cual, aunque grave y devota, como que se metió monja, no demuestra en
sus versos sino un natural risueño y poco dado a melancolías. Y luego
don José Caveda, varón sabio que sentimentalizó en tales o cuales
versos, sin que abandone la tradición jocosa del país; y los anónimos,
en fin, como el autor del poema _La Judith_, o los de tantos cantares
como éstos:
En Candas hay bones moces,
en Avilés la flor d'elles,
en Luanco mielgues curades
y en Xixón paraxismeres.
Y los que dicen la historia de Maruxiña, la historia eterna de todas
partes:
Ay, Maruxiña,
la barriga duelte;
por so les faldes
coxiste la muerte.
Ay, Maruxiña,
tu fusti a los figos,
fusti muy tardi
y ya estaban coídos.
Ay, Maruxiña,
tu fusti a los prumos,
fusti tempranu,
no estaben maduros.
Ay, Maruxiña,
del pie delicau,
¿quién te mandó
reblincar en mío'prau?
Y algunos de muy ingenua y práctica filosofía popular:
Quixe casame contigo,
y eché lleña en to portal,
dácame acá la mió lleña,
que non me quiero casar.
El que sabe como files
y cómo quiés tú coser,
primero va pa'l'hespicin
que te escuya por muyer.
El cura del mió lugar
ye prontu pa recibir
y muy tardío pa dar.
Actualmente hay varios tocadores de lira que lo hacen con bastante
bizarría y donaire, tales Bernardo Acevedo, y un cierto Marcos
del Forniello, y, sobre todo, un famoso Pepín Quevedo, orgullo de
estos contornos. Todos ellos sostienen las tradicionales maneras de
humorismo y de gracia, y Pepín Quevedo--apellido obliga--es el aeda
representativo de tan envidiable ecuanimidad. De él hace un su colega
el más halagador retrato en unos versos que, entre otras cosas, dicen:
Como amigo, y'un amigo
sin trastienda ni trasiego;
com'home, pa la muyer,
dulce como'l carambelo;
como padre, y'un padrazo
que reblinca co los neños;
y como poeta'n bable...
¡Contra! ¡Me valga San Pedro!
¡me caso'n Xudas, recongrio!
non y'un home, y'un xilguero!
Y como habrá que citaros algo de Pepín Quevedo que garantice la fama de
su buen humor y de sus sales poéticas, he aquí algunos de los que él
llama _Cantares estropiaos_.
«Al pie de un árbol sin fruto
me puse a considerar.»
Que le home que sal borrico
non lo puede remediar.
«A la luna pregunté
si era pura la que amaba»...
La lluna, naturalmente,
non arrespondió palabra.
«Por San Juan hizo un año
que te quería»...
Triste cascabelera,
conque ahora... infla.
«Los pajarillos y yo
nos levantamos a un tiempo»...
Ellos a comeme'l trigo,
yo a trabayar com'un negro.
Y vayan todas estas cosas, como he dicho antes, para los asturianos del
Río de la Plata, que encontrarán en ellas el eco de su Cantábrico, la
sonrisa de sus hermosas mujeres y el perfume del oro claro e hirviente
de la sidra.
Prólogo que es página de vida.
I
Estas líneas, que sirven de prólogo a la producción literaria del
doctor Luis H. Debayle, puede decirse que constituyen una página de
mi vida. O más bien dos páginas: una de primavera y otra de otoño,
ambas perfumadas por nuestras esencias de Nicaragua, de flores de
jardines domésticos, rosas, azucenas, «mapolas» u orquídeas del bosque
intrincado.
Pues mi conocimiento con este querido sabio armonioso viene desde la
infancia, allá en la centroamericana ciudad de León. Allí tenía yo
un primo que reunía en fiestas dominicales a niños amigos, entre los
cuales Debayle y yo. ¡Oh la casa de mi tía Rita, en que la fatalidad se
descargó un día!--¿justa o injustamente? ¡Dios lo sabe!--, y aquellos
bailes de adolescentes, al son del piano, y los cuales solía perturbar,
regocijar o asustar la aparición de dos enanos velazquinos que mi tía
albergaba en su casa... Exactamente como en el Museo del Prado y como
en la Historia.
Alegremente seriecitos nuestros bailes--trece, catorce, quince años
el que más de nosotros--. Mi primo tenía «haciendas» de ganado y de
caña de azúcar y su padre era cónsul. Otros eran hijos de médicos, de
abogados, de gente excelente del Municipio. Luis Debayle presentaba
muchas ventajas: tenía un bello tipo, era francés, y su padre, cuyos
ojos azules reflejaban empresas de Lally-Tollendal y la Compañía de
Indias, que habrían deleitado a Francis Jammes, hacía cargar en los
puertos que dejaron los viejos españoles bergantines con la bandera de
Francia, que traían a Europa maderas olorosas y de tinte, rojas como
el Brasil y amarillas como la mora. Pero entre todos los adolescentes
que danzábamos mazurcas y polcas con las niñas, era yo el que hacía
versos. Ello me creaba la extraña, pero innegable superioridad que
tienen el arzobispo, el ruiseñor, el torero y el pavo real. Como me
comprenden ellos bien, ni el arzobispo ni el ruiseñor tomarán a mal
lo promiscuo. Ya se entenderá que yo, que veía en Luis Debayle el
hijo de un realizador de ensueños que había sorprendido en tal cual
almanaque, y él, que me confiara desde luego su amor a la música,
hiciésemos en seguida una gentil unión de cariño. En casa de Debayle,
a poco tiempo de nuestra primera intimidad, bajo la complacencia
maternal, fraternizábamos furiosamente en el acordeón. Por lo que a mí
toca, _hoc era in votis_, y he aquí por qué aun estoy y estaré siempre
enredado entre los profusos y dificultosos para la marcha en el mundo
de laureles apolíneos.
II
Fué, pues, Luis Debayle uno de mis primeros compañeros de armonía. Así
en acordeón, cielo azul, u órgano en la iglesia de la Recolección,
de los jesuítas. O en San Ramón, donde tanto él como yo y tantos
otros ostentamos en el pecho la cinta azul y la medalla de oro de los
congregantes:
Oh María,
madre mía,
dulce encanto
del mortal...
dirigidos y acariciados por un padre Tortolini, anciano, un padre
Valenzuela, poeta de Colombia, un padre Koning, sabio astrónomo, un
padre Juinguito, hoy obispo de Panamá... Y lo que he perdido en el
recuerdo...
Hay muchas lagunas en este largo poema de tiempo en donde cantan tantas
elegías... Mas es el caso que Luis Debayle y yo simpatizábamos en el
amor de la lira y que ya él empezó a quererme como un hermano y yo a
corresponderle de igual manera. Hasta donde me era posible, ¡helas!,
pues el primero, que tenía haciendas y bufones le quería también como
un hermano, y a pesar de mi ventaja poética, la competencia no era
posible. Solamente la gran Hoz pone todo en su punto de justicia.
La verdad es que, poco tiempo después, yo me eclipsé, o más bien no
aparecí literariamente, pues las odas y las cantatas de los padres
hacían otros privilegiados, entre los cuales ese buen talento tan
práctico y tan literario y tan sentimental de Román Mayorga Rivas que,
comprendedor de su tiempo y de su misión, es hoy director del primer
diario a la yanqui de la República del Salvador. ¡Y todavía Francis
Jammes!
Entre estas memorias, que yo pongo aquí:
(Este ramo de ciprés para Mercedes, y este otro ramo de ciprés, con una
rosa blanca, para Narcisa.)
III
Aquí no debía faltar que yo hablase de don Juan Pallais, uno de los
tíos Pallais, de Luis de Bayle, hermano de su madre, afianzándose así
el predominio de la sangre francesa. Y mi gratitud debe expresarse en
memoria de quien fuera mi iniciador en la guía gala y la golosina,
siendo como era aquel buen caballero _gourmand gourmet_. Y qué
capítulo por escribir el de la cocina nicaragüense, que viene de
seguro de aquellos platos profusos y maravillosos que se hacía servir
el emperador mejicano Moctezuma y de los que hablan Cortés, Gomara y
Bernal Díaz.
Mas llega el instante en que, en revistas ínfimas y precarias, en un
medio primitivo, los jovencitos tentados por el demonio literario
que era entonces ángel jesuíta, diéramos al viento sendas silvas a
la clásica, naturalmente dirigidas al Mar, al Sol o la Virgen María.
Y Luis Debayle realizó entonces tales o cuales lanzamientos líricos,
más o menos divino Herrera o humano Alberto de Lista, que hoy mismo
pueden sin desdoro figurar entre sus producciones rimadas. He de
insistir siempre en que los padres de la Compañía de Jesús fueron los
principales promotores de una cultura que, no por ser, si se quiere,
conservadora, deja de hacer falta en los programas de enseñanza
actuales. Por lo menos conocíamos nuestros clásicos y cogíamos al pasar
una que otra espiga de latín y aun de griego. Jóvenes nicaragüenses de
ese tiempo hay hoy, que, según tengo entendido, son hasta obispos y
profesores en lejanas regiones.
El tiempo pasó. Yo partí, aun en la adolescencia, de mi tierra. Debayle
supe entonces que había ido a París a estudiar medicina. ¡A París! A su
dulce Francia, en que tanto él como yo soñábamos después de desleir en
el fuelle armónico y viajero alegres marianinas, romanzas sentimentales
o sones aprendidos de los marineros de Corinto o del estero Real.
Cuando partió Debayle escribió una página cordial en que junta a sus
dos patrias: la grande Francia y la pequeña Nicaragua, en su afecto
igual. Pero por más que él diga, prevalece, a pesar del afán de la
tierra, el corazón francés.
Corazón francés, cerebro francés, nombre francés, eso es Luis Debayle.
Solamente su gloria es centroamericana, pues el laurel no da sus
ramos sino en donde se le riega. Y si, aunque nacido en Nicaragua, es
ciudadano de Francia, su ciencia es en el país tropical y maravilloso
donde vierte su bien.
Su ciencia. Los que vivís en ese gran Buenos Aires de millón y medio
de habitantes, palenque de todos los progresos del mundo; los que
lucháis en esas capitales ricas y soberbias--dos o tres apenas en
nuestro continente hispano-parlante--no podéis saber lo que de posible
y de imposible ha realizado Luis H. Debayle para el saber médico
en su pequeño país de acción y para que su nombre sea reconocido
con elogio y su persona rodeada de consideraciones en los centros
científicos europeos. Por más que adelantamos, Europa es aún el crisol
del pensamiento del mundo. Y el mejicano Herrera; los brasileños, los
argentinos Pérez, Ramos Mejía, Ingegnieros, Sixto y algunos otros,
han logrado, al dejar su nombre marcado en una roca europea en la
ascensión de la ciencia humana, lo que muchos no comprenden. Y así el
franco-nicaragüense Debayle, descendiente de Montgolfier.
Saber e investigar mucho, constantemente; enseñar, curar, dar la vida,
contribuir en tantas partes de la tierra: Wáshington, Méjico, La
Habana, Budapest, París, a la recopilación de ciencia y de experiencia;
ser querido y alabado por los Peau, Richelot, Landouzy; ser llamado
un día a presidir, en la metrópoli de la gloria, un congreso de
eminencias; amar de veras y con toda el alma su don científico y
todavía saber recordar que Esculapio es hijo de Apolo. Pues he aquí que
Debayle ha perseverado en el amor de la Lira, lo cual contribuirá a que
en su jardín interior, aun en el invierno vital, haya rosas frescas.
IV
Si él publica este libro, es quizá por consentimiento a indicaciones
amistosas, y sin ninguna ambición de «ma-tu-lu». Y luego, casi todas
son flores de un jardín familiar; flores nicaragüenses: «cundiamor»,
«bellísima» y azucenas de todos colores. Hay sones de las antiguas
liras románticas, de las que se «pulsaban». Hay sentimientos de hogar,
antiguos ecos amorosos, perfumes que aun quedan de una tradición
patriarcal. Y el mar nuestro aparece, mar de descubrimiento, de
Robinson y de Antilla. Y aquí que yo recuerde al Debayle que volví
a ver, después de tantos años, en el otoño de mi vida. Fuí a mi
país tras larga ausencia. Toda aquella tierra ardiente fué para mí
como un incensario. Se festejó nacionalmente el retorno del poeta
pródigo. ¡Cuántos amigos de menos! ¡Cuántos que se llevó la muerte,
cuántos cambiados, cuántos esquivos o por indiferencia tímida o por
miserias ciudadanas que hasta a las nueve musas visten con un color
político! ¿Qué tengo yo que desear allá sino que mi país natal adquiera
fuerza, riqueza y cultura? ¿Qué sé yo de los oñacinos de León o de
los gamboinos de Granada? Mas he de decir que el primer abrazo, o
el más fraterno, de la llegada, fué el de Luis H. Debayle. Grises
ya ambas cabezas, florecieron en seguida nuestros recuerdos, para
los cuales contribuyó la literatura y este o aquel rememorar de amor
igualmente perseguido antaño y nuestras mutuas conquistas y su París
y mi Argentina. Y yo desperté en aquella imaginación de buen sabio la
amable locura de los versos. Y fuimos a pasar los días de fuego de
aquel verano tropical, a una isla risueña, desde la cual se divisan
los cocotales del puerto de Corinto. Y allí hicimos rimas y ritmos. Y
allí supe cómo la pasión estética coronaba bellamente una existencia
de bienhechor de la Humanidad, y cómo el antiguo amigo de las odas a
la hispánica había ya escuchado las siringas y liras de los modernos
pastores y corifeos de poesía.
En el seguro monumento que su patria ha de ofrecer al doctor Debayle,
junto a las simbólicas figuras que indiquen ciencia y caridad, sería
propio esbozar una musa, no por discreta menos de origen divino. Y
el abuelo Montgolfier estará en su eternidad satisfecho, cuando vea
cómo de cuando en cuando su ilustre descendiente se ha fugado de las
prisiones prácticas de la tierra para ir por los espacios de su globo,
caballero en el sublime caballo alado.
Letras chilenas.
FRANCISCO CONTRERAS
UN LIBRO SOBRE ITALIA
Hay un poeta de Chile que vive en París desde hace algunos años. Es
joven. Ha publicado ya varios libros y goza de renombre en el mundo
intelectual hispano-parlante. Se llama Francisco Contreras. Su primera
obra aparecida en Europa, _Toisón_ es una colección de sonetos. De
él dijo el incomparable Max Nordau: «Es realmente un toisón de oro
suntuoso, fabuloso, digno objeto de la heroica aventura de Jason, fin
«feérico» de la navegación del Argos». «Casi todas las piezas están
saturadas del éter poético, tienen un aspecto deliciosamente patricio,
son superiormente vistas, sentidas, dichas». A pesar del dañoso elogio
del doctor, que ha escrito lo que ya se sabe sobre todo lo que brilla
y vale en el arte contemporáneo, ese primer libro de Contreras tiene
poesías de mérito, sobre todo porque de los primeros ha procurado
apartarse del nuevo «poncif» castellano que ha echado a perder, entre
otras cosas, el alejandrino y el gusto por lo «compuesto». Aun cuando
se notan los orígenes o las supersticiones en la mayor parte de los
poemitas, el autor logra que se advierta su propio espíritu, sus modos
individuales de pensar y de sentir. He aquí una pequeña labor muy bien
trabajada, aunque con el exceso de preparativos que se acostumbrara
desde la introducción del simbolismo.
En desmesuradas yemas,
sobre los tallos entecos,
en los parterres ya secos
se esponjan las crisantemas.
Flores raras, son emblemas
del arte de nuevos ecos,
amante de orlas y flecos
y de rarezas supremas.
Exóticas y hieráticas,
como princesas asiáticas,
pues que son raras, son bellas,
Prendidas entre los rasos
o abiertas sobre los vasos
como monstruosas estrellas.
_Toisón_ fué publicado en 1906.
Esto nos hace retroceder algunos años, al tiempo de la preocupación
por la escritura «artista» y por lo principalmente formal. Aun quedan
algunos cultivadores de la manera, tanto en América como en España. El
poeta chileno, por su parte, ha procurado, avanzando, renovarse.
Así publicó, después de _Toisón_, _Romances de hoy_. Hasta puede
decirse que el salto fué demasiado brusco, de la poesía trabajada,
erudita, un tanto complicada, con escenarios fabulosos, con vocabulario
aristocrático, con un si es no es de dandismo, casi todo de influencia,
o de reminiscencia europea, a la poesía sencilla, sin artificio, quizá
a veces algo prosaica, o bastante ingenua en su sinceridad, pero que
mereciera estas palabras de un juez insospechable, el gran Mistral:
«Siento en sus versos, decía a Contreras el padre de «Mireia», la
amplia y libre vida de la América española». ¿Cómo no iban a ser del
gusto de Mistral versos como estos?
Sobre el suelo, en la hora sin tules,
las sombras se cortaban nítidamente azules.
En torno del ramaje de higueras y cedrones,
rodaba un estridente rumor de moscardones.
Sobre un cerezo un mirlo gorjeaba con desgaire.
A intervalos, llegaban en la quietud del aire
gritos roncos, galopes raudos, ladrar de perros...
Era una trilla próxima, sobre el cordón de cerros.
Se veía la era, yeguas, los arriadores:
_Guasos_, mozos montados, con ponchos de colores.
Paróse. Dió unos cuantos pasos. Desperezóse,
enarcando los brazos con inocente goce.
La cabellera suelta, oscura, perfumada,
cubrió entonces sus hombros en sedosa cascada.
Hundió los ojos húmedos en la azul lejanía.
Luego, inconscientemente, despreocupada, fría,
trasponiendo la reja de madera del huerto,
echó a andar paso a paso hacia el gran campo abierto,
por la vieja alameda que servía de entrada,
sin mirar, sin pensar, sin recordar ya nada.
El autor didactiza en su prólogo, y habla de un «período narrativo».
No oigamos sus explicaciones; gustemos de sus músicas gratas. Y los
que no hayáis vivido en el país chileno, podéis saber, por las notas
del volumen, muchos detalles locales. Y hallaréis, por ejemplo, esta
noticia inquietante: «Existe en Chile la preocupación de atribuir a los
poetas los calificativos de loco, perdido, vagabundo. De manera que,
lo que en toda sociedad culta es un señalado honor, en la nuestra se
trueca en motivo de escarnio o sello de ridículo. Un distinguido poeta
nacional nos contaba que en cierta ocasión, habiendo sido presentado
a una dama con las palabras de: el poeta señor Tal, se vió obligado a
protestar asegurando que era objeto de una mala broma...»
¡Pardiez! Buenos Aires será todo lo prosaico, lo comercial, lo
financiero, lo práctico que se quiera; pero no podré olvidar que en mi
último viaje a la gran ciudad argentina, entre las manifestaciones de
gentileza que recibí de personas de diferentes clases sociales, está
la de una alta dama, gala de los salones, que, sin tener yo la honra
de conocerla, envió a mis órdenes su regio automóvil, durante todo el
tiempo de mi permanencia. Y todo a simple título de poeta.
Y, sin embargo, con su reserva, menos ejecutiva que la disposición
platónica, Chile demuestra cordura. Los poetas son seres que perturban
el común pensar de las gentes, los modos de hablar y hasta las
costumbres. Así, si Chile ha levantado un monumento a don Andrés Bello,
es porque ese poeta venezolano llevaba en una mano un Código y en otra
una Gramática. Verdad es, que en el cerro de Santa Lucía de Santiago
hay otro monumento dedicado a don Benjamín Mackenna, que aunque no
escribió sino en prosa, era un varón de confianza con todas las nueve
musas. Y, con todo, ahí están los versos del romántico y melodioso
Eusebio Lillo, del huguizante Matta, del vario y noble de la Barra, del
sonoro Prendez, del horaciano Tondreau, del humorístico Irarrazábal.
Y ahí está lo hecho por la nueva generación que se enorgullece con la
producción del malogrado González, y de líricos como Borquez Solar,
Magallanes Moure, Valledor Sánchez y Miguel Roucuaut. Entre ellos se
destaca Contreras, sobre quien puedo ahora repetir lo que dijera hace
algunos años: «Creo que en nuestra América hay pocos que tengan un
tan sincero y hondo fervor de arte. Luego, en medio de ese fervor, es
ponderado y reflexivo. No violenta ni la idea ni el lenguaje. Mucho me
complace que no se haya dejado arrastrar por las peligrosas tentaciones
del versolibrismo. Hay en él duplicidad: es un intelectual-sentimental
que conduce bien sus designios entre los naturales desequilibrios del
talento». Cuando apareció _Toisón_, escribióle el ilustre J. Enrique
Rodó: «Muy grata ha sido para mí su lectura. Son versos de juventud
y sinceridad: sinceridad aun en sus artificios. Reflejan bien el
voluble y gracioso vuelo de un espíritu juvenil entre las cosas, o
mejor, entre sus figuraciones de las cosas». Y luego: «Crea usted que
sigo con afectuoso interés su actividad literaria. Su sentimiento del
arte, el amor que usted le profesa, son verdaderos y hondos; bien se
transparenta. No son la frívola vanidad de quien penetra sin real
vocación en los dominios del arte, y no dejará, de sus pasos, más
huella que la que puede quedar, en las baldosas del templo, de los del
visitante profano, que entró por un momento, movido de curiosidad y no
de fervor. Usted perseverará, completará su personalidad artística; y
seguro estoy de que cuantas veces, interesado en saber nuevamente de
usted, lo busque con la mirada, he de encontrarlo más arriba de donde
le haya dejado la última vez». Rodó fué profeta. Las nuevas obras de
Contreras señalan siempre mayor elevación. Su permanencia en París le
ha impregnado de la gracia artística y de la cultura ambiente. Y el
vivir le va enseñando cosas mayores.
Sólo que, como todos los que no gozamos de rentas producidas por
grandes capitales y tenemos que sacar del cerebro para nuestros lujos,
caprichos, vicios o simples y precisos elementos de existencia, se ha
dedicado al periodismo. Así sus libros de prosa son sus artículos de
periodista. Y si el periodismo constituye una gimnasia de estilo, y el
pensador y el artista lo son siempre, no todo lo que para el diario
se escribe, por razones que no necesitan demostración, es digno de la
antología. Lo que es estrictamente de la actualidad tiene que pasar
como el instante. Sin embargo, siempre pone algo de su corazón o de
su mente el artista que escribe. Y ese algo suele verse a través de
las informaciones de esos libros de prosa urgida. Sin contar con
que, de cuando en cuando, surgen páginas íntegramente puras. En las
líneas preliminares de _Los modernos_, pongo por caso, he encontrado
incrustada una de las poesías de Francisco Contreras que son más de mi
agrado.
_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._
Bajo el puente oscilante del raudo transatlántico,
el mar alza en la sombra como un solemne cántico,
la luna que se eleva tras lívido celaje.
Tiende un cendal de perlas al trémulo oleaje,
y la sirena alada de la brisa marina,
pone en mi oído una canción triste y divina.
_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._
A mi espalda el miraje de la nativa tierra.
Con su fértil campiña y su nevada sierra:
la ciudad en un nido de bosques frescos, grandes,
bajo el dosel de plata de los mágicos Andes;
el hogar entre rosas de la heredad florida;
y la madre dejada, y la amada perdida...
_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._
Ante mí la amenaza del porvenir arcano:
el mar que entre las sombras canta su canto arcano,
el horizonte negro, mudo como una esfinge;
la luna que en la niebla un llanto eterno finge.
Y el soplo de la brisa golpeada de destellos,
que estremece las jarcias y azota mis cabellos.
_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._
¿Será mi afán fecundo? ¿Realizaré mi sueño?
¿Me dará la victoria su laurel halagüeño?
¿Conquistaré, en mi ruta la áurea forma suprema
para engastar la idea que me obsede; me quema?
¿Conseguiré tras todo, aunque en porción escasa,
donar una luz nueva a mi raza?
_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._
¿O, tras esfuerzo vano, tras ensueño deshecho,
sólo hallaré el vacío del querer satisfecho?
¿La desilusión trágica, el dolor desmedido,
del amante no amado, del apóstol no oído?
En fin, en una frase, de todo visionario:
¿El desencanto eterno y el eterno Calvario?
_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._
Heme aquí sobre el puente del raudo transatlántico,
el mar me envía el trueno de su solemne cántico,
la luna que muequea en la penumbra ingrata,
me envuelve en la tristeza de su llanto de plata.
Y la sirena alada de la brisa marina
pone en mi oído una canción triste y divina.
_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._