enano. Y ese es el _cabaret_ por excelencia, el _cabaret_ del Barrio
latino, el _cabaret_ de los estudiantes. Allá, siguiendo el boul'Miche,
allá lejos, está Bullier, el baile famoso que también ha degenerado.
Allí se bailó en buenas épocas el cancán alegre de antaño, el cancán
que bailaron las grisetas y las diosas de Offenbach. El cancán pasó.
Luego se bailó la _quadrille_, con el enceguecedor _chaut_. Luego la
danza negra, el _cake-walk_, que pasó también. Ahora se contorsiona la
gente con la _matchicha_.
Mi amigo está desolado.
El reino de las tinieblas.
LOS DRAMAS DE LA CLÍNICA
Comienza a morir la tarde de esta jornada dominical y el retorno de los
parisienses que han pasado la mañana en la _banlieue_ anima y alegra
las calles poco antes silenciosas del viejo París.
El suave oro del crepúsculo estival es propicio a los recuerdos de
gratos días de juventud. Y paseando por lugares de antiguo conocidos
nuestros, mi amigo el doctor Debayle evoca con cariño sus tiempos de
estudiante, los días en que, a veces, a pie o en la imperial de un
ómnibus, llegaba diariamente al hospital Tenon, y a una pregunta mía,
me relata una reciente visita al «Quinze vingts».
--«¡Au Quinze vingts!»--El canal Saint-Martin, la rue
Grange-aux-belles, la Avenida de la Republique... La estatua de
Floquet, el célebre tribuno y estadista, pasa como una visión
cinematográfica. Y así mis recuerdos--me dice--. El duelo famoso con
Boulanger, cuyo desenlace siguió París palpitante, y la herida en el
cuello inferida por el abogado al general. Era el tiempo en que la
Francia, al endiosar a éste, demostró una vez más la necesidad que
su gran pueblo sentía de un caudillo que reivindicase sus glorias
militares... Más adelante es la otra ancha avenida, el monumento del
sargento Bobillot, muerto en el Tonkín en defensa de su patria. Y a
lo lejos la plaza histórica y la columna coronada por el genio de
la Bastilla. Después de atravesarla se gana la calle de Charenton,
estrecha y populosa, para detenerse ante el ancho y gran portal del
Hospicio. Salvando la verja se está en el espacioso patio, especie de
parque, cubierto de musgo, arbustos verdes y árboles copudos, sembrados
de cómodos bancos.
Por todas partes vense numerosos enfermos, ancianos casi todos. Unos
descansando la cabeza entre las manos; otros con la frente alzada
como buscando algo que no encuentran y como interrogando al destino.
Algunos, apoyados en sus bastones, titubeantes, explorando con ellos
la senda invisible, o conducidos por lazarillos, se mueven vacilantes,
la cabeza levantada, y como buscando en otro sentido la orientación
que no les pueden dar los ojos sumidos en las tinieblas. Y en aquellas
fisonomías en que el tiempo ha puesto su marca indeleble y en aquellas
frentes que corona la cabeza blanca o calva, vense las órbitas con los
ojos muertos a la luz; alterados unos y con engañoso aspecto de pupilas
claras otros, todos irremediablemente perdidos, atrofiados, lesionados,
ambliopes. ¡Y cuántos de esos desgraciados que la caridad nacional
alberga han gozado como yo de los encantos de la naturaleza, de la
gama admirable de los colores, de la hermosura de la luz! ¡Y cuántos
de esos, víctimas de enfermedades evitables, se han hundido en las
tinieblas por incuria y por ignorancia!
Según las estadísticas, un 60 por 100 de los ciegos que llenan los
hospicios son el resultado de las lesiones infecciosas exteriores o
internas. ¡Fatal destino el de aquellos que víctimas de la ignorancia
o del vicio de sus progenitores vieron al nacer apagarse ante sus ojos
la amada luz del sol! Y entre aquellos enfermos ¡cuántos llevan impresa
en sus rostros la resignación a lo inevitable; y la sonrisa que ilumina
sus semblantes que parece un gesto de burlesca ironía a la sombra!
Atravesando el primer ancho patio se llega al segundo. A la
izquierda un corredor bajo en que las arcadas de piedra forman
bóvedas que recuerdan los antiguos conventos y los pabellones de la
Allgemeines-Krankenhaus de Viena. Las mismas bóvedas, las mismas
piedras, las mismas baldosas que tantas veces atravesé ansioso de
llegar a la hora de las operaciones... Y después de cruzar un patiecito
cubierto de finos guijarros, entro por una puerta estrecha a la sala
de operaciones. Blancos, color de blanca leche, los muros, blancas
las sillas, blancas las mesas, blanco y limpio el techo, todo blanco,
refleja la hermosa claridad que penetra por una enorme pared de vidrio.
En las dos mesas de operaciones los enfermos preparados esperan ya
al diestro cirujano con los ojos cubiertos por asépticos apósitos
escrupulosamente colocados. Y de la pieza vecina, del gabinete
particular de los médicos, sale, alto, delgado, correcto y llevando
su blusa blanca, como si entrara en un salón de sociedad vestido de
riguroso frac, un hombre pálido, de líneas distinguidas y de mirada
reveladora de una inteligencia _d'élite_. Nieto del más grande y
célebre clínico de la escuela francesa, ha honrado en su especialidad
el nombre de su ilustre progenitor, porque es indudablemente uno de los
más insignes oftalmólogos y sin disputa el más hábil operador de su
época. Es Trousseau.
Sorprendido por la inesperada visita, estrecha con efusivo cariño mi
mano, me ofrece el puesto de honor y procede en seguida a su tarea. Es
el virtuoso del arte. Con sólo un instrumento, con sólo un cuchillo y
nada más, su mano hábil abre el ojo, fija los párpados, secciona la
córnea, perfora la cápsula, hace la incisión y con presteza increíble
extrae la catarata y luego las masas, dejando incontinenti, como lo
hiciera un prestidigitador, la cámara anterior renovada, la pupila
amplia y negra y la vista que faltaba a aquel enfermo.
Concluídas las operaciones paso al salón de consulta externa. La
consulta empieza. Uno de los jefes de clínica, meridional inteligente,
concienzudo, ferviente en su culto, examina uno a uno toda aquella
larga serie de enfermos que un empleado va conduciendo delante
de nosotros. Agrúpanse los pacientes divididos en categorías por
una selección hecha de antemano. Pasan primero los que presentan
alteraciones profundas de los ojos.
Aparentemente sanos para un profano, muchos de aquellos grandes ojos
negros o azules, con la pupila dilatada, revelan en el acto, para el
experto, la gravedad de su lesión.
Aquellas pupilas no reaccionan y aquellos ojos grandemente abiertos, en
los rostros impasibles, no despiertan en los gestos de la cara la vida
de expresión que sólo puede dar la luz, la irreemplazable, la hermosa
luz. He aquí--me dice--una ambliopía; he aquí un glaucoma, y allá un
ciego por lesión cerebral. Luego los veremos en la cámara oscura con el
oftalmoscopio...
Entre esos desgraciados se acerca uno, conducido por una mujer pálida,
triste, que lleva en sus brazos un niño de dos años. El hombre, como de
cuarenta y cinco, de aspecto enérgico, ha perdido casi la posibilidad
de conducirse y se sienta con dificultad sin ver la silla que se le
ofrece. Obligado a trabajar de noche con luz artificial para suplir
a las necesidades de los suyos, ha perdido progresivamente la vista.
Este es un caso de miopía--observa el jefe clínico--en que el trabajo
excesivo ha conducido al desprendimiento de la retina.--¿Por qué no ha
cesado usted su trabajo, como se le dijo?--¡Oh! no podía, señor. Mi
mujer y mis hijos no tenían pan.
Los casos de lesiones externas se presentan. Lesiones diferentes,
más o menos acentuadas y profundas, de aspectos diversos. Muchos son
víctimas de accidentes del trabajo, que quedarán inválidos. Otros,
jóvenes, fuertes, revelando salud y energía, han recibido en los ojos
el daño que no esperaban y a que los conduce su intemperancia y
sus desórdenes. Ayer no más, aquellos hombres tenían ojos hermosos,
expresivos, de una agudeza visual admirable, y se proclamaban campeones
en el tiro o seductores por sus miradas, y hoy una vasta úlcera ha
convertido en una placa blanquecina las córneas transparentes y las
hermosas pupilas. ¡Si se reflexionara siempre!... Si se supiera todo lo
que hay de veneno en el fondo de los placeres sensuales.
Y llega el turno de los niños. ¡Oh, los niños! ¡Qué dulces, qué bellos
y qué interesantes! Y estos pálidos niños son de Francia, los futuros
ciudadanos de la patria de mañana.
Los que no han tenido la desgracia de ver su hogar vacío, los que saben
del encanto de los labios infantiles y los ojos angelicales, azules
o negros, esos saben la emoción intensa que despiertan en nuestros
corazones las miradas y las sonrisas de los niños. Porque en todos
los climas, en todos los tiempos, en todos los países, los niños son
iguales, son flores de humanidad.
¡Cuántos pobres mal vestidos, hijos de los obreros que trabajan en
el _faubourg_ y cuyo esfuerzo no basta para alimentarlos! Pálidos,
cubiertos de erupciones o con la degeneración de la córnea, propia
del raquitismo, u otra dolencia terrible, o debida a la deficiencia
de la nutrición o a tales o cuales causas hereditarias. Unos pasan
acompañados de sus madres, otros casi solos, otros más pequeños,
guiados por sus hermanitos mayores. Y da tristeza ver aquellos
desgraciados atender y cuidar a sus menores por ese instinto de
conservación que la miseria ha desarrollado en ellos prematuramente...
Por último vienen los más tiernos. Una joven de veintidós años, de
provincia, que cayó en el arroyo de París, trae un niño de cuatro
meses. La cara de la madre, joven; su cabello abundante, su aire
revelando salud, contrastan con el desgraciado envuelto en pañales que
presenta todo el aspecto de la atrepsia. Ella no sabe por qué su niño
se ha enfermado. Sus ojos se inflamaron. Los medicamentos han sido
inútiles. Y el infeliz en grito desgarrador noche y día ve convertirse
sus ojos, antes claros y sanos, en una masa informe.
--He aquí--me dice el doctor--un caso desgraciado. Todo lo que tenemos
de más activo, no ha producido efecto. Asistido tres días después
del principio, nada se logra. La infiltración de la conjuntiva, gana
la córnea. Turbia y opalina, amenaza producir la fusión con pérdida
completa del ojo. ¡Qué desgracia! Y todo proviene del estado general.
Este infeliz no tiene fuerza de reacción; pesa menos que lo normal; su
piel seca y rugosa indica a las claras su estado atrépsico. ¡Oh! este
es uno de tantos casos en que se demuestra que hay que tomar en cuenta
el terreno y no sólo el grano, como lo quieren las modernas tendencias
exclusivas del laboratorio... Mire usted, compañero--continúa--ayúdeme
usted. Vamos a procurar cauterizar con el «galvano» la córnea.
Y así diciendo, coloca el tierno enfermo sobre la mesa. Armado de
un separador, abro yo con precaución los párpados mientras el doctor
cauteriza. A cada momento su frente se nubla y un gesto de desaliento
se dibuja en aquella fisonomía de hombre honrado y de verdadero médico.
Es que a pesar de tanta práctica y tanta escena análoga repetida, no
puede ser indiferente ante tan terrible desgracia, que por no caer
sobre un sér casi inconsciente es menos dolorosa.
Aquellos ojos no verán más.
Las cauterizaciones serán inútiles. La úlcera irá en aumento, y la
ceguera eterna, incurable, es lo que espera a aquel sér raquítico,
fruto del capricho de la sensualidad.
Aquellos gritos continuos de garganta débil, lejos de causarnos
la habitual molestia que ocasiona la impaciencia de los recién
nacidos, nos deja mudos de pena al vernos impotentes para prevenir lo
irremediable. Y la madre ignorante, desesperada por la perspicacia
innata del corazón, deja triste y silenciosa correr sus lágrimas
amargas. «Y después de tanto sufrimiento ¿podrá ver mi hijo, doctor?»
«¡Oh! tal vez sí, sí. En fin, veremos»--responde aquel noble médico,
embarazado entre la mentira consoladora y la verdad terrible...
_¡Pauvre petit!_--me dijo--. El terreno, el terreno es lo principal...
¡Cuántos otros se han curado con este procedimiento!... Y al salir de
la sala, en el pasillo, pude ver aún a la madre desesperada que había
espiado a las últimas frases nuestras, llorando inconsolable.
¡Y ese pobre sér nacido al azar, de un contacto casual o mercantil,
en el vertiginoso remolino de París, condenado a la tiniebla eterna,
cuando pudo tal vez tener más que otros derecho a la luz!
¿Por qué la desgracia se abate sobre él? ¿Qué misterioso y fatal sino
le condena víctima inocente e inconsciente? Misterio. ¿Por la miseria,
por la ignorancia, por la incuria o por el vicio?...
* * * * *
¿Por la miseria, por la ignorancia, por la incuria, por el vicio?
Sí. Por todos esos caminos llegan al terrible, al espantoso reino de
las tinieblas eternas, de la noche sin fin, estos lamentables seres que
deben escuchar ya siempre la canción de la vida como un eco triste de
desesperanza. Sus vidas corren tristes y sombrías. Pasan insensibles
a los encantos de la Naturaleza, sin gozar de la gama admirable de
los colores, sin recoger la hermosura de la luz... Y el gesto como de
burlesca ironía que contrae el rostro de los infelices privados de la
vista, es la marca que sobre ellos ha puesto el Destino al sumirlos en
la ceguera eterna e incurable.
Y cuando se reflexiona en que el sesenta por ciento de los casos que
se producen provienen de lesiones infecciosas de diversos caracteres,
apena llegar al convencimiento de lo hondo del mal. Mientras la
ignorancia y la incuria sean como naturales en tanto desgraciado,
víctimas de sí mismos, destruirán inconscientemente el don más
inapreciable que fué otorgado al hombre, esos pacientes lamentables que
la ciencia, agotados todos sus recursos, tiene que abandonar, presa
indisputable, a la terrible enfermedad.
Mientras la miseria reine omnipotente sobre el hombre; mientras la
necesidad estreche al trabajador; mientras el hambre sea la suprema
razón, la más inflexible ley social, continuarán llegando a las
clínicas hombres jóvenes, hombres pletóricos de energía, luchadores en
pleno vigor, a los que el exceso de trabajo, la tarea hecha en malas
condiciones y la nutrición insuficiente privaron de la vista; y que
tendrán siempre pronto el tremendo comentario: ¡Mis hijos no tenían pan!
Las grandes ciudades con sus hacinamientos absurdos y sus tugurios
circundantes, verdaderos laboratorios de la miseria; los populosos
centros industriales sin condiciones higiénicas; la ignorancia, pesando
aún por todas partes, y el descuido--consecuencia suya--agravando el
mal... He ahí el origen de gran parte de esos atroces dramas de la
clínica que desolan a una familia y hacen de un sér en plenitud de su
vida, un inválido sin energías, sin vista, sin independencia y sin
esperanzas...
Pero cuando la ignorancia sea vencida, cuando el imperativo de la
necesidad no obligue al hombre a inutilizarse, cuando la incuria
no ate las inteligencias, ¿enviará aún el vicio sus víctimas a los
hospitales?...
Nada más triste, más desesperadamente triste que la existencia
martirizada de esos niños señalados al nacer por el azar de la
desgracia para blanco de sus rigores. ¡El triste niño ciego! Fruto
concebido, quizá, en el revuelo de una _rencontre_ de dos seres que
después continúan ignorándose, queda para vivir una lamentable herencia
de dolor y de desgracias... ¡Algo terrible, algo siniestro presidió su
nacimiento; un hada negra ha estado allí esperando su gemir de recién
nacido y al partir le deja para siempre, irremediablemente, privado de
la luz, la irreemplazable, la maravillosa luz!...
La herencia de don Juan.
Después de las mil y tres formas que fueron cien veces más, después
de los vinos capitosos y de los alcoholes quemantes, después de sus
femeninos triunfos en partes diversas, don Juan no murió reumático
en Cartagena, según lo supuso Campoamor: don Juan murió alcohólico y
averiado. Él se fué al cielo conforme con Zorrilla, o al infierno como
era de justicia. ¿Supo la herencia que dejaba? ¿Se dió cuenta de lo que
quedaba de miseria y de dolor en el mundo por culpa suya? Su egoísmo y
su animalidad no le permitieron hacer ninguna reflexión al respecto. Él
vivió y gozó. Ejerció su poder de fortaleza y de conquista. Él no tenía
nada que ver con los sermones y tiradas de mil comendadores. De todas
maneras, quedó la herencia de don Juan. ¿Cuál es esta herencia?
* * * * *
Voy por una calle, en día domingo. Veo venir en larga fila, uniformados
de azul, los niños de un hospicio. Van guiados por un inspector. Sus
caritas son pálidas, abotagadas o flacas. Una innata tristeza se ve
en ellos. Esa infancia es poco pródiga de sonrisas. Se advierte la
obra dañina del raquitismo y de la escrófula. Unas faces son como
apagadas, en otras los ojos indican un vago extravío. El paso demuestra
debilidad. En algunos se ha detenido el espíritu al borde de la
imbecilidad o de la idiotez. En otros se diría que está en flor, en
flor malsana y emponzoñada, el delincuente de mañana. Pasan.
En un jardín. Allí, con sus _nurses_ y _gouvernantes_ están los niños
y niñas de las gentes pudientes, de las gentes de hotel y automóvil,
de los ricos. ¿Encontraré aquí la salud y la alegría de la edad
infantil? ¡Oh, cuán poco! Encuentro el lujo, la ostentación, y aun ya
el _flirt_, en esa humanidad minúscula; pero son excepcionales las
faces sonrosadas y sanas, las miradas límpidas, los aspectos de flor.
La pierna emerge del calcetín o se modela bajo la media, sin robustez,
como sin consistencia; abundan los huesos largos, que terminan con
fealdad en la rótula saliente. Las caras tienen como prematuras
arrugas y gestos dedisivos, caras de hombrecitos y de mujercitas,
con muy poco de puerilidad. No se piensa sino en las tuberculosis y
las anemias, las debilidades y las taras. Y entre los escasos tipos
frescos y desbordantes de vitalidad, pues los hay también, pasan, con
sus raquetas de _tennis_ o sobre sus patines rodantes, esos infantes y
adolescentes raquíticos o minados por un mal interno y prematuro, como
una fruta por su gusano.
Y eso, ¿qué es?
Eso, es la herencia de don Juan.
* * * * *
Los padres han comido las uvas verdes y los hijos tienen dentera, dice
la Biblia. Y un pedagogo eminente: «Cada uno de nosotros, largo tiempo
antes de ser padre, debe a los niños que podrán nacer de él no tocar
aquellos frutos peligrosos. Era ordinariamente después de haber comido
las uvas, que se pensaba en lo que dice la palabra bíblica. Ella era
la amenaza del castigo inevitable y ya incurrido. Nosotros comenzamos
más antes a decirla a los demás a nosotros mismos; es una advertencia,
un consejo, una orden. Sin pretender que nuestros antepasados valían
menos que nosotros, parece que en muchos casos en que ellos obraban
mal sin vacilación, escrúpulo ni remordimiento, no tenemos ya su plena
seguridad; ya no nos atrevemos a decir que nuestro derecho es abusar
de los placeres y cuando nuestra cobardía se abandona a las pasiones,
sabemos muy bien que no nos hacemos daño solamente a nosotros. A pesar
de todo, la idea de nuestra responsabilidad turba, si no a muchos
de nuestros contemporáneos, al menos a un número no despreciable y
que va aumentando». ¿Es esto cierto? Así parece, según los datos
y manifestaciones de especialistas dedicados a esas cuestiones
interesantes. Pero no es muy grande el triunfo todavía; M. Ferdinand
Gache asegura, sin embargo: «Una cantidad de jóvenes pasa su juventud
alegremente, pero ya no se oye tanto como antes, a padres y madres
proclamar: _Il faut que jeunesse se passe_». El descuido se hace más
raro respecto a las decadencias orgánicas o las taras mentales que
se pueden transmitir a los niños. Los hacedores de pena han perdido
su arrogancia y no osan más gritar: «¡Después de mí, el diluvio!»
Ese grito, lo presiente, levantaría censuras. Se dan cuenta de que
alrededor de ellos no se ven ya con descuido la salud, el bienestar, la
felicidad de las generaciones por venir. En Wáshington se celebró en
el 1908, en el mes de marzo, el primer Congreso internacional en favor
del bienestar infantil. «Se trabaja por libertar al niño de la herencia
de don Juan. Y he aquí que en la ciencia aparece un descubrimiento que
hace pensar en Ibsen: el «signo Sisto».
En el mundo médico europeo ha llamado vivamente la atención ese
hallazgo del doctor argentino, Jenaro Sisto. El «signo Sisto»--así
bautizado por el eminente profesor Comby--es el grito inconsciente del
recién nacido que denuncia la herencia donjuanesca, la revelación del
veneno paternal.
Fué en Buenos Aires en donde la observación del médico desde hoy ya
llegado a la celebridad, encontró que ciertos gritos de los niños de
pecho, repetidos «sin cesar y sin razón», como dice el sabio francés,
tenían por causa la enfermedad terrible que hiciera escribir un poema a
Jerónimo Fracastoro y una pieza dramática a M. Brieux, de la Academia
Francesa. Al sospechar el mal heredado, dice el doctor Comby en el
prólogo de la obra en que el doctor Sisto trata del asunto, «habiéndose
traducido esa suposición, como debía ser siempre en clínica infantil,
por el tratamiento mercurial inmediato, nuestro colega tuvo la
satisfacción de ver cesar de gritar a sus enfermitos, al mismo tiempo
que los síntomas específicos, cuando se presentaban, desaparecían más o
menos rápidamente. La demostración estaba hecha».
Es, pues, el niño, con su grito, el prematuro _revenat_ ibseniano.
Desde la cuna, desde que aparece sobre la faz del mundo, libre ya
de la prisión materna, clama que viene herido, que viene, por culpa
ancestral, con una carga de sufrimiento. Y por la ciencia, el clínico
de hoy reconoce en seguida al delator.
Siempre el niño ha gritado al venir a la vida. Ya sea que demuestre con
ello, como dice el mismo doctor Sisto, que vive y que tiene la fuerza
suficiente para introducir el aire en sus pulmones, cuyo funcionamiento
comienza precisamente con ese primer grito; ya que éste señale, al
decir de Fernández Figueira, la ruptura de las trabas de la vida
intrauterina; ya, según Longnet, que sea dictado por una ley primitiva
de la naturaleza, «la fuerza desconocida que domina todos los fenómenos
de la vida», o, según d'Espine y Picot--citados todos en la obra de
Sisto--, sea ese primer grito debido probablemente a la impresión
desagradable producida por el aire exterior sobre la superficie del
cuerpo, el caso es éste: al llegar al mundo el hombre, llora, el hombre
grita, como si ya sospechase a dónde llega, como si ya supiese la
significación de la litúrgica frase «valle de lágrimas». Las lágrimas
vendrán después, pero él ha lanzado el grito.
Notad estas curiosas observaciones. Billard nota que el grito del niño
se compone de dos partes: «una sonora, suficientemente prolongada; es
el grito propiamente dicho. Se hace oir durante la espiración, empieza
y acaba con ella, y es el resultado de la expulsión del aire que sale
de los pulmones a través de la laringe. La otra parte del grito es el
resultado de la inspiración; el aire precipitándose a través de la
glotis, para introducirse en los pulmones, se encuentra comprimido por
la contracción, en cierto modo espasmódica, de los músculos vocales, y
hace oir un ruido muy corto, pero agudo, a veces menos perceptible que
el grito propiamente dicho; es una especie de _reprise_, que está entre
el grito que acaba y el que va a comenzar. A menudo el grito existe
solo y la _reprise_ no se hace oir, o bien sólo se oye la _reprise_, y
el grito queda ahogado». Y Baginski hace esta observación fónica: «a
veces el grito adquiere caracteres patognomónicos, y se puede decir,
de una manera general, que las vocales «a» y «e» dominan en el grito
provocado por la cólera o el descontento, en tanto que la vocal «i»
expresa el dolor». En el erudito libro del doctor Sisto, _Les cris
chez les nourrissons_ hay otras cuantas citas de diversos autores
respecto a esa manifestación primera de dolor o de vida, o de ambas
cosas. Pero la _trouvaille_ del médico argentino no se refiere a esa
clase de grito. Es otro grito que viene después, el grito constante,
persistente, en el tiempo de la primera lactancia, «entre dos semanas y
tres, o cuatro meses», es el grito revelador de la ponzoña hereditaria,
la demostración desde hoy, para el facultativo conocedor, del doloroso
legado de don Juan.
Hay que leer las observaciones y ver las fotografías de los niños en la
obra de que me ocupo. En uno de los casos el aspecto de la criatura no
dice nada; se creería, al contrario, que la salud florece y brilla en
su aspecto; en otros, sí, se notan el sufrimiento, la degeneración, la
tara.
Ni es de mi competencia, ni este es el lugar para entrar en mayores
detalles, siquiera fuesen reproducidos de los diferentes casos
observados por distintos pediatras y clínicos.