--1389.--Urbano VI.--«De inserun Prignani» Del infierno de Prignani.
Se llamaba Prignani, nació en una aldea que se llamaba El Infierno.
46--1404.--Bonifacio IX.--«Cubus de mistione»--El cubo de mezcla.
Tenía cubos en su escudo. Luego con cubos de piedra y cemento edificó
el castillo de Sant-Angelo.
47--1406.--Inocencio VII.--«Demeliore Sedene»--De astro mejor.
Tenía un astro en su escudo. Se llamaba Meliorate.
48--1409.--Gregorio XII.--«Nauta de Pontenigro»--El Navegante de Negro
Ponte.
Fué obispo de Negro Ponte.
49--1410.--Alejandro V.--«Flagellum solis»--El azote del sol.
El sol en el escudo y fué arzobispo de Milán, en donde San Ambrosio
está representado con un azote en la mano.
50--1415.--Juan XXIII.--«Cervus Cyrenis»--El ciervo de la Sirena.