Notas del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Los errores obvios de puntuación y de imprenta se han corregido.
Las páginas en blanco presentes en la versión original en papel se
han eliminado en la versión electrónica.
El texto en cursiva se indica entre _guiones bajos_.
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TODO AL VUELO
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RUBÉN DARÍO
TODO AL VUELO
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VOLUMEN XVIII
DE LAS OBRAS COMPLETAS
ADMINISTRACIÓN
EDITORIAL «MUNDO LATINO»
MADRID
ES PROPIEDAD
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TODO AL VUELO
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FILMS DE PARÍS
FILMS DE PARÍS
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Los exóticos del «Quartier».
En la terraza del Valchette, o desde algún banco del Luxemburgo, me
fijo singularmente en los exóticos que desfilan. Y me llama sobre
todo la atención el negrito del panamá, un negrito negro, negro, con
un panamá blanco, blanco. Es un negrito delgado, ágil, simiesco,
orgulloso, pretencioso, pintiparado, petimetre, suficiente, contento y
como danzante. París contiene varias clases de hijos de Cham, pero este
negrito a ninguna de ellas pertenece. No es, seguramente, el célebre
payaso Chocolat, que ha recibido recientemente una medalla por haber
ido muchos años a divertir con saltos y muecas a los niños pobres
de los hospitales y asilos; no será, por cierto, Koulery Ouníbalo,
príncipe Gleglé, hijo del rey Behanzin Cortacabezas, que puede verse
reproducido en cera en el Museo Grevin, y del cual príncipe, que
ha servido como buen soldado a Francia, no ha vuelto a acordarse
el Estado que depusiera a su padre; no será, de ninguna manera, el
diputado por la Guadalupe, Legitimus, que ha pasado ya los años de
la alegre juventud; no será, sobre todo, el estupendo Johnson, que
desquijarró a Jeffries en Yanquilandia y cuyo retrato y «sonrisa de
oro» han popularizado las gacetas. ¿Quién será, entonces, este negrito
pintiparado que camina _en se dandinant_; y _dodelinant de la tête_?
A veces va solo; a veces con otros compañeros de color, pero que no
tienen sus manifestaciones de holgura ni su cándido jipijapa; a veces,
en compañía de una moza pizpireta del _quartier_, una de esas trabadas
calipigias que andan hoy por la moda en perpetua gymkana.
Como no estamos en los Estados Unidos, la muchacha jovial que ama
los oros no gradúa ni los relentes ni los inconvenientes de la mayor
o menor cantidad de betún de su acompañante. Hay un hecho innegable
por su apariencia: ese negrito es rico. Debe quizá poseer cañaverales
en alguna Antilla; o bien su bien provista cantina en tal ciudad
del Congo; o bien sencillamente será algún banquero, esto es, un
negro tratante en blancas para Colón, para Jamaica o para Trinidad.
¡Vaya usted a saber! Mas lo que llama la atención es su suficiencia,
su aplomo y un mirar y un sonreir donjuanescos... _Niger sum sed
formosus_... Pasan los amarillos, casi siempre de dos en dos o de
tres en tres, con o sin sus amiguitas respectivas. Un buen conocedor
podría distinguir a los chinos de los japoneses. Parecidas son sus
caras pálidas, sus ojos más o menos circunflejos, saltones o perdidos
en una adiposidad o como insuflamiento de fluxión, serios o risueños,
con rasgos huyentes o definidos como los de las máscaras de su
tierra. Les hace falta el kimono, o la blusa extremoriental, pues
los jaquetes o las americanas les quedan siempre arrugados y flojos,
gritando su origen de la Belle Jardinière o de la Samaritaine. Y en el
coro de las peripatéticas del Barrio se ve que no echan de menos ni
sus chinitas, sus congais o sus musmés y geishas. Pasan los turcos,
griegos, levantinos, con aspectos sudamericanos, y van a comer su
pilaf, su kiebab, su baklava y su leche cuajada a los comedores de un
franco veinticinco que hay en la rue des Écoles. Y las parisienses
estudiantófilas van con todos contentas, a cambiar su fácil amorío por
esos amoríos de distintos colores, olores y sabores, pues el yen y la
dracma se funden en el áureo luis de Francia.
Pero entre todos los exóticos que pasan, el negrito del panamá se lleva
la palma.
Jean Orth.
Eugenio Garzón, el platense de _Le Fígaro_, debe estar contento, pues
le han vuelto a poner de actualidad a su famoso archiduque. Como
se ha solicitado en la corte austriaca que se declare oficialmente
el fallecimiento del misterioso y romántico desaparecido, tornan a
referirse las viejas historias y leyendas. ¿Se hundió en el mar en la
Sainte Marguerite el príncipe aventurero? ¿Vive aún en alguna parte
de América o del Asia, como se sospecha? Es el caso que muchos no
creen en su muerte, que hay quienes le han visto y hablado con él,
gentes que viven en Francia, en Bélgica y en el Río de la Plata. La
última carta que se recibiera de Jean Orth, o sea del archiduque Juan
Nepomuceno Salvador, fué escrita en la Ensenada, en el estuario del
río de la Plata, y en ella manifestaba el príncipe que se dirigía a
Valparaíso por el cabo de Hornos. No se supo de él más. Se ha creído
que una tempestad hundió en el mar el velero y sus tripulantes, y al
Habsburgo soñador y a su mujer la bailarina vienesa Milley Stubel.
«Algunas consideraciones--dice Raymond--Perraud, apoyan esta hipótesis.
Parece cierto que hubo ciclones que desolaron aquellas regiones allá
por el fin de julio de 1890. El _Temps_ de 5 de noviembre de 1890
publicó un telegrama según el cual un navío sueco que llegó a Chile
había encontrado en su derrota tres restos de barcos cuya nacionalidad
no había podido conocer. Se sabe, por otra parte, que Jean Orth había
estudiado, de 1887 a 1889, lo preciso para obtener su título de capitán
mercante, lo que implicaría su voluntad decidida de adoptar la carrera
de marino. En fin, es extraño que ningún hombre de la tripulación,
suponiendo a éstos sanos y salvos, no haya dado nunca señal de vida.
Sin embargo, justo es reconocer que la investigación seguida de 1899
a 1900, en la Argentina misma, por Eugenio Garzón, ha llevado a éste
a una conclusión diametralmente opuesta». Esto lo acabo de leer en el
_Paris Journal_. Hay que advertir que el tono literario y la forma
elegante del libro de Eugenio Garzón han hecho creer a muchos que se
trataba de una exposición novelesca y que aun la documentación y los
nombres pertenecían al imperio de la fantasía.
Sin embargo, nada más real que las averiguaciones del eminente
periodista. Es una lástima que el jefe de Policía del departamento
de Concordia, señor José Roglich, no haya sido más explícito, o que
su información no haya sido llevada a mayores detalles. El señor
Nino de Villa Rey, por su parte, ha contribuído a que se aumente
el misterio con su silencio o sus reticencias respecto al amigo a
quien acompañase a la colonia Yeruá. Lo último que se averiguó en la
Argentina es que Jean Orth y su mujer se internaron en las soledades
del Chaco paraguayo. Mas luego resulta que se le ha visto después
en la Argentina, en diferentes fechas posteriores, y lo que es más
interesante aún, hay quienes han hablado con él en París nada menos que
en los días del recién pasado febrero. El _Courrier Européen_ publica
una carta del doctor Albert Ferenez, que asegura saber «de origen muy
seguro», que el archiduque vive en la Argentina, «donde posee una real
y hermosa fortuna», que no hace mucho estuvo en París y en Londres.
Los detalles abundan. Jean Orth se hospedó en el Grand Hotel, con el
nombre de barón Otto. Vino a hacer una consulta judicial, para lo cual
habló con los abogados Douhet, francés; Lapuya, español, y Cassoretti,
italiano. Luego partió para Nueva York, en donde tuvo una entrevista
con un conocido jurisconsulto y diplomático, Mr. Everett. «Entre las
personas que han visto al barón Otto, y reconocido en él al archiduque
Juan Nepomuceno Salvador--dice el doctor Ferenez--puedo citar al conde
Marulli, antiguo chambelán y secretario del conde de Caserta, que lo
vió en Londres, y al doctor Nadal, antiguo profesor en la corte de
Viena, que tuvo ocasión de encontrarle en París. Agregó que M. de
Cassoretti estuvo recientemente en Viena. Hecho significativo: ese
paso por Viena del abogado particular del barón Otto ha coincidido
con el despertamiento de la historia de Jean Orth, es decir, con la
satisfacción acordada por el gran mariscalato de la corte de Austria
al archiduque José Fernando, heredero de los derechos de la corona
de Toscana, quien dentro de seis meses obtendrá la declaración de la
muerte legal de su tío. Pero he aquí un detalle extraordinariamente
interesante. Monsieur de Cassoretti no desaprueba de ninguna manera la
decisión tomada por la corte de Viena, por la buena razón de que Jean
Orth, hoy barón Otto, no piensa de ninguna manera en protestar contra
la declaración de su muerte. En fin, debo declarar que mis informes no
se limitan allí y que no se ha perdido la pista del barón Otto, desde
el último abril, fecha de su última permanencia en Nueva York, y de su
entrevista con el jurisconsulto Everett».
Por su parte, el redactor del _Figaro_ M. André Nodel, habló con el
abogado francés M. Doullet, el cual ha dado a entender, si no lo ha
confesado claramente por el secreto profesional, que en efecto, en
febrero pasado fué consultado, en unión de sus colegas Cassoretti y
Lapuya, por el barón Otto.
Un redactor del _Journal_ publica las declaraciones de M. Henry Cénac,
antiguo comerciante, oficial francés que habita en la Argentina desde
hace veinte años. Este señor asegura haber encontrado a Jean Orth por
el río Negro, bajo el nombre de don Ramón. El hecho fué conocido, y
afirma que se ocupó de él _Caras y Caretas_. Esto aconteció en 1901.
Asimismo, cree haber tratado a Jean Orth, por parajes argentinos, el
comandante Lecointe, que fué en la expedición de la Bélgica.
Por último, el cónsul argentino en Viena afirma la existencia del rico
propietario barón Otto en la Argentina; pero dice que, no interesándole
el asunto, nunca se preocupó de averiguar si bajo ese nombre se
ocultaba el novelesco archiduque.
Después de todo, ¿no existe en Buenos Aires ningún Sherlock Holmes? La
pesquisa es de trascendencia y el folletín de universal interés.
El faunida.
En una estación del Metropolitano, o del metro, como aquí se rebana.
Un hombre, en cuya cara se encuentran rasgos de un famoso retrato de
Carrière, pero que revela una tranquilidad y pasividad esencialmente
burocráticas, ve pasar gentes y gentes, oye el ruido de los
subterráneos trenes, cuenta paquetes de cartones, apunta números en
calepines, acaricia lápices y perforadores. No le perturba ninguna
inquietud. Llega a las horas fijas de su empleo y se retira cuando
han cesado sus funciones. Tiene asegurados los huevos al plato y la
coteleta, gracias a la administración. Fuera de su ropa diaria, tiene
la menos modesta dominical y de los días excepcionales. ¿Es casado?
¿Es soltero? No me ha interesado el averiguarlo. De todas maneras,
debe portarse correctamente y cumplir con sus obligaciones. Creerá en
los beneficios de la república, tendrá su mira puesta en un ascenso
y obtendrá quizás pronto las palmas académicas. Todos los años, en
una fecha fija, sabe que es obligación suya reunirse en un café de
barrio, con unos cuantos hombres y mujeres que dicen discursos y versos
a la memoria de su padre, y que comen por tres o cuatro francos, en
fraternal ágape, con la locuacidad de los hombres de letras. Él llena
su misión sin comprender muy bien lo que se dice. Vagamente sabe que
hay algo que le debe dar cierto orgullo y algo que le debe dar cierta
vergüenza. Lo que es un hecho es que es un buen empleado, que merece
el elogio de sus superiores y que nadie tiene que hacerle el menor
reproche en su conducta.
Es un hombre relativamente feliz. Ignora las angustias del ajenjo, de
la lujuria y de la gloria. Es el faunida, es el hijo de Paul Verlaine.
La princesa Gnika.
¿Quién la llama la nueva Cenicienta? El que sabe que ella se ha logrado
un príncipe con un sombrerito, así como la otra Cenicienta se lo ganó
con un zapatito. El cable os ha de haber llevado el caso, pero los
detalles son muy sabrosos.
Mademoiselle Liane de Pougy es una célebre peripatética, cuyas glorias
medio mundanas han cantado conspicuos aedas. Entre ellos el principal
fué su amigo Jean Lorrain, que en paz descanse. Famosa por sus hazañas
amorosas como por sus trajes y sus joyas, hace ya tiempo que su nombre
es pronunciado como se chupa un bombón en el mundo de los que se
divierten. Sus amantes han sido variados y de distintos países, como
los de tal Emiliana eclipsada o los de cual Carolina en su ocaso. Todo
esto quiere decir que no está ya en la primavera de la vida.
Se ha dedicado en momentos de desencanto, o de ocio--_otium cum
negotio_--a las bellas letras. Como en estos casos, siempre la
murmuración ha asegurado que sus cuentos, sus novelas y sus versos,
no son de ella. Pero parece que, en verdad, tiene un temperamento
literario, que es fina y no dice palabrotas como la Otero. Más aún, al
ser suyos los versos siguientes, que se han publicado con su firma,
quedaríamos en que es una aventajada discípula de Maeterlink; la poesía
se titula «Inutilement»:
Et si son regard te cherchait,
Et si son regard t'implorait,
Saurais-tu comprendre?
Non! Je dirais: «Il se souvient
D'une heure qui lui parut tendre!»
Et si son désir te voulait
Et si son désir t'appelait
Voudrais-tu permettre?
Non! Doucement, je sourirais
Comme au destin qui fut mon maître.
Et si son coeur te regrettait,
Et si son coeur te suppliait,
Resterais-tu forte?
Je me dirais: «C'est un retour
Près de la tombe d'une morte!»
Et si tout son être souffrait,
Si son être se torturait,
Sans épouvante,
Je me dirais: «Le voilà prêt,
Pour le bonheur de d'une autre amante!»
Esto, si no nos acerca un poco a Aspasia, nos da idea de las buenas
relaciones intelectuales que ha podido tener la aplaudida sacerdotisa.
La cual tiene un castillo espléndido, lleno de mármoles y flores, en
Saint-Germain-en-Laye, cerca del conde de Noailles, y una negrita de
compañía, casi siempre vestida de verde y que se llama Jesús.
Avino, pues, que una tarde, paseábase no lejos de su mansión, en el
lindo pueblo, la ilustre cortesana, en compañía de otra no menos
ilustre y de un joven amigo, por el cual padecía el amable mal que aquí
llaman _béguin_. El joven, casi un efebo, es nada menos que príncipe.
Príncipe más o menos valaco, servio o rumano, pero príncipe; con una
cara como la de Kubelik, y un significativo tupé. ¡Y el otro tupé! Iba,
pues, Liane de Pougy en su compañía, luciendo entre otras cosas un
sombrero que, por lo diminuto, parecía un sombrero de muñeca. En esto,
aparecen en una bocacalle dos damas burguesas con un excelente señor
burgués.
Una de las burguesas, verdaderamente asombrada y regocijada, al ver
el sombrerito de la amorosa, se echó a reir con todas ganas, como
corresponde a una burguesa.
Entonces el joven príncipe, en defensa de su amiga bella, dijo a la
mujer que reía:
--Cuando se tiene una _gueule_ como esa, no se debe reir:
--¡_Gueule_ ha dicho!--exclamó indignada la burguesa dirigiéndose a
su marido. Al mismo tiempo que daba a la Thais un nombre de simpático
pájaro que ignoro por qué toman aquí por un insulto: «Grulla».
Cuando el príncipe menos lo pensó, el hombre republicano le dió un par
de sonoras bofetadas.
--¡Caballero!--gritó.
Y el otro le dió entonces otro par. Luego cada cual se fué a su casa.
El príncipe, naturalmente, no mandó los padrinos al hombre inferior,
sino que le entabló demanda. Y Liane lamentaba a su príncipe
deteriorado a causa de ella. Ello no tuvo grandes consecuencias. Sino
que, al poco tiempo la negra Jesús preparó su más papagayesco vestido
verde, para asistir a la boda de la nueva princesa, que con su título
queda convertida en sobrina de la reina Natalia de Servia. Esta se
ruborizará de la _méssaliance_. ¡Si viviese el rey Milano! Y como
parece que la renta que antes servía a su joven preferido la cortesana,
se ha aumentado con la ceremonia nupcial, dicen, con cierto eufemismo,
malignos como el político Géraut-Richard: «Si nos arrière-grands-oncles
virent des rois épouser les bergères, nous voyous, nous, des princes
épouser le troupeau et des sirenes séduites par de brillants mais
minuscules hôtes de l'onde». Y otros irónicos: «Es en efecto cierto que
celebrando el pacto conyugal, entrando en la categoría de las esposas
legítimas, mademoiselle Liane de Pougy se _déclasse_ definitivamente.
Se aparta de la deliciosa galería de las grandes cortesanas, la que
fué en nuestros tiempos morosos el más espléndido adorno. Aspasia y
Lais, Marióu Delorme, Ninón, Manón Lescaut, Cora Pearl y Anna Deslions,
tenían en Liane una continuadora tan bella como ninguna de ellas lo
fué jamás. Ella mantenía, no diremos el pabellón, pero sí la bandera
de las ilustres hetairas y de las suntuosas vendedoras de olvido. Era
una gran figura, la alta significación de un ideal eterno. Pues, si
son maldecidas por los burgueses y abominadas por los profesores, las
grandes cortesanas tienen de su parte a los poetas, a los artistas, a
los que dan la inmortalidad. Y mademoiselle Liane de Pougy renuncia a
todo eso. Pone su dimisión de diosa. Se pierde entre la muchedumbre.
Llega al matrimonio como un bello bajel que acaba de correr mares
encantados y que, abandonando sus bellas velas, vuelve al puerto
comercial, se resigna al dique polvoroso cerrado de esclusas, limitado
por cadenas, rodeado de funcionarios. ¡Qué caída!»
Y se insiste en el tupé principesco. Qué tupé. ¿Sábese--dice otro
maldiciente--que la princesa está condecorada con el Águila Negra del
Benin? Una condecoración africana, como veis. Condecoróla el rey negro
Tofa, que fué un admirador fervoroso de sus encantos.
«El recuerdo de su belleza lo perseguía en las regiones tropicales y le
obsedía a tal punto, que el buen monarca, que sabía algunas palabras de
francés, siempre hablaba de ella cuando charlaba con oficiales amigos.
--Comment vas-tu?
--Pas mal, et toi, mon vieux?
--Moa, Lian' Paougi! Lian' Paougi!
Y al decir esto, el buen rey de Benin sacudía su bicornio emplumado y
las charreteras de cabo que adornaban sus espaldas desnudas.»
Maldad, se dirá, murmuraciones, envidias. Pero es el caso que el
príncipe servio debe de saber toda esa colección de anécdotas y
ocurrencias que han aparecido en los periódicos con motivo de su sonado
casamiento.
Los parisienses, de todas maneras, se han enorgullecido de ella.
--Es--dice uno--la más célebre de nuestras _demi-mondaines_ y la más
rica. Su lujoso hotel de la rue de la Neva encierra una fortuna. Más
de cien mil francos de _bibelots_ están amontonados en la chimenea,
y una vitrina de vientre dorado contiene por un millón de joyas. La
dueña monta a caballo, toca guitarra, toca piano, recita y conoce la
pantomima. Su gloria se realza con algunas resonantes tentativas de
suicidio.
Ya veis que toda su persona es lo que se llama completamente
parisiense. Y que en tiempos en que se endiosan a los histriones y
cortesanas, ella está _the right woman in the right place_.
Cuando en la alcaldía el funcionario le preguntó por su edad, ella
confesó, con cierta vacilación encantadora, treinta y tanto años. En
cuanto a su nombre verdadero, le fué preciso revelar un patronímico
harto vulgar. En su anterior estado de casada se llamaba madame Purgre.
¿No dicen que se llama D'Annunzio Rapagnetta? ¿Y Anatole France
simplemente Thiébaut?
Pero ya oigo a Unamuno exclamar en su francofobia: ¿Pero en eso se
ocupan los franceses?--¡En eso, mi buen amigo, y en otras cosas más!
De la necesidad de París.
Cuando uno ha habitado la ciudad de París por algún tiempo, se convence
de que, desde luego, vale más que una misa. Se padece fuera de París
la enfermedad de París. No da uno un paso sin recordar a propósito de
cualquier cosa el ambiente y el encanto parisienses, y la nostalgia se
acentúa de manera que hay que volver lo más pronto posible. Es que hay
una especie de brujería en la villa divina e infernal que posee y no
suelta jamás. ¿Una misa? Todo el ritual romano lo dais por retornar al
imperio de París y de la parisiense.
El florido anciano de antaño que echaba a volar sus canciones en París
como gorriones, cantaba:
Ris et chante, chante et ris;
Prends tes gants et cours le monde;
Mais, la bourse vide ou ronde,
Reviens dans ton Paris;
Ah! reviens, ah! reviens, Jean de Paris.
Sí, Béranger tenía razón. Para el verdadero parisiense de París,
la bolsa más o menos provista es cosa secundaria. El rastacuero no
comprenderá eso. El parisiense de París sabe acomodarse. Sabe que la
gran ciudad, al que llega a conocerla bien y a amarla de veras, le
enseñará el arte de servirse, con igual relativa satisfacción, tanto
del franco como del luis.
Toujours, dit la chronique ancienne,
Jean sur son grand sabré a santé,
Quand de leur ville avec la sienne
Des sot, comparaient la beauté.
Proclamant sur son âme,
En prose ainsi qu'en vers,
Les tours de Notre-Dame
Centre de l'Univers.
El parisiense de París, como Jean de Paris, cuya crónica tradujese
o modernizase Jean Moreas, que padecía gozosamente de parisitis, no
admite comparación alguna. Apenas os reconocerá paridades retrocediendo
en lo pasado, y si nombráis a Roma o Atenas, y esto con una clara
condescendencia, y porque no puede haber celos posibles al tratarse
de ciudades muertas. Mas los Londres, las Vienas, los Berlines y las
Romas, no son admitidos sino como lugares secundarios. El «quien no ha
visto a Sevilla, no ha visto maravilla» y el «ver Nápoles y morir», no
hacen sino sonreir vagamente al verdadero parisiense de París.
S'il franchit la grande muraille,
S'il cocufie un mandarin,
Du peuple magot s'il se raille,
A Paris s'il revient grand train,
L'espoir qui le domine
C'est, chez son vieux portier,
De parler de la Chine
Aux badauds du quartier.
Anatole France en Buenos Aires, como Charcot en el polo, como Voltaire
en el infierno, tened por seguro que no están preocupados sino de su
París. Si algo hacen es por esperar un recuerdo o una sonrisa de la
diosa tutelar. La urbe coronada de torres, con su barca que flota y no
se sumerge, es el ideal de sus pensamientos y de sus acciones. Volver
a París y contar lo que se ha hecho y lo que se ha visto, ese es el
objetivo del parisiense de París que se ausenta, personaje, por otra
parte, no común, pues el neto parisiense de París no sale de su ciudad
sino para su _villégiature_. En tiempo del segundo imperio, se decía
que no salía de los bulevares, y que nunca había pasado a la orilla
izquierda del Sena. Y la canción os lo seguirá explicando mejor:
Je veux de l'or beaucoup et vite,
Dit-il, au Pérou débarquant.
A s'y fixer chacun l'invite:
Me prend-on pour un trafiquant
Loin de mes dix maîtresses,
Fi de ce vil métal!
Je préfère aux richesses
Paris et l'hôpital.
El parisiense no es colonizador ni emigrante. No se trasplanta, no se
desarraiga. No le importa el resto del mundo. No es el francés, sino
el parisiense de París, el famoso monsieur condecorado, que ignora
la geografía. Ahora empieza a saber algo, y Buenos Aires está en su
lección, por lo cual debéis regocijaros.
Je préfère aux richesses
Paris et l'hôpital.
Se dirá que eso está dicho por Verlaine, si no se supiese lo que amaba
_les ors_ el pobre Lélian. El parisiense, no por ser tan apegado a su
terruño y tan amigo de los placeres que en el _couplet_ anterior se
señala con indiferencia diez queridas, deja de ser gentil, entusiasta y
valiente.
A la guerre gaiement il vole
Pour la croix ou pour Saladin,
Se bat, jure, pille et viole,
Puis à Paris écrit soudain:
Que ma gloire s'étende
Du Louvre aux boulevards,
Qu'un ramoneur y vende
Mon buste pour six liards.
En Perse, il prétend qu'une reine
Lui dit un soir: Je te fais roi,
--Soi! répond-il; mais pour ma peine,
Jusqu'au Pont-Neuf viens avec moi;
Pendant huit jours de fête,
Tout Paris me verra
Montrer, couronne en tête,
Mon nez a l'Opéra.
Jean de Paris, dans ta chronique,
C'est nous qu'on peint, nous francs badauds.
Quittons-nous cette ville unique,
Nous voyageons Paris à dos.
Quel amour incroyable,
Maintenant et jadis,
Pour ces murs dont le diable
A fait son Paradis!
Ris et chante, chante et ris;
Prends tes gants et cours le monde:
Mais, la bourse vide ou ronde,
Reviens dans ton Paris;
Ah! reviens, ah! reviens Jean de Paris.
Y esa canción del buen Béranger me ha venido a la memoria hoy que
tengo otra vez que dejar París, aunque yo no me considere con títulos
suficientes para aspirar a parisiense de París.
A la verdad, París se infiltra en la sangre, penetra en el espíritu,
se convierte en necesidad. Es su cielo, que no es puro ni cristiano,
como los cielos de Italia y España; son sus calles bulliciosas y
vibrantes, por las cuales va una onda de fluído parisiense perturbador
y acariciador. Son sus museos y sus jardines, sus teatros y sus
_restaurants_, y el bullir cosmopolita y la confusión babélica de los
idiomas, y los rostros satisfechos de los extranjeros de paso y de los
metecos residentes; y, sobre todo, es el pájaro del dulce encanto y
la flor que danza y que sonríe, la figura de amor y de deseo en que
habitan los siete pecados y los mil hechizos que se llama la parisiense.
Se diría que uno desea ausentarse para tener después el placer del
retorno. Juan de París ríe y canta, canta y ríe, toma sus guantes y va
por el mundo; pero, con dinero o sin dinero, vuelve a su París.
«Skating ring» al aire libre.
En el espacio que queda entre l'Avenue de l'Oservatoire y el jardín
del Luxembourg, todos los domingos se reune una regular cantidad de
gente que forma círculo alrededor de unos cuantos jóvenes y niños
que convierten la calle en un salón de patinar. La circulación queda
interrumpida por esa vía. Los aficionados al americano patín de
ruedas cosechan silenciosas aprobaciones y de cuando en cuando suele
presenciarse uno que otro batacazo.
Los patinadores son de diversas clases. Predominan los anglosajones del
barrio, artistas, estudiantas o estudiantes, niñas con el lazo de cinta
en el cabello y las piernas desnudas y rosadas, _gibsongirls_ largas
y libremente elegantes, mozos hechos a todos los _sports_, que las
acompañan en sus evoluciones y deslizamientos, y niñas parisienses y
muchachos de las escuelas y tal cual intruso tipo apachado, que habla
fuerte e interpela a los amigos de lejos. Van los patinadores en grupos
y suena el rodar de las pequeñas ruedas con singular ruido. Quienes
van en parejas, como para la danza, o aislados, cual en fuga o en
persecución. El viento mueve y echa hacia atrás esa cabellera de hijo
de Eduardo o esos rizos infantiles; pega las faldas a los muslos a modo
de los paños de las húmedas estatuas de los talleres. Tal Atalandra
rodante inclina el busto, o se ladea, diríase que empujada por una
ráfaga; tal mocetón se acurruca o hace que corre, o gira como en un
vals, o se lanza con gallardía, o da de pronto un sonoro golpe en la
tierra con todos sus huesos, entre las risas y sonrisas del corro.
Lo cómico está en el hombre barbudo que se entromete haciendo gracias y
casi se destruye su individuo por el porrazo; en la señorita pizpireta
que llega del Boul' Miche a tomar sus primeras lecciones, y en la
primera caída tiene tan mala suerte que muestra al público regocijado
más de lo que hubiese podido sospecharse.
Entretanto, en lo grato de una tarde que parece primaveral, vense a
través de las rejas, en la avenida del jardín vecino, las niñas que
juegan al _tennis_, las que lanzan el diábolo, las que corren tras la
rueda, las que sentadas en los bancos contemplan los juegos de las
otras. El chorro de agua se alza allá lejos, en la fuente central,
en cuya pila echan sus barquichuelos otros niños, barquichuelos que
navegan como los barcos del mar, bajo el polvo de agua que arranca el
viento de la cristalina pluma erguida. Y otros juegos pueriles hay allí
cerca, junto a las reinas de piedra, no lejos de la fuente Médicis,
amada de los tranquilos y de los soñadores.
Mas los patinadores son incansables. Cuando uno ha dado la vuelta por
todo el vasto jardín, y oído un poco de cosas del Guiñol y aun hecho
una visita al Museo, aun encuentra el ancho círculo de curiosos que
marcan los giros e idas y venidas de los _sportsmen_ y _sportswomen_
amigos del patín rodante. Y ya la noche va cayendo y no hay fatiga
para ellos. Se pensaría en una voluptuosidad especial, pues se ve que
gustan de ese ejercicio como de un pecado. Hay varios _skating rings_
en París, mas éste que tiene por techo el cielo y por vecinos los
pájaros de los árboles, debe de serles singularmente satisfactorio a
los patinadores.
Sarah-Nerón.
El prodigioso espíritu que se encarna en el no menos prodigioso cuerpo
de la más grande de las trágicas francesas, está por realizar un nuevo
avatar. Los años que avanzan y pasan han ido alejando a Theodora y a la
Dama de las Camelias. La voz de oro ha adquirido timbres más graves, y
la masculinización se impuso gracias al flexible talento, al talento
genial. Sarah se transfiguró en el ambiguo Lorenzaccio de Musset; en
el de negro vestido príncipe de Dinamarca; en el _Aiglon_ de Rostand.
Ahora se anuncia un nuevo _travesti_, en una obra clásica. Y Sarah será
Nerón en _Britannicus_; y, vencedora de la vejez, aparecerá otra vez
vencedora y encantadora por la virtud suprema del Arte y de la Poesía.
Adiós a Moreas.
Adiós, Jean Moreas, grande y buen poeta, amigo poeta, que fuiste tan
gentil, tan lírico y tan noble. En mi juventud pasada busco para ti
una corona de recuerdos. Fué en la primavera de 1893. Yo venía loco
de París, a París, por la primera vez, de paso para Buenos Aires. Me
hospedaba en un hotel cercano a la Bolsa y que ya no existe, el hotel
de la Bourse et des Ambassadeurs. ¿Quién me presentó a ti, a quien
tanto deseaba conocer, lleno como estaba de mis ensueños y entusiasmos
poéticos? Probablemente Carrillo, que a la sazón trabajaba en casa de
Garnier, colaborando en el Diccionario de Zerolo y en otras cosas.
Probablemente Alejandro Sawa, que flotaba en el ambiente parisiense
como en su propio elemento, con su bella figura de bohemio. El caso es
que la misma noche de nuestro conocimiento mutuo, amanecimos, con otros
compañeros, en el Mercado Central, comiendo almendras verdes. Yo estaba
orgulloso y contento con ser amigo íntimo del _Peregrino Apasionado_.
No había visto aún a Verlaine. Sí a Charles Morice, con quien, no sé ya
cómo, nos encontramos al amanecer en mi cuarto del hotel. Tú recitabas
versos sonoramente, egregiamente, con gestos pomposos, retorciéndote de
cuando en cuando los bigotes de palikaro. Me encantaba que fueses de
Grecia y que te llamaras Papadiamantopoulos.
Tengo presente que junto a una mesa, Morice y Sawa examinaban dos
libros que yo saqué de mi baúl, mi _Azul_ y _Lives of Grass_, de Walt
Witman. Yo salí a pedir café y alcoholes. Cuando volví no te encontré
en el cuarto. Fuí en tu busca, cuando vi toda azorada como una ninfa, a
la _petite bonne_ del establecimiento, que huía y a ti persiguiéndola,
con el rostro de un fauno y los brazos extendidos, al modo de Júpiter
tras Dafné, e ibas, como los _satiraux_ de tus versos, _sautant par
bonds_.
Después partí para Buenos Aires y publiqué allí sobre ti largas páginas
que tú no viste nunca, por la sencilla razón de que no te las envié
jamás. Cuando retorné a París, años después, había ya blancos en tu
cabellera. Volvimos a estar juntos en el amado Barrio, y a pesar del
tiempo transcurrido, de tu aspecto enfermizo y de tu delgadez, tu gesto
era el mismo de antaño, tu segura y generosa palabra brotaba siempre
sonora y juvenil. A tu modesta morada del _boulevard_ Bouman te había
ido a buscar la gloria oficial, y así sangraba en tu solapa la cinta
de la Legión de Honor. Tu _Ifigénie_, de la cual había yo publicado
antes en _La Nación_ una corta primicia, había sido representada
triunfalmente en _arenas_ meridionales y en teatros parisienses y
europeos, en donde la voz de Silvain clamaba heroicamente tus puros
alejandrinos. Habías ya, como alguien ha dicho, «agregado a Sófocles,
un aire de Homero y de Virgilio». Y tú seguías, en el medio de los
estudiantes y de las jóvenes frecuentadoras de Bullier, en tu querida
orilla izquierda del Sena, la misma vida de tu juventud, dando a los
adolescentes envejecidos un ejemplo de constancia en la alegría y
en el ensueño, con tu tabaco, tu _vermouth_, o tu cerveza, gozando
con el placer de la noche, departiendo de arte y de belleza con tu
compatriota Demetrius Asteriotis, o con otros viejos amigos. Allí, en
tu Vachette preferido, nos vimos la última vez. Antes te había visto
frecuentar algunas tardes el Napolitain, en el grupo de Mendés y su
mujer. Courteline, Silvain, Carrillo y otros menos famosos. No pasabas
inadvertido, pero no eras el imperante, dado que el viejo lírico que
tuvo tan mala muerte, monopolizaba las atenciones. Deseaste un sillón
de la Academia, justo e inocente deseo. Y cuando estabas cercano a la
probabilidad de lograrlo, se te abre la tumba como una trampa de la
suerte.
Tantôt semblable à l'onde et tantôt monstre ou tel
L'infatigable feu, ce vieux pasteur étrange
(Ainsi que nous l'apprend un ouvrage immortel)
Se muait. Comme lui, plus qu'à mon tour, je change.
Ya no cambiarás más. Queda tu gloria, una gloria serena y de antología.
Tu nombre tendrá que pronunciarse cuando se estudie la historia de las
letras francesas a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Fuiste la
probidad intelectual viviente. Fuiste modelo y espejo de poetas, por tu
confianza en ti mismo, por la dignidad de tu vuelo, por tu superioridad
moral sobre las miserias y pequeñeces del mundo.
Y si yo llego a la ancianidad, me he de complacer en contar a los
adolescentes de mañana, privilegiados por las musas, las horas de mi
amistad contigo, como un hermoso cuento. ¡Adiós, Jean Moreas, grande y
buen poeta, que fuiste tan gentil, tan lírico y tan noble!
¡Que el juego te haya sido propicio!
El doctor Doyen o la justa malquerencia.
El doctor Doyen es famoso. Tiene, pues, enemigos. El doctor Doyen es un
cirujano prodigioso. Tiene, es claro, enemigos. Es dueño de una fábrica
de champaña. Tiene muchos enemigos. Tiene unas amiguitas de belleza
renombrada. Tiene muchísimos enemigos. Tiene y gana enormemente dinero.
¡Tiene innumerables enemigos! Ninguna mal querencia más justa.
Se le acusa, pues, por su fama, por sus operaciones, por su champaña,
por sus amiguitas y, sobre todo, por su dinero. A pesar de todo, él
continúa impertérrito, escribe en los periódicos, tiene un duelo
quijotesco, y ahora da una conferencia en el Odeón sobre _La malade
imaginaire_, de Molière. Ha operado bien. La dirección de la pieza
ha estado perfectamente hecha, y el personaje principal ha resultado
a la moderna un neurasténico. Luego presenta la cuestión de si el
tipo molieresco es una invención escénica o la representación de un
personaje de carne y hueso que Molière conociera. Doyen opina esto
último. «Pero--dice--los médicos de Molière... debería decirse más
bien, los médicos del tiempo de Molière, pues su ciencia dejaba mucho
que desear. Desde luego, los médicos de la época de Molière eran ya los
enemigos de toda innovación».
En el entreacto que precede a la representación de _Le malade
imaginaire_, pláceme ir por el _foyer_, por los pasillos, donde se
apiña una excelente concurrencia, en la cual hay muchos médicos. Y
crítica por aquí, pinchazo de bisturí por allá, sonrisas sarcásticas
acullá... ¡Envidiosos!
En el Louvre.
Entre las oleadas de gentes que recorren las salas del vasto Museo
acabo de ver pasar a Gabriele D'Annunzio con dos amigos. Se han
detenido en la escuela española delante del nuevo Greco.
Luego noto la presencia de una figura conocida. El fieltro con el
ala doblada verticalmente, la tez de buen color sonrosado, los ojos
vivos, la larga pera blanca que cae sobre el pecho erguido, todo el
aspecto con algo de militar, de mundano y de artista. A poco estoy
hablando con el personaje. Es el general Mansilla. Y como se acercan
los doctores hispanoamericanos Debayle y Amoedo, todos escuchamos al
admirable conversador, que habla largamente.
Dos autoridades en la materia, Maurice Barrés y Robert de Montesquiou,
han alabado como se debe el don de la palabra florida, oportuno y
espiritual en este argentino, que es una de las personalidades más
parisienses. Bien colocado está en el todo París que representaron de
bulto recientemente Sem y Rouville.
Todavía se le siente fuerte, a pesar de los embates del tiempo. Se
impone a las dolencias. Muestra su voluntad de vida. Se ve como un
bello ejemplo para los jóvenes. Lleno de años, conserva su famosa
elegancia masculina. No se refugia en el encierro como un Sagán. Pasea,
goza del aire libre de que siempre gustaron su alma libre y su cuerpo
sano. Y aun parece que en la galantería misma, listo estaría el mismo
Eros para decirle: «¡Presente, mi general!»
Y su memoria... Me recuerda, en estos instantes de conversación, mi
llegada a Buenos Aires, la comida que me dió en su casa, a la cual
asistían, entre otros amigos, el doctor Celestino Pera, lo que me
dijo, en dilatado y sapiente y ameno decir, una tarde, en la plaza
de Mayo, sobre el espíritu argentino, sobre el pasado, el presente y
el porvenir argentinos. Y el prodigioso general me repite los mismos
conceptos de antaño, y nos asombra su buen humor, su facundia correcta,
su incomparable don de gentes. Su hablar va matizado de anécdotas,
adornado de citas, florido de ocurrencias.
Los tres que le escuchamos estamos encantados. Los franceses que pasan
lo miran con interés y curiosidad. Nos cuenta de su último libro, y de
sus _Memorias_, que no serán publicadas hasta después que se vaya del
mundo. Deja a su albacea encargo de que si algo encontrase que crea
que no se debe publicar, lo destruya, porque «demasiados malquerientes
tenemos en vida para ir a aumentarlos después de la muerte».
Y nos separamos de él alabándole y deseando para nosotros una vejez, no
verde, sino como esa, dorada y de color de rosa.
Rémy de Gourmont y la gloria.
Nosotros admiramos a Rémy de Gourmont en la América latina,
conocemos, quien más quien menos, su obra. En el mundo intelectual
norteamericano es igualmente conocido y admirado. Guillaume Apollinaire
cuenta que en Inglaterra, donde pasó algún tiempo en 1904, le
preguntaban:--«¿Conoce usted a Rémy de Gourmont? ¿Cómo es? ¿Qué
dice?»--Y él contestaba:--«Rémy de Gourmont, cuando está en su casa anda
vestido con un hábito color carmelita... Vive entre libros y grabados de
todas las épocas... Apenas habla.»
¡Estas mujeres!
Siguiendo a las alborotadoras inglesas, he aquí que también en esta
Francia del encanto femenino las mujeres quieren votar, y quieren ir al
Congreso. Tengo a la vista unas cuantas fotografías de esas políticas.
Como lo podréis adivinar, todas son feas; y la mayor parte más que
jamonas. El feminismo les ha encendido el entusiasmo. Hay que hacer
algo más que murmurar, pirografiar, o criar gatos y perros. La primera
en presentarse candidata ha sido Mme. Marguerite Durand, señora de
cierto talento y actividad, fundadora de la desaparecida _Fronde_, con
sus letras, su facilidad de palabra y su frescura. Para reforzar sus
argumentos en favor del voto femenino, presentó en una conferencia a
un idiota, cosa que no todos los espectadores le agradecieron. Como en
París hay entre la mayoría de las mujeres mayor delicadeza y buen gusto
que en Londres, creo que no veremos aquí los escándalos, ya groseros,
ya cómicos, de las sufragistas británicas. Pero todo puede suceder,
aunque el ridículo en la vida parisiense mata toda incongruencia.
Que las mujeres persisten en querer hacer muchas cosas que hacen
los hombres y que hay algunas que superan la competencia masculina:
perfectamente. Está mejor Mme. Paquin que M. Paquin en la fábrica de
trajes. Y si Mme. Curie sabe tanto como M. Curie, según lo demuestra,
bien está, con el aplauso de todos, en su cátedra. Sarah Bernhardt
merece la Legión de Honor, como artista, más que cualquier afeitado o
barbudo _m'as-tu-vu_ de la Comedie Française. Una que otra _virago_ se
ha distinguido en exploraciones e incursiones por tierras salvajes o
lugares inaccesibles. Nada hay que argüir en contra. Las pintoras de la
legión y las novelistas y poetisas ya no pueden contarse. Se dedican
a esos _sports_ como a cualquier otro, y hay musas muy recomendables.
Pero estos marivarones--suavicemos la palabra--que se hallan propias
para las farsas públicas en que los hombres se distinguen y que, como
la Durand, se adelantan a tomar papel en el sainete electoral, merecen
el escarmiento.
¡Si viviese el condestable Barbey!
Gracias a Shakespeare podemos aceptar las abogadas. ¡Pero las
alcaldesas, diputadas y senadoras! Ello pasa de lo aristofanesco. De
un Aristófanes para apaches es la escena que ocurrió días pasados.
Pronunciaba la citada candidata uno de sus discursos de propaganda,
cuando un hombre del pueblo gritóle desde su asiento:
--¿Quiénes van a remendar ahora los calcetines?
A lo que respondió la aludida:--Los remendarán los que los usen. Y una
de las partidarias de la Durand, dirigiéndose a ésta:
--No le haga caso. Ese que habla seguramente no usa calcetines.
Y el truhán, esforzándose por quitarse sus gruesos zapatos:--Ahora van
a ver si los uso o no los uso.
¿En eso vamos a parar con el sonado feminismo?
Un escritor discreto, M. Balby, acaba de decir; «Hemos vivido veinte
siglos con la idea, que parecía decisiva, de que nuestras mujeres,
nuestras asociadas, nuestras _ménagères_, tenían por tarea principal
velar por el hogar, por la casa, por el _home_; trabajar a su manera
por el bien de la comunidad. Ciertamente, la ley, hecha por los
hombres, era mal hecha, injusta, oprimía a la mujer, no le dejaba
ninguna libertad y ni aun el derecho de disponer de su salario. Y la
campaña feminista, que reclama la supresión de esos abusos, tuvo el
apoyo, la aprobación de todos los hombres que no eran ni egoístas
ni tiranos. Pero, cuando esas damas pretenden todos los derechos y
rehusan todos los deberes, cuando quieren encargarnos de remendar los
calcetines, ellas que no sabrían y no podrían dedicarse al trabajo del
hombre, a su esfuerzo físico e intelectual, nos muestran el fondo de
sus sentimientos. ¿Qué son ellos?--Nada.--¿Qué quieren ser?--Todo. A
los hombres toca saber si aceptarán esa resolución».
Muy discreto esto. Pero podía fijarse M. Balby en que las
propagandistas son solamente unas cuantas, viejas y feas. Las pocas
jóvenes y algunas guapas, si lo hacen, lo hacen por divertirse. Las
demás mujeres, de belleza o de gracia, seguirán ejerciendo el único
ministerio que la ley de la vida ha señalado para ellas: el amor en el
hogar, o el amor en la libertad.
La Prensa de París.
Leer la Prensa de París es un placer... Reposa, tranquiliza el
espíritu, oh manes de Janin, de Scholl, de Villemesant, de Ignotus.
Ved los asuntos de un número de diario: El crimen desbordado. El
Tribunal correccional juzga cincuenta asuntos por día. Hay cerca
de mil cuatrocientos procesos retardados. No se encuentran jueces
de instrucción. Cada uno tiene que estudiar ciento veinte causas
a la vez.--El cabo Deschamps cuenta cómo se hizo traidor, se robó
una ametralladora con secreto especial y fué a venderla a los
alemanes.--Llegan los ecos de los últimos disturbios del Mediodía.--Al
asesino de las panaderías de Bar le Duc, se le prueba cómo también
asesinó a su abuela.--El asunto de Duez, el ladrón de millones,
continúa su curso.--El conde d'Aulby, que ha estafado a una sonsa
yanqui, que quería a su vez estafarle comprándole cuadros de Velázquez,
de Tenniers, y otras firmas así, por cuatro reales, confiesa que no es
conde, ni gran Maestre de la Orden de Melusina, sino hijo de un sastre
y una jardinera de Londres. Sin embargo tenía castillo, y frecuentaba,
como otros rastacueros, el gran mundo del _flirt_ del _bridge_ y de
las bodas fáciles, transatlánticas e intercontinentales.--El doctor
Doyen, que iba a inaugurar un curso «libre» de anatomía, es gritado
e insultado por una turba, y no puede dar su lección. El mismo lo
explica:--«La cábala--dice--que se ha urdido contra mí, para impedirme
hablar, es la obra de algunos galopines, empujados por los preceptores
y jefes de trabajo de la Escuela práctica. Fueron reconocidos entre
los alborotadores muchos preceptores, _agrégé_ y otros interesados
en la cosa. Incapaces de dictar un curso, con su anfiteatro vacío,
tienen por objeto en la vida molestar a los verdaderos trabajadores
que quieren hacer conocer los resultados de largas y laboriosas
investigaciones. Mi intención, a pesar de todo, es continuar mi curso
y mis lecciones en otro local, pues la Facultad está contra mí. Los
apaches de ayer no recomenzarán pues yo tendré mi policía especial».
Hay que agregar que durante el tumulto de ayer, fueron robados relojes
y portamonedas. ¡Precioso cerebro del mundo! A otro caso.--Un sátiro,
nuevo Soleilland, estrangula y viola a una niña.--Se detallan varios
asesinatos y asaltos.--Hay una larga lista de aplastados por camiones
y automóviles. Y dejo sin citar otras cuantas noticias encantadoras
para los neurasténicos. Sin contar con _Zigomar_ y otros folletines de
robos, escenas macabras y las usuales prostituciones. Felizmente que
existen el _Temps_ y algún otro diario, en que se da también cuenta,
aunque sea en cuatro líneas, de lo que hacen los hombres que conquistan
el aire, de lo que hace Mme. Curie, d'Arsonval, los sabios de la orilla
izquierda del Sena--mientras el _bulevar_ hierve y echa su vaho.
El burro pintor.
Fábula que acaba de acontecer. Exasperados unos cuantos hombres de
pluma, de pincel, de buen humor y de pésimas intenciones, de ver
cómo todos los años en el salón de los Indépendants, unos cuantos
sofisticadores cabelludos y unos cuantos ignorantes atrevidos,
entre algunos innovadores de talento que pierden, naturalmente,
con la vecindad, exponen _croûtes_, innominables y mamarrachos
indescriptibles, ante los cuales no faltan zopencos que creen ver lo
invisible y adivinar el ombligo del símbolo; aquellos hombres, digo,
de pluma, de pincel, de buen humor y de pésimas intenciones, fueron a
un café de Montmartre, en cuyo patio hay un burro, ataron a la cola de
éste un pincel, colocaron hábilmente la tela preparada, y colazo va y
colazo viene, mojado el apéndice en colores vivos y distintos, resultó
un cuadro de un ultraimpresionismo capaz de hacer aullar perros de
piedra. Antes habíase lanzado un manifiesto como el de los pintores
amigos del poeta Marinetti. Y al asno, que se llama Lolo, se le hizo
aparecer como jefe de la escuela Excesivista, con el nombre italiano de
Joaquín Kafael Boronali, Boronali, Aliborón anagramado. Todo bajo el
amparo de la vieja alegría gala y el patronato del cura de Meudon.
El cuadro del burro se expuso en el mentado Salón de los
Independientes. Más independencia no puede seguramente haber. Charles
Morice y otros varones apasionados del arte han protestado por la
ocurrencia de los desenfadados. Pero las gentes han reído, y los
organizadores del Salón de los Independientes han recibido una buena
indicación.
Y uno de los artistas que exponen juntos con Boronali ha tenido, sin
embargo, la mejor palabra risueña:
--Es verdad--ha dicho--que este año en nuestro salón hay un cuadro de
un burro. Pero en los salones oficiales hay cuadros, no de uno, sino de
mil burros.
Y como es quien ha reído el último, es quien ha reído mejor. Y
un humorista ha puesto en boca del cuadrúpedo reflexiones como
éstas:--«Puedo rebuznar; ahora he conocido la gloria... He gustado de
las vanidades humanas y he encontrado que tienen menos sabor que los
cardos...»