periódico más artículo respecto a la desaparición del prodigioso
inglés, que el que ha enviado a un diario su corresponsal en Londres,
varios días después de los funerales.
IV
Los personajes que en su ya larga serie de obras ha creado este
espíritu de excepción, son vivientes más allá de la real vida, más allá
de la vida normal; no existen como los héroes balzacianos o zolescos,
sino como Hamlet, Otelo, o el viejo Lear.
Los tipos retratados o encarnados de lo cotidiano, mueren, desaparecen,
como los que vemos todos los días. Poeta o escritor que quiere dar a
sus seres supervivencia tiene que plasmarlos e infundirles un alma bajo
un concepto de eternidad. No viven hoy diez mil tipos animados por mil
autores que tuvieron en su tiempo ganga y celebridad, y que hacían la
labor de fuera para dentro. Viene Celestina simbólica y que parece tan
real como quien hubiera merecido ser su esposo o compañero, el gordo
Falstaf. Ambos tuvieron forma y alma de dentro para fuera. Así el
ilustre Bradomín, don Juan Manuel de Montenegro, las damas de ensueño y
los bufones de misterio que, en un ambiente desconocido, aparecen en la
obra profunda y encantadora de Valle Inclán.
V
Yo he retratado antaño a este admirado y querido amigo mío en el
siguiente soneto:
Este gran don Ramón de las barbas de chivo,
cuya sonrisa es la flor de su figura,
parece un viejo dios, altanero y esquivo,
que se animase en la frialdad de su escultura.
El cobre de sus ojos por instantes fulgura
y da una llama roja tras un ramo de olivo.
Tengo la sensación de que siento y que vivo
a su lado, una vida más intensa y más dura.
Este gran don Ramón del Valle Inclán me inquieta,
y a través del zodíaco de mis versos actuales
se me esfuma en radiosas visiones de poeta,
o se me rompe en un fracaso de cristales.
Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta
que le lanzan los siete pecados capitales.
Tales catorce versos no dicen en verdad la complicada figura de este
gran don Ramón. Tan complicada, que ha llegado a ser casi burgués,
casándose con un «alma hermana» que le comprende y le ama muy de veras.
La antigua cabellera ha desaparecido; una indumentaria inglesa ha
sustituído a la de los días pasados--aunque también el _macferland_
era británico--y luego, nunca, nadie podrá decir que ha visto a Valle
incorrecto. Siempre, aun en días duros, fué el caballero, el fidalgo.
En su casita, que es un nido de arte, en la calle de Santa Engracia,
una niñita sonrosada es una rosa sobre su gloria, es la princesa.
VI
Este no es un estudio; dicho está que son notas. Largo trabajo se
necesitaría para exponer la obra--y la vida unida ella--de Valle
Inclán. Porque lo que he dicho sobre lo shakespeareano, tiene, en la
introspección, una base de realidad. Atiéndase bien:
Todo lo que en la poemática labor de Valle Inclán parece más fantástico
y abstruso, tiene una base de realidad. La vida está ante el poeta, y
el poeta la transforma, la sutiliza, la eleva, la multiplica; en una
palabra: la diviniza, con su potencia y música interior. El que no
tiene el _daimon_ no puede hacer eso, y, por tanto, he sostenido la
superioridad de Unamuno sobre otros puramente formales o virtuosos en
la lírica.
VII
_Femeninas_, _Epitalamio_, _Cenizas_, fueron la primera floración en
el jardín de este gran señor de letras. Se dirá de reminiscencias
extranjeras--por lo de la forma--, mas nunca del modo que se le ha
señalado a D'Annunzio. Valle Inclán ha sido d'annunziano en alguna de
las sonatas--cuestión de orden y contrapunto verbal, y hasta dandismo,
porque era el momento, y, cuando cantan los ruiseñores, les llevan y
les modulizan el canto los vientos que vienen de todas partes. Para
esto, ver lo que últimamente ha dicho uno de los superiores, un gran
poeta y de los más conscientes y firmes de saber, el catalán Marquina,
a quien si alguna vez le ha faltado algún don--siendo con todo de
los excelentes--y hablo ahora en cuanto a crítico--, es el don de la
diferenciación.
VIII
Las _Sonatas_, que hoy, por primera vez, van a hacerse conocer en
Europa, son ejecuciones primigenias de Valle Inclán. Bravas ideas y
aventuras sentimentales dichas en exquisitas maneras. La demostración,
en los primeros momentos, de nuestra lucha hispanoamericana
por representarnos ante el mundo como concurrentes a una idea
universal--Idea, no Moda--que comenzaba a llenar de una nueva ilusión
o realización de belleza, todo lo que entonces pensaba altamente en
la tierra. En ello hay el anhelo de la novedad--y de antigüedad--que
caracterizó a los Nuevos. Que mañana seremos Viejos. Pero él va
fecundando. Y las _Sonatas_ de las cuatro estaciones tendrán una
repercusión incomparable en la historia de las letras castellanas.
Poniendo su escenario en tierras distintas, como los capitanes de antes
su bandera y sus proezas, en que hacían tan soberbiamente drama o
novela, él cierra, en un momento, ese zodiacal cielo y va a hacer otra
cosa.
IX
Entonces vienen las Comedias Bárbaras--que tienen únicamente, y todo
relativo, algún parentesco con los poemas del olímpico francés y con
las odas del poderoso italiano--. Bárbaro, en esta extensión de la
palabra, es lo que en expresión, simbolismo o manera de ser, representa
una mentalidad medioeval, ásperamente expresiva, invasora y gótica;
popular en lo del fondo del corazón del pueblo: feudal, caballeresca,
burgrave, mística, llena de conocimientos o suposiciones milenarios,
y al mismo tiempo ingenua, pagana en lo mucho que de paganismo tenía
la Edad Media: con el sentido de la Fatalidad que había en tiempos de
pestes extrañas y fulminantes que supiera comprender un Edgar Poe; y
de peregrinos con sus conchas en las caperuzas; y de leprosos que para
atraer o alejar al viandante, tocaban sus esquilas en los caminos,
mientras todo el orbe, desde el montículo papal, temblaba por el
advenimiento de lo Extraordinario.
Como Galicia ha sido una de las regiones santuarios del mundo, tiene
una infinidad de infinito flotante y de religiosidad imperante en que
podía bien anclar este fundamental artista. Todo eso legendario de
Compostela, todas las sendas de fe, que han ido abriendo generaciones
de generaciones por siglos de siglos: todo el creer de la labriega
que sabe los decires de las brujas, las apariciones particulares o
numerosas; el hablar de las piedras para quien las entiende, como
el de los árboles en la sombra para quien los oye; todo lo que la
circunstante naturaleza tiene en esa región de España, está en la obra
de Valle Inclán. Pero, y aquí viene mi cita de Shakespeare, adquiere
por la virtud genial, una expansión absoluta. Y el marqués de Bradomín
se irá por todas partes, sin marca de fábrica francesa o sin estampilla
escandinava, y respirando con más placer y dignidad, antes que los
perfumes forasteros, los del gran botafumeiro de su catedral.
X
Ahora empieza la serie de los cruzados de la causa. Novelas carlistas.
No hay nada comparable sino los _chouanorias_ de Barbey. No he visto
más adorable Cervantes, sin esperar nada del palacio veneciano de
Loredán y del apartamento de París. Él cree, él ve la epopeya, que
lo fué, estupenda, en aquel encuentro largo de leones, de una y otra
parte. Él cree, y principalmente, sabe, porque está documentado como en
todo. Es esta una campaña de ideal de que no se han dado cuenta aquí.
El viejo e ilustre Galdós debía haber hablado ya y decir quién viene
después de él. No para dejarse devorar, como en ciertas tribus, sino
para que se le respetase más.
Y conste que hoy yo amo y respeto a don Benito, casi ya lapidariamente
maestro.
XI
¡Y luego, Valle Inclán es un poeta tan exquisito! ¡Su libro pequeño y
lindo de versos está lleno de tan supremas cosas! A Rodó, a Lugones,
a Díaz Rodríguez y a los otros compañeros más serán un regalo. Pero
fíjense en los acompañamientos de gaita que van al fin de cada poemita.
Es que el celta nos conquista; e irá de allí a todas partes. Solamente
que, ¿qué citar? Citaré las _Prosas de dos ermitaños_:
En la austera quietud del monte
y en la sombra de un peñascal,
nido de buitres y de cuervos
que el cielo cubren al volar,
razonaban dos ermitaños:
San Serenín y San Gundián.
--San Serenín, padre maestro,
tu grande saber doctoral
que aconseja a papas y a reyes,
¿puede a mi alma aconsejar
y un cirio de cándida cera
encender en su oscuridad?
--San Gundián, padre maestro,
y definidor teologal,
confesor de papas y reyes
en toda la cristiandad,
el cirio que enciende mi mano
ninguna luz darte podrá.
--San Serenín, padre maestro,
mis ojos quieren penetrar
en el abismo de la muerte,
el abismo del bien o el mal,
donde vuelan nuestras ánimas
cuando el cuerpo al polvo se da.
--San Gundián, padre maestro,
¿quien el trigo contó al granar,
y del ave que va volando,
dice en donde se posará,
y de la piedra de la honda
o de la flecha, a dónde van?
--San Serenín, padre maestro,
como los ríos a la mar,
todas las cosas en el mundo
hacen camino a su final,
y el ave y la flecha y la piedra
en ceniza se trocarán.
--San Gundián, padre maestro,
todo el saber en eso da:
cuando es misterio, en el misterio
ha de ser por siempre jamás,
hasta que el cirio de la muerte
nos alumbre en la eternidad.
--San Serenín, padre maestro,
esa luz que no apagarán
todas las borrascas del mundo,
mi aliento quisiera apagar.
¡El dolor de sentir la vida
en otra vida seguirá!
--San Gundián, padre maestro,
mientras seas cuerpo mortal
y al cielo mires, en el día
la luz del sol te cegará,
y en la noche las negras alas
del murciélago Satanás.
Callaron los dos ermitaños
y se pusieron a rezar.
San Serenín, como más viejo
tenía abierto su misal,
y en el misal la calavera
abría su vacío mirar.
En ello no hay el acompañamiento musical de la región, como os he
dicho, pero oid esto, que se llama «El milagro de la mañana»:
Tañía una campana
en el azul cristal
de la santa mañana
oración campesina,
que temblaba en la azul
santidad matutina.
Y en el viejo camino
cantaba un ruiseñor,
y era de luz su trino.
La campana de aldea
le dice con su voz
al pájaro que crea.
La campana aldeana
en la gloria del sol
era el alma cristiana.
Al tocar esparcía
aromas de rosal
de la virgen María.
Esta santa conseja
la recuerda un cantar
en una fabla vieja:
«Campana, campaniña
do Pico Sacro
toca porque floreza
a rosa do milagro.»
Todas las exquisitas suavidades o gestos rítmicos de Valle Inclán
indican en este pequeño libro la existencia de un poeta, que, si lo
quisiese, podría hacer una obra lírica y métrica, como la que va
realizando de modo que no se le puede encontrar igual en Europa,
Meredit, apenas, y en otro rumbo y mundo mental, sin no hacer más que
aumentar la gloria del gran inglés esta opinión.
XII
¡Ah! ¡Si Valle Inclán quisiere hacer un viaje a Buenos Aires!
Posiblemente será antes a Nueva York.
Los diplomáticos poetas.
AMADO NERVO
PRIMER SECRETARIO DE LA LEGACIÓN DE MÉJICO EN MADRID
Cuando acaba de ascender en la carrera, y el gobierno de S. M. C. acaba
de condecorarle, un nuevo libro de poesías viene a demostrar que el
peso del uniforme no impide el vuelo. Indico a Amado Nervo.
Ese hombre dulce, de cabeza cristiana, porta una espada decorativa. En
nada se opone a la normalidad de las cosas que quien ha nacido para
monje concluya sus pacíficos días en el noble y ceremonioso cargo de
introductor de embajadores, y sustituyan a los ágapes conventuales los
áulicos banquetes y al untoso «benedictine» el _toast_ bien recortado.
Aunque Amado Nervo es mejicano, nada en él encontraréis de azteca.
¿Os he dicho ya que se parece a Jesucristo? Mas ahora caigo en la
cuenta de que os estoy hablando del Amado Nervo que yo he conocido hace
algunos años en París, y cuyo busto, plasmado por el escultor Nava,
su compatriota, figuró en uno de los salones. Sí, aquel Nervo tenía
ciertamente una cara israelita y un aire nazareno. El de hoy, mutilado,
pues estirpó su bella barba característica y apartó su amable aire de
ensueño, es el que corresponde a las atenciones del protocolo y al
diario contacto con su jefe, el notario mundano y distinguido señor de
Beistegui, el mismo que regaló, si no me equivoco, al Museo del Louvre,
de París, una famosa colección numismática.
En París pasamos juntos días de ilusión y de alegría, pimentados con
el poco de locura y capricho que los bizarros años y el medio nos
exigían. Allí tuvimos ciertas relaciones extraordinarias, ciertos
amigos fantásticos, entre ellos el pintor Henry de Groux, loco o genio;
pero, desde luego, un tipo desconcertante; el cual nos fué presentado
por otro personaje prodigioso, músico y ocultista, que tenía unas hijas
encantadoras y nos leía unos alucinantes comentarios del Apocalipsis...
Nervo ha hablado en alguno de sus libros, aunque someramente, de esos
días incomprensibles. Nuestro contagio se extendió por el Barrio
latino, adonde fuimos a perturbar la calma de unos cuantos pintores y
escultores, compatriotas de Nervo y pensionados por su gobierno.
¡Oh!, en diez años, ¡cómo ha cambiado el escenario y la corriente de
nuestras vidas!
Yo he admirado en Nervo siempre su amor de belleza, su culto misterioso
de idealidad. El simbolismo influyó mucho en él. Después, libre su
personalidad lírica, fué por todas partes en vuelo y en armonía.
Tras largas complicaciones estéticas, ha llegado a uno de los puntos
más difíciles y más elevados del alpinismo poético, a la planicie de
la sencillez, que se encuentra entre picos muy altos y abismos muy
profundos. Por todo esto, pues, sabéis ya, que Amado Nervo tiene mi
amistad y mi admiración.
Desde _Perlas negras_, desde _Místicas_, obras suyas primigenias,
simpaticé con su suave ideología y con su culta sentimentalidad. Oí
sus misas--misas rezadas--con fraternal devoción. Y al llegar a la
República Argentina tuve el placer de ser el primero en dar a conocer a
mis amigos intelectuales a aquel hermano que hacía cosas muy bellas en
la tierra de Moctezuma.
* * * * *
Desde la publicación de sus primeros libros hasta el que acaba de
aparecer, _En voz baja_, la evolución de Nervo ha sido variada, pero
siguiendo siempre un solo rumbo. Ha sido un admirable sincero y por
eso mismo es un admirable poeta. Luego, tiene una individualidad. Es
de esos poetas privilegiados que ponen algo inconfundible en lo que
producen. Para quien conozca su obra, una poesía de Nervo no necesita
la firma. Además, es un poeta aristocrático, en el sentido original
de la palabra. Su música es _di camera_. Ha cantado casi siempre
«en voz baja». Condición excepcional esta en la sonante España y en
nuestras Américas españolas, donde hay cada Stentor indígena y capa
hombre-orquesta que ensordecen las ágoras. Así, de la risa diríase
que no se oye en la producción de este lírico. A él se le ve sonreir,
y, como de su tiempo, esa sonrisa es triste. Además él nos dirá en un
dístico:
El proverbio latino harta razón tenía:
«Non est magnum ingenium sine melancholia.»
El poeta verdadero vive de su propia meditación y la persecución de lo
absoluto es causa de inenarrables angustias. Hay que hacerse un alma de
notario o de _sportsman_ para librarse de las malas consecuencias que
traen las incursiones y exploraciones dentro del propio espíritu. La
diplomacia también es bastante para el caso.
Nervo, entre sus primeros libros y el que está recién salido de la
imprenta, ha convidado a los amadores de bellas flores artísticas, a
la visión de muy bellos _Jardines_, decorados con los primores de su
fantasía, y en donde cantan pájaros de encanto, exquisitas estrofas.
También ha dado, en prosa, narraciones enigmáticas, entre ciencia y
sueño: y ha demostrado un filosófico humor en páginas sencillas y
excelentes.
Nervo está en una edad que en Francia le colocaría entre los muy
jóvenes academizables; pero que en Italia le condenaría a ser
devorado por los futuristas del poeta Marinetti. Es célibe. Hombre
tranquilidad, de orden, con instintos de coleccionista y ciertos
gustos de abad. Ha sido pronto y justamente ascendido en la carrera que
hoy sigue, probando que, como decía alguien, los poetas, además de los
versos, hacen tan bien, o mejor que los otros hombres, lo que éstos
hacen.
Mas bueno será que os halaguen ya algunos sones del ideal instrumento
que con tanto arte y sutil elegancia toca este músico singular.
_En voz baja_ se compone de cuatro partes: la primera, que da el título
a la colección: _La sombra del ala_, _Un libro amable_ y _Del éxodo y
las flores del camino_. El poeta dedica el volumen a su madre:
Madre: los muertos oyen mejor;
¡sonoridad celeste hay en su caja!
A ti, pues, este libro de intimidad, de amor,
de angustia y de misterio murmurado _en voz baja_.
A una hermana espiritual expresa su deseo de poner en su obra,
el alma triste, arcana,
sutil y misteriosa
que tienen los paisajes.
Hay prosas y versos, diríamos en este caso recordando a Flaubert,
que quisiéramos estrechar contra nuestro corazón. Nervo no es de los
incontenibles; es de los concentradores, de los de calidad. Creo que el
poema de más extensión que ha escrito es _La Hermana Agua_. El resto de
su producción se cristaliza en gemas o se diluye en reducidos elixires.
Aquí ya da una delicada nota de intimidad amorosa a una «cabecita
rubia, nido de amor, rizado y sedeño»; o de otra dirá:
¡Es su faz un trasunto de ideal tan completo!
¡Son sus ojos azules de tan raro fulgor!
Sella todos sus actos un divino secreto...
¡No le habléis de amor!
¡Es tan noble el prestigio de sus manos sutiles!
¡Es tan pálido el rosa de sus labios en flor!
Hay en ella el misterio de los viejos marfiles...
¡No le habléis de amor!
Tiene el vago embeleso de las damas de antaño,
en los lienzos antiguos en que muere el color...
¡No turbéis el silencio de su espíritu huraño!
¡No le habléis de amor!
Sus intimismos no tienen relación con los de otros poetas, como
Rodenbach, por ejemplo. Su _Vieja llave_, hecha de manera tan
moderna--¡y tan antigua!--es de una gracia melancólicamente doméstica y
siendo tan personal, encuentra en el lector un eco de canción conocida
y de algo sentido por uno mismo. Son las reminiscencias de las casas de
los primeros años, saudades de tiempos ya lejanos que con su recuerdo
traen al alma una vaga y sutil ternura. Y es algo criollo, algo
americano y mansamente señorial al mismo tiempo.
Esta llave cincelada
que en un tiempo fué, colgada
(del estrado á la cancela,
de la despensa al granero)
del llavero
de la abuela,
y en continuo repicar
inundaba de rumores
los vetustos corredores;
esta llave cincelada,
si no cierra ni abre nada,
¿para qué la he de guardar?
Ya no existe el gran ropero,
la gran arca se vendió;
sola en un baúl de cuero,
desprendida del llavero
esta llave se quedó.
Herrumbrosa, orinecida,
como el metal de mi vida,
como el hierro de mi fe,
como mi querer de acero,
esta llave sin llavero
¡nada es ya de lo que fué!
Me parece un amuleto
sin virtud y sin respeto;
nada abre, no resuena...
¡Me parece un alma en pena!
Pobre llave sin fortuna
... y sin dientes, como una
vieja boca, si en mi hogar
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada,
¿para qué te he de guardar?
Sin embargo, tú sabías
de las glorias de otros días:
del mantón de seda fina
que nos trajo de la China
la gallarda, la ligera
española nao fiera.
Tú sabías de tibores
donde pájaros y flores
confundían sus colores;
tú de lacas, de marfiles
y de perfumes sutiles
de otros tiempos, tu cautela
conservaba la canela,
el cacao, la vainilla,
la suave mantequilla,
los grandes quesos frescales
y la miel de los panales,
tentación del paladar;
mas si hoy, abandonada,
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada,
¿para que te he de guardar?
Tu torcida arquitectura
es la misma del portal
de mi antigua casa oscura
(¡que en un día de premura
fué preciso vender mal!)
Es la misma de la ufana
y luminosa ventana
donde Ines mi prima y yo
nos dijimos tantas cosas,
en las tardes misteriosas
del buen tiempo que pasó.
Me recuerdas mi morada,
me retratas mi solar,
mas si hoy, abandonada,
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada,
¿para qué te he de guardar?
Esto es delicioso, sencillo y fino. No puede haber expresión más
transparente y simple. De más decir que al autor de tales versos se le
señala y clasifica entre los llamados modernistas.
En _Hojeando estampas viejas_ el lírico tiene la imprecisa sensación de
una vida anterior, heroica y amorosa. En _Ruego_ pide a un _âme soeur_,
como dicen los franceses, piedad y suavidad: en _Til qu'en songe_
becqueriza a su modo.
Expresa extraños sentires que le hacen dudar de si aun existe en este
mundo. O recuerdos indefinidos:
Es un vago recuerdo que me entristece
y que luego en la noche desaparece;
y que surge de un ignoto pasado,
que viene de muy lejos y como muy cansado;
que llega de las sombras de indefinido;
un recuerdo de algo muy bello que se ha ido
hace ya muchos siglos, ¡hace... como mil años!
¡Y tantas desesperanzas!
Los alegres compadres protestan y se escandalizan. Es demasiada
tristeza... ¿Qué les pasa a los poetas jóvenes de hoy, a los de la
pasada y de la actual generación? ¿No hay cosas risueñas que contar?
Y los inenarrables de siempre.--¡Cómo! ¡Un poeta americano que sigue
las huellas de tales o cuales desconsolados europeos! ¿Y vuestros ríos
que parecen mares? ¿Y vuestros bosques, y vuestros lagos, y la fecunda
zona que el sol enamorado circunscribe? ¿Y los libertadores? ¿Y el
oprobioso yugo y el león de España? ¿Y la virtud de vuestras matronas?
¿Y la Patria, por fin? ¿Y la Patria?
Muchas más interrogaciones hay que dejan estupefactos a los cisnes,
bajo la sombra, no siquiera de Bonhomet, sino del convencido e inmortal
farmacéutico. No, dicen los buenos gustadores, no hagamos caso de esas
preguntas. En este bello breviario, una desolada y encanecida Bella
del bosque durmiente, dice lo irreparable. Hay «languideza» en versos
fatigados. ¿Quién dirá que no es hermosamente valiente y castizo ese
romance que empieza:
Clavó su castillo el conde
en la roca más hostil
del monte...;
¿Y que no hay remembranzas de la pasada pasión, y cosas que habrían
complacido a René y a Olimpio? ¡Un romántico! Sí. Nervo es un
romántico. Un romántico del siglo XX. Esto no sienta mal, porque ya
sabéis la opinión de Stendhal sobre el particular. Él se declaró
romántico. Y, además, era cónsul.
Saludemos, pues, a la señorita a quien en ese libro se le expresa:
Angélica y Oriana;
Melisandra y Cordelia,
Margarita y Ofelia
te llamarán hermana.
A lo cual agrega el poeta fatal haciéndose el viejo:--¡No tanto, amigo
mío, no tanto!
¡Oh! ¡que no pueda yo, señora mía,
aguardar que el botón se vuelva rosa,
embotando del tiempo que me acosa
la tiranía!
Toda esa _nonchalance_ impera en la primera parte del volumen. Cánticos
discretos, breves en su mayor parte, a la sordina, «en voz baja».
«La sombra del ala» debía estar bajo la invocación de Montaigne. Es un
conjunto de variaciones sobre el «Que-sais-je?» eterno.
... Pero dí, ¿qué esfuerzo cabe
en un alma sin bandera,
que lleva por donde quiera
su torturador? ¡quién sabe!
* * *
¡Oh padre de los vivos! ¿a dónde van los muertos,
a dónde van los muertos, Señor, a dónde van?
* * *
¡Oh, buena hada! ¿tendrá Dios
piedad de nosotros?
* * *
Mas, ya todos sabemos que el poeta puede cambiar con el instante,
siendo su sucesión de impresiones y sensaciones a veces tan variadas
como la naturaleza misma. De este modo, no causa extrañeza el paso de
algunas horas sonrientes y de algunos momentos optimistas. Aprobad,
pues, que por éstas, por aquellas razones diga el cantor en veces ¡está
bien! Y pues llega «papá Enero», estos versos:
Papá Enero, que tienes tratos
con los hielos y con las nieves
(y que sin embargo remueves
el celo ardiente de los gatos),
Guarda en tu frío protector
el cuerpo y el ánima en flor
de mi niña de ojos azules
(en cuyas ropas y baúles
hay castidades de alcanfor).
Mantén sus ímpetus, esclavos,
mantén heladas sus entrañas,
(como los _fjords_ escandinavos
en su anfiteatro de montañas).
¡Pon en su frente de azahares
y en su mirar hondo y divino,
remotos brillos estelares,
quietud augusta de glaciares
y claridad de lago alpino!
Él vive la vida europea. Mas de pronto le asaltan los recuerdos de su
tierra. Madrigaliza a una niña de dieciséis años. A su amigo el ex
embajador Casasús, noble poeta, escríbele clásicamente: