fuera de cálidas pinceladas, de «manchas» justas, de observaciones
juiciosas, lo mejor son los sonetos que a modo de musical introducción
hace resonar a la entrada de cada capítulo. De las principales ciudades
de arte de la divina tierra itálica, elige un alma y una visión; y
antes, el soneto sintetiza armónicamente e inicia el tema ideológico:
Así habla de «la ciudad de los palacios», o canta a Roma:
Sólo restos y rastros de la imperial prosapia:
el Foro, el Coliseo y la antigua Vía Apia,
uno que otro sepulcro desmoronado, informe,
y al caer el crepúsculo, tu columna trajana
parece, en el incendio de la atmósfera grana,
la cruz desmesurada de un sarcófago enorme.
Recomiendo a los buenos gustadores estos sonetos fervorosos de amor y
de admiración por la gloriosa península. El de Nápoles:
Bacante poseída de embriaguez infinita,
bajo el beso del sol eternamente rubio,
del agua eternamente azul al suave efluvio,
Nápoles danza. Nápoles ríe, Nápoles grita.
En vano al horizonte como un ara maldita,
siniestra espiral de humo rojo lanza el Vesubio,
el mar sereno y límpido, bajo el áureo diluvio
del sol, en una eterna fiesta de luz se agita.
Desde los verdiclaros jardines de la playa
y el pintoresco y loco viejo barrio de Chiaia
con sus rejas floridas que el aire azul engríe,
hasta el monte en que albea su vetusto castillo
y sus cincuenta iglesias llenas de falso brillo,
Nápoles danza, Nápoles grita, Nápoles ríe.
He citado íntegros esos vívidos versos napolitanos, que tienen tanto
color y tanta alegría, porque son de los mejores del volumen. El de
Bolonia, «ciudad sabia, de estetas y doctores»: el de Venecia, «¡Oh,
ciudad de las islas y los fúnebres barcos!»: el de Milán,
Erótico y ascético como Manzoni, o como
Luini, Milán es un señor grave y de gala,
la oreja siempre atenta al eco de la Scala,
el ojo siempre atónito ante el mármol del Duomo;
son excelentes. Y es de sentirse que no encontremos en el libro los que
corresponderían a otras urbes, como Pisa, Florencia y Turín. Quizá el
poeta los realice más tarde para una obra completamente lírica.
El vaticinio de Rodó se ha de seguir cumpliendo y hemos de ver el
completo triunfo de quien desea que en su patria crezcan y se propaguen
los laureles verdes que, tanto o más que a los guerreros, pertenecen
por derecho propio a los portadores de lira.
Un poeta argentinófilo.
CARRASQUILLA MALLARINO
En el Bogotá intelectual que os describiera en un libro memorable el
bien recordado Martín García Mérou, se destacaba de singular manera,
hace ya algunos años, la figura de don Francisco de Paula Carrasquilla.
Este era un gentilhombre de ingenio. Lleno de cultura y amargado de
vida desde muy temprano, supo acorazarse de filosofía, y su espíritu
prefería siempre manifestarse en epigramas apotegmáticos, alusivos,
corrosivos o risueños, que iban de boca en boca picando como abejas. De
la más pura tradición española, su castizo epigramario, en la parte que
no tiene de exclusivamente, diríamos así, municipal, debería figurar en
las antologías. En Colombia, desde luego, viven y se prolongan en la
memoria del pueblo.
Como en la mayor parte de los satíricos, había en Carrasquilla un
sentimental, y sus espinas métricas estaban impregnadas de curare de
íntimas amarguras. Así murió con su filosofía y con su sufrimiento.
Con su filosofía y con su sufrimiento diríase que renace en el espíritu
de su hijo Carrasquilla Mallarino, cuyo libro _Visiones del Sendero_
acabo de leer, y cuyo hallazgo me apresuro a comunicar a mis habituales
lectores.
Sé que hay quienes se extrañan por lo que llaman el exceso de mis
alabanzas y de mi entusiasmo para con los jóvenes. ¿Y a quién alabar y
por quién entusiasmarse sino por la juventud? Cuando el talento empieza
a florecer es cuando necesita riegos de aliento. Maldito sea aquel mal
sacerdote que engaña o descorazona al catecúmeno. Cuando han pasado
los días de los ímpetus primeros y se sienten venir las flechas de los
primeros desengaños vitales, ¿de qué sirve el estímulo? Los que supimos
de dolorosos comienzos y no encontramos en los albores de nuestra
carrera sino críticas acres o desdenes hirientes, comprendemos el valor
de un empuje, de un apretón de manos, de una sonrisa aprobadora, de
una rosa confraternal a tiempo. Quien no anima al joven que se inicia,
anatematizado sea.
Y todo debe ir basado en la comprensión, porque sin comprensión todo es
comedia o engaño. Así pues, comprendiendo bien el alma de Carrasquilla
Mallarino, alma translúcida como un cristal y alma de amanecer, os
hablaré de ella y de sus condiciones de mentalidad y de armonía. Yo
conocí a este joven poeta en mi natal Nicaragua y allá fué mi compañero
solar junto a los mangales y cocotales y bajo los soles abrasantes de
la isla de Corinto.
Fuéme simpático por lo comunicativo y cordial de su carácter, por su
rapidez de entendimiento, por saber que siendo de tan pocos años había
corrido mares y tierras extranjeros, hablando lenguas distintas y
ganándose el vivir noble y bravamente, y luego porque me encontré en
él a un gran admirador y amador de la Argentina, y porque supe que era
sobrino de Jorge Isaacs, el autor de _María_.
Nuestras conversaciones eran sobre asuntos de artes y de letras. Él
era comedido, pulcro, observador, y jamás se propasó en confianza o
se explayó en pedantería. Pedía consejos a mi experiencia y pagaba
con buen cariño mi interés por su intelecto. No estaban en choque en
él sus dotes de hombre de negocio y comercio con sus facultades de
escritor y de lírico, y jamás fueron destruidos los perfumes bogotanos
por relentes de Nueva York. Por pura afición mental acompañóme hasta la
ciudad imperial yanqui, desde la isla nicaragüense cuando mi retorno
del último viaje que hiciera a las tierras de mi infancia. Después nos
vimos varias veces en Europa. Se me aparecía de súbito, sin previa
anunciación. Venía de Rusia o venía de Italia, o venía de Holanda, pues
sus afanes de _globe trotter_ no tienen punto de reposo, y he aquí que
de pronto no recibo su visita personal, sino la de su libro, su libro
de poeta, que he leído en esta otra isla de poetas.
Inútil decir que se trata de una obra «moderna». Nadie puede hoy, en
cosas de pensar y de escribir, levantar la cabeza sin sentir que le
rozan la frente las ráfagas libres de las ideas nuevas. Y cómo será la
virtud de éstas, que aun, a su influjo, se suelen ver florecer fósiles.
En este _pancours du rêve au souvenir_ si hay mucho de ideal hay no
poco de sentimental. La primavera se impone; pero no es una primavera
triste, casi otoñal, como suele verse frecuentemente en el corazón de
los poetas de verdad.
Desde el comienzo del libro se ve que el autor venera piadosamente la
memoria paternal. Él estima y comprende la espiritual herencia.
Así dirá en uno de los poemas:
Hiciste de mi cuerpo una copa vibrante
para exprimir las uvas de tu viña sobrante;
y en el pretexto lírico de mi tiorba filial
ha seguido cantando lo que en ti fué inmortal.
Al comienzo de la existencia ha tenido que saber de las angustias y
penalidades del mundo. Hay que comprender que en los días actuales
René y Olompio, además de sus congojas interiores, tienen que soportar
mayores ásperas luchas con la vida. En los intervalos de reposo este
cantor ha sabido estar, como dice el verso inglés: «de día con su alma
y de noche con su corazón».
In the day the mind,
in the night the heart.
Los hombres de la semiciencia hablarán de una precoz neurosis; pero
esto no es culpa de quien, desde los comienzos de su aurora, se siente
vibrar al soplo de ráfagas combativas. Nadie sufre por gusto, y esa
cosa misteriosa que se llama la fatalidad no usa de farsas. Fijémonos
en que cada uno de nosotros lleva envuelta su vida en un formidable
misterio.
Así, pues, quedamos en que en este libro no hay mucha risa ni sones de
pandero, ni mucho contentamiento por estar sobre la tierra.
Nótase juntamente que entre asuntos de amor y de ensueño hay tendencia
al himno civil, al vigor heroico, y amor e interés por el porvenir de
nuestra gran patria americana. Junto a una «gema simbólica», dedicada
a un poeta, hay un canto a Cuba, dedicado a la «memoria de Martí»; hay
tendencias a lo exótico, al japonismo; hay obsesión sensual y carnal;
hay el insaciable deseo baudeleriano de marchar siempre, de ir siempre
lejos, aun fuera del mundo, _Anywhere out of the World_. Y de repente
surge la serpiente bíblica, la dulce y terrible víbora femenina que,
escrito está, ha de morder a todo hombre, y ella será, como es lógico e
inevitable, «alma divina», «vaso de marfil», y toda la letanía.
Como el lírico yerra por tierras distintas, el encantador áspid
habrá de renovarse, y ya acaecerá esto en París, ya en Méjico, ya en
Nicaragua, ya en Bélgica, ya en Cuba. Y ello será de tal manera, que no
es de extrañar que el corazón de un joven lleno de ilusiones y enfermo
de poesía quede hecho una lástima. Se encuentra el consuelo de lo
carnal, pero, ¡ay!, todos sabemos que la carne es triste...
Para distraerse un tanto en tales emergencias se van dejando madrigales
en el camino. Se dicen decires y se cantan canciones, y luego está el
gran arsenal de los recuerdos. Así nos sorprende Carrasquilla Mallarino
rememorando, después de su querida parisiense, o flamenca o española,
una sabanera de su tierra natal, y de la cual dirá:
Oh mi blanca sabanera
de pie desnudo y pequeño,
de porte franco y risueño
y vigorosa cadera;
oh, paloma tempranera
que diviniza el ensueño...
Con tu bambuco halagüeño
despertabas la pradera.
...Amparado en tu cariño
burlo mi dolor de niño
en el imborrable ayer.
Hoy, lejos de tu alquería
tengo la melancolía
de nunca volverte a ver.
* * *
Por el boscaje sombrío
la gloria plenilunial
se filtra; murmura el río
su sonata de cristal.
Desde el callado bohío
sube el humo en espiral.
Los corderos tienen frío
bajo su toisón pascual.
Las neblinas fingen velos...
Están de boda los cielos
y en el plateado turquí
hay un lamento que vaga
--una pregunta que indaga
si te olvidaste de mí.
Variados ritmos y rimas se dedicarán a la gracia y tentación carnales.
Hay una especie de masoquismo lírico para cada una de las personas de
las partes del cuerpo femenino. Son los ojos, las caderas, las cejas,
la boca, las manos, el cabello y--como en D'Annunzio y en Verlaine--una
y otra vez las manos. Como es de rigor, han de surgir de cuando en
cuando los principales conocidos personajes de la farsa italiana. De
cuando en cuando, entre mujer y mujer, se impondrá un buen trozo de
filosofía. En climas diferentes y bajo cielos distintos, la invasora
e inexorable tristeza, y el tábano interior del forzado recuerdo.
Encuentra un hermano en cada artista. Así tal hombre que toca el
violoncello sobre las olas:
Fluye un pasaje trémulo de Bach... El violoncello
es como un aparato para hablar con el cielo
de las cosas del alma. El músico es todo arco;
diríase que es suyo el corazón del barco...
Aquí pasa una visión parisiense; allá se ve una luna de Flandes; aquí
se canta el «gran despertar de la tierra». Y las vampiresas vuelven a
imponerse de tanto en tanto, como por irremediable turno, y ante ellas
se deshojará una copiosa cantidad de versos.
Mas he aquí que se imponen deberes espirituales y superiores y, por
ejemplo, «El grito de la hora», dedicado «a la memoria del gran
Bartolomé Mitre», nos señala otra actitud del poeta:
Soy el último, es cierto, más sería el primero
en derramar la sangre lírica por el fuero
de la divina raza de América latina,
cuyo sol milagroso parece que declina...
Las águilas y halcones sienten hambre. En el Norte
los inviernos castigan y los fuegos de junio.
Los pájaros rapaces buscan el plenilunio
de los amados cielos, donde brilla la corte
de estrellas que derraman la luz del porvenir.
--¡Hermanos! ¡Es la hora de poderos unir!
Él admira la luminosa figura del patricio argentino, ansía el glorioso
porvenir de nuestra raza, sueña con la fraternidad de nuestras
naciones, y teme la conquista de los fuertes bárbaros blancos del
Norte. Estas ideas han de exteriorizarse más claramente en su poema
_Estelar_, especie de confesión rimada, que es de lo más intenso e
interesante del volumen. Véase este fragmento:
...No más lenguas extrañas
ni extranjeras amantes, veleidosas y frías.
Un hálito de América anima las campanas
y los densos palmares murmuran alegrías.
El océano a la espalda, con hervores de estelas:
la playa que el sol dora, rica y hospitalaria.
...Plegaban los marinos las fatigadas velas...
cuando, desde la proa, modulé mi plegaria:
--¡Salud! Patria doliente, bella hasta en el ultraje
del bárbaro del Norte: Bríndame tu hospedaje,
dame de tus almíbares y acójanme tus cielos,
abrígame del frío que he sentido en los hielos;
y hoy que sobre tus llanos mi blanca tolda fijo,
déjame que te llame con amores de hijo.
--Tengo tu misma savia, hablo en vivo español,
llevo fiebre de montes y nací bajo el sol.
* * *
Y oficio en los altares de mi Patria, contrito
de haber manchado un día la blancura del rito.
...¿Mi Patria?... ¡Sí! Mi patria es todo un continente
sin fronteras, sin odios y sin rivalidades,
sin funambulerías y sin mediocridades,
sin canalla que erija palacios a Monroe,
sin turbas de alma triste ni «reyes paralíticos»,
ni zafios mercaderes, ni rufianes políticos...
Y sin oro de Wáshington, que envilece y corroe.
* * *
Bien sé que hemos nacido en los tiempos amargos
de ojiazules mercurios y de frivolidad,
de las «infamias duras y de los vientos largos»,
con precio a la vergüenza y a la debilidad.
Que ya no hay Robespierres ni Dantones en Galia,
que Fallières va a Britania y que el Emperador
de los bigotes clásicos sonríe... Y que la Italia
recibe dulcemente a Roosevelt «cazador».
Que España, bisabuela de glorias y blasones,
sobre cuyos dominios brilló el sol de Josué,
ya no tiene castillos de ultramar ni pendones,
ni Felipe II, ni corajes de fe.
* * *
Mas fulge en nuestra América una aurora divina
--Helios en campo blanco y entre franjas de azur--
gloriosamente noble: Es el sol de Argentina.
Es la flor de la raza que ha nacido en el Sur.
Desplegado en el cielo con que se viste el Ande
--azul y blanco y fuerte el gayo pabellón--
ha de ser en la historia como ninguno grande
porque inicia un abrazo de confederación.
Grande porque de Anahuac y Cuba hacia el Estrecho
de Magallanes cunden los fueros del Derecho.
Oigo palpitaciones como en un solo pecho
ante el águila negra colocada en acecho.
* * *
Como se ve, se está ya muy lejos de la idolatría de «_l'enfant malade_
y doce veces impura», y a pesar de las urgencias amorosas de la
juventud, la voluntad del canto se remonta a conceptos universales y
trascendentes. No tendré sino aplausos para tales ímpetus, y el deseo
de que se sostenga la perseverancia.
En cuanto a la construcción y técnica del libro, a nadie sorprenderá
que un poeta que no ha llegado a los veinticinco años no sea poseedor
de una segura experiencia. En tales o cuales partes se podría señalar
un exceso de exuberancia--defecto de la primavera y del americano
bosque--un abuso del paréntesis; una, en ocasiones innecesaria,
complicación de ritmos y cierta audacia de adjetivación, tachas todas
que indicarán cualquier cosa menos mediocridad.
En resumen: se trata de un artista, de un poeta, poseído del ensueño,
del innegable _deus_ que exalta a los verdaderos enamorados de la
belleza; de un sensitivo, de un intelectual, de un cantor de cantos que
vive con su mente de día y con su corazón de noche. Y, pues, ama a la
Argentina, si en su carrera errante algún día llegase a pisar vuestro
suelo, haced que sienta suaves y propicias las brisas del gran Río de
la Plata.
VARIA
VARIA
[Ilustración]
En el barrio Latino.
En este atrayente París siempre tengo de América o de España un amigo
a quien haya que ciceronear, que pilotear, que llevar de aquí a allá,
según sus deseos. El más reciente, después de haber recorrido los
museos, los monumentos principales, los teatros, me dijo: ¡Ahora deseo
conocer un poco la bohemia, esa alegre bohemia del barrio Latino!
--Señor mío--le dije--, esa no existe.
--¿Cómo, no existe? ¿Y Rodolfo y Mimí?
--Difuntos.
--Pero usted ha hablado, hace algunos años, de bohemia del barrio
Latino en _La Nación_.
--¡Sí, hace doce años! Las cosas han cambiado. De todas maneras, para
que usted se convenza, iremos a verlo.
Y fuimos esa misma noche.
Comenzamos por visitar los clásicos cafés D'Harcourt, Vachette,
Soufflet. Unos cuantos caballeros particulares, solos o en compañía de
más o menos elegantes damas o damiselas.
--¿Y los estudiantes?
--Esos son los estudiantes.
--¿Y esa gravedad?
--Los estudiantes actuales son graves, gravísimos. Han leído todos los
libros y tienen la carne triste.
--¿Y los gorros tradicionales?
--Suelen llevarlos los que no son estudiantes. Fijáos. Esos jóvenes
bien vestidos trascienden a bulevar, y no al de Saint-Michel. Son
vividores y arribistas. Juegan a las carreras y se mezclan en las
pequeñas políticas. El antiguo estudiante, desinteresado, jovial, buen
muchacho, lírico o cancanista, ha desaparecido. Y entre las filas
de los nuevos, no es raro encontrar el candidato a la correccional,
el sospechoso galán que aquí tiene un nombre ictiológico, y hasta
el futuro cliente de los presidios. Mi querido señor Murger es ya
tan viejo como Villon, y las Mimís de hoy conocen Saint-Lazare por
repetidas visitas.
Fuimos a comer a la _taverne_ del Pantheon.
Las mesas estaban casi todas ocupadas, bajo el _plafond_ en donde
triunfa la apoteosis de Verlaine. ¡Del pobre Verlaine! Nos sentamos y
pedimos el _menu_, que, como en los grandes _restaurants_, no tiene
los precios marcados. Oímos que se detiene a la puerta un automóvil, y
un joven, con una muy bien prendida cocota, entran y van a sentarse no
lejos de nosotros. Un caballero a mi lado, con la roseta de la Legión
de Honor, solo, se aplica una sustanciosa perdiz trufada, regada con un
burdeos venerable. Es el actor Mounet Sully. El _sommelier_ va de un
punto a otro, apuntando los vinos. ¿El joven y su compañera, que acaban
de entrar, comerán con _cordon rouge_? Hay un ambiente de elegancia y
de alta _noce_ que choca a mi amigo en semejante lugar. ¿Pero no es
este un centro de estudiantes?
--Es este un centro de estudiantes. No estamos en el café de París;
estamos en la _taverne_ del Pantheon. Pero el estudiante de hoy, rico
o vividor, viene en automóvil, tiene una querida de lujo y come con
_cordon rouge_. ¿No os parece que se pierde en las lejanías de un
tiempo tan fabuloso como el de Homero, la figura de Schaunard, de
Colline, de Marcel, y «la influencia del azul en las artes?...» Sí,
amigo mío; todo eso es un pasado ensueño. Y al estudiante actual que
le preguntáseis si ha leído la novela cara al maestro Puccini, os
respondería sin vacilar: _¡Connais pas!_
* * * * *
Rue Champollion, en el _cabaret_ llamado Les Noctambules. Es un
lugar exactamente igual a sus congéneres de Montmartre, Lune rousse,
Quat'-z'-arts, o des Arts. ¡Cuánto tiempo hace que no asistía yo a una
de estas típicas reuniones! La primera vez, allá, cerca de Butte, fué
un deslumbramiento y un encanto para mi juventud soñadora y ansiosa
de las cosas de París, por tanto tiempo deseadas. Los _cabarets_ me
parecían templos de poesía, las queridas de esteta, diosas o princesas
prerrafaelistas; y los cantores melenudos aedas maravillosos.
Al entrar a Les Noctambules evoqué mis sensaciones pasadas. Era un
medio igual a los antaño conocidos. Una sala un tanto estrecha en
donde en sendas sillas se aprieta un auditorio heteróclito. En los
muros, retratos de artistas y cuadritos de caricaturistas conocidos y
desconocidos. Un piano cerca de la entrada y una tarima adonde suben
los cancionistas a llenar su número.
Las sillas están todas ocupadas, y, con dificultad, en un rincón,
logramos que se nos coloquen dos desde donde podemos presenciar la
función, el desfile de personajes. Los mozos circulan, llevando a los
consumidores el indispensable _bock_, o cerezas en aguardiente. Hay en
la concurrencia tipos de todas clases. Unos parecen burgueses con sus
esposas e hijas; otros, estudiantes y pintores, u hombres de letras
y sus correspondientes alegres mujeres. Para hacerme recordar más
las antiguas noches montmartresas, he ahí que se me acerca vendiendo
programas el enano Auguste, el enano velazquezco del _cabaret_ de
Quat'-z'-arts, el tantas veces retratado por el lápiz de Leandre.
El _cabaret_ Les Noctambules fué fundado hace unos cuantos años por
Marcel Legay, a iniciativa de Martial Royer. Ya antes, sin resultado,
se había intentado hacer algo semejante en el café Procope y en el
Voltaire. Legay publicó un lírico manifiesto dirigido a _messieurs les
étudiants_, y el _cabaret_ se fundó, con buena suerte que le dura hasta
hoy. Los artistas son los mismos que en Montmartre. Todas las noches
tienen que pasar el río para ir a cantar su canción.
Boyer anuncia que «nuestro querido compañero Maurice Merall va a
ocupar la atención del público», y aparece un señor que dice más
bien que canta, acompañado por el pianista, unos cuantos _couplets_
escatológicos sobre los malos tratamientos a los negros en las colonias
de África. Cada grosería es aplaudida por los hombres y sonreída por
las mujeres. Tras el último aplauso, se anuncia a M. George Gerad,
llamado Bernardini, «antiguo bandido corso». Este señor, de tipo en
efecto corso, pero no de bandido sino de hortera, canta y canta mal:
Je suis Bernardini le fameux bandit corse
qui sème la terreur, l'effroi dans le canton;
ma figure est farouche et mon aspect féroce,
le monde m'obéit comme un chien le bâton.
Y la gente ríe y celebra eso. Luego llega Lemercier, a quien han
retratado como una Marioneta y canta su canción de las legumbres; una
tontería. Luego llega Paul Marinier a quien se le pueden perdonar
muchas cosas por haber escrito lindas canciones, como «Au clair de la
lune» y otras. Este cancionero tiene la figura de un criollo, con su
rostro un tanto moreno y sus grandes bigotes negros. Acaba su tarea, se
le aplaude con un _ban_, y sube a la tarima un M. Charles Fallot, que,
en verdad, merece su apellido.
«Nacido en Pekín, de padre inglés y madre china. Ha servido a la
Francia cinco años en la Legión extranjera. Casado en Inglaterra
con una holandesa, nacida de padre español y madre noruega». En una
palabra, un _chansonnier bien parisien_. El _chansonnier bien parisien_
canta:
L'étoile d'amour
j'oublierai...
j'ai rêvé de l'aimer
la petite Église
aimer!
* * * * *
Un conocido, Gabriel Montoya, poeta de verdad, de quien próximamente
dará la Comedie Française _Le baiser de Phédre_. Me fué presentado hace
años por Carrillo. Habla bastante el español. Es doctor en Medicina, y
ha sido médico de uno de los vapores de la Compañía Transatlántica, por
algún tiempo. Su biógrafo funambulesco dice que «courut en morticole
les dos hémisphères, contracta la fièvre jaune à Cuba, vendit du
café à Haïti, perça part en part dans un duel a mort un huissier
nègre à Port-au-Prince et regagna Paris». Montoya es personalmente
muy simpático. Aparece. Tenoriza con cierta gallardía meridional, y
se va. A las damas gustan sus canciones de amor, canciones llenas de
sentimiento y de romanticismo. Vale más.
He aquí a Marcel Legay, con su gran cabellera. También poeta, de los
pocos poetas perdidos entre esas _boîtes_. Pobre y buen autor, de la
raza solar. Ya está viejo y cansado: mas aún vibra su fuerte y sonora
voz:
Écoute o mon coeur, écoute la harpe
du vent de chez mon pays d'Artois,
c'est un très vieux air, des bords de la Scarpe
qui chante aujourd'hui tout comme autre fois.
«J'ai écrit--dice el poema--j'ai écrit cette chanson pour mon pays, en
voyant passer une hirondelle».
Legay canta y llena la sala con su voz. Los concurrentes sienten un
grato soplo de verdadera poesía, después de las inepcias de actualidad
que han expuesto varios bufones. Y tras Legay viene el príncipe de la
canción por sufragio público. Xavier Privas, gran comedor y bebedor
delante del Eterno... femenino. Canta su _Ronde des heures_. Él mismo
se acompaña, y su cabeza sobresale del piano como una cabeza de pipa.
Sus ojos son vivos; su cabeza devastada, su voz expresiva.