Libio, yo estoy prendado de tal modo

de la naturaleza peregrina,

que ansiando en mi amor loarlo todo,

le grito ¡bis! al ruiseñor que trina,

¡olé a la onda que cuajó en espuma,

y ¡hurra! al sol que calienta y que ilumina.

¡Gracias! digo al clavel que me perfuma

o al lirio que brotó bajo mi planta,

y ¡bravo! a la oropéndola que empluma.

Y rima otras galanas palabras y casa otras lindas ideas, con una

innegable maestría.

«El éxodo y las flores del camino» es la parte de verso de un

libro en verso y prosa publicado con ese título. Es un corto

_reisebilder_. Notas de viaje, líricamente expuestas y rimadas,

es su _Parcours du rêve au souvenir_; ¡pero bastante lejos de

Montesquiou-Fézensac!--Irlanda, Londres, Bretaña; y París, y mujeres, y

artistas; y otra vez París, y Flandes; y Lucerna, y Bohemia; e Italia y

París; y mujeres; y arte; ¡y París y París!

* * * * *

¿Te acuerdas, mi querido colega, de aquella joven parisiense que en una

comida de amigos, en su casa, te cantó unos versos hechos por ella, tan

triste y tan dulcemente, versos de adiós? ¿Y que poco tiempo después

se murió?... Aquella era una de tantas ilusiones de París. Ahora me he

acordado de ella.

La literatura en Centro América.

EL POETA DE COSTA RICA

Costa Rica tiene el espíritu más ordenado y pacífico de todas las cinco

repúblicas de la América Central; Costa Rica tiene sangre gallega;

Costa Rica tiene un notable diplomático en Europa que se llama el conde

de Peralta; Costa Rica tiene el mejor teatro de aquellas regiones;

Costa Rica tiene la corte suprema de justicia centroamericana en la

ciudad de Cartago, y un edificio que le regala Carnegie; Costa Rica

tiene un tranquilo pueblo de agricultores, y Costa Rica tiene un poeta.

Tiene, es verdad, otros poetas, pero «su» poeta, el poeta nacional, el

poeta regional, el poeta familiar se llama Aquileo J. Echeverría. Este

poeta ha sido empleado público, militar, diplomático, periodista. Yo

le he conocido hace ya muchos años, cuando era ayudante del presidente

Cárdenas, de Nicaragua. En Wáshington, donde perteneció a la Legación

de su país, fué íntimo amigo de un distinguido argentino, el señor

Attwell. Ha gustado siempre de la vida social y no ha andado muchas

veces lejos de la vida del país de Bohemia. Su indestructible pasión

fueron las amables musas. Después de errar en varias repúblicas

centroamericanas, retornó a su país y se casó, y, como en los

cuentos, tuvo muchos hijos. Su carácter, siempre jovial, siempre

alegre, se opuso a los persistentes golpes de la mala suerte. Sus

dones intelectuales se fueron aquilatando con los años, pero el hada

Carabosse que, como es costumbre había aparecido ante su cuna en los

instantes en que otras hadas buenas le dotaban con muchas cosas buenas,

le hizo el poco grato obsequio de la mala salud. Y he aquí por qué,

cuando escribo estas líneas, se encuentra el poeta de Costa Rica en un

Sanatorio de Barcelona. Ha venido a Europa por una disposición especial

del Congreso de su país, en la cual, como sucede siempre en esos casos,

se hace saber oficialmente y sin eufemismos, que es poeta y que es

pobre. Desde su lecho de enfermo, prepara en la ciudad Condal una nueva

edición de sus versos el sentimental e ingenioso autor de _Concherías_.

* * * * *

¿Qué significa la palabra conchería? El distinguido escritor

costarriqueño, señor Brenes Mesén, nos lo explicará: «Aunque la palabra

«conchería» es bien inteligible para los nacionales, no estará demás

indicar que en Costa Rica, de unos ocho años para acá, se llama

«concho» al campesino, al aldeano. Por lo tanto, una conchería es una

acción, o una expresión propia de un campesino». Habla el poeta la

lengua de los hombres rurales de su tierra. Una ráfaga del aire que

acarició las melenas de Martín Fierro o de Santos Vega ha pasado por

allá. El canto brota del terruño como las flores y frutos autóctonos.

Demás decir que Echeverría no ha tenido nada que ver con princesas

propias o ajenas; no ha contribuído a hacer odioso el alejandrino, no

ha tenido jamás ningún rastacuerismo lírico, ni se cree un pistonudo

genio. Tiene--¡ah, tener eso todavía, Dios mío!--tiene un corazón. Un

corazón armonioso, sensible y lleno de alegría y de ternura. Ha sufrido

las terribleces de la escasez y está padeciendo las amarguras de la

enfermedad y, sin embargo, no hay en él un solo instante de pesimismo

y, como buen pájaro natural, dice su decir rítmico celebrando las cosas

lindas de la vida y despertando la sonrisa en los labios de los que

escuchan su música jovial.

En pocas palabras sintetiza su valor uno de sus amigos, Antonio

Zambrana: «No padeciendo o afectando enfermedades forasteras, no

enclenque y canija, no vistiendo trapos de París manchados de vino,

sino fresca y colorada, la musa de Aquileo nació en Cot, o en Barba;

sobre eso puede haber disputa, y es muchacha alegre, honrada, si ligera

de lengua, de muchas libras de peso. Aquí tienes, amigo lector, algo,

no sólo de la raza, sino de la tierra, algo genuino, espontáneo y sin

careta, hombre que a otros no les empresta la lira, contentándose a

veces, para su música, con una flauta de caña hueca, pero hecha por

él del material de nuestros bosques. Imaginación traviesa, pero que

sabe ponerse seria si conviene; ingenio peregrino, verbo sonoro y

abundante, hay uvas de lo mejor de Andalucía y naranjas de aquí, con

semilla de Valencia, en el plato que te presento; regala tu paladar

y sé agradecido». Sí puro, espontáneo; ciertamente, conténtase a

veces para su música con una flauta de caña hueca hecha por él del

material de nuestros bosques. Pan hacía lo mismo, dirá él. Su verso

es bien modulado, y aunque diga cosas de la patria nativa, demuestra

su descendencia clásica, la fuente original de donde ha fluído el

admirable y bien sonante romancero castellano.

Echeverría habla bien su lengua patriótica. Para Rafael Obligado sería

el numen de Aquileo simpático como su apellido. Y yo aprovecho la

ocasión para declarar cuánto me encantan los poetas que, como el árbol

de su floresta, dan la flor propia. Mi vida errante explicaría mi

cosmopolitismo de antaño y mi exotismo el ansia de lo deseado.

Otro escritor, compatriota de Echeverría, dice: «Quien conozca nuestro

pueblo y su lenguaje expresivo y sencillo; quien haya vivido nuestra

vida y fortalecido el cuerpo enfermo con las emanaciones suaves de

esta tierra; quien haya puesto su alma en contacto con esta naturaleza

soberbiamente prolífica, tranquila y bella, no dejará de leer con

amor los versos de este libro, porque de todos se desprende el vaho

fortificante de nuestro suelo». Así ha sucedido, pues ningún otro

poeta en Costa Rica tiene, como él, ni tantos lectores, ni tantos

afectos conquistados.

* * * * *

Yo conozco la tierra de Echeverría. Los campos son fecundos y risueños.

Si en las costas quema la furia solar del trópico, en el interior el

clima es fresco y la vida apacible. Los campesinos tienen casi todos

tipos europeos. En montes y campañas podréis hallar incultas bellezas,

de hermosos rostros y voluptuosos cuerpos. Si he visto en San José,

la capital, damas incomparables y mozas de la cofradía del diablo

que en París hubieran sido unas bellas Oteros, pude admirar en mis

excursiones mujeres e hijas de agricultores y carreteros, el rosado pie

descalzo y la cabellera al aire, y para galantear a las cuales habría

yo solicitado de mi amigo Aquileo algunas de sus gratas concherías. ¡Su

musa lo sabe decir con tanta gracia y donaire! Su musa: hela aquí tal

como él la pinta.

Mi musa es joven y ardiente,

morena, de erguido seno,

boca sensual y más roja

que las bayas del cafeto;

blanca y firme dentadura,

que es albo nido de besos;

ojos grandes y expresivos,

dulces, brillantes, serenos.

Una espalda tentadora,

mórbida como su cuello,

unos brazos que si abrazan

es difícil salir de ellos.

Corre por su cuerpo criollo

la roja sangre del pueblo,

fresas fingiendo en su boca,

rosas en su cutis terso

y en la gloria de sus ojos

cálido fulgor de incendio.

Canta a mi patria adorada,

canta a mi ubérrimo suelo,

a mis floridos rosales,

a mis frondosos cafetos,

al mozo fuerte y honrado,

alegre, bueno y sincero,

a la moza de alma blanda

y de durísimo seno,

a nuestras altas montañas,

a nuestros valles risueños,

a nuestra tierra fecunda,

a nuestro límpido cielo.

Que no brinda en copa de oro,

sino en los cálices bellos

que le ofrecen los claveles,

ya de nieve, ya de fuego,

que embalsaman con su aroma

mi apacible y caro huerto.

Desde luego, no estamos aún escuchando la parla de los conchos.

Ese romance revela su origen castizo y suena a España. Lo propio que

cuando dice sentires de hogar y casa paterna, o cuando planta un tipo

netamente popular costarriqueño al modo con que los maestros españoles

nos han dejado la figura de los jaques andaluces o de los chulos

madrileños. ¿Qué deciros si hasta, de pronto, aparece el recuerdo del

sencillo helenismo de aquel honesto don Juan Meléndez Valdés?

Es Clori, la esposa

del Céfiro amante...

Ni las anacreónticas ni los romancillos son del poeta que he querido

hoy celebrar, sino las gallardas, las nativas, las sabrosas concherías,

en las que se encuentran, según las palabras del ya citado señor Brenes

Mesén, «aliento fresco de los montes, respiración sana de terneras al

levantarse la aurora, risas del campo cortando la tranquilidad de las

horas...» Los usos y las costumbres del buen pueblo de Costa Rica, sus

preocupaciones y sus supersticiones, algunas heredadas de los tiempos

coloniales, sus maneras de divertirse, de enamorar, de pelear, sus

duelos y sus negocios, todo dicho con sus provincialismos, con sus

giros antigramaticales, pero semejantes a los de algunas regiones

de España, todo ello se encuentra en los versos de Echeverría. El

señor Brenes Mesén considera eso de importancia para los filólogos

extranjeros. «No se le da bien disecado en su diccionario, sino

viviente, tibio, como si se tomase de los labios mismos del pueblo».

La transcripción se ajusta, tanto como es posible, para no chocar

demasiado con los hábitos existentes a la verdadera pronunciación

popular. Allí está justamente su importancia. Las palabras que

los gramáticos han condenado como impropias, son, con frecuencia,

arcaísmos, y en todo caso se nos ofrece la oportunidad de ver que las

leyes fonéticas que presidieron a la formación de la lengua castellana,

siguen ejercitando su influencia a través de la distancia y los siglos.

Si desde la época anticlásica vemos que la _r_ final de los infinitivos

se asimila a la _l_ delante de los subfijos, y así lo observamos en

_Concherías_, necesario será concluir que la vida de nuestra lengua

posee una pujanza extraordinaria, y que allí donde se encuentra la

libertad de hacerlo, se desarrolla tan fuerte como en los primeros años

de su aparición en la Península ibérica. Entre vocales, la síncopa de

la _d_ fué ley constante, y así subsiste en nuestro lenguaje popular,

que la suprime indefectiblemente en los participios de la primera

conjugación. La elisión de la _o_ y de la _e_ delante de palabras que

principian por vocal, también la observaron los castellanos y es ley

dominante en la lengua «tica» y americana en general. Ticos se llama

en Centro América a los habitantes de Costa Rica. Desde luego, demás

está decir que para comprender algunas de las poesías de Echeverría se

necesita un vocabulario especial, como sucede en casos semejantes, así

sea un soneto de Pascarella, un Poema de Jehan Rictus, una página de

Bill Nay o de Fray Mocho.

Veamos algunos ejemplos. Transcribiré el romance titulado _Un hermano_:

Bajo un mango corpulento,

y tendidos en la yerba,

junto a los bueyes que echados

perezosamente cenan,

están varios carreteros

alrededor de una hoguera,

que olla de hierro corona

montada sobre unas piedras,

y dentro la cual retozan

en el caldo que espumea,

ya las papas esponjadas,

ya el dominico de seda,

la blanca yuca de nieve,

la carne de rojas hebras;

el tiquisque delicado

asoma su faz morena,

o se presenta el avote

en forma de barquichuela

y con la cara encendida,

que está muerto de vergüenza

por ser primo del zapallo,

que es la verdura más fea;

el chavote su espinosa

y verde capota ostenta,

entre raíces y ñames,

camotes y berenjenas.

De cuando en cuando se asoman

algunas palabra feas,

es decir, que varios ajos

suelen sacar la cabeza,

y todo ello confundido

en una igualdad perfecta,

en que todo sabe a todo

y huele de igual manera:

especie de democracia

que sus doctrinas condensa

dentro la olla de fierro

que sobre robustas piedras

al beso de alegres llamas

canta, llora y burbujea,

vigilada por los mozos

que de bruces en la yerba

aguardan pacientemente

que se cocine la cena.

Algunas tortillas fiambres

que han adquirido dureza

junto a los tres tinamastes

que hacen escolta a la hoguera,

son retiradas, pues Marcos

dice que le olen a buenas,

y «quel pel» está seguro

que está cocida la cena.

Con dos sacos de gangoche

quitan la olla y se la llevan

a la orilla de un arroyo

que corre por allí cerca.

Después arriman los yugos

y muy alegres se sientan:

dan dos besos cariñosos

a sus chulas, las botellas,

que en el amplio vientre guardan

el contrabando, o el «nétar»,

con que el Supremo Gobierno

explota al par que envenena.

--Échate un cuento, Milquiades.

--O una historia verdadera.

--Que les cuente Sinforoso

lo que le pasó en Atenas,

--¡Que lo cuente!

--¡Sí! ¡Contalo!

--Miren qué cosa tan fea.

Hará tres años descasos

que me hablaron en Heredia

pa ver si jalaba un flete

pal puerto de Puntarenas.

Yo puse mis condiciones,

y después de algunas negas

entre si tanto, sin cuanto,

convenimos en lo quiera.

Ya esos güeyes eran míos,

pero no tenía carreta.

Los Arias me consiguieron

lo que fué de Chico Cerdas.

Salimos como a las doce,

sestiamos en Alajuela;

al llegar a Los Horcones

ya estaba la luna puesta,

y resolvimos quedalos

pa que los güeyes comieran.

--Muchachos--dijo Damián--

mientras se cuece la sena

¿por qué no v'alguno atrese

un trago de guaro Atenas?

--Yo voy, le dije.

--Está bueno.

--Treme un diacuatro de breba.

--A mí dos riales de puros.

--Pa yo una vara de mecha.--

Me puse la alforja al hombro

y descolgué una linterna,

y me tercié a la cintura

por si acaso, la cruceta.

Después de dale a los caites

entré por último a Atenas,

merqué todos los encargos;

y viniendo ya de vuelta,

comencé a sentir un tufo

como a la moda de mecha;

un tufo que no cesaba

por más y más que anduviera.

Me entró cierto recelillo;

pero voltié la cabeza

y nada vi, sólo el humo

que dejaba la linterna.

De pronto se oyó un chirrido,

me puse a parar la oreja,

y vide que en el camino

sola andaba una carreta,

sin ninguno que la guiara,

y sin güeyes ni compuertas;

y en el centro, en un atául,

el cuerpo de Chico Cerdas.

Eché mano a la cutacha

y me amparé de la cerca,

ise como cuatro cruces,

por supuesto con l'izquierda.

--«Hermano--me dijo Chico--

yo debo algunas promesas...»

A mí se me jué el resuello,

me se aflojaron las piernas,

me sucedió una desgracia,

me se adormeció la lengua.

Me encomendó a las tres Dulces

y a la virgen Margalena,

y le dije como pude:

--«¡Decí... lo... que... te... se... ofrezca!»

Se sentó dentro el atául

(caramba que pestilencia,

iedor a recién casada,

o como a letrina vieja,

o como a güevos podridos,

o como a nido de perra).

--«Le debo--dijo el difunto,

después de hacer unas muecas--

le debo a Concho Paniagua

tres pesos de una rialera,

a «mano» Froilán, seis reales;

a San Roque, una novena;

a Chico Antillón, dos pesos,

de un muerto que alcé en su mesa.

Deciles a las muchachas

que a vos te doy la ternera,

y el armario con el baúl,

y mi cama y mi cruceta.»

Después se despareció

el fantasma y la carreta.

A yo me hallaron trabao

a la orilla de la cerca.

Estuve dundo de viaje

más de una semana entera;

iba a andar y no podía,

iba a explicarme y la mesma,

hasta que mano Froilano

me aconsejó que me juera

a contale al Padre Chico

ce por be la contingencia;

me llevaron, le conté,

y se puso hecho una fiera;

sólo le faltó mentame

la mama dentro la iglesia;

me puso como un petate.

Enainiticas me pega

y me llamó fariseo,

mentiroso y poca pena;

¡pero, hombre! al rato ya estaba

sano de pieses y lengua.

--¡Ese jué milagro grande!

--¡Un milagro de de veras!

--¿Y los puros?

--¡Pero ni uno!

--¿Y la cusasa?

--¡Ni señas!

--¿Se la atoyaría el dijunto?

--¡Puede ser que asina juera!

--¡Ja! ¡ja! ¡ja!

--¿De que te ríes?...

--Estoy pensando en la mecha.

¿La mecha sí pareció?...

--¡Sin que le faltara una hebra!

--¿Pa qué te la dejaría?

--Yo me figuro que juera

pa enrollásela en el güecho

¡a la sonta de tu abuela!

¿Decidme si en lo que comprendéis de esta relación y de esos diálogos,

al lado de algún baturro, gallego o andaluz, no percibís la taimadez

y la picardía gauchescas, que el argentino Álvarez y otros han hecho

perdurar aun después de la casi desaparición del gaucho? Hay otras

poesías de Aquileo Echeverría en que eso se demuestra más claramente, y

ello podrá comprobarlo quien lea su ameno libro.

Yo debo declarar que si en sus poesías de sentimiento me conmueve

tanto como el murciano Vicente Medina--a quien tan admirablemente ha

seguido una poetisa, también de Costa Rica, cuyo nombre no recuerdo

en estos momentos--en los cuentos y descripciones criollas, aun en los

que casi se dirían trabajos de _folk-lorista_, me perfuma y melifica

el humor, me brinda el impagable regalo de la risa, de la honradez

literaria, después de soportar tanta imitación desatentada, tanto

pseudo modernismo, tanta farsa intelectual como los que han invadido

la literatura española e hispanoamericana al amparo de la libertad del

Arte y de la sinceridad y noble entusiasmo de los iniciadores.

O poesía asturiana.

Los poetas de Asturias, esto es, los poetas que escriben en asturiano

y los que escriben o escribieron en castellano, son poetas castellanos

o españoles. Los dialectales hablan la lengua del terruño, expresan el

alma popular, tienen un noble abolengo que se arraiga en un recóndito

pasado. Tal pensaba leyendo, en la playa cantábrica, la antología de

Caveda y Canella Secades, y en algunos periódicos locales, poesías de

los poetas que cantan ahora.

Es el lenguaje armonioso y sonoro como la antigua fabla, con la cual

tiene más que semejanzas. No sin razón la tenía en tanto precio aquel

gran asturiano que se llamó don Gaspar Melchor de Jovellanos, que

escribió una notable instrucción para la formación de un _Diccionario

bable_, que puede leerse en la colección de sus obras, publicadas e

inéditas, de la biblioteca de Rivadeneyra.

En la antología que he citado hay poesías de autores de pasados tiempos

y cantares anónimos, de esos que en todas partes brotan del corazón

popular y circulan de boca en boca, sin que se sepa quién los compuso.

Don Antonio González Reguera fué un discreto y muy gracioso rimador

de Asturias, que nació a principios del siglo XVII, y del cual se

conservan algunas producciones. El romance que trata del pleito entre

Oviedo y Mérida sobre la posesión de las cenizas de Santa Eulalia, es

muy gentil y de un sabor de época verdaderamente propio. Es la poesía

más en dialecto asturiano que se conoce:

Cuando ensamen les abeyes

y posen de flor en flor,

si les escurren s'espanten

vanse y non facen llabor,

dexando el caxello vieyo

pa buscar otro meyor.

Sant'Olalla fó l'abeya

que de Mérida ensamó,

enfadada q'adorasen

les fegures de llatón.

Entoncies el rey don Gil

andaba en guerra feroz

con los moros que quería

encabezase en Lleón.

Permitiólo aquesta santa

que les victories i dió,

matanza faciendo vi ellos

fasta q'en Mérida entró.

Llegó al pueblo d'esta ñeña

que temblaba de pavor,

y esconfiaba de so cutre

solliviada de temor.

Cutieron los santos güesos

viendo que s'arrodiyó;

si estovieren más carnudos

saldrín fei acatación.

Trúxoles el rey piadosu,

de llacería los sacó,

y metiólos per Uviedo

con gaites e procesión.

Mérida diz que i tornen

esta prenda que i faltó;

diga ella que quier ise

y aun con eso... quiera Dios.

Si quieren que la llarguemos

páguennos la devoción

ansí de los que finaron

como de los q'ora son.

Díguenlo al Santo Sudario

ver quiciás si da razón,

pos non tien utro cuidado

el Señor San Salvador.

¿Quián ora i lo mandará?

bien s'echa de ver que nos:

si nos lleven esta santa

no hay más d'arrimar la foz.

Dirán ellos:--«Morrió acá»;

diremos nos:--«Non morrió,

q'está viva par'Asturies,

si está muerta para vos».

Y aunque la lleven, m'obligo

que se torna per ú fó,

porque dexa conocidos

y gran comunicación.

Si por amor d'esta santa

Extremadura llibró

el Principado heredero

puede ir tomar posesión.

Ella está muy bien acá,

l'otro vaya per ú fó,

porque están de nuestro llado

l'obispo y gobernador.

Nosotros los de Capote,

cual con un ral, cual con dos

seguiremos iste pleito

fasta llevalo ente Dios.

Es la antigua voz de este pueblo. Supongo que la habréis comprendido

los que podéis leer a Berceo y a Segura; si no, vaya en obsequio a los

asturianos del Río de la Plata que me leen.

Del mismo autor de ese romance se conservan algunas composiciones de

asuntos clásicos, hechas de manera burlesca, como fué uso entre ciertos

humanistas de buen humor.

Así _Dido y Eneas_ y _Hero y Leandro_. Solamente que algunos copiantes

desfiguraron los versos originales, según dice el canónigo Posada,

«ora por los que no entienden el bable, o ya por escrupulosos y

timoratos, que los castraron de palabras y expresiones menos decentes

y sustituyeron en su lugar otras y hasta octavas enteras». Temblemos

pensando en cómo hubiera quedado la obra del Arcipreste de Hita si

otros copiantes le aplican semejante castración. No obstante, en lo que

queda de González Reguera, las sales y picantes no faltan. Así en _Hero

y Leandro_ hay octavas como ésta:

Mató ansí cinco toros y acabóse

la fiesta sin facer seña nenguna.

Baxó la ñeña y el galán posóse,

y acompañóla por probar fortuna;

yo pienso q'ella, p'hácia sí folgóse

de bella cavo si, que no hay delguna

si quier bien, q'a les dures o apretades,

non i ximielguen lluigo les corades.

Hay un don Francisco Bernaldo de Quirós y Benavides, de quien se tienen

pocos datos biográficos, pero del cual se sabe que «perteneció a la

noble Casa de Quirós después que don Francisco Bernaldo de Quirós,

décimoquinto descendiente del fundador, casó con doña Jerónima Bernaldo

de Quirós y Benavides, llevando los sucesores desde entonces este

último apellido a continuación del de Quirós». Del don Francisco

poeta es un romance que califican los antólogos de «precioso romance

jocoserio, acabado modelo descriptivo, donde compiten a porfía el fácil

poeta y el consumado jinete». Vale decir que nos las habremos con un

antiguo _sportsman_:

Señor don Pedro Solís,

el que tien e'nes corades

un macón de sacaberes

y un camberu d'allacranes;

el de Mayuelu con zunes,

si non quier que i lo llame

pieza de Baldeburón

que sal bien, pero ye tarde;

alferi mayor d'Ubiedo

q'anque pese a quien pesare,

puede meterse a conceyu

sin quitar les sos polaines.

Sepia so mercé q'agora

que han de fer en todes partes

al mayorazu d'Asturies

xuramentos prencipales,

se m'ofrez el pronponei

un truecu para que saque

un bon rocín ne los díes

que ñarbole l'estandarte.

Para comprender ciertas alusiones son precisas notas, y además os

haré gracia de más copia, puesto que no estáis como yo en este buen

suelo asturiano, en donde hay tan gallardas muchachas que hablan su

viejo dialecto, y alegres gaitas, y mar soberbio, y sidra que hay que

saber «espalmar», como lo hacen los joviales visitantes que vienen a

merendar al amor del azul y de la marina espuma. No os hablaré, pues,

sino de paso, de los viejos cantores, como cierto impagable don Antonio

Baldivares y Argüelles, festivo--¡todos festivos!--y de quien se

cuenta que fué «de carácter alegre, jovialísimo y propenso a bromas y

ejercicios divertidos, demostrando un buen humor que no abandonó hasta

los últimos momentos». O del latinista don Bruno Fernández Cepeda,

también regocijado, con todo y ser dómine, o por lo mismo, y que dice

en uno de sus romances:

Entra el potrumedicatu

con sos paxes y corchetes,

y, echándose sobre min

com'unes utres famientes,

desalforxando sos chismes

entre dimes y diretes,

me esfarrapen a sangríes,

me destocinen a friegues,

me chamusquen con ventoses,

con baños me despelleyen,

con xiringanzos m'esfonden,

con supedanios me tueyen,

con agües me desbauticen,

con untures me esfelpeyen,

con emplastos me taracen,

con gataplasmes me afrellen,

con parches me destapinen,

con cantárigues me esfuellen.

Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII · 第 4 / 14 段