O bien doña Josefa Jovellanos, hermana del famoso don Gaspar, y la

cual, aunque grave y devota, como que se metió monja, no demuestra en

sus versos sino un natural risueño y poco dado a melancolías. Y luego

don José Caveda, varón sabio que sentimentalizó en tales o cuales

versos, sin que abandone la tradición jocosa del país; y los anónimos,

en fin, como el autor del poema _La Judith_, o los de tantos cantares

como éstos:

En Candas hay bones moces,

en Avilés la flor d'elles,

en Luanco mielgues curades

y en Xixón paraxismeres.

Y los que dicen la historia de Maruxiña, la historia eterna de todas

partes:

Ay, Maruxiña,

la barriga duelte;

por so les faldes

coxiste la muerte.

Ay, Maruxiña,

tu fusti a los figos,

fusti muy tardi

y ya estaban coídos.

Ay, Maruxiña,

tu fusti a los prumos,

fusti tempranu,

no estaben maduros.

Ay, Maruxiña,

del pie delicau,

¿quién te mandó

reblincar en mío'prau?

Y algunos de muy ingenua y práctica filosofía popular:

Quixe casame contigo,

y eché lleña en to portal,

dácame acá la mió lleña,

que non me quiero casar.

El que sabe como files

y cómo quiés tú coser,

primero va pa'l'hespicin

que te escuya por muyer.

El cura del mió lugar

ye prontu pa recibir

y muy tardío pa dar.

Actualmente hay varios tocadores de lira que lo hacen con bastante

bizarría y donaire, tales Bernardo Acevedo, y un cierto Marcos

del Forniello, y, sobre todo, un famoso Pepín Quevedo, orgullo de

estos contornos. Todos ellos sostienen las tradicionales maneras de

humorismo y de gracia, y Pepín Quevedo--apellido obliga--es el aeda

representativo de tan envidiable ecuanimidad. De él hace un su colega

el más halagador retrato en unos versos que, entre otras cosas, dicen:

Como amigo, y'un amigo

sin trastienda ni trasiego;

com'home, pa la muyer,

dulce como'l carambelo;

como padre, y'un padrazo

que reblinca co los neños;

y como poeta'n bable...

¡Contra! ¡Me valga San Pedro!

¡me caso'n Xudas, recongrio!

non y'un home, y'un xilguero!

Y como habrá que citaros algo de Pepín Quevedo que garantice la fama de

su buen humor y de sus sales poéticas, he aquí algunos de los que él

llama _Cantares estropiaos_.

«Al pie de un árbol sin fruto

me puse a considerar.»

Que le home que sal borrico

non lo puede remediar.

«A la luna pregunté

si era pura la que amaba»...

La lluna, naturalmente,

non arrespondió palabra.

«Por San Juan hizo un año

que te quería»...

Triste cascabelera,

conque ahora... infla.

«Los pajarillos y yo

nos levantamos a un tiempo»...

Ellos a comeme'l trigo,

yo a trabayar com'un negro.

Y vayan todas estas cosas, como he dicho antes, para los asturianos del

Río de la Plata, que encontrarán en ellas el eco de su Cantábrico, la

sonrisa de sus hermosas mujeres y el perfume del oro claro e hirviente

de la sidra.

Prólogo que es página de vida.

I

Estas líneas, que sirven de prólogo a la producción literaria del

doctor Luis H. Debayle, puede decirse que constituyen una página de

mi vida. O más bien dos páginas: una de primavera y otra de otoño,

ambas perfumadas por nuestras esencias de Nicaragua, de flores de

jardines domésticos, rosas, azucenas, «mapolas» u orquídeas del bosque

intrincado.

Pues mi conocimiento con este querido sabio armonioso viene desde la

infancia, allá en la centroamericana ciudad de León. Allí tenía yo

un primo que reunía en fiestas dominicales a niños amigos, entre los

cuales Debayle y yo. ¡Oh la casa de mi tía Rita, en que la fatalidad se

descargó un día!--¿justa o injustamente? ¡Dios lo sabe!--, y aquellos

bailes de adolescentes, al son del piano, y los cuales solía perturbar,

regocijar o asustar la aparición de dos enanos velazquinos que mi tía

albergaba en su casa... Exactamente como en el Museo del Prado y como

en la Historia.

Alegremente seriecitos nuestros bailes--trece, catorce, quince años

el que más de nosotros--. Mi primo tenía «haciendas» de ganado y de

caña de azúcar y su padre era cónsul. Otros eran hijos de médicos, de

abogados, de gente excelente del Municipio. Luis Debayle presentaba

muchas ventajas: tenía un bello tipo, era francés, y su padre, cuyos

ojos azules reflejaban empresas de Lally-Tollendal y la Compañía de

Indias, que habrían deleitado a Francis Jammes, hacía cargar en los

puertos que dejaron los viejos españoles bergantines con la bandera de

Francia, que traían a Europa maderas olorosas y de tinte, rojas como

el Brasil y amarillas como la mora. Pero entre todos los adolescentes

que danzábamos mazurcas y polcas con las niñas, era yo el que hacía

versos. Ello me creaba la extraña, pero innegable superioridad que

tienen el arzobispo, el ruiseñor, el torero y el pavo real. Como me

comprenden ellos bien, ni el arzobispo ni el ruiseñor tomarán a mal

lo promiscuo. Ya se entenderá que yo, que veía en Luis Debayle el

hijo de un realizador de ensueños que había sorprendido en tal cual

almanaque, y él, que me confiara desde luego su amor a la música,

hiciésemos en seguida una gentil unión de cariño. En casa de Debayle,

a poco tiempo de nuestra primera intimidad, bajo la complacencia

maternal, fraternizábamos furiosamente en el acordeón. Por lo que a mí

toca, _hoc era in votis_, y he aquí por qué aun estoy y estaré siempre

enredado entre los profusos y dificultosos para la marcha en el mundo

de laureles apolíneos.

II

Fué, pues, Luis Debayle uno de mis primeros compañeros de armonía. Así

en acordeón, cielo azul, u órgano en la iglesia de la Recolección,

de los jesuítas. O en San Ramón, donde tanto él como yo y tantos

otros ostentamos en el pecho la cinta azul y la medalla de oro de los

congregantes:

Oh María,

madre mía,

dulce encanto

del mortal...

dirigidos y acariciados por un padre Tortolini, anciano, un padre

Valenzuela, poeta de Colombia, un padre Koning, sabio astrónomo, un

padre Juinguito, hoy obispo de Panamá... Y lo que he perdido en el

recuerdo...

Hay muchas lagunas en este largo poema de tiempo en donde cantan tantas

elegías... Mas es el caso que Luis Debayle y yo simpatizábamos en el

amor de la lira y que ya él empezó a quererme como un hermano y yo a

corresponderle de igual manera. Hasta donde me era posible, ¡helas!,

pues el primero, que tenía haciendas y bufones le quería también como

un hermano, y a pesar de mi ventaja poética, la competencia no era

posible. Solamente la gran Hoz pone todo en su punto de justicia.

La verdad es que, poco tiempo después, yo me eclipsé, o más bien no

aparecí literariamente, pues las odas y las cantatas de los padres

hacían otros privilegiados, entre los cuales ese buen talento tan

práctico y tan literario y tan sentimental de Román Mayorga Rivas que,

comprendedor de su tiempo y de su misión, es hoy director del primer

diario a la yanqui de la República del Salvador. ¡Y todavía Francis

Jammes!

Entre estas memorias, que yo pongo aquí:

(Este ramo de ciprés para Mercedes, y este otro ramo de ciprés, con una

rosa blanca, para Narcisa.)

III

Aquí no debía faltar que yo hablase de don Juan Pallais, uno de los

tíos Pallais, de Luis de Bayle, hermano de su madre, afianzándose así

el predominio de la sangre francesa. Y mi gratitud debe expresarse en

memoria de quien fuera mi iniciador en la guía gala y la golosina,

siendo como era aquel buen caballero _gourmand gourmet_. Y qué

capítulo por escribir el de la cocina nicaragüense, que viene de

seguro de aquellos platos profusos y maravillosos que se hacía servir

el emperador mejicano Moctezuma y de los que hablan Cortés, Gomara y

Bernal Díaz.

Mas llega el instante en que, en revistas ínfimas y precarias, en un

medio primitivo, los jovencitos tentados por el demonio literario

que era entonces ángel jesuíta, diéramos al viento sendas silvas a

la clásica, naturalmente dirigidas al Mar, al Sol o la Virgen María.

Y Luis Debayle realizó entonces tales o cuales lanzamientos líricos,

más o menos divino Herrera o humano Alberto de Lista, que hoy mismo

pueden sin desdoro figurar entre sus producciones rimadas. He de

insistir siempre en que los padres de la Compañía de Jesús fueron los

principales promotores de una cultura que, no por ser, si se quiere,

conservadora, deja de hacer falta en los programas de enseñanza

actuales. Por lo menos conocíamos nuestros clásicos y cogíamos al pasar

una que otra espiga de latín y aun de griego. Jóvenes nicaragüenses de

ese tiempo hay hoy, que, según tengo entendido, son hasta obispos y

profesores en lejanas regiones.

El tiempo pasó. Yo partí, aun en la adolescencia, de mi tierra. Debayle

supe entonces que había ido a París a estudiar medicina. ¡A París! A su

dulce Francia, en que tanto él como yo soñábamos después de desleir en

el fuelle armónico y viajero alegres marianinas, romanzas sentimentales

o sones aprendidos de los marineros de Corinto o del estero Real.

Cuando partió Debayle escribió una página cordial en que junta a sus

dos patrias: la grande Francia y la pequeña Nicaragua, en su afecto

igual. Pero por más que él diga, prevalece, a pesar del afán de la

tierra, el corazón francés.

Corazón francés, cerebro francés, nombre francés, eso es Luis Debayle.

Solamente su gloria es centroamericana, pues el laurel no da sus

ramos sino en donde se le riega. Y si, aunque nacido en Nicaragua, es

ciudadano de Francia, su ciencia es en el país tropical y maravilloso

donde vierte su bien.

Su ciencia. Los que vivís en ese gran Buenos Aires de millón y medio

de habitantes, palenque de todos los progresos del mundo; los que

lucháis en esas capitales ricas y soberbias--dos o tres apenas en

nuestro continente hispano-parlante--no podéis saber lo que de posible

y de imposible ha realizado Luis H. Debayle para el saber médico

en su pequeño país de acción y para que su nombre sea reconocido

con elogio y su persona rodeada de consideraciones en los centros

científicos europeos. Por más que adelantamos, Europa es aún el crisol

del pensamiento del mundo. Y el mejicano Herrera; los brasileños, los

argentinos Pérez, Ramos Mejía, Ingegnieros, Sixto y algunos otros,

han logrado, al dejar su nombre marcado en una roca europea en la

ascensión de la ciencia humana, lo que muchos no comprenden. Y así el

franco-nicaragüense Debayle, descendiente de Montgolfier.

Saber e investigar mucho, constantemente; enseñar, curar, dar la vida,

contribuir en tantas partes de la tierra: Wáshington, Méjico, La

Habana, Budapest, París, a la recopilación de ciencia y de experiencia;

ser querido y alabado por los Peau, Richelot, Landouzy; ser llamado

un día a presidir, en la metrópoli de la gloria, un congreso de

eminencias; amar de veras y con toda el alma su don científico y

todavía saber recordar que Esculapio es hijo de Apolo. Pues he aquí que

Debayle ha perseverado en el amor de la Lira, lo cual contribuirá a que

en su jardín interior, aun en el invierno vital, haya rosas frescas.

IV

Si él publica este libro, es quizá por consentimiento a indicaciones

amistosas, y sin ninguna ambición de «ma-tu-lu». Y luego, casi todas

son flores de un jardín familiar; flores nicaragüenses: «cundiamor»,

«bellísima» y azucenas de todos colores. Hay sones de las antiguas

liras románticas, de las que se «pulsaban». Hay sentimientos de hogar,

antiguos ecos amorosos, perfumes que aun quedan de una tradición

patriarcal. Y el mar nuestro aparece, mar de descubrimiento, de

Robinson y de Antilla. Y aquí que yo recuerde al Debayle que volví

a ver, después de tantos años, en el otoño de mi vida. Fuí a mi

país tras larga ausencia. Toda aquella tierra ardiente fué para mí

como un incensario. Se festejó nacionalmente el retorno del poeta

pródigo. ¡Cuántos amigos de menos! ¡Cuántos que se llevó la muerte,

cuántos cambiados, cuántos esquivos o por indiferencia tímida o por

miserias ciudadanas que hasta a las nueve musas visten con un color

político! ¿Qué tengo yo que desear allá sino que mi país natal adquiera

fuerza, riqueza y cultura? ¿Qué sé yo de los oñacinos de León o de

los gamboinos de Granada? Mas he de decir que el primer abrazo, o

el más fraterno, de la llegada, fué el de Luis H. Debayle. Grises

ya ambas cabezas, florecieron en seguida nuestros recuerdos, para

los cuales contribuyó la literatura y este o aquel rememorar de amor

igualmente perseguido antaño y nuestras mutuas conquistas y su París

y mi Argentina. Y yo desperté en aquella imaginación de buen sabio la

amable locura de los versos. Y fuimos a pasar los días de fuego de

aquel verano tropical, a una isla risueña, desde la cual se divisan

los cocotales del puerto de Corinto. Y allí hicimos rimas y ritmos. Y

allí supe cómo la pasión estética coronaba bellamente una existencia

de bienhechor de la Humanidad, y cómo el antiguo amigo de las odas a

la hispánica había ya escuchado las siringas y liras de los modernos

pastores y corifeos de poesía.

En el seguro monumento que su patria ha de ofrecer al doctor Debayle,

junto a las simbólicas figuras que indiquen ciencia y caridad, sería

propio esbozar una musa, no por discreta menos de origen divino. Y

el abuelo Montgolfier estará en su eternidad satisfecho, cuando vea

cómo de cuando en cuando su ilustre descendiente se ha fugado de las

prisiones prácticas de la tierra para ir por los espacios de su globo,

caballero en el sublime caballo alado.

Letras chilenas.

FRANCISCO CONTRERAS

UN LIBRO SOBRE ITALIA

Hay un poeta de Chile que vive en París desde hace algunos años. Es

joven. Ha publicado ya varios libros y goza de renombre en el mundo

intelectual hispano-parlante. Se llama Francisco Contreras. Su primera

obra aparecida en Europa, _Toisón_ es una colección de sonetos. De

él dijo el incomparable Max Nordau: «Es realmente un toisón de oro

suntuoso, fabuloso, digno objeto de la heroica aventura de Jason, fin

«feérico» de la navegación del Argos». «Casi todas las piezas están

saturadas del éter poético, tienen un aspecto deliciosamente patricio,

son superiormente vistas, sentidas, dichas». A pesar del dañoso elogio

del doctor, que ha escrito lo que ya se sabe sobre todo lo que brilla

y vale en el arte contemporáneo, ese primer libro de Contreras tiene

poesías de mérito, sobre todo porque de los primeros ha procurado

apartarse del nuevo «poncif» castellano que ha echado a perder, entre

otras cosas, el alejandrino y el gusto por lo «compuesto». Aun cuando

se notan los orígenes o las supersticiones en la mayor parte de los

poemitas, el autor logra que se advierta su propio espíritu, sus modos

individuales de pensar y de sentir. He aquí una pequeña labor muy bien

trabajada, aunque con el exceso de preparativos que se acostumbrara

desde la introducción del simbolismo.

En desmesuradas yemas,

sobre los tallos entecos,

en los parterres ya secos

se esponjan las crisantemas.

Flores raras, son emblemas

del arte de nuevos ecos,

amante de orlas y flecos

y de rarezas supremas.

Exóticas y hieráticas,

como princesas asiáticas,

pues que son raras, son bellas,

Prendidas entre los rasos

o abiertas sobre los vasos

como monstruosas estrellas.

_Toisón_ fué publicado en 1906.

Esto nos hace retroceder algunos años, al tiempo de la preocupación

por la escritura «artista» y por lo principalmente formal. Aun quedan

algunos cultivadores de la manera, tanto en América como en España. El

poeta chileno, por su parte, ha procurado, avanzando, renovarse.

Así publicó, después de _Toisón_, _Romances de hoy_. Hasta puede

decirse que el salto fué demasiado brusco, de la poesía trabajada,

erudita, un tanto complicada, con escenarios fabulosos, con vocabulario

aristocrático, con un si es no es de dandismo, casi todo de influencia,

o de reminiscencia europea, a la poesía sencilla, sin artificio, quizá

a veces algo prosaica, o bastante ingenua en su sinceridad, pero que

mereciera estas palabras de un juez insospechable, el gran Mistral:

«Siento en sus versos, decía a Contreras el padre de «Mireia», la

amplia y libre vida de la América española». ¿Cómo no iban a ser del

gusto de Mistral versos como estos?

Sobre el suelo, en la hora sin tules,

las sombras se cortaban nítidamente azules.

En torno del ramaje de higueras y cedrones,

rodaba un estridente rumor de moscardones.

Sobre un cerezo un mirlo gorjeaba con desgaire.

A intervalos, llegaban en la quietud del aire

gritos roncos, galopes raudos, ladrar de perros...

Era una trilla próxima, sobre el cordón de cerros.

Se veía la era, yeguas, los arriadores:

_Guasos_, mozos montados, con ponchos de colores.

Paróse. Dió unos cuantos pasos. Desperezóse,

enarcando los brazos con inocente goce.

La cabellera suelta, oscura, perfumada,

cubrió entonces sus hombros en sedosa cascada.

Hundió los ojos húmedos en la azul lejanía.

Luego, inconscientemente, despreocupada, fría,

trasponiendo la reja de madera del huerto,

echó a andar paso a paso hacia el gran campo abierto,

por la vieja alameda que servía de entrada,

sin mirar, sin pensar, sin recordar ya nada.

El autor didactiza en su prólogo, y habla de un «período narrativo».

No oigamos sus explicaciones; gustemos de sus músicas gratas. Y los

que no hayáis vivido en el país chileno, podéis saber, por las notas

del volumen, muchos detalles locales. Y hallaréis, por ejemplo, esta

noticia inquietante: «Existe en Chile la preocupación de atribuir a los

poetas los calificativos de loco, perdido, vagabundo. De manera que,

lo que en toda sociedad culta es un señalado honor, en la nuestra se

trueca en motivo de escarnio o sello de ridículo. Un distinguido poeta

nacional nos contaba que en cierta ocasión, habiendo sido presentado

a una dama con las palabras de: el poeta señor Tal, se vió obligado a

protestar asegurando que era objeto de una mala broma...»

¡Pardiez! Buenos Aires será todo lo prosaico, lo comercial, lo

financiero, lo práctico que se quiera; pero no podré olvidar que en mi

último viaje a la gran ciudad argentina, entre las manifestaciones de

gentileza que recibí de personas de diferentes clases sociales, está

la de una alta dama, gala de los salones, que, sin tener yo la honra

de conocerla, envió a mis órdenes su regio automóvil, durante todo el

tiempo de mi permanencia. Y todo a simple título de poeta.

Y, sin embargo, con su reserva, menos ejecutiva que la disposición

platónica, Chile demuestra cordura. Los poetas son seres que perturban

el común pensar de las gentes, los modos de hablar y hasta las

costumbres. Así, si Chile ha levantado un monumento a don Andrés Bello,

es porque ese poeta venezolano llevaba en una mano un Código y en otra

una Gramática. Verdad es, que en el cerro de Santa Lucía de Santiago

hay otro monumento dedicado a don Benjamín Mackenna, que aunque no

escribió sino en prosa, era un varón de confianza con todas las nueve

musas. Y, con todo, ahí están los versos del romántico y melodioso

Eusebio Lillo, del huguizante Matta, del vario y noble de la Barra, del

sonoro Prendez, del horaciano Tondreau, del humorístico Irarrazábal.

Y ahí está lo hecho por la nueva generación que se enorgullece con la

producción del malogrado González, y de líricos como Borquez Solar,

Magallanes Moure, Valledor Sánchez y Miguel Roucuaut. Entre ellos se

destaca Contreras, sobre quien puedo ahora repetir lo que dijera hace

algunos años: «Creo que en nuestra América hay pocos que tengan un

tan sincero y hondo fervor de arte. Luego, en medio de ese fervor, es

ponderado y reflexivo. No violenta ni la idea ni el lenguaje. Mucho me

complace que no se haya dejado arrastrar por las peligrosas tentaciones

del versolibrismo. Hay en él duplicidad: es un intelectual-sentimental

que conduce bien sus designios entre los naturales desequilibrios del

talento». Cuando apareció _Toisón_, escribióle el ilustre J. Enrique

Rodó: «Muy grata ha sido para mí su lectura. Son versos de juventud

y sinceridad: sinceridad aun en sus artificios. Reflejan bien el

voluble y gracioso vuelo de un espíritu juvenil entre las cosas, o

mejor, entre sus figuraciones de las cosas». Y luego: «Crea usted que

sigo con afectuoso interés su actividad literaria. Su sentimiento del

arte, el amor que usted le profesa, son verdaderos y hondos; bien se

transparenta. No son la frívola vanidad de quien penetra sin real

vocación en los dominios del arte, y no dejará, de sus pasos, más

huella que la que puede quedar, en las baldosas del templo, de los del

visitante profano, que entró por un momento, movido de curiosidad y no

de fervor. Usted perseverará, completará su personalidad artística; y

seguro estoy de que cuantas veces, interesado en saber nuevamente de

usted, lo busque con la mirada, he de encontrarlo más arriba de donde

le haya dejado la última vez». Rodó fué profeta. Las nuevas obras de

Contreras señalan siempre mayor elevación. Su permanencia en París le

ha impregnado de la gracia artística y de la cultura ambiente. Y el

vivir le va enseñando cosas mayores.

Sólo que, como todos los que no gozamos de rentas producidas por

grandes capitales y tenemos que sacar del cerebro para nuestros lujos,

caprichos, vicios o simples y precisos elementos de existencia, se ha

dedicado al periodismo. Así sus libros de prosa son sus artículos de

periodista. Y si el periodismo constituye una gimnasia de estilo, y el

pensador y el artista lo son siempre, no todo lo que para el diario

se escribe, por razones que no necesitan demostración, es digno de la

antología. Lo que es estrictamente de la actualidad tiene que pasar

como el instante. Sin embargo, siempre pone algo de su corazón o de

su mente el artista que escribe. Y ese algo suele verse a través de

las informaciones de esos libros de prosa urgida. Sin contar con

que, de cuando en cuando, surgen páginas íntegramente puras. En las

líneas preliminares de _Los modernos_, pongo por caso, he encontrado

incrustada una de las poesías de Francisco Contreras que son más de mi

agrado.

_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._

Bajo el puente oscilante del raudo transatlántico,

el mar alza en la sombra como un solemne cántico,

la luna que se eleva tras lívido celaje.

Tiende un cendal de perlas al trémulo oleaje,

y la sirena alada de la brisa marina,

pone en mi oído una canción triste y divina.

_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._

A mi espalda el miraje de la nativa tierra.

Con su fértil campiña y su nevada sierra:

la ciudad en un nido de bosques frescos, grandes,

bajo el dosel de plata de los mágicos Andes;

el hogar entre rosas de la heredad florida;

y la madre dejada, y la amada perdida...

_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._

Ante mí la amenaza del porvenir arcano:

el mar que entre las sombras canta su canto arcano,

el horizonte negro, mudo como una esfinge;

la luna que en la niebla un llanto eterno finge.

Y el soplo de la brisa golpeada de destellos,

que estremece las jarcias y azota mis cabellos.

_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._

¿Será mi afán fecundo? ¿Realizaré mi sueño?

¿Me dará la victoria su laurel halagüeño?

¿Conquistaré, en mi ruta la áurea forma suprema

para engastar la idea que me obsede; me quema?

¿Conseguiré tras todo, aunque en porción escasa,

donar una luz nueva a mi raza?

_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._

¿O, tras esfuerzo vano, tras ensueño deshecho,

sólo hallaré el vacío del querer satisfecho?

¿La desilusión trágica, el dolor desmedido,

del amante no amado, del apóstol no oído?

En fin, en una frase, de todo visionario:

¿El desencanto eterno y el eterno Calvario?

_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._

Heme aquí sobre el puente del raudo transatlántico,

el mar me envía el trueno de su solemne cántico,

la luna que muequea en la penumbra ingrata,

me envuelve en la tristeza de su llanto de plata.

Y la sirena alada de la brisa marina

pone en mi oído una canción triste y divina.

_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,

el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._

Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII · 第 5 / 14 段