«Cuando París supo por las gacetas que el jefe de la escuela

Excesivista pacía hierba sobre la _butte_ Montmartre, las muchedumbres

subieron en filas apretadas. Las gentes venían por centenares a

admirarme. Los unos acariciaban mi flaco espinazo, los otros me

ofrecían golosinas, muchos, en fin, discutían sobre pintura por la

primera vez, no habiéndose ocupado nunca de pintura, almas simples,

hasta que un pollino se puso a pintar con la cola. Desde luego, gracias

a mi cuadro, el Salón de los Independientes, triste amontonamiento,

ha conocido este año la boga y ganado admirables entradas, que no me

agradece. Lo que me ha complacido sobre todo es que se han escrito

al respecto cosas muy divertidas. No hay una sola gaceta, desde _Le

Figaro_ hasta _L´Avenir du Sénégal_ y _Le Moniteur des Îles Fidji_, que

no hayan filosofado sobre mi caso. Todo el mundo ha reído, me dicen,

menos cierto periodista de un diario, quien, no habiendo comprendido,

expresó palabras severas. Esto no me disgustó, pues es bueno en una

fiesta contar con un hombre furioso, pues su cólera intempestiva

aumenta la hilaridad de los otros. Cierto crítico ha querido compararse

con Homero, cosa que me ha complacido. Otro crítico ha escrito que

prefiere mi pintura a la de Turnes, cosa que me ha sorprendido. Ya

sé ahora en qué consiste la pintura para muchas gentes: consiste

en colocar en un cuadro, de preferencia dorado, una tela untada de

colores variados. Siempre se encuentra un público que admire. Los

embadurnadores que llenan el Salón des Indépendants y ahogan con sus

producciones, que se podrían atribuir a geómetras dementes, las obras

notables con que justamente se enorgullece esta exposición, han hecho

mal en enojarse. No había entre ellos sino un asno más». Y agrega el

humorista, que habiendo empezado a andar el jumento, le preguntó:

--¿A dónde vas, Boronali?

--«Voy a juntarme en la historia gloriosa de los hombres, con el

caballo negro de Boulanger».

Hubiera podido agregar que con la burra de Balaam, con su colega de

Turmeda, con el asno de Kant, con el de Víctor Hugo. Y, para no ir tan

lejos, a la Porte-Saint-Martin, a hacer figura entre los animales de

_Chantecler_.

A propósito de Mme. de Segur.

Acompaño al caballero que lleva a respirar el aire sano de mi

predilecto jardín del Luxemburgo, a sus dos hijos, lindos como flores,

un niño y una niña, ambos de cabellos castaños y oscuros, y ojos tan

grandes, dulces y brillantes, que agregan alegría al día.

Pasamos cerca del monumento hace poco inaugurado, en memoria y honor

de la señora de Segur, _nacida Rostopchine_, a la que tanto debe la

imaginación y la complacencia de varias generaciones de niños.

--Ya no se leen esos cuentos, casi--dijo mi amigo.

Le contesté que si no leen tanto como antaño, la culpa es de los

padres, que han sustituído a los amables personajes de los cuentos

viejos con los héroes de aventuras policiales de Conan Doyle y otros

Lupines de París. Los niños saben ahora de cotillones, de partidas de

_bridge_, de aeroplanos, y se interesan en los puñetazos yanquis del

negro Johnson y del blanco Jeffries.

--No los míos--me contestó mi amigo--. Sin que yo les deje de dar una

instrucción que les mantenga al tanto de los adelantos de su tiempo,

ellos conocen bien su Perrault, sus Mil y una noches, su madame

Leprince de Beaumont. Y las historias tan sabrosas y honestas de esta

señora, cuyo busto acabamos de ver en ese rincón apacible rodeado de

verdores. Ahora que estudian inglés, quisiera yo encontrar un libro de

cuentos como aquéllos.

--Los hay--le dije--y preciosos y sabrosos. Cómpreles usted esos

admirables álbumes que ilustraron artistas ingeniosos y aun geniales,

que pusieron sus almas en contacto con las almas infantiles y supieron

interpretar gráficamente las creaciones de los soñadores. Los ingleses

han ofrecido a sus niños las prosas y los versos sencillos y graciosos,

con las imágenes que son el encanto de los ojos. Cómpreles usted _The

Three Jovial Huntsmen_, con las figuras ligeras y humorísticas de

Caldecott y verá cómo se perfeccionan en su inglés sonriendo. Cómpreles

_The baby's opera_ o _The baby's own Aesop_, en los que Wálter Crane ha

fabulizado con el lápiz. Verán las cosas de Esopo armoniosas y claras.

Así, como cuando las ranas piden rey:

The frogs prayed to Jove for a king,

Not a log, but a livelier thing.

Jove sent them a Stork

Who did royal work

For he gobbled them up did their king.

Y allí está la cigüeña coronada tragando ranitas, a orillas del charco.

Pero, si quieren ver a las ranitas alegres y danzantes, entonces,

«O! there is sweet music on yonder green hill, O!

And you shall be a dancer, a dancer in yellow,

All in yellow, all in yellow!»

Said the crow to the frog, and then, O!

«All in yellow, all in yellow,»

Said the frog to the crow again, O!

Y Wálter Crane hace bailar a una ranita, y otra ranita toca la bandola

y otra la pandereta. Y en otro cuaderno, el mismo artista les hará ver

«cuando estos chanchitos van al mercado», y cuando «este chanchito

grita: _wee! wee!_» Y otros cuantos cuadernos más en que hay cosas de

bella caballería y cuentos de abuelas. Y si se trata de las donosuras

que pintara el inolvidable Kate Greenaway, allí está la Guirnalda para

el jubileo de la reina Victoria, o _Mother Goose_ o _A day in a child's

life_ donde hay versos de cantar con música de Foster:

March, march away!

March, march away!

To the play-ground lead the way!...

Pues ¿y _Sing a Song for six pence_, con los niños y pájaros dibujados

por Caldecott? ¿Y las cosas de hadas de Anuing Bell?

Y luego le digo a mi amigo que busque para sus niños un librito, que

escribiera en excelente inglés una pluma hispanoamericana _Tales to

Sonny_, por Santiago Pérez Triana. He allí un joyel pueril, unas

cuantas páginas que un escritor de diplomacias y asuntos de estado, que

es también un poeta y un culto espíritu, escribiera en idioma de papá,

dedicadas a un su Santiaguito bautizado Sonny en el hogar, según tengo

entendido, por su madre norteamericana.

Era en tiempo en que se arrancaban la vida rusos y japoneses allá por

la Manchuria, y en el apacible Retiro madrileño, el padre y el niño

hermoso de largos cabellos, conversaban. El padre le hacía cuentos tal

el dios Hugo a sus nietos.

Y el niño los oía en el inglés maternal, que su padre conoce y

habla como su propia lengua. Esos cuentos fueron después escritos y

publicados en Londres por Anthony Treberne Co. Ltd., ilustrados con

gracia por Dorothy Furniss, y con cuatro palabras de prefacio del autor.

Son seis la narraciones: _The little stream of water_ habría hecho

sonreir de complacencia a San Francisco de Asís, puesto que en él

dialogan un niño y la hermana agua en su forma de arroyuelo. Y la

palabra del arroyuelo enseña a Sonny algo de la filosofía del mundo y

mucho de la grandeza de Dios sencillamente. _Minnie and Billie_ trata

de dos niños-pájaros que vuelan y hablan. Billie es el pajarito y

Minnie la pajarita.

Hablan como saltando de rama en rama.

«What is your name?»

«My name is Minnie.»

«Oh! what a pretty name!»

«Do you think so?»

«Indeed I do.»

Así hablan. Y luego, con la inocencia natural, tratan de fabricar un

nido. Y el nido se hace, no en la casa de la escuela, no en la torre

de la iglesia, sino en un árbol, junto a otros árboles que tienen

otros pájaros. Y luego se sabe que de los huevos salen los pajaritos.

Así, cuando una tarde vuelve Billie a su nido, encuentra, de cuatro

huevos, cuatro pajaritos _that just could call him papa_. Y tuvo mucho

contento en su corazón.

En _Mrs. Lyon's party_ animales diversos parlan como en las antiguas

fábulas. Tal se expresan las ocurrencias de Mr. Fox, de Mr. y Mrs.

Bull, de Mr. Ox, de Mr. Rhinoceros, de Mr. Tiger, del siempre ilustre

Mr. Ass. Es una variante ingeniosa del famoso cuento de los Músicos de

Bremen.

El narrador pone también su lección histórica en la amenidad del

divertimiento. De este modo en _The galleon_ trata de la antigua

ciudad de Cartagena de Indias, grata al poeta Heredia. Y cuenta de sus

cuarenta y ocho fortalezas, llenas de cañones y de su hermosa bahía. Y

dice de los buenos españoles del descubrimiento y de los rapaces que

les robaban a los indios sus oros y sus piedras ricas. «Those Indians

had a great deal of gold in different shapes, bracelets, breast-plates

and queer looking little dolls. The Spaniards robbed the Indians of

all their gold. The Indians also had a good deal of silver and quite

a number of emeralds all of which were taken away from them by the

Spaniards». Y así fueron las cosas, como lo sabe muy bien Sonny. Y se

cuenta de los galeones que iban cargados con grandes riquezas que los

gobernadores españoles enviaban para los reyes de España. Y de cuando

en cuando aparecían en el mar unas tropas de piratas, de aquellos

bravos piratas cuya historia ha contado Oexmelin en su rara historia de

la piratería. Y de los combates de las gentes del rey con los piratas.

Y de un gran galeón de tres palos que iba a traer a los monarcas

de Madrid el oro, la plata, las esmeraldas y las perlas que estaban

en Cartagena de Indias. Y cómo ese barco regio debía también cargar

muchos productos de la tierra ardiente, plátanos o bananas, cocos,

ñames, mandioca, piñas, pájaros parlantes y otras cosas más que eran

de maravillar a los hombres europeos. Y cómo el mar se alborotó y hubo

naufragio. Y el mar se tragó el tesoro, que han querido después buscar

los buscadores de tesoros. Y el tesoro está en el mar Caribe, entre

Cartagena de Indias y la isla Trinidad.

Y la otra narración refiere _How the chimp family went to town_. Y

son sucedidos muy graciosos, pues se trata de una familia de monos

o niños. Y hay que ver a los monitos cómo los pinta la ilustradora

Dorothy Furniss, que tiene de los intencionados animalistas ingleses y

que agradaría a Benjamín Rabier. Y para concluir está una historia como

para escrita en versos; porque tiene tanto de poesía que hasta en el

comienzo de esta narración, que está hecha para un niño, parece dicha

en un inglés de verso: «This is the story of the Prince who covered his

body with golden dust--in a far off land, in a far off day--whom the

Spaniards called «El Dorado».

«And this is the story of the Great Cataract that even to-day, in

that distant land, rushes and thunders, in memory of what took place

long, long ago». Y es la historia de «El Dorado» con toda su primitiva

belleza. La historia del pueblo Chibcha, de ese pueblo tan fabuloso

como el de los antiguos troyanos, y tan real como ellos, pues en el

Museo de Madrid se pueden admirar sus mitras de oro, sus máscaras de

oro, sus mil cosas de oro, pues «El Dorado», que cubría su cuerpo

desnudo con polvo de oro, era como el dios viviente del oro. Y

parece Bochica, el gran dios de los indios chibchas, que tiene cetro

jupiterino y a quien sus adoradores, si hubiesen sabido latín, hubieran

aplicado el horaciano:

_Cuelo tonantum credidimus jovem Regnare..._

Y es admirable la tradición del Cacique Áureo, del dios primitivo y del

Lago Místico. Sonny debió de quedar encantado. Y con él todos los niños

que sepan inglés y lean el librito _Tales to Sonny_, de Santiago Pérez

Triana.

Blanco y negro.

París--¿quién lo hubiera antaño creído?--ha pasado algunos días

preocupado con el famoso _match_ del blanco y el negro. Por lo menos,

el París novelero y _sportivo_. Aunque es verdad que esa pasajera

ultramericanización no indica una transformación del carácter nacional,

es un hecho que la Prensa se ocupó largamente en el asunto y los

retratos y biografías de los dos fuertes animales norteamericanos se

publicaron en todas las hojas. Jeffries y Johnson lograron popularidad

parisiense. Aquí tiene el box sus aficionados y partidarios, entre

algunos _sportsmen_ y _snobs_. Se han visto y se ven pugilatos

públicos a que ha concurrido un público de clases diferentes. Pero

la cosa no ha pasado a más. La repercusión que tuvo la _performance_

norteamericana ha sido seguramente causada por lo elevado de las

apuestas, por los _cachets_ que han cobrado los rivales, y por ser un

negro y un blanco, como en las damas, los elementos del juego. Y hubo

quiénes apostaran al blanco y quiénes al negro. La victoria de éste fué

alegremente comentada, y las atrocidades que en Norte América siguieron

a ella lo fueron también.

--¡Que se venga a París el negro!--decían algunos.

Y con razón. En París los negros o mulatos con dinero no tienen por qué

quejarse. Hay muchos de ellos que, en los Estados Unidos o en ciertos

círculos de las aristocracias hispanoamericanas serían rechazados, y

que aquí viven tan lindamente, dándose gusto y hasta viendo su nombre

en los periódicos. No hace mucho que se habló de un banquete a dos

poetas negros, creo que haitianos. Y en honor de ellos hablaron dos

poetas blancos, aunque de segundo orden. Monsieur Gregh y Dorchain... Y

los negros _continúan_ y hacen bien.

De Val.

¿Y el Congreso universal de la Poesía? Ya hablaremos luego. Ahora os

hablaré de su organizador, del que ha sido su alma y que tiene en él

muchas nobles ilusiones y muchas grandes esperanzas. De Val es un

hombre admirable. ¡Admirable! El poeta Amado Nervo le dice: «¡Tú, que

todo lo puedes!» En verdad, Mariano Miguel de Val, que también es

poeta, y que quiere el bien de los poetas, está en todo, es múltiple,

es complejo, es universal, y si no fuese que en él prevalece sobre

todo algo del caballeresco ensueño tradicional hispano, merecería ser

yanqui... En las proporciones de esta villa del oso y del madroño,

tiene este varón, de cuerpo fino y faz de hidalgo antiguo, una variedad

de actividades rooseveltianas que desconcierta en la gran urbe de

la famosa Puerta del Sol. Mariano Miguel de Val es terrateniente,

mundano, abogado, ex secretario del Ateneo; de la familia de Castelar,

ex secretario de Moret; amigo del rey, de los infantes; redactor en

varios periódicos, director de un diario de provincia, director de la

respetable revista _Ateneo_, director y editor de la biblioteca Ateneo;

pertenece a la Legación de Nicaragua; fué iniciador del _Romancero de

los sitios_; colabora en _Caras y Caretas_, de Buenos Aires; en _El

Fígaro_, de la Habana; ¡inicia, realiza y colabora en cien cosas más!

No tiene aún automóvil; va a comprar uno pronto; pero no hay que temer,

este poeta no es futurista. Tiene un santo en su familia ancestral.

Tiene un castillo en Zaragoza. Es lírico de paz y de hogar. Tiene una

bella esposa y unos lindos niños. Su padre era republicano. En su casa

se conspiraba. Llegaba allí el tío Emilio y hacía discursos de música.

El niño Mariano oía todo eso, observaba, tras los cortinajes. El niño

creció, y el hombre es hoy monárquico, católico; y, cuando se va a

veranear, para que diga la misa en la capilla de su castillo, tiene un

capellán. De Val es cuerdo.

Su gabinete de trabajo está adornado de libros, retratos, autógrafos,

medallas. Sus íntimos son sabios catedráticos, políticos, periodistas

y uno que otro autor de los llamados modernistas. No se le creía un

combativo. Sin embargo, un día se halló en pleno ardor polémico. El

enemigo era temible: la condesa de Pardo-Bazán. La polémica fué sobre

los novelistas en el teatro, y el joven _aeda_ se batió ardorosamente

con Pentesilea. Una vez vistos los argumentos de uno y otro, confieso

que me coloqué al lado de doña Emilia. Muchos novelistas ha habido

y hay que son excelentes autores dramáticos, y una facultad no es

privativa de la otra.

De Val, que parece tan grave, tan serio, y que lo es, ¡indudablemente!

ha pagado el matritense tributo a la literatura jovial, y, aunque

sin su nombre, ha hecho imprimir cierto pecador volumen de castizos

chistes, que habían regocijado a aquellos honestos y nada complicados

rimadores que se llamaban Teodoro Guerrero, Ricardo Sepúlveda y demás

compañeros del tiempo del _Pleito del matrimonio_. Después llevó la

risa a las tablas, escribió para el teatro cosas jocosas. Mas en donde

quiso poner la flor armoniosa de su juventud fué en su volumen _Edad

dorada_. Son cosas de galantería y elegancia, madrigales apasionados,

idealismo y carne, inspiraciones momentáneas y filosóficas amatorias;

versos del alma y versos de salón; declaraciones y baladas. Gentiles

maneras y decires que complacían a las damas antes de la introducción

del _bridge_, del _pastime-puzle_ y del _popintaw_.

De Val adula rítmicamente a la mujer, y señala sus varios encantos y

modos de hechizar. Celebra la juventud, optimista y amigo del placer y

de la gloria. Celebra la fe, el entusiasmo, el amor, la mujer siempre,

¡y hace bien! Y dice al final de su canto:

Dejad, pues, que la planta favorecida

de su corto reinado goce abstraída,

y aliente los afanes de su amorío

y realice sus sueños en el estío,

no le habléis del otoño que le intimida,

no le habléis del invierno de nieve y frío,

dejadla que lo olvide, si es que lo olvida,

y cuando en sus entrañas se sienta herida,

cuando la hora le llegue de cruel hastío

y la veáis rendirse desfallecida,

decidle, porque aplaque su desvarío,

que todo invierno es víspera de nueva vida.

Canta el amor, canta las flores con modos y conceptos ortodoxos:

Flores, hermosas flores,

que sois nido de amores

y de los verdes prados alegría,

desplegad vuestros mantos de colores

que ya amanece luminoso el día.

Dedica dos poemas a dos marquesas guapísimas. Zorrilliza en una

«sinfonía». Y refiriéndose a quien sabe qué gallarda y voluptuosa

señora, asonanta unas insinuaciones donjuanescas o fáunicas, de todos

modos no por lo emprendedor menos romántico:

...Auras de rosa

forma tu aliento,

que toman brío

sobre las ondas de tu cabello.

Hacia mí vienen

y tú sonríes,

cada vez que oyes

los besos míos que las reciben.

Redondos, frescos,

tendidos, blancos,

sobre las sábanas

descansan, duermen, quietos, tus brazos.

¿Por qué no se abren

para hacer presa

en otros brazos

que ser tu cárcel también desean?

Anciano el dueño

de tus caricias,

gozar no puede

de tu hermosura la gallardía;

la gentileza

de tus contornos,

rica y sabrosa,

miel de panales de abejas de oro.

Natural es que el romántico que hay en él, admire a Byron y le salude

en un sonante soneto. Y lo que lleva de su raza en la sangre lo hemos

de ver en tal ímpetu místico, con su reminiscencia de Don Gaspar:

...En tanto que en la tierra se despierta

el bronce herido a la oración llamando;

en tal evocación del poderío morisco para, a propósito de una atalaya,

loar la espiritualidad cristiana; en ternuras familiares y religiosas;

en discretas quejas melancólicas que son como ecos de amoríos

pretéritos, en la obsesión de la cruz; en efusiones cordiales que no

por ser dichas en un metro poeano que han difundido los modernos,

parecen menos venir de tiradas calderonianas y de fogosas arias de los

corifeos del romanticismo. En De Val está el trovador. No han llegado

a él ni el uso ni el abuso, hoy tan comunes, de ciertos procedimientos

de la nueva poesía castellana. Lo que ha escrito está conforme con

el espíritu y los preceptos del glorioso parnaso nacional. Ello es

cuestión de temperamento y de maneras personales de exteriorizar sus

ideas estéticas. Yo ni le censuro ni le alabo. En todo caso, más bien

le alabaría por haberse dado tal como es él.

Lo bueno es que se conserva siempre joven y lleno de actividad y

entusiasmo para toda empresa generosa y en la cual se haya de rendir

homenaje a Nuestra Señora la Belleza. Ese congreso universal de la

poesía, hoy postergado para que se lleve a cabo bajo mejor plan, y

que se verificará en la próxima primavera, cuando esté Valencia más

rica de flores y de celestes luces, ese congreso ha sido idea de él,

para honrar a la Poesía, y para hacer bien a los portaliras. La suya

la tiene excelentemente cuidada, y ha de dar en tal concurso apolíneo

nuevos y plausibles sones.

Rueda a América.

Salvador Rueda me dice en una carta... «te mando en estas palabras mi

adiós, que quisiera dártelo con los brazos. A Canarias, y después a

Cuba: un viaje íntimo, pacífico, delectación espiritual purísima».

Salvador Rueda, ya lo sabéis, es un gran poeta. ¡Es el último poeta

lírico, sacerdotal y natural que hoy existe en todo el mundo! Es decir,

el que siente que él es Eso, y que eso es su sagrada misión sobre la

faz de la tierra. Él ha dicho muy líricamente y muy exaltadamente lo

que piensa de su destino órfico, en la revista _Poesía_, que publica

en Milán el fundador del Futurismo, señor Marinetti. Salvador Rueda

deseaba desde hace tiempo ir a América. Ir sencillamente, simplemente,

como poeta lírico. Aun me invitó para que hiciésemos juntos ese viaje

fabuloso. Yo me atreví a decirle que no fuera a Buenos Aires. Le

indiqué, por su bien, que de hacer el viaje se apresurase a hacerlo a

algunas de nuestras repúblicas tropicales, porque, aun por allá mismo

Nous n'irons plus au bois,

les lauriers sont coupés!

Ahora Salvador, homérida, pindárida, va en viaje «íntimo, pacífico, de

delectación espiritual purísima», a Canarias y a Cuba. Ambas son islas

de armonía y recibirán como se merece al fecundo poeta español. Las

colonias, además son muy gentiles. Rueda realiza el milagro de querer

ser y ser, en nuestro tiempo, poeta, nada más que poeta, y cuenta para

afirmar su volición con todo lo que le dió, como él dice, la Gran

Madre, la Naturaleza, y con el sol de su Andalucía que lleva adentro.

Ahora viaja también por la América tropical otro poeta, también

andaluz, el señor Cavestany. El señor Cavestany ha recitado sus poesías

en Méjico y en la Habana y se le ha festejado brillantemente. Tiene

sobre Rueda la ventaja de ser rico y de ser académico. Pero en Rueda

hay mayor cantidad de poesía, y vaya lo uno por lo otro. Rueda es el

consagrado de la Lira, el hombre que tiene confianza en el alma de las

cosas; que es una voz, un órgano de la Naturaleza. Yo no le encuentro

en la Península parangón sino en Zorrilla. Vive en su nube de oro

sonoro--de oro irreal. No es, pues, actual, ni adaptado.

Homero y Píndaro es posible que anden hoy por el mundo. Sólo que,

por obra del tiempo mismo, cambian en sus manifestaciones y obran

conforme con las exigencias de la época. Sus expresiones e himnos

son adecuados al instante, y se sienten influídos por el deseo o por

los efluvios que brotan del alma de las muchedumbres. A veces pasan,

aislados, otras se mezclan a las agitaciones urbanas. El don de armonía

les hace transfigurarse, y una simple frase de común prosa les brota

vestida de estrellas o de chispas sulfurosas. Homero y Píndaro tienen

muchos nombres, tienen ojos negros o azules, emergen entre una tribu

de judíos, en la estepa o en la pampa, o andan elegantemente por los

bulevares parisienses, por los clubs de Londres o en las calles de

Buenos Aires o de Nueva York o por las tierras de la magnífica Italia.

Píndaro y Homero, que tuvieron en lo antiguo en sus manos la trompa

o la lira sagradas, guardan hoy a veces silencio. Y en los bolsillos

de sus diferentes disfraces suele encontrarse, con o sin el poema, un

libro de cheques--o una bomba. Es preferible, en todo caso, el libro de

cheques--y tu gran corazón, querido Salvador Rueda.

[Ilustración]

ALGUNOS JUICIOS

ALGUNOS JUICIOS

[Ilustración]

Algunas notas sobre Valle Inclán.

I

Recuerdo la primera impresión. Este es uno de los que quieren _épater_

al burgués, me dije. Sombrerón de anchas alas, barbas monjiles, gesto

militar, palabras estupefacientes, maneras de aristo. El cuerpo delgado

bajo un _macferland_ cuya esclavina se convertía por instantes en dos

alas de murciélago satánico; los ojos dulces o relampagueantes, y la

sonrisa entre la cual se escapaban frases a cortos golpes paradójicos,

o buenas, o espantosas. Sobre todo espantosas, _épatantes_.

Él me pudo decir entonces: Hombre de América que vienes aquí para ver

España: mira en mí algo de lo que queda de lo más nacional, típico y

poético. Yo soy un Conquistador, y además, otras cosas. Mi sombrerón

de anchas alas te dice de mis cariños y andares en las tierras de

Méjico que tanto recorriera aquel mi muy admirado varón de gesta que

tenía por nombre Hernán Cortés. Mis barbas monjiles te manifiestan

la tradicional religión del monje que he sido; mi gesto militar

explica que he llevado uniforme en luchas civiles, en la misma tierra

en que manda el legendario y justamente alabado por Tolstoi, general

don Porfirio Díaz. En cuanto mis palabras que dejan a las gentes

estupefactas o espantadas, son las de aquel que sabe que hay en la

tierra y en el cielo cosas que no comprende nuestra filosofía...

II

Desde entonces Valle Inclán ha crecido como un bello león. Perdió su

brazo, pero parece que por allí le hubiese brotado una nueva garra

invisible.

Cuando Octave Mirbeau descubrió en el _Fígaro_ parisiense a

Maeterlinck, nombró a Shakespeare. Hugo, si no me engaño, en una breve

frase, rememoró al omnividente Will, a propósito de las extraordinarias

niñerías de Rimbaud.

Yo no he encontrado la sensación shakespereana más que en algunas cosas

de Lugones--en quien encuentro todo--y en los últimos libros de Valle

Inclán. Poe queda aparte como Jules Laforgue.

III

El éxito internacional--y lo digo con motivo de que en Francia han

comenzado a traducir las obras de Valle Inclán--no tiene nada que

ver con el mérito artístico, con los valores ideales. D'Annunzio, a

pesar de su _réclame_, no se puede regodear de una _Quo vadis?_, y

Sienkiewicz nada vale al lado del Coloso: ¡George Ohnet!

Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII · 第 2 / 14 段